El pintor mexicano Arturo Rivera, reconocido por sus creaciones figurativas, murió el jueves 29 de octubre. Aquí presentamos un obituario personal de parte de uno de sus alumnos.
Conocí al maestro Arturo Rivera en el año 2000, en el Museo del Palacio de Bellas Artes, durante la inauguración de su exposición El rostro de los vivos. Recorría la muestra cuando de repente lo vi en una sala y, luego de dudarlo por algunos minutos, decidí aprovechar la oportunidad y me acerque a saludarlo. Le dije que quería ser su alumno, me dio su número de teléfono y al despedirnos me pidió que lo llamara en dos semanas.

Fotografía: Arturo Rivera bajo licencia de Creactive Commons.
Confieso que telefonear a un artista de la talla de Rivera me intimidaba un poco, pero no podía dejar pasar esa oportunidad. El maestro nació en 1945 en la Ciudad de México. Estudió en la Academia de San Carlos de 1963 a 1968. En 1982, expuso por vez primera en el Museo de Arte Moderno, en la capital del país; recinto al que regresó en 1995 cuando presentó Bodas del cielo y del infierno, una espléndida muestra. En 2005 ganó el Primer lugar en la II Beijing International Art Biennale 2005, en Beijing, China.
Así, no fue sino hasta varios meses después de nuestro primer encuentro, en diciembre de 2001, que me atreví a llamarle. Amablemente, me dio su dirección y acordamos una fecha para visitarlo en su casa en la colonia Condesa de la Ciudad de México. Me dijo que llevara unas pinturas para ver lo que hacía.
En enero de 2002, siguiendo sus primeras indicaciones, empecé a pintar al óleo —antes sólo pintaba con acrílico—. Lo visitaba una vez al mes en su taller con pintura reciente y hablábamos de arte, de pintura, de cine, de la vida. Era un maestro generoso: en alguna ocasión me obsequió material para hacer unos bastidores.
Recuerdo que platicabamos de nuestro gusto por la película Requiem for a Dream (2000) de Darren Aronofsky: a él incluso le gustaba pintar escuchando el soundtrack. Tenía una gran biblioteca; nos gustaba comentar su libro del artista español Antonio López García: a los dos nos emocionaba la luz de sus dibujos y pinturas. También me prestaba sus libros, los mismos que después perdió en su divorcio, cosa que le dolía mucho.

La primera pintura de Arturo Rivera que me estremeció fue El rito. Otras que también me sacudieron —y que con el paso del tiempo siguen siendo espléndidas— son El cirujano y el pintor y El instrumental quirúrgico del doctor. “No trates de decir algo”, me aconsejaba. “Cuando te des cuenta ya estarás diciendo cosas”. Enfatizaba siempre la importancia del oficio, de dibujar.
A finales de 2003 decidió dar por terminado el taller. En 2006, a mi regreso de Madrid, España, lo visité. Y fue en 2011 que me invitó a formar parte de la exposición colectiva Volverse otro, que se exhibió en el Museo Nacional de la Máscara, en San Luis Potosí.
El maestro Rivera murió esta semana, a los 75 años de edad. Además de su obra deslumbrante, me queda el recuerdo de su generosidad al abrirme las puertas de su taller.
José María Martínez
Artista plástico.