Arqueología de una historia universal

Francisco de la Maza es un autor difícil de interpretar. Esto se debe a la variedad de sus intereses, que se extienden desde la escultura antigua hasta el barroco poblano; desde la teoría dramática —desde Aristóteles— hasta los calendarios de Jesús Helguera. Ignoro si sea cierta la noticia de que, cuando la televisión dejó de transmitir las corridas de toros, De la Maza puso un anuncio en el periódico para regalar su receptor al primero que llegara. Cuando se habla de los fundadores del Instituto de Investigaciones Estéticas, Justino Fernández se asocia con la disciplina, el rigor y el deber; en cambio “Paco”, como se le recuerda con afecto, provoca entusiasmos retrospectivos por su cultura festiva, irónica y transgresora. Sus libros confirman la pluralidad de sus intereses, la amplitud de sus recursos y su lejanía de la solemnidad.

Antinoo, el último dios del mundo clásico,1 publicado por primera vez en 1966, me parece por varias razones un libro valiente. Francisco de la Maza era gay. Creo que la noción es válida, pues el texto no hace el menor intento por ocultar o mitigar su empatía con un amor que, en este caso, sí se atreve a decir su nombre; y esta empatía forma parte medular de su propuesta. El amor entre los hombres fue el origen de numerosas esculturas donde se muestra a un joven con nariz recta, entrecejo partido a la mitad, cejas también rectas, pelo rizado, amplios pectorales y físico atlético, aunque no colosal o excesivamente musculoso. Se trata de Antinoo, el joven de Bitinia de quien se enamoró el emperador Adriano. Muerto en circunstancias trágicas no muy claras, Adriano instauró su culto como dios, promovió las esculturas que lo representan y le dedicó la ciudad de Antinoópolis, en Egipto. Esto determinó que los retratos de Antinoo (De la Maza sostiene que en buena medida lo son) inundaran tardíamente el Imperio romano.

El libro está dividido en dos partes. En la primera, el autor explica la historia del infortunado joven y su protector, analiza la ciudad de Antinoópolis: ciudad humana, pero también sepulcro del favorito en la ribera del Nilo, y se hace varias preguntas sobre las esculturas que llama “antinóicas” (no sólo de Antinoo, sino relacionadas con él). La segunda parte del libro es un catálogo de figuras de Antinoo, “antinóicas” o bien “antinoizadas”, en varias partes de Europa y el Mediterráneo. En esta edición se puso un cuidado especial en conseguir fotografías recientes de buena calidad de las piezas referidas. Casi en cada entrada del catálogo, don Paco se burla de las gazmoñerías de algún erudito, escandalizado por la “sensualidad” del joven amante de Adriano; particularmente un Pirro Marconi, italiano, a quien se le metió en la cabeza que en las esculturas puede distinguirse “un sentimiento de suave fatiga, de una resignada tristeza […] por vergüenza de una vida mancillada”. A esto replicaba medio siglo después el iracundo historiador mexicano: “Para Marconi […] en Adriano y Antinoo sólo hay sexualidad desenfrenada”. Y respondía también con una reflexión sobre una de las esculturas, el Iniciado de Eleusis: “Para los frívolos, que sólo han visto sensualidad en el famoso adolescente, es un deber curar su miopía ante esta extraña y sorprendente escultura”. De la Maza no oculta en ningún lugar su pensamiento: el cultivo de los afectos y la atracción entre los hombres, característico de las élites antiguas, es una de las fuentes más firmes de la belleza y no hay razón para mitigar esta convicción.

Pero hay otra razón por la que este libro me parece valiente. Después de todo, las preguntas que pudieron haber asustado a los académicos del siglo XX sobre el amor entre Adriano y Antinoo ya no provocan tanto escándalo, y una frase como “la vergüenza de una vida mancillada” ya no tendría cabida en ningún diálogo académico serio. Lo que en cambio sigue abierto es otra interrogante, que nos planteaba Álvaro Matute cuando, en sus clases de historiografía, hablaba de esta rareza bibliográfica —aunque no muy antigua—: ¿puede un historiador del arte latinoamericano intervenir en la historia del arte europeo? ¿No era más seguro para el doctor De la Maza quedarse en los límites de lo nacional, protegido por las comisiones de patrimonio donde su autoridad se reconocía sin remilgos, cómodamente definido como el oráculo moderno del culto guadalupano? ¿No era más seguro usar el pasaporte para viajar, en vez de usarlo para trabajar? En esta empresa, finalmente, el autor establece una relación sui generis con el objeto, haciendo un libro que está a medio camino entre el estudio, el catálogo y la recopilación —pues incluyó un capítulo de las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, a quien, nos revela Jaime Cuadriello en la introducción, pidió sin éxito un texto de presentación.

