Apuntes para una teoría de la réplica: el incendio de Nurio

En un pasaje muy famoso de Nuestra Señora de París (1831), Victor Hugo estableció una idea que habría de tener una larga fortuna: los edificios de piedra eran los libros de la época anterior a la imprenta. “[…] el género humano tiene dos libros, dos registros, dos testamentos: la arquitectura y la imprenta, la biblia de piedra y la biblia de papel […] hay que releer el pasado en esas páginas de mármol”.1 En realidad, esta idea es más antigua, cobró bastante fuerza en la Ilustración, y los estudios sobre el arquitecto Antoine-Chrysostome Quatremère de Quincy muestran que la lectura de los monumentos como “libros”, si bien no podía aspirar a establecer el sentido literal de tales volúmenes de cal y canto, lo que buscaba era que la sociedad misma pudiera convertirse en “texto”. En 1845, pocos años después de publicada la célebre novela sobre Quasimodo y Esmeralda, se realizó un concurso para la restauración de Notre Dame que ganó el arquitecto y restaurador Eugène-Emmanuel Viollet-le-Duc, célebre por intervenciones que buscaban restituir e incluso mejorar el aspecto “original” de los monumentos: “Restaurar un edificio no es mantenerlo, ni repararlo, ni rehacerlo, es restablecerlo en un estado completo que pudo no haber existido nunca”.2

El 15 de abril de 2019, por causas que todavía no se aclaran del todo, un incendio destruyó la cubierta de la catedral de Notre Dame en París. Fue un hecho que ameritó transmisiones en vivo en todas las cadenas de televisión mexicanas. Aunque iniciada en el siglo XII, Notre Dame llevaba la marca de distintas épocas históricas; la vistosa aguja que cayó al final de la tarde era una invención de Viollet-le-Duc. Numerosas personalidades del mundo, incluidas algunas de México, se pronunciaron para apoyar la pronta restauración del monumento dañado. Se reunieron con prontitud cientos de millones de euros. Donald Trump exigió el empleo de un helicóptero con una enorme manguera para apagar el fuego. Marcelo Ebrard ofreció el “apoyo y conocimientos” del “Pueblo y Gobierno de México […] para la reconstrucción que habrá de venir”.3 Desde luego los especialistas mexicanos tienen conocimientos de alta calidad, pero si el canciller los hubiera consultado, habría sido más prudente al usar la palabra “reconstrucción”. Muy pronto, estas expresiones de piedad mundial cedieron paso a un debate bastante intenso acerca del camino a seguir en la “reconstrucción”. Se inició una guerra de declaraciones y decretos entre el presidente Emmanuel Macron y el Parlamento sobre el grado que tendría la reconstrucción. Macron, en sus primeras declaraciones, volvió a la doctrina decimonónica de Viollet-le-Duc: “[…] la reconstruiremos. Más bella todavía”.4

La restauración “como estaba y donde estaba” es contraria a los consensos de los restauradores de los siglos XX y XXI, que tienden a conservar sin ocultar el paso del tiempo, sin imponer un estilo unificado y sin destruir las aportaciones de distintas épocas. Macron moderó un poco su posición: acabó inclinándose por “restaurar la catedral de Notre Dame y su aguja de forma idéntica a como era antes del devastador incendio de abril de 2019”.5 Este desenlace, aderezado con diversas presiones de actores políticos variados, era bastante previsible; y quizás se haya precipitado por la publicidad que se dio a distintos proyectos especulativos, que iban desde poner una central generadora de energía hasta dejar la catedral sin techo y sembrarle árboles, como un gigantesco arriate.6 Pero como señaló el arquitecto Sergio Zaldívar Guerra, una de las voces más autorizadas en México, el problema venía de antes. El incendio se originó durante —y tal vez como resultado de— una campaña de mantenimiento cuya necesidad era discutible, pero cuyo propósito claro era que la catedral quedara como nueva. “La conservación de los bienes culturales no puede tener por objetivo la ‘repristinación’ de su naturaleza —‘hacerlos nuevos’—; son obra del pasado, y uno de los propósitos principales de su cuidado consiste en el respeto a su autenticidad”.7

Ilustración: Estelí Meza

Este criterio de “autenticidad”, que prohíbe “falsificar” los monumentos para convertirlos en “su propia fotografía”, es central en la ética y las doctrinas de la conservación en México. Es perfectamente lícito exigir su aplicación en Notre Dame. Por una parte, los franceses han estado entre los promotores más enfáticos de una “cultura de la piedra” que supuestamente distingue a la conciencia histórica de “Occidente”.8 Este criterio es discutible; o por lo menos Victor Hugo fue muy claro: el libro de piedra pertenece a la historia de Europa, pero no a su historia moderna. Aunque podría discutirse si esa mentalidad puede imponerse universalmente, Notre Dame pertenece a la Lista del Patrimonio Mundial, un instrumento derivado de la convención respectiva de la Unesco, y que establece normas estrictas para los monumentos que abarca.9 No obstante esos antecedentes jurídicos y teóricos, la repristinación es lo más probable.

