
Nos encontramos otra vez. Lo he visto antes en libros y en pantallas, con sus trucos bajo el brazo, pero nunca tan grande y dentro de un marco. Me acerco para mirarlo de cerca: un hombre viejo mira a la cámara cargando dos espejos de tamaños distintos. En el lado derecho, los bordes se tocan para proyectar la misma imagen, pero se van separando entre los dedos del señor para mostrar otro punto de vista: la imagen se parte en tres. Sus pantalones rayados y saco cuadriculado encajan con el piso de adoquines rectangulares. En mis recuerdos se veía más serio, pero ahora parece que está sonriendo. Tal vez está consciente de la desorientación que provoca fotografiar espejos en medio de una plaza. La cámara de Graciela Iturbide nos muestra más de lo que ve: nos recuerda que siempre es un juego de espejos, reflejos mediados en placas y superficies, que una vez revelados se cargan de sentido. Todo fue siempre una ilusión.
Colgada en los muros del Palacio de Iturbide, Señor de los espejos forma parte de una constelación de imágenes acomodadas para la inmersión. No hay orden cronológico o temático que configuren un recorrido, sino una curaduría suelta a cargo de Juan Rafael Coronel, que permite absorber algo de cada obra. La exposición Fijar el tiempo (27 de noviembre 2025 – 8 de febrero 2026) se compone de recortes del mundo de Graciela Iturbide, imágenes que traslapan tradición y modernidad, cuerpo y papel, lo sagrado y lo profano.
Como todo homenaje o celebración, la exhibición reúne muchas de sus fotos más conocidas, pero esta vez el efecto es distinto. La distancia temporal, la disolución del arte etnográfico del siglo XX, y los debates contemporáneos sobre identidad, indigenismo y cultura hacen de estas fotografías objetos nuevos. Su Autorretrato con los Seris, por ejemplo, no significa lo mismo hoy que hace veinte o cuarenta años, ni articula los mismos discursos. Exhibido junto a otras fotos similares, Fijar el tiempo sitúa el género del autorretrato como elemento central en la práctica fotográfica de Iturbide: cubre sus ojos con pájaros, peces o caracoles, aparece sólo su sombra, o mirando a la cámara con pintura facial de los Seris de Sonora. Un autorretrato que no se podría hacer hoy, pero que en manos (ojos) de Iturbide rechaza la dicotomía simple entre observador y observado, nativo y foráneo. Ofrecen, pues, pistas nuevas para responder las preguntas de siempre —encontrarse uno mismo en la fotografía, encontrarse uno mismo en los otros, la política de la antropología, resistir la violencia etnográfica.
Porque las fotografías de Graciela Iturbide no son “sobre” las comunidades indígenas, la religiosidad popular, la botánica o la muerte. Su obra excede esos temas sin tratarlos. No es una mirada etnográfica ni estética; no es estudio, documento o manifiesto: es pensamiento fotográfico. Sus imágenes despliegan las posibilidades de la cámara y los alcances del archivo. En fotos como Radiografía de un pájaro, se ve un pájaro y una mano que lo sostiene (la mano de Francisco Toledo). A su izquierda se ve la radiografía de un “pájaro” (parece que del mismo pájaro): sus huesos. La luz del negatoscopio ilumina la escena y se ve la textura y volumen del animal (“real”) y del brazo que lo carga. Pero también ilumina la representación plana, se puede decir figurativa, de unos huesos que podrían ser los suyos. La fotografía como imagen distorsiona la escena (imprime la luz que atraviesa el lente en una superficie de dos dimensiones) y los proyecta en el mismo plano, dislocando el sentido de cada representación. Si se mostrara esa fotografía y se preguntara de qué es, probablemente respondería lo mismo que alguien que viera sólo la radiografía y se le hiciera la misma pregunta: un “pájaro”. Porque lejos de ser un espejo, la fotografía es una forma compleja de representación visual: más que ver, una fotografía se entiende como producto de una acción social, situada históricamente. Las fotografías narran. La fotógrafa dota su elaboración visual de estructura y significado en la medida que toma decisiones deliberadas. Una fotografía se puede leer, pues, como algo más que un registro del mundo: es una interpretación de ese mundo.
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Llegué sin plan ni preguntas. Quería observar, nada más, aprender algo y, antes de despedirme, pedir permiso a Graciela Iturbide para usar algunas de sus fotos en mi libro. Después de subir las escaleras a su estudio, nos sentamos a conversar mientras revisaba su archivo para una publicación. “Ésta la descubrí hace poco”, me dijo al desplegar una prueba de impresión. Navegar su archivo —impresiones, hojas de contacto, negativos, ampliaciones— despliega una práctica artística central para su pensamiento fotográfico. Iturbide se abandona en su archivo para verlo por vez primera, con mirada fresca y traicionando la memoria, como quien se lanza al “campo” para tomar las fotos. Descubre fotos, desentierra momentos e historias, reinventa su trabajo como si fuera ajeno.
Me contó la anécdota conocida de su foto Mujer ángel de 1979: “Yo no recordaba haber tomado esa fotografía, pero cuando hice la selección de fotos sobre los seris para el libro titulado Los que viven en la arena, le mostré todos los contactos del viaje a Pablo Ortiz Monasterio, y fue entonces que él me preguntó: ‘¿Y esta foto?’”. Una mujer desciende la montaña con una falda blanca. Sus pies desaparecen entre la vegetación: como un ángel, la mujer flota. El estéreo que trae en la mano rompe los hechizos etnográfico y alegórico —aterriza la figura entre los vivos, los modernos. No recuerda si ella apretó el botón o si alguien agarró su cámara y la tomó. Pero no importa. La foto fue, en realidad, un hallazgo en el archivo. Existe, se multiplica, y su leyenda la hace mitológica. “Me la regaló el desierto”.
Hay, pues, un segundo momento decisivo. Primero, el que Álvarez Bravo y Cartier-Bresson cazaban con paciencia, es el momento exacto en el que un evento irrepetible ocurre y la cámara lo atrapa. Respiraban, preparaban la cámara, ajustaban apertura y velocidad, y esperaban. “Hay tiempo”, decía Álvarez Bravo a su joven achichincle, Graciela Iturbide. Después, con oficio de historiadora, se adentra en el archivo buscando pistas, abrazando su curiosidad. Espera. Con paciencia revisa hojas de contacto cazando ese otro momento decisivo. Aprendí más como historiador que como fotógrafo en el estudio de Iturbide.
- Graciela Iturbide, Fijar el tiempo, se exhibe en el Palacio de Iturbide hasta el 8 de febrero de 2026.
Rodrigo Salido Moulinié
Leonard A. Lauder Fellow en el Museo Metropolitano de Arte y estudiante de doctorado en la Universidad de Texas en Austin. Es autor de El pasado que me espera: bosquejo de etnografía cinemática.