El siguiente texto abre el nuevo libro del historiador Adolfo Gilly publicado en Era, Estrella y espiral, un recuento de sus querencias, admiraciones e intereses múltiples que sobrepasan por mucho al marxista inicial: la poesía, el surrealismo, Octavio Paz, Juan Gelman, Bolívar Echeverría y Luis Villoro, entre otros. Figuras intelectuales y momentos clave de la política y la cultura de América Latina y el Caribe que han sido faros y guías para Gilly.

Para Jana, con cariño y gratitud
Un antepasado cercano de Friedrich Katz en el oficio de historiar, Marc Bloch, después de la derrota de Francia en 1940, en los inicios de la Segunda Guerra Mundial y poco antes de su propia muerte fusilado por la Gestapo, escribió una breve obra maestra sobre el arte de la guerra moderna y el amargo sabor de aquel desastre: La extraña derrota, libro de pasión, serenidad, inteligencia y lucidez. Nacido en Lyon en 1886, Marc Bloch había sido capitán en el ejército francés en las dos grandes guerras del siglo XX: 1914 y 1939. Con cierto legítimo y modesto orgullo, anotó esta anécdota en las páginas iniciales de su testimonio:
Un joven oficial me decía, mientras conversábamos en el umbral de una puerta en Malo-les-Bains bombardeada: “Esta guerra me ha enseñado muchas cosas, ésta entre otras: hay militares de profesión que jamás serán guerreros; y civiles, al contrario, que son guerreros por naturaleza”. Y agregaba: “Le confieso que, antes del 10 de mayo, nunca lo habría sospechado: usted, Bloch, es un guerrero”.1
Friedrich Katz tenía especial cariño a un dibujo de Rafael Barajas, El Fisgón, donde aparece con vestimenta de oficial de la División del Norte, sombrero Stetson, altas botas negras, sonriente mirada tras sus anteojos de profesor, en la mano derecha una gran lupa para seguir las huellas de los caballos de la Revolución y en la izquierda una carabina 30-30 cuyo cañón termina en pluma estilográfica.
En la sala de su amplio departamento frente al lago Michigan tenía ese singular retrato desde donde su imagen miraba al visitante con ojos y sonrisa de cómplice picardía: “Éste soy yo, un Dorado de la División del Norte, un guerrero”. Un colega entre los más queridos por Friedrich, su amigo entrañable en los muchos años en que ambos llenaron de ideas y de vida el Departamento de Historia de la Universidad de Chicago, John Coatsworth, le dedicó no hace mucho una cercana semblanza. Comienza así:
Friedrich Katz es el hijo único de un matrimonio de comunistas austríacos de ascendencia judía. Su padre, el conocido escritor Leo Katz, publicó muchas denuncias de Adolf Hitler y el nazismo. En 1933, advertidos por un discreto policía simpatizante suyo que se presentó a la puerta de su apartamento poco después de que Hitler fuera nombrado canciller, los Katz abandonaron el país justo a tiempo para evitar el arresto. Friedrich contaba con tan sólo seis años de edad cuando su mundo se puso de cabeza por primera vez.2
Avanzado el escrito, donde en especial recuerda uno de los grandes libros de Katz, publicado en 1988: Riot, Rebellion and Revolution: Rural Social Conflict in Mexico, John Coatsworth se detiene y formula una pregunta clave, que también otros se habrán hecho para sus adentros:
Debo hacer aquí una pausa para confesar que nunca he podido entender por qué Friedrich Katz eligió seguir a Pancho Villa. En cuanto a personalidad y estilo de vida, Katz no se parece en lo más mínimo a Villa ni a ninguno de sus otros objetos de investigación (como el muy ambicioso general estadounidense John J. Black Jack Pershing o los rivales que se enfrentaron a Villa en la lucha por el poder). En realidad, para cada una de las legendarias proezas de Villa en el campo de batalla, los colegas y estudiantes de Katz pueden citar el correspondiente ejemplo de la legendaria generosidad y gentileza de Katz. El único parecido que tiene con Villa, hasta donde sé, radica en el cariño y lealtad que inspiró en muchos de sus colegas y discípulos, incluido el que habla.