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El pasado 7 de marzo se incendió el templo de Santiago Apóstol en Nurio, Michoacán, una construcción que probablemente databa del siglo XVII. Ninguna cadena de televisión mexicana interrumpió sus transmisiones para lamentar la tragedia. Nurio era famoso entre los especialistas, pero también en la meseta tarasca, porque su sotocoro ostentaba decoraciones al temple de gran calidad. De acuerdo con la académica de El Colegio de Michoacán Nelly Sigaut, es posible conjeturar que el autor se haya formado en el taller de Baltasar de Echave Orio. Aunque el significado de las pinturas no ha sido fácil de dilucidar, la misma especialista argumenta de manera convincente que el programa iconográfico se refería a “la reflexión sobre la alegría que causaba la conversión de los pecadores”. En esto concuerda el investigador de la ENAH Antonio Ruiz Caballero, quien añade dos argumentaciones. Una de ellas no es concluyente, pero sí bastante plausible, pues aporta suficientes elementos para pensar que la obra fuera patrocinada por el obispo michoacano Francisco de Aguiar y Seijas. Ruiz Caballero demuestra que en los destacados temples de Nurio los ángeles llevan instrumentos musicales que sí se empleaban en la región. Los ángeles músicos, divididos a izquierda y derecha entre vientos y cuerdas, probablemente tenían una relación compleja con los ejecutantes que pudieron haber participado en la liturgia. El propio Ruiz Caballero propone una interpretación neoplatónica del programa iconográfico.10

El incendio de Nurio, al parecer causado por un cuete, hizo arder una estructura de madera que ahora, con todo y las pinturas que la cubrían, es irrecuperable. En este caso, parece que ni Emmanuel Macron, ni Donald Trump, ni Marcelo Ebrard van a intervenir en el debate, que hoy mismo causa enorme desazón en la pequeña comunidad de quienes restauran y hacen el registro histórico y antropológico del arte en esa región de Michoacán. Apenas puede imaginarse el duelo que provoca esta pérdida entre los vecinos de Nurio. En las comunidades indias y campesinas de México, la importancia de la iglesia (me refiero al edificio) trasciende ampliamente la misa dominical. Aunque los documentos que dan fundamento legal a cada comunidad son escritos, y casi siempre de naturaleza jurídica, la visibilidad de la iglesia actualiza y da vigencia a un pacto que no llamaré social, sino comunitario. La pequeña comunidad municipal es resultado de conflictos, debates, acuerdos, consensos, victorias y derrotas que generalmente han tenido lugar fuera de la mirada arrogante de los profesionales de la historia, la antropología, la sociología y la historia del arte. Digamos que Victor Hugo tiene vigencia, más allá de estilos literarios o movimientos culturales. Es el libro de piedra, es el libro de adobe, es el libro de madera, de tejamanil, de palma, de ladrillo y de tabicón.

Desde el siglo XVIII, las administraciones virreinales primero y después nacionales —coloniales las dos— han buscado acotar y desacreditar el universo simbólico y las fuentes de la riqueza económica o cultural de las poblaciones muy pequeñas. Y no es que se trate siempre de comunidades armónicas o libres de graves confrontaciones. Su articulación muy deficiente a través del municipio castellano puede explicarse por las limitaciones de esa estructura legal, pero también por la supervivencia, al margen del orden legal aunque no al margen de la realidad, de “las dos repúblicas” coloniales: la de indios y la de españoles, dos términos raciales que las ciencias mestizas convierten en categorías metafísicas de casi cualquier análisis de lo que ocurre con las personas, las familias, las comunidades y “la sociedad”. No es que esas comunidades rechacen o desconozcan las propuestas jurídicas del país de los chilangos. Al igual que los franceses, los nurienses quisieran recuperar su iglesia, y que también tuviera vigencia para ellos la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Es probable que Nurio consiga una solución razonable sobre lo primero; pero no parece inminente que la República Mexicana decida por fin que quienes son habitantes de las pequeñas comunidades puedan ser considerados, como en el famoso documento francés, “hombres”. No, cuando todos los partidos parecen tener una competencia para ver quién postula a más (o a los peores) caciques en las próximas elecciones nacionales.

