Desde sus inicios, la novela ha sido uno de los espacios más importantes para la reflexión moral, que no es lo mismo que la moralizante. Esta reseña nos presenta a la escritora argentina Ariana Harwicz como una exploradora de la maldad que sin embargo rehúye la tentación de la moraleja.
Es con malos sentimientos que se han hecho los buenos libros.
—Paul Morand
En el último año México ha visto llegar a sus librerías dos novelas de Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977). La primera de ellas es Matate, amor. Publicada en Argentina en 2012, la novela tuvo que esperar casi una década para su impresión en México, y ha sido Dharma Books la editorial que ha acometido esta tarea. El segundo libro es Degenerado, que se suma a la legión de autores latinoamericanos de la editorial Anagrama. La aparición de ambos libros es de celebrarse; veamos por qué.

Comencemos arriesgando una hipótesis: los relatos de la escritora argentina son viciosos, impúdicos e inmorales. Asentada en Francia desde hace casi una década, Harwicz se adscribe a una tradición que desde Flaubert no ha hecho otra cosa que denigrar la moral burguesa enfática o sutilmente. De allí viene su necesidad de construir personajes monstruosos. Desconcertada por su inusual habilidad de crearlos, un sector de la crítica ha acusado a sus obras de incorrección política. Esto es una verdad a medias. El término es chato como toda etiqueta y, lejos de facilitarnos la comprensión de su poética, nos distancia de ella. Asumir a nuestra autora como un mero adalid de la incorrección política es edulcorar su universo y, donde antes había sudores, flujos y otras purulencias, aparece una intrusiva delicadeza. Los lienzos de Harwicz no se pintan con óleo; como las boutades de Demian Hirst, se pueblan de sangre.
Los personajes de ambas novelas son engendros carentes de toda moral. Imposible empatizar con ellos: la madre que, asediada por una fuerte pulsión de muerte, fantasea con matar a su marido e hijo; el pederasta homicida que irrumpe el sosiego cotidiano de un village francés. Pero más allá de la genuina repulsión que nos producen las fisonomías morales de estos personajes y las perversidades que fabulan o cometen el delito fundamental de los protagonistas de Harwicz es antes que nada ser quien son: seres que rechazan lo burgués. Ella: mujer, instruida y sexualmente apetente; él: judío, extranjero y anciano. Son, cada cual a su manera, la manifestación del mal acabado.

No faltan razones para sostener que los personajes de Harwicz cuestionan los valores de una sociedad hipócrita, mendaz e implacable con aquellos que no se ciñen a su corsé. Pero todo lo anterior es bien conocido, y tales alegatos sociológicos ya han sido desgastados por el sector de la crítica que acusa a Harwicz de alejarse de lo “políticamente correcto”. Vincular a la argentina con Michel Houellebecq es limitar sus poderes: es coronar el análisis en desdoro de la imaginación. Los engendros de Harwicz emergen de un confín más personal y más oscuro que los del francés. El territorio que explora la argentina es el de la bruma. Sus criaturas no reclaman inocencia, sino comprensión; no ensayan justificarse, sino explicarse; no proclaman su absolución, sino acaso su propia humanidad. Y reclaman al final con acritud: “¿ésa es la humanidad que nos ofrecen? ¿Comer sano, evitar cáncer y votar a la izquierda?”.1 Contenido y forma convienen felizmente en la obra de Harwicz; y, por ello, la indefinición moral va acompañada por una prosa que avanza —no podía ser de otra forma— bajo una meridiana claridad:
Metí a mi hijo en el agua helada y sin querer lo bauticé. Que Dios me perdone. Vi que estaba demasiado blanco como para ser real. No era un niño sino un cuadro, el boceto de un niño, un arquetipo. Había languidecido. Como las bestias que paren críos muertos a la mitad del camino y se quedan ahí durante días después del nacimiento pateandolos para que resuciten, lo sacudí y lo envolví en mi carne roja. A medianoche se reanimó. Ya terminada la hora entre el perro y el lobo, es el turno del murciélago. Lo empujo con las patas, lo arengo, pero sigue jadeante. Nos rodea la autopista y, más allá, los alambrados electrificados de vacas blancas con cuernos cortos. Estábamos en un coto de caza. Unas voces dicen nuestros nombres que ya olvidamos. Nos buscan. Bla bla bla o co co ri co da igual. Mejor harían en cerrar el pico. Los animales se burlan de ellos. El ciervo se detiene como embalsamado, los ojos de vidrio. Está conmovedoramente quieto. Él es mi hombre. El que sabe mirar mi tristeza infinita. Los otros son apenas hombres. De qué sirve ser uno de ellos si el idioma que hablan no alcanza. A mi hombre le falta humanidad, es cierto, pero quién quiere humanidad. Mi hijo le tira de la oreja triangular y de su trufa negra, pero el ciervo no ríe. Disimulémonos en el paisaje, cubramos nuestra piel de tierra y verde. Gritan más fuerte. Son los vecinos con lamparones que nos quieren arrancar de nuestro enselvamiento. Es papi. Hay medio mundo allá arriba, pero nadie nos hace bien. El gentío hace daño, es una punzada.2
Es directa, ágil y afilada; pese a que serpentea entre la cordura y el delirio, como en Matate, amor, o entre intérpretes que tocan al son de un infanticida, como en Degenerado. Descubrimos un estilo que pasa con tersura del discurso directo al indirecto, del angustioso monólogo de los indiciados a la rabia de sus acusadores, del personalísimo arrepentimiento a la indefinición de la moral pública. En sus mejores momentos Harwicz recuerda la liquidez prosística y la mala entraña de Louis Ferdinand Céline.
El universo de Harwicz se debate entre la culpa y el pecado. Pero su mundo es secular y por lo tanto todavía más poderoso. O mejor dicho: más humano; y “cómo se controla se pregunta en una de estasnovelas lo que sea verdaderamente humano”. 3 Éste parece ser el mantra de Ariana Harwicz. Se podría alegar cierta hipérbole en la construcción de personajes, pero esto sería una equivocación: las criaturas de la argentina no son personajes sino caracteres. La importancia de este punto se vuelve evidente cuando acercamos los paradigmas de Harwicz a ejemplos menos hiperbólicos: el muchacho que roba por resentimiento; el amigo que traiciona por inseguridad; el hombre que no ama porque no puede. Ninguno de ellos, como le recriminan al delincuente de Degenerado, “hizo nada por no ser un monstruo”.4 Y así robamos, traicionamos y nos descubrimos incapaces de amar.
Las vidas de los personajes de Harwicz son vidas segadas: a sus anhelos siguieron despojos y a las promesas la pérdida de la inocencia. Su arco vital se dobla bajo el signo del infortunio, como el que hirió al rubio Menelao. Lejos de sí mismos y de sus semejantes, las criaturas de Harwicz sólo encontrarán consuelo en una plegaria perversa: la de la amoralidad. No nos espantemos: su rebelión no es contra los otros. O sí lo es: pero antes de todo, lo es contra sí mismos. Es una rebelión que embiste contra la quietud burguesa que nos condena a “morirse a los noventa, morirse después de una vida ordenada, sacar la basura, pagar impuestos y dar de comer al gato”.5 Harwicz se niega a hacerlo y plantea otro camino: saltar al vago horror del abismo.
• Ariana Harwicz, Mátame, amor, Dharma Books, 2019.
• Ariana Harwicz, Degenerado, Anagrama, 2019.
Antonio Nájera Irigoyen
Ensayista.
1 Harwicz, Ariana, Degenerado, Madrid, Anagrama, posición 467 (edición digital).
2 Harwicz, Ariana, Matate, amor, Buenos Aires, Mardulce. 2017, p. 71.
3 Harwicz, Ariana, Degenerado, Madrid, Anagrama, posición 689 (edición digital).
4 Ibid., posición 852 (edición digital).
5 Ibid., posición 113 (edición digital).