John ha planteado una cuestión de fondo que hace a la relación del historiador con su objeto de estudio y, mucho más, a la relación del biógrafo con su personaje. Pues la empresa del biógrafo, además del instrumental de su oficio requerido para todo historiador, es tal vez más ardua y especial. Es mayor la exigencia de verdad específica cuando decide adentrarse en una vida, ese tejido de hechos, época, territorios, sentimientos, intereses, ambiciones, sueños y fortuna, tanto más denso e intrincado cuanto más lo haya sido la existencia del personaje en cuestión. Para recorrer los senderos de una vida es preciso afinar el arte de atisbar indicios y detalles, según quiso Carlo Ginzburg en su investigación sobre Menocchio, aquel molinero del Friuli cuyos hechos e ideas indagó en El queso y los gusanos.
¿Por qué entonces en Friedrich Katz, este vienés perseguido por socialista y por judío, fugado por milagro de su país natal, refugiado en Francia y en Estados Unidos hasta encontrar asilo, amistad y discípulos en el México del general Lázaro Cárdenas, ese arte del retrato escrito y el alma indagada va creciendo desde La guerra secreta en México y sus Escritos mexicanos hasta culminar en su Pancho Villa?
Largos caminos siguieron la vida, los conocimientos y los sentimientos de Friedrich Katz hasta llegar a Villa, su opuesto y su doble, su obsesión y su Doppelgänger en placa negativa: allí donde en uno hay luz, cultura, tolerancia, calma, en el otro hay sombras, incultura, intolerancia, violencia. Sin embargo, hubo entre ambos, me atrevo a imaginar, vasos comunicantes más profundos y secretos: indignación ante la injusticia, indiferencia ante la acumulación personal de dinero o bienes materiales, afán de educar y de comprender la ira de los pobres del mundo: “Arriba los pobres del mundo”, “Debout les damnés de la terre”, dice la letra de “La Internacional”, que Pancho Villa no conocía pero Friedrich Katz sí.
En el camino de sus estudios mexicanos el historiador que amaba Viena, ese fruto delicado de la Belle Époque centroeuropea y de su art de vivre, hijo de un organizador revolucionario exiliado y sobreviviente, fue afinando su espíritu para comprender este país mexicano que vive con la violencia y el amor a flor de piel, tal como a la mitad del siglo XX lo definió Octavio Paz: “México no es sólo un país hosco y trágico sino que también es la tierra del colibrí, de los mantos de pluma, de las piñatas y de las máscaras de turquesa”.
Y así se encontró, creo yo, con Pancho Villa y su División del Norte.
Caminos similares pero no iguales anduvieron cuatro contemporáneos de Villa que buscaron, cada uno a su modo, comprender y explicar al jefe de la División del Norte: Martín Luis Guzmán, Nellie Campobello, Silvestre Terrazas y Felipe Ángeles. Me tienta a veces la idea de convocar una conversación imaginaria entre los cuatro donde también estuviera Rafael F. Muñoz, cuya escritura Friedrich admiraba. Pero los fantasmas no vienen cuando uno quiere sino cuando ellos deciden.