Cuando falta la iglesia, lo que se rompe son los delicados acuerdos, no siempre escritos, que han permitido la viabilidad, a veces muy difícil, de la vida en el pueblo: la que permite a los vecinos construir su casa, tener alguna actividad económica y darle sentido a su vida; la que propone un orden que, pese a sus deficiencias, suele prevalecer sobre el irresponsable sistema jurídico mexicano. De la misma manera que los ilustrados ciudadanos urbanos reconocen los límites de la democracia y quisieran perfeccionarla sin destruirla, los vecinos de las pequeñas comunidades están conscientes de distintas formas de inequidad en el orden municipal o comunitario y quisieran resolverlas sin destruir ese orden. Este problema no es menor si pensamos que el occidente de México, como otras regiones, está de tiempo atrás en una situación endémica de violencia parroquial y emigración masiva. Viene a cuento que en 2001 Nurio fue la sede del Tercer Congreso Nacional Indígena convocado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Aunque podrían hacerse numerosas críticas al proyecto zapatista, no parece que su derrota le haya traído algún beneficio a los habitantes de las pequeñas comunidades campesinas de México, aplastadas por una variedad de formas de terror económico, caciquil y estatal. Es por eso que las comunidades suelen pedir una réplica “igualita como estaba”, pues lo que se organiza en el edificio destruido son formas irrenunciables de supervivencia cultural que ayudan a articular —y no sólo simbolizan— los derechos ciudadanos; y también por eso estarían fuera de lugar las consideraciones evolucionistas sobre este razonamiento. Si el arrogante sistema constitucional francés no puede concebir la ruina de una catedral que ya no tiene el lugar que le atribuía Victor Hugo, sería absurdo negar el derecho de los habitantes de cualquier comunidad michoacana o mexicana para buscar la recuperación de su templo, que en muchos sentidos sigue siendo la constitución de piedra.

Hay antecedentes bastante afortunados de intervención en circunstancias semejantes. Por ejemplo: la iglesia de la comunidad Pame de Santa María Acapulco, en San Luis Potosí, también fue destruida por un incendio en 2007. La conservadora a cargo, Renata Schneider, ha publicado sus reflexiones sobre la dificultad de la situación: por una parte, una comunidad dispersa que dependía, para su supervivencia, del templo destruido; por otra parte, un enjambre de agencias federales y estatales que en cada eslabón de la cadena aspiran a deformarlo todo en aras del gran turismo. En los muy pocos casos que esa fantasía se materializa, lo que se implanta es una forma especialmente depredadora de inversión, que termina por ser más peligrosa para el patrimonio cultural que cualquier incendio. En el caso de Santa María Acapulco había un precedente que resultó de gran importancia: antes del desastre, acompañada por las especialistas, la propia comunidad había realizado el inventario de los “bienes muebles” resguardados en el templo. Esto no sólo permitió el cobro del seguro, también apoyó bastante el diálogo con la comunidad que, en lo que toca al inmueble, se decidió por una réplica “lo más igualito que se pueda a la iglesia”. Esta decisión la tomaron los propios habitantes, pero estuvo lejos de ser automática o absoluta, pues pasó por un largo proceso de duelo por la pérdida; y Schneider hace notar que otras comunidades posiblemente se hubieran decidido por edificar un templo nuevo. Aquí es donde el catálogo entra en juego, pues el edificio es sólo una parte del conjunto: se rescataron del fuego figuras, pinturas, libros y otros bienes, y en éstos si fue posible hacer valer, al menos parcialmente, los principios vigentes de la conservación para permitir la transmisión cultural a las próximas generaciones.11

La conservación es una disciplina en la que ningún caso es igual a otro. No abogo por aplicar indiscriminadamente las soluciones que dieron resultado en un sitio, pero que podrían tener consecuencias diferentes en otro. Simplemente se trata de que la comunidad pueda hacer valer sus derechos, sus intereses y su posibilidad de mantener viva la tradición. Sigaut hace notar que las tradiciones, cuando pierden la participación de las comunidades y se convierten en un mecanismo de reproducción idéntica, en lugar de ser de transmisión y diálogo, se convierten en instrumentos “de control, ya sea político o ideológico”.12 No hay manera de recuperar el objeto perdido, y sería un error pretender que cualquier sustituto es realmente lo mismo. Pero la autenticidad histórica del inmueble destruido no es el único problema que debe resolverse (ese sí con una ética vertical: no se vale mentirle al público). De lo que se trata es de conservar la clave para unir, como decía Levi-Strauss, “lo general con lo especial; lo abstracto con lo concreto”.13 Que los símbolos y sus significados cambien o se mantengan depende de las decisiones que imperceptiblemente van tomando los vecinos y los visitantes a lo largo de los siglos, en un panorama fluido del que forman parte los antiguos obispos, los especialistas de hoy, el desconocido pintor del sotocoro, todos los que sonaron algún instrumento durante las ceremonias y cada uno de los feligreses. Lo que debe conservarse, ya que el sotocoro se perdió, es la posibilidad de continuar la sucesión de esas pequeñas decisiones, interpretaciones y lecturas, a las que no me parece exagerado llamar “el método”. La conservación o la réplica son el debate que no debe detenerse.