A De la Maza no le faltaba el dominio de las lenguas europeas, muertas y modernas, ni la erudición para emprender el proyecto. Su ensayo introductorio propone una discusión profunda y bien fundamentada sobre las nociones antiguas de belleza,y está claro que le preocupa la idea, más bien decimonónica, de “tipo”. Esto es notorio, como señala Cuadriello, en el verbo “antinoizar”, que se diría de un escultor que modela sus figuras a semejanza de Antinoo. Es un libro sobre los modelos y su relación con la realidad. Se pregunta qué pasa cuando confluyen dos modelos o más (como Antinoo, Dionisios y Apolo). Por momentos este análisis es bastante tenso, pues al joven dios romano no se le reconoce sobre todo por algún atributo accesorio, como el caduceo de Mercurio, el búho de Minerva o algún otro cachivache. A Antinoo se le reconoce por la conformación del rostro, un poco a la manera de las series de policías forenses: es la nariz, son las cejas, es la boca, es el pelo, son las proporciones y la distribución.

En esta pregunta sobre la “universalidad” del tema —pongo el término, universal, entre comillas— me llama la atención que el colofón de la edición de 1966 señale a Rubén Bonifaz Nuño, a la sazón creador del Centro de Traductores de Lenguas Clásicas, uno de los antecedentes del actual Instituto de Investigaciones Filológicas, que publicaría en 1969 los Cármenes de Catulo, en 1974 las Elegías de Propercio y en 1975 su extraordinaria traducción del Arte de amar, de Ovidio. En 1966, el primer director de la Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum, el novelista Agustín Yáñez, fungía como Secretario de Educación Pública.2 Es como si De la Maza hubiera jugado con la idea de iniciar una Scriptorum de la historia del arte: un primer ensayo de establecer con el objeto (el modelo o tipo de Antinoo) una relación de autoridad académica, mandando al exilio intelectual a los victorianos especialistas europeos. Jaime Cuadriello rescata los que, posiblemente embellecidos por la fuente, hayan sido sus pensamientos frente a la figura del joven bitinio: “Yo, que vengo del país en que Cuitláhuac venció a Hernán Cortés […] demostraré que fuiste la última gran inspiración del arte antiguo”. En las décadas siguientes, mientras la Bibliotheca Scriptorum aumentaba su catálogo, el péndulo de la historia del arte se inclinó en México hacia la consolidación de los estudios mexicanos; así que las ambiciones universalistas de este estudio podrían parecer excesivas o exóticas en nuestros días. ¿Cuitláhuac y Cuauhtémoc con Antinoo?

Pero hay que situarnos en 1966 para entender la circunstancia —y tal vez para entender mejor la nuestra. La Segunda Guerra Mundial había concluido dos décadas antes. Jaime Torres Bodet había regresado de París, donde fue el segundo director general de la Unesco, contando historias de ciudades hechas polvo por la guerra. Todavía en los años setenta había diplomáticos europeos que extrañaban el eurocentrismo cultural de Torres Bodet, muy descontentos con la larga dirección del senegalés Amadou-Mahtar M’Bow. La Segunda Conferencia General de la Unesco se había llevado a cabo en 1947, en la Escuela Nacional de Maestros. Muchos de los libros más importantes se traducían al español y se publicaban en México, primero por el Fondo de Cultura Económica y después por Siglo XXI. México iba a organizar una olimpiada y un mundial de futbol. Para generaciones más recientes, que hemos vivido la crisis perpetua (valga la expresión), un contexto ideológico siempre pesimista y el desmantelamiento sisífico de las instituciones culturales, parecería que De la Maza vivía de plano en otro país. Se hablaba del “milagro italiano”, del “milagro alemán” y del “milagro mexicano”.

En Europa, la noción de “cultura universal” definía distintas formas de lidiar con circunstancias covergentes: las negociaciones con las potencias hegemónicas de la Guerra Fría, la progresiva integración continental y muy especialmente la descolonización en África y Asia. Se requiere una historia de la extinta noción de “cultura universal”, un territorio para negociar lo mismo con el imperialismo cultural estadunidense que con las independencias de Vietnam, Argelia y la India. Que un profesor mexicano pudiera recorrer Italia, Francia y otros países de Europa buscando esculturas de Antinoo, confiado en que su investigación formaría parte del diálogo entre los especialistas, probablemente tiene que ver con aquel optimismo. Parece suponer que existía en México y los demás países un público cosmopolita, seguramente en las aulas de la Ciudad Universitaria, en la sede de la Unesco y en otros inmuebles del estilo internacional. Sería largo discutir la crítica sobre este sistema de pensamiento “universal” que, como señala Julian Huxley, le debe bastante a Teilhard de Chardin —y yo añadiría a Romain Rolland que, durante la Primera Guerra Mundial, había postulado “limitar los estragos de la guerra, manteniendo al abrigo a la flor y nata del pensamiento, como antaño hacía la Iglesia, cuyos monasterios, entre los pueblos en lucha, preservaban el trabajo y la paz del espíritu”.3 Esta noción de una cultura “universal” donde se resolvieran las contradicciones que había provocado la atroz carnicería europea parece cada vez más un objeto de museo, mucho más que Antinoo.