Otros antepasados culturales y sentimentales han encontrado colegas nuestros en la historia personal de Friedrich, su padre en primera línea. Cuando apareció el Pancho Villa, John Womack se remitió a tiempos lejanos para explicar sus orígenes: “Pancho Villa conlleva una mayor carga de autoridad gracias a la sapiencia, el refinamiento y la sabiduría que el autor heredó no tanto de su prodigiosa erudición como de su padre”. Así lo describió después:
Israel Leib Katz nació en 1892, creció en una pequeña población de la frontera del Imperio Austrohúngaro con Rumania y fue testigo en 1907 de episodios locales de una gran rebelión de los campesinos rumanos. Por primera vez los campesinos vencieron su antisemitismo y retaron directamente a los terratenientes. Leib, escondido al otro lado de la frontera, vio cómo los soldados masacraban a los campesinos (entre ellos a un amigo suyo) y prendían fuego a sus aldeas. De regreso a casa renunció a sus estudios rabínicos, se unió al Partido Socialista Austríaco, participó en la organización del movimiento socialista contra la guerra, se unió en 1918 al Partido Comunista y en 1920 obtuvo su doctorado (con una tesis sobre los judíos en la Alemania del siglo XIV), cambió su nombre por el de Leo Katz y emprendió su carrera como intelectual comunista austríaco. Eso siguió siendo durante el resto de su vida. Se casó con una joven judía de Austria (de Galitzia) perteneciente a la organización Hashomer Hatzair, que a continuación se unió al Partido. Leo Katz escribía en yiddish para los diarios del Partido Comunista en Nueva York, Viena, Berlín y París, e introdujo armas para los republicanos durante la Guerra Civil española en 1936-1937. Mudó a su familia a Nueva York en 1938 y escribió cuentos al estilo de Scholem Aleijem sobre las poblaciones provincianas de Europa oriental, campesinos rebeldes y aldeas en llamas.3
“Friedrich Katz pisó por primera vez suelo mexicano en 1940. Tenía entonces trece años de edad”, recuerda John Coatsworth en su prólogo al libro de Katz Ensayos mexicanos:
Hijo único de Leo y Bronia Katz, Friedrich ya había aprendido a adaptarse a diversos ambientes. […] Cuando Lázaro Cárdenas ocupó la Presidencia, decenas de víctimas de los regímenes fascistas recibieron asilo en México. En el último año del gobierno cardenista los Katz arribaron a este país. Se establecieron en la Ciudad de México y se quedaron mientras duró la Segunda Guerra Mundial.4
John Womack recuerda aquellos tiempos en que Leo Katz, deportado de Francia por sus ideas y actividades, hizo amistad en Nueva York con Ernst Bloch, el autor de El principio esperanza, a quien Friedrich leyó con atención y devoción, y con Egon Erwin Kisch, Anna Seghers y otros escritores, con quienes fundó en la Ciudad de México la Comunidad Intelectual Antifascista y compartió afanes literarios y políticos:
Así pues Friedrich Katz creció entre ires y venires, empapado de política marxista e historia y escuchando sin tregua conversaciones sobre provincias, terratenientes, comerciantes, aldeas, artesanos, campesinos, guerra y revolución, todo esto antes de que su padre lo llevara, a los trece años, al México revolucionario. Los relatos sobre Bukovina y Rumania hicieron que México le pareciera extrañamente familiar y fascinante.
El 12 de marzo de 1938 las tropas alemanas invadieron Austria y el gobierno nazi decretó su anexión como parte del territorio alemán. En sus Nuevos ensayos mexicanos la pluma de Katz recuerda el episodio histórico y su repercusión en la política exterior del presidente Cárdenas:
El 19 de marzo de 1938 el representante mexicano en la Sociedad de las Naciones, Isidro Fabela, en gestión realizada por él mismo, anunciaba la protesta de su país contra la anexión de Austria al Reich alemán: “El gobierno mexicano, que ha observado siempre los principios del Pacto de la Liga de las Naciones y del derecho internacional, no puede admitir una conquista violenta, protestando de la manera más enérgica contra la agresión de la cual ha sido víctima la República de Austria”.5
De la devoción de Friedrich por su padre da razón también Mauricio Tenorio. Ya instalado en Chicago, le comentó a Katz una biografía de Juan Negrín, último presidente de la República de España hasta el fin de la Guerra Civil en 1939:
Hablé del tema con el profesor Katz y traje a cuento, así de paso, a un agente que Negrín tenía en Nueva York, el cual utilizaba fondos soviéticos para comprar armas en el inframundo mafioso de la gran ciudad. “Ah, sí, claro, mi padre era ese agente”, me respondió, como si habláramos de un simple corredor de bolsa. Y siguió un relato increíble, uno de tantos del profesor, el cual incluyó sus recuerdos de infancia e historias de luchas por sobrevivir en París, Berlín y la Ciudad de México.6
Derrotada la República, Leo Katz devolvió en su totalidad los fondos no empleados al gobierno republicano en el exilio, formado después de la gran confusión de la caída.