 

Renato González Mello
Investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Miembro de la Academia de Artes.

Esta reflexión fue posible gracias al diálogo generoso que me concedieron Antonio Saborit, Lucero Enríquez y Nelly Sigaut.

En este artículo iba a publicarse una fotografía con un detalle del templo de Nurio. A la fecha de cierre, el INAH no había concluido la autorización que exige la ley. Esta última, la ley, será objeto de análisis en una entrega futura.


1 Hugo, V. Nuestra Señora de París, trad. Carlos R. de Dampierre, Alianza Editorial, Madrid, 2008, p. 211.

2 El artículo puede consultarse en Viollet-le-Duc, E.-E. “Restauración”, Conversaciones. Revista de Conservación, julio de 2017. Este número de la revista está dedicado completamente a Viollet-le-Duc y a Prosper Mérimée. Sobre Quatremère de Quincy, que pertenece a una época anterior, ver Lavin, S. Quatremère de Quincy and the Invention of a Modern Language of Architecture, Mit Press, 1992; Reiff, D. D. en “Viollet leDuc and Historic Restoration: The West Portals of Notre-Dame”, Journal of the Society of Architectural Historians 30, núm. 1, 1971, pp. 17–30, demuestra puntualmente que Viollet-le-Duc no siempre puso en práctica un criterio tan drástico, al observar que usó políticas más prudentes que muchos de sus contemporáneos (y aparentemente por eso ganó el concurso de restauración).

3 Ebrard, Marcelo, (@m_ebrard). “Lamentamos profundamente el incendio en la catedral de Notre Dame de Paris. Pueblo y Gobierno de México expresan su solidaridad con Francia y ponen a disposición su apoyo y conocimientos para la reconstrucción que habrá de venir.”, 1 de enero de 2019, 1:01 p.m.,

4 DW, “Macron quiere reconstruir Notre Dame ‘en cinco años’”, Deutsche Welle, 16 de abril de 2019.

5 Forbes Staff, “La catedral de Notre Dame será reconstruida idéntica”, Forbes México, 10 de julio de 2020.

6 Ver, por ejemplo, Idoia Sota, “Los proyectos que más gustan a los ciudadanos para reconstruir Notre Dame después del incendio”, El País, 15 de abril de 2020.

7 Zaldívar Guerra, S. “Notre Dame: Turismo contra conservación”, Proceso, 26 de abril de 2019.

8 Knut Einar Larsen, ed., Proceedings / Nara Conference on Authenticity in Relation to the World Heritage Convention: Nara, Japan, 1-6 November 1994 = Compte-Rendu, Unesco World Heritage Centre [u. a.], París, 1995.

9 World Heritage Committee, “Report of 15th Session, Carthage 1991”, Institucional, World Heritage Convention, 12 de diciembre de 1991.

10 Sigaut, N. “El cielo de colores”, en Arquitectura y espacio social en poblaciones purépechas de la época colonial, ed. Carlos S. Paredes Martínez ed. Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Instituto de Investigaciones Históricas, Morelia, Michoacán, México, 1998, pp. 269–304; Ruiz Caballero, A. “La música del universo en un sotocoro novohispano: música, ángeles y tradición neoplatónica en el templo de Santiago Nurío, Michoacán, siglo XVII”, en De música y cultura en la Nueva España y el México independiente: testimonios de innovación y pervivencia, Lucero Enríquez Rubio ed., vol. 2 Instituto de Investigaciones Estéticas, México, 2017, pp. 103–36.

11 Schneider G., R. “Rehabilitación, conservación y restauración de bienes culturales en comunidades marginadas. El caso de Santa María Acapulco, San Luís Potosí”, Cultura y representaciones sociales 4, núm. 8, 2010, pp. 213–50.

12 Sigaut, ob. cit., p. 271.

13 Levi-Strauss, C. El pensamiento salvaje, Fondo de Cultura Económica, México, 1988, p. 315.

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Publicado en: Dislexia política