Pero concluyamos con una primera reflexión sobre el ensayo de De la Maza y su procedimiento de argumentación. Hay muchos otros aspectos en el problema y la introducción de Jaime Cuadriello aborda dos que me parecen relevantes: su carácter de —casi— curaduría y sus relaciones con la biografía del estupendo investigador universitario. Esto último lo dejo abierto, para que la curiosidad de los espectadores los lleve, si odian los libros digitales, a pedir un ejemplar; pero para los muy impacientes, existe una versión en el sitio electrónico del Instituto. Las observaciones de orden biográfico que propone Cuadriello hablan de la necesidad de revisar la historiografía del arte mexicano; yo intento solamente mostrar el argumento que me parece más ambicioso, y que la enorme lucidez e inteligencia del autor acaba echando por tierra.

De la Maza se promete escribir este libro frente al llamado “Antinoo Braschi”, que se encuentra en el Vaticano. Según atestigua Antonio Castro Leal, no sólo se lo promete a sí mismo, sino que se lo promete a la estatua —como si hubiera sido un personaje fantasmal en un poema de Villaurrutia. Cuando finalmente escribe el libro, comienza justo así: “Una de las esculturas más bellas de Roma es el Antinoo de la Sala Rotonda del Vaticano. Con razón el papa Pío IX ordenó trasladarla del Museo Capitolio a uno de los nichos de la gran Sala”. Con esta frase comienza un largo periplo que lo lleva a examinar todas las instancias imaginables de esa escultura y figura divina, tanto en las artes plásticas como en la literatura. Es, a final de cuentas, un ensayo sobre la repetición. Recuerda por eso numerosos estudios sobre las mitologías o, por lo menos, De la Maza los cita expresamente: “Los misterios del lago Nemi que describe Frazer al principio de La rama dorada”; pues sobra decirlo, también ahí se le rindió culto a Antinoo. A esta figura, sin duda impresionante, De la Maza le reserva la última entrada del catálogo; lo cito de nuevo: “Ante esta bellísima escultura comenzamos este libro, también ante ella lo terminamos”; pienso que le hubiera gustado hacer lo mismo que Frazer, que al concluir La rama dorada explica los misterios de Nemi que describe en las primeras páginas. Pero no es lo que hace el historiador del arte mexicano. De la Maza sí señala, con todo el fundamento que le permite haber examinado el problema en más de cincuenta registros de catálogo, las cualidades estéticas de la figura: “La boca, con sus gruesos y sensuales labios, pero contenidos en el punto preciso de no ser exagerados, se abren imperceptiblemente, o, más bien, se posan uno sobre otro tocándose apenas, en olvido de sí mismos. La nariz, recta a la manera clásica, geometría heroica del hombre grecorromano, es impecable en el hueso que la informa y en las carnosas aletillas y redondeada punta que la adornan […] las cejas, típicas de Antinoo, gruesas hasta su debido límite, pobladas pero obedientes a su línea natural y cadenciosa […] Todo es perfecto y adecuado en este rostro que al primero que debió dejar en suspenso es a su ignorado y genial autor”. Pero no todo es perfecto. La escultura tiene numerosas adiciones modernas, o al menos posteriores, comenzando por la túnica, que tal vez se le haya impuesto por pudor. Una modificación, acusa De la Maza con indignación completamente justificada, que no se vio acompañada por algún registro del estado en que se encontró la escultura. Y lleva su reclamo más lejos: “Un día deberán decidirse el Vaticano y los arqueólogos romanos a quitarle ese pegote”. La cuestión es que para un mexicano, acostumbrado a esa clase de desencantos, a las pirámides reconstruidas y las iglesias coloniales maquilladas para asemejarse a su propia foto, la intervención inadecuada de los restauradores venía a sumarse a una larga lista de decepciones, falsificaciones e intervenciones impropias. Creo que a De la Maza no sólo lo traiciona la composición plural de los objetos, sino la pluralidad de sus modelos literarios y retóricos; pero hago votos por que en los próximos años haya una relectura de este intelectual y colega que no tuvo miedo de abordar temas o ámbitos que otros hubieran considerado peligrosos o prohibidos, pues tenía la certidumbre que le brindaba una sólida fe en los ideales del arte, que de ninguna manera concibió ajenos a la vida.

 

Renato González Mello
Investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, casa editora del libro que se analiza.


1 Prólogo de Jaime Cuadriello, segunda edición, UNAM-Instituto de Investigaciones Estéticas, México, 2020.

2 Vargas Valencia, A. “La Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana a 75 años de su creación”, Nova tellus 37, no. 2 (diciembre 2019), pp. 181–87, https://revistas-filologicas.unam.mx/nouatellus/index.php/nt/article/view/823/1022.

3 Crespo, H. “Intelectuales frente a la Primera Guerra Mundial. Espiritualismo humanista, pacifismo y patriotismo confrontados en la polémica Romain Rolland / Thomas Mann”, Acta Sociológica 69 (1 de enero, 2016), pp. 153–80, https://doi.org/10.1016/j.acso.2016.02.008.

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Publicado en: Dislexia política