Para explicar su acercamiento a Villa le placía a Katz, con recóndita ironía y cierto orgullo vienés, contar una anécdota tan lejana como el año 1934, cuando su familia ya había debido ex patriarse ante la inminente amenaza de prisión. La registra el escritor austríaco Ernst Fischer en su autobiografía, en un tiempo en que, dirigente comunista, andaba clandestino por las calles de una Viena gobernada por la extrema derecha. Era el año 1935 y, sin decirlo a nadie, se tomó el riesgo de ir al cine:
Una vez se pasó en un cine la película norteamericana ¡Viva Villa!, esa película de la Revolución mexicana hecha con gran maestría, pasión y crueldad. Los aplausos se repetían, cada vez más vehementes, cada vez más demostrativos. Al acabar la película los espectadores se pusieron de pie y una gran mayoría, jóvenes por lo general, se puso a gritar en coro, mientras los demás aplaudían rítmicamente: “¡A México! ¡A Moscú! ¡A Moscú!” La policía fue atropellada y la masa salió por las calles gritando: “¡A Moscú! ¡A Moscú!”.7
Algunas veces, muchas menos de las que nuestra inquietud intelectual habría querido y que se desvanecieron en el mutuo recato hacia lo vivido, hablamos con Friedrich de su paso por la izquierda socialista y comunista europea tanto en Austria como en la República Democrática Alemana, cuando su estadía en la Universidad Humboldt de Berlín, y de la vigilancia de la policía política sobre académicos e intelectuales, como aparece en La vida de los otros, película alemana en cuya trama revivía la propia experiencia.8
En ese universo, recordaba, su mayor cercanía en ideas había sido con Ernst Fischer, escritor y filósofo socialista austríaco,9 quien a partir de 1934 fue funcionario de la Internacional Comunista en Moscú y dirigente de ese partido en Austria. De esos ámbitos lo expulsaron cuando, como tantos otros, se pronunció en 1968 contra la invasión del Pacto de Varsovia sobre Checoslovaquia.
Ernst Fischer es autor de uno de los libros más impresionantes sobre las trayectorias y las tragedias de la izquierda europea en esas décadas: su autobiografía Recuerdos y reflexiones, publicada en 1969. Es una ruptura radical: ética, filosófica y política. El recorrido crítico de Katz por aquellos caminos podría seguirse, por analogía, en el aliento trágico de estas memorias.
Friedrich Katz y su familia dejaron Europa en 1970. En 1971 la Universidad de Chicago les dio por fin puerto, casa y abrigo. Enhorabuena. Cuando escribió su Pancho Villa, Friedrich había ya vivido y sufrido lo bastante como para saber escudriñar conductas y pasiones en las guerras y en las revoluciones. De allí deriva sin duda el singular título de su capítulo 18: “La tentativa de crear un villismo con rostro humano: El regreso de Felipe Ángeles”. Este fraseo esconde un doble guiño cómplice, hacia sus gustos por la historia comparativa y hacia el recuerdo de aquel 1968 en la utopía de Praga: “un socialismo con rostro humano”. Por cierto, en ese año Katz estuvo en México y allí llegó a ver similar experiencia.
Mauricio Tenorio menciona la ocasión en que una colega le preguntó a Katz: “¿Y tú, Friedrich, qué te sientes más: mexicano, alemán o estadounidense?” Friedrich, con ese su tono donde la ironía se ocultaba detrás de la delicadeza y la mesura, respondió que era austríaco, no alemán, y que amaba a México, país que los había salvado a él y a su familia. Pero, agregó, “si he de responder, diría que soy un sobreviviente, uno de esos que se salvó”.10
En el oficio de buscar y contar historias Friedrich fue maestro del ensayo, una de las artes de la escritura más cercana a la magia del equilibrista, aquella que cantó Eliseo Diego en La sed de lo perdido:
Por un filo te vas
en el vacío
tan contento de ser
a sueño puro
equilibrio y verdad
y maravilla.
Quien te ha visto y te ve
desde tan lejos
por los aires venir
ensimismado
y al silencio después
irte liviano;
de la sombra a la luz
y tan sereno
a la sombra otra vez
como si nada
nos dejases por fin
para consuelo;
quien te ha visto ya vio
toda la magia
del estar y no estar
a la ventura
y el prodigio feliz
de la memoria.11
En mi ejemplar de los Nuevos ensayos mexicanos regreso a uno, “Benito Juárez”,12 en cuyo inicio encuentro una anotación marginal hecha por mí en otro tiempo: “De cómo abordar una biografía en un ensayo”, apunte de discípulo en trance de aprendizaje.
Cuenta Katz cómo Juárez, en uno de los momentos más difíciles y solitarios de sus empeños, tuvo que responder a la oferta de Maximiliano para que abandonara la resistencia al invasor y aceptara el cargo de presidente de la Suprema Corte de Justicia. “Su respuesta al ofrecimiento de Maximiliano no dejaba lugar a dudas”, anotó Katz, y así la reprodujo:
Es cierto, mi señor —escribió Juárez a su oponente— que la historia registra nombres de grandes traidores que rompieron su honor, no cumplieron sus promesas y que traicionaron a su propio partido, su origen y lo más sagrado en un hombre de honor, y que el fundamento de esa traición fue un orgullo falso y el deseo vil de satisfacer sus propios móviles y sus instintos más bajos. Pero el que actualmente detenta el puesto de Presidente de la República, que proviene de las capas más profundas del pueblo, habrá de morir, si Dios quiere que así muera, siendo fiel a su honor en concordancia con las aspiraciones y con la conciencia de la nación que dirige. Yace en la voluntad de cada individuo violar los derechos del otro, arrancarle su propiedad, poner en peligro la vida de aquellos que luchan por la libertad, cifrar sus virtudes como crímenes y sus vicios como virtudes. Pero hay algo que escapa al horizonte de la maldad, y ello es el poderoso juicio de la historia. La historia nos juzgará.
Tres veces en ese párrafo acude a la pluma de Juárez la palabra “honor”, típica del oficio de las armas. Y a continuación nuestro calmo y gentil maestro, entre la abundante correspondencia de Benito Juárez, escoge para su breve ensayo biográfico otro pasaje revelador:
Juárez convirtió la guerra de guerrillas en la pieza central de su estrategia, cuyo objetivo definió de la siguiente manera: “Atacar y amenazar al enemigo día y noche. Las guerrillas acaban con el soldado enemigo, aíslan y destruyen su retaguardia, no le dan descanso ni tiempo para dormir, impiden que le lleguen pertrechos y abastecimiento. Lentamente habrá de agotarse en todo el territorio ocupado hasta que sea obligado a capitular, como un prisionero de su propia conquista, o hasta que no le quede más que retirarse del país”.
No otra cosa habrían escrito el presidente Ho Chi Minh, el general Vô Nguyen Giap o el escritor Franz Fanon de sus respectivas guerras de liberación. Si en ese ensayo sobre una densa y agitada vida Katz se detiene en tales párrafos, es porque ellos dicen de las causas y las virtudes que tocaban su corazón. Así fue como llegó a Pancho Villa.
Una olvidada nota mía a lápiz encuentro en la última página de mi ejemplar de los Nuevos ensayos: “Los movimientos populares no se definen sólo por las políticas y los programas de sus dirigentes sino también —y a veces, sobre todo— por los sueños que mueven a los insurrectos y los objetivos de su ira y su destrucción”.
Las inquietas y agitadas infancia y adolescencia de Friedrich y la sombra grande y admirada de Leo, su padre, fueron la escuela de su educación sentimental. Así adquirió como propios cuatro idiomas: alemán, francés, inglés, español, herramientas insustituibles para sus aprendizajes y sus enseñanzas, y también para su empresa de seguir la huella de Pancho Villa en los viejos papeles. “Sobre el rastro de Pancho Villa en los archivos” se titula el capítulo final de la biografía. Allí da cuenta minuciosa de la investigación en quince páginas que resumen sus recorridos y sus afanes de huellero, lupa, carabina y pluma en mano tal como lo dibujó El Fisgón.13
“Demasiado he visto la guerra, finalmente, como para ignorar que es una cosa a la vez horrible y estúpida”, escribió Marc Bloch en ese mismo libro donde definió las virtudes de un jefe militar:
Ser un verdadero jefe es, tal vez por sobre todo, saber apretar los dientes; es infundir en los otros esa confianza que nadie puede dar si uno mismo no la tiene; es negarse, hasta el final, a desesperar del propio genio; es aceptar, por fin, para aquellos a quienes se comanda y al mismo tiempo para uno mismo, antes que la inútil vergüenza, el sacrificio fecundo. En otros tiempos, hombres que no eran tontos ni tampoco cobardes ante el peligro personal también se habían rendido demasiado rápido ante el infortunio. Para su memoria la historia militar sólo guarda desprecio.14
No sé qué podría haber pensado Friedrich de estas líneas. Pero ellas me dicen de los motivos y las razones que pudo tener para dedicar años enteros, en la madurez de su oficio y de su vida, a seguir la huella del general Francisco Villa hasta llegar a soñarlo en algunas de sus noches.
