
Ese patrón se sostiene con alfileres
de ahí nuestra expresión.
Mujeres sostuvieron durante décadas
la vida con alfileres y espaldas encorvadas
ojos sometidos a un desgaste.
Aún así, cantaban
mientras cosían
sin soltarse de las manos.
Mónica Nepote
Pre-nostalgia por Monsiváis
Este año se perfila como una esfera sensible inundada de denuncias de violencias de género y reclamos feministas: el documental #TODAS. Debanhi, una historia de redes de Vix sobre el feminicidio de Debanhi Escobar en Monterrey en 2022; la proliferación de consignas feministas plasmadas en los muros de la ciudad, cortesía de la Secretaría de Cultura; el festival Tiempo de Mujeres patrocinado por el Gobierno de la Ciudad; la consigna de la presidenta “Llegamos todas”; el compromiso de Clara Brugada con la instauración de un sistema público de cuidados al centro de las políticas de la ciudad. Sin embargo, los feminismos están corriendo el riesgo de cristalizarse en ideología y foco de polarización, de estancarse en lo que Marta Lamas llama “mujerismo”, de azuzar al machismo de bases y de servir a la concreción de la derecha en México.
En este contexto, la flamante traducción al inglés de Misógino feminista (Océano, 2013), la colección de ensayos feministas de Carlos Monsiváis editada por la misma Lamas , pone sobre la mesa reflexiones con las que Monsiváis acompañó al feminismo en México durante más de tres décadas, para hacer evidente que estos textos siguen vigentes y son más que necesarios.
La crítica de Monsiváis a la izquierda sesentera por considerar al feminismo como “secundario a la lucha de clases” (vigente todavía el sexenio pasado), su énfasis en la relevancia de colocar al feminismo al centro de la sociedad como una herramienta en contra de una serie de opresiones sociales. También sigue siendo importante el mapa que dibujó de las áreas o vectores de lucha de los feminismos.

Además, el papel que tuvo Monsiváis en el movimiento feminista en México como teórico, gurú, estratega, lo colocan en un lugar de compañero único y entrañable. Su ausencia hace visible el hueco que tenemos hoy de aliados al movimiento —a excepción parcial del trabajo de reflexión que ha hecho el politólogo Hugo Garciamarín sobre los feminismos y el trabajo de cuidados como un derecho— que, además, pudieran reconocer su propia misoginia (aunque fuera sin el exquisito sarcasmo de Monsi).
El escritor entabló diálogo con el pensamiento y la producción cultural de mujeres, leyéndolas desde su perspectiva de género (y más allá), como Nancy Cárdenas, Sabina Berman, Denise Maerker, Rosario Castellanos, Simone de Beauvoir, Susan Sontag o Frida Kahlo. Hoy el movimiento requiere de cómplices e interlocutores como Monsi. La “masculinidad” sigue siendo invisible o apenas explorada más allá de la masculinidad cuir (pienso en la tímida novela publicada en 2019, No contarlo todo, de Emiliano Monge), las voces femeninas y feministas han explotado en el campo sensible (literatura, cine, arte, pensamiento), pero en el contexto de un apartheid literario y nichos de mercado de producción y consumo de libros temáticos. Podríamos inclusive hablar de un apartheid cultural que empieza a rayar en la polarización.
Pienso también en la novela El camino de Wembra y otras utopías feministas, de Adrián Curiel, una colección de relatos basados en una distopía en la que la sociedad está “sujeta al matriarcado civilizatorio”. En este mundo (inspirado en El Cuento de la criada de Margaret Atwood), se revierten los roles heteropatriarcales tradicionales y los hombres sirven para la reproducción o para hacer las tareas más infames. Los relatos de Curiel son una caricatura: un profesor podría ser condenado a muerte por llamar “compañera” a une “compañere”. Y la hipérbole que utiliza para satirizar las inquisiciones en nombre de la igualdad y la cultura de la cancelación, se convierte en una burla machista a la radicalización de la última ola de feminismo (centrada sobre todo en el #MeToo y la violencia de género). En lugar de tomar en serio los problemas estructurales y de raíz que conciernen a los feminismos, se hace evidente que no hemos encontrado una solución en conjunto porque hay personas —como Curiel— que gaslightean a las feministas.
La definición de sexismo (o la discriminación basada en el sexo) que propuso Monsiváis sigue teniendo relevancia también como punto de partida del “despertar feminista” y como eje del movimiento que atraviesa tanto el ámbito cultural como el político (hoy apenas existe la distinción entre ambos regímenes de acción y pensamiento): “[…] es una estructura metódica y establecida. Es la estructuración deliberada, vigilante, exaltada, melancólica, sin piedad y paternalista de la inferioridad. El sexismo es la suma ideológica y una práctica, una técnica y una visión del mundo”.
Y sigue: “El sexismo roba, infantiliza, quita autonomía, confianza en sí misma y agencia, exige el servilismo. La mujer sigue siendo el reflejo de la voluntad y el deseo masculino, que dan lugar a la violencia de género cuyo extremo es el feminicidio”.
Esta definición, además, explica de manera contundente la violencia de género. Sitúa al feminicidio como un “crimen de odio” y a las mujeres como “víctimas históricas”, y concluye que el feminicida se regodea en el placer del poder absoluto sobre la vida y la muerte, en una cultura que denigra la vida y desprecia a la reproducción.
Los feminismos como hegemonía
El feminismo hegemónico en los últimos treinta, ha servido menos como una herramienta para el cambio social de raíz, y más como una plataforma de empoderamiento individual de las mujeres. Es decir, de manera aspiracional e individualista, se dibujó a la batalla principal del feminismo hegemónico como una lucha por avanzar en los caminos del poder y del empoderamiento. Se llegaron a entender como logros feministas la capacidad de escalar en el poder gracias a la “habilidad propia para gestionar hombres ególatras”, “sin opacar a los señores”, “domándolos sin que lo sepan”. (Cuyo revés más reciente fue la reversión de la iniciativa de ley contra el nepotismo).
La contracara de la mujer empoderada atravesada por la diferencia de clase es la figura de la víctima de la violencia de género, sujeta de ayuda pública. Mientras que la infraestructura pública se descolectiviza y se ensaña con las autonomías al estar diseñada para las percibidas necesidades de las mujeres, parece facilitar la autoexplotación laboral (con SPAs, guarderías, lavanderías, comedores) y ampliar las posibilidades de consumo de las mujeres para pompear a los mercados. Mientras que la municipalidad toma responsabilidad por el trabajo de cuidados (¿y los señores?), se obvia la discusión sobre la desigualdad en los salarios y otros derechos laborales. El predominio retrógrado de la figura de la “víctima” que el Estado viene a rescatar, implica una captura y parálisis del pensamiento y luchas feministas y de la acción colectiva.
En este contexto mujerista o de esencialización de la competencia o vulnerabilidad “femeninas”, vemos con preocupación el surgimiento de formas desnudas masculinas de poder, una explosión de energía masculina todopoderosa y violenta como ideal. Ello aunado al extractivismo en esteroides, y al ejercicio del poder absoluto: aquí tenemos precedentes como la cancelación del aeropuerto de Texcoco y la expropiación del museo Yancuic en Iztapalapa junto con otras muestras de poder unidireccional desafiando la vergüenza y las restricciones legales para hacer despliegues de capacidad de poder, exhibiendo desprecio por la responsabilidad moral y los derechos, expresando de manera pública odio y generando polarización. Ahora bajo la luz del sadismo y obscenidad de Trump, con sus órdenes ejecutivas y en sus pronunciamientos públicos diarios, su idea expansionista y de limpieza étnica en Medio Oriente, la Franja de Gaza como proyecto de bienes raíces, su eliminación del género e imposición de un sistema binario de sexo, sus expresiones