En noviembre de 2010 Christopher Domínguez Michael publicó una extensa entrevista con Friedrich Katz realizada en Filadelfia, su último domicilio. Casi al final de la conversación le hizo una pregunta tal vez inesperada: “¿Y el fantasma de Villa?” Katz respondió: Se me aparece. Se me aparece no sólo a mí sino a mi esposa, que recuerda que cada vez que íbamos de vacaciones éramos tres: ella, yo y Pancho Villa, porque yo seguía trabajando sobre Villa. No era demasiado raro encontrarme en una conversación con Villa, en la cual me decía: “Esta pregunta es imbécil. Lo voy a fusilar”. Se me aparece con bastante frecuencia en mis sueños también.15
Sueños…
Friedrich Katz murió en Filadelfia en las primeras horas del 16 de octubre de 2010. El 15 de octubre, apenas regresado de Montreal, recibí mensaje de Emilio Kouri desde Chicago: Friedrich llegaba al final, cuestión tal vez de unas horas, tal vez de uno o dos días. Me fui a dormir, inquieto. A las 6:00 desperté. Acababa de soñar. Estaba seguro de que Katz había muerto. A las 6:15 me puse a escribir el sueño:
Estábamos con un amigo en la Universidad de Chicago. Salíamos, después de recorrer sus pasillos y galerías. Antes de salir veía a John Coatsworth. Lo llamaba. Se reía, nos abrazábamos y me llevaba a una pequeña comida o lunch —donde estaban terminando. Comíamos algo, invitados. El amigo con quien yo visitaba la Universidad al levantarnos pagaba nuestra parte. Yo le preguntaba con gestos si había que pagar y él me hacía señas de que no, que ya estaba. Me despedí de John. Salíamos en auto. Íbamos a visitar un archivo. Allí no estaba ya mi acompañante, pero ahora venían conmigo mis dos ayudantes, Tatiana y Edgar, y tres estudiantes más a quienes no recuerdo. Pasábamos por el jardín, donde había lugares para sentarse y, en algunos, grandes piedras planas de granito donde apoyarse para escribir. Parecía un cementerio protestante, pero al momento no lo era: era el jardín del archivo. De pronto dije a Tatiana: “Allí está mi padre”. Me acercaba a él, que estaba dormido, con la cabeza recostada en la piedra-escritorio y sobre ésta la tapa negra de un block que tengo en casa. Lo despertaba con cuidado: “Papá, papá, ¿qué haces aquí? Aquí estoy…” Me miraba con mucha dulzura. Era Friedrich y era mi padre joven, el que está en el retrato de la ofrenda que en México hacemos el Día de Muertos. Nos miraba. Le decía: “Ésta es Tatiana, éste es Edgar”. No dejaba de tener su dulce sonrisa, no en los labios sino en la cara y la mirada. Me decía: “Extraño México. Extraño a Eloy Salado”. Yo me preguntaba: “¿Cómo a México, si él no vivía allá? ¿Quién era Eloy Salado? ¿Un viejo amigo?” Quería yo hablarle, pero nos miramos, lo vi, y muy suavemente, muy suavemente, el sueño se desvaneció y me desperté.
Escrito en Coyoacán, 16 octubre 2010, entre 6:15 y 6:45.
Escribí esa página en treinta minutos con tinta verde. Volví a la cama, dije: “Tessa, acaba de morir Katz”, y me eché a llorar. A las 8:30 llamó Emilio desde Chicago para confirmar que durante esa noche Friedrich había muerto. Le pregunté a qué hora. “A eso de las 4:30” (la misma hora de México), dijo. Le agradecí la llamada y agregué, sin decir más, que ya había recibido aviso. Esa tarde, a las 15 horas, mi memoria lejana descifró el sueño y me reveló quién era el personaje de mis apuntes: Eloy Salado, médico, viejo amigo de mi padre, tal vez el más querido. Tenía su casa y consultorio en Buenos Aires, en la avenida San Juan casi al llegar a Entre Ríos.
La única vez que vi sollozar a mi padre, marino, abogado y jurista, fue cuando supo que había muerto el doctor Salado. Entró a nuestro departamento en la calle Santa Fe, se sentó en un sillón grande de la sala, se tapó la cara y estalló en sollozos. Enseguida se calmó o se contuvo, no fuera cosa de que lo miráramos con la cara con que seguramente los tres niños —Adolfo, Delfi y Graciela— lo estábamos mirando. Debe de haber sido allá por los inicios de los años cuarenta.
Tiempo habrá para estudiar y llegar a abarcar la vasta y duradera influencia de Friedrich Katz en la trasformación de la historiografía de la Revolución mexicana. Sólo quiero anotar ahora que su sensibilidad y su oficio le permitieron clavar la mirada sobre el gran enigma de esa revolución, la figura de Pancho Villa, descifrarlo y explicarlo. No fue el único en hacerlo, pero sí quien llegó más a fondo y más sereno.
Ante la revolución del norte siguió el viejo lema: “No llorar ni reír, comprender”. Buscó y mostró las claves para entender a ese pueblo en movimiento de hombres y mujeres que se vieron reflejados en Villa, lo impulsaron y lo siguieron, esos que sublevados contra las humillaciones y los despojos ancestrales abrieron a caballazos las puertas del México del siglo XX, aunque después fueran otros quienes pudieron mandar y hacerse ricos.
El alma y la mirada de Friedrich venían de muy lejos. “Soy un sobreviviente, uno de esos que se salvó”, dijo ante la pregunta impertinente. Se habían ido formando, alma y mirada, en la historia familiar de los exilios, las separaciones y los destierros; y en la conciencia de que era uno de esos pocos que pudo escapar al destino atroz de otros millones de judíos europeos, flor de la cultura, la intelectualidad y los finos oficios de la artesanía y el arte de la Europa central.
La mirada de Friedrich Katz, como las de Rosa Luxemburg, Walter Benjamin o Franz Kafka, era también herencia de una cultura que conocía las persecuciones, las humillaciones y los despojos, junto con las artes de la resistencia, las reapariciones y las resurrecciones.
Las ideas de Marx no lo alejaron de esa herencia. Más bien la refinaron en su penetración y en su piedad. Ésta fue la última y la primera llave, creo yo, que abrió a Friedrich la entrada hacia el enigma mayor de una revolución que, violenta como todas, buscaba poner fin a la interminable historia de la humillación y del desprecio e inaugurar un tiempo de justicia, igualdad y libertad.
Aquel que se salvó ya volvió a Viena. Que cada uno de nosotros sea fiel a su enseñanza y encuentre en su propio bagaje de estudios y de vida esa artesana llave de la historia.
Barrio de San Lucas, Coyoacán, 10 de septiembre de 2014
• Adolfo Gilly. Estrella y espiral. México: Era, 2023, 120 p.
Adolfo Gilly
Escritor e historiador. Es autor de numerosos libros, entre ellos La revolución interrumpida o la biografía en dos tomos de Felipe Ángeles.
© 2023, Ediciones Era. Reproducido con autorización de la editorial.
1 Marc Bloch, L’étrange défaite: Témoignage écrit en 1940, Gallimard, París, 1990, p. 33. Después de la derrota de 1940, Bloch se incorporó a la Resistencia, escapó a Gran Bretaña por Dunkerque, regresó a Francia ocupada y en 1943 organizó el movimiento guerrillero clandestino en la región de Lyon. En marzo de 1944 la Gestapo lo apresó y lo torturó ferozmente. Lo regresaron a la cárcel de Montluc en estado de coma. Fue fusilado el 16 de junio de 1944, junto con un grupo de otros prisioneros, Marc Bloch el primero. “Es admirable —escribió Georges Altman en el prefacio de la edición original— que este Testimonio haya podido ser pensado, escrito, guardado para nosotros en julio de 1940, en una Francia golpeada por el rayo del desastre. […] Es admirable que un gran testigo, caído cuatro años después al servicio de la Resistencia, haya podido descubrir y analizar con tanta claridad los secretos de la más extraña de las derrotas”. Le alcanzó aún el tiempo de su vida para escribir Apologie pour l’Histoire ou Métier d’historien, publicado en castellano como Introducción a la historia, Fondo de Cultura Económica, México, 1952.
2 John H. Coatsworth, “Semblanza de Friedrich Katz”, en Javier Garciadiego y Emilio Kouri (comps.), Revolución y exilio en la historia de México. Del amor de un historiador a su patria adoptiva. Homenaje a Friedrich Katz, Era, México / El Colegio de México, México / Centro Katz, The University of Chicago, Chicago, 2010, pp. 15-27. Eugenia Meyer, discípula de Katz, se hizo la misma pregunta: la atracción de la figura de Villa sobre Katz, escribió, “es de por sí un verdadero misterio, tratándose de un personaje tan diametralmente distinto al propio profesor universitario” (Revista de la Universidad de México, n. 87, mayo de 2011).
3 John Womack, Jr., “Villa y Katz, historias paralelas”, Letras Libres, México, marzo de 1999; J. Womack, Jr., “En torno a Katz y a su Pancho Villa” en J. Garciadiego y E. Kouri (comps.), cit., p. 81.
4 F. Katz, Ensayos mexicanos, prólogo de J. Coatsworth, Alianza Editorial, México, 1994, pp. 9-16.
5 F. Katz, “México y Austria en 1938”, en Nuevos ensayos mexicanos, Era, México, 2006, p. 397. El domingo 20 de marzo de 1938 El Nacional, periódico oficial del gobierno mexicano, a propósito de la expropiación petrolera de ese 18 de marzo, titulaba en primera página: Unánime solidaridad del pueblo con el Presidente; y también a ocho columnas y en grandes caracteres, agregaba un segundo título de primera: México no reconoce la anexión de Austria.
6 Mauricio Tenorio Trillo, “Vidas imaginarias” en J. Garciadiego y E. Kouri (comps.), cit., p. 89.
7 Ernst Fischer, Recuerdos y reflexiones, Siglo XXI de España, Madrid, 1976 (primera edición en alemán, 1969), p. 328; en alemán: Erinnerungen und Reflexionen. Erinnerungen bis 1945, Rowohit, Reinbek, 1969. La película es ¡Viva Villa! (1934), dirigida por Jack Conway, con Wallace Beery como Pancho Villa.
8 La vida de los otros (Das Leben der Anderen), Alemania, 2006; director y guionista: Florian Henckel von Donnersmarck. La acción trascurre en la RDA, año 1984.
9 En la vasta bibliografía de Ernst Fischer (1899-1972) figuran obras como La necesidad del arte, Planeta, Barcelona, 1994; Ursprung und Wesen der Romantik, Sendler, Frankfurt am Main, 1986; y traducciones al alemán de Charles Baudelaire y Paul Verlaine en Die schwarze Flamme, Erasmus, Viena, 1947 (La llama negra, título propio de la imaginería romántica y surrealista).
10 M. Tenorio Trillo, cit., p. 90.
11 Eliseo Diego, La sed de lo perdido, Siruela, Madrid, 1993, pp. 130-131.
12 F. Katz, Nuevos ensayos mexicanos, cit., pp. 79-103.
13 F. Katz, Pancho Villa, cit., vol. 2, pp. 423-438.
14 M. Bloch, cit., p. 144.
15 Christopher Domínguez Michael,“Villa se aparece en mis sueños, entrevista con Friedrich Katz”, Letras Libres, México, noviembre de 2010, pp. 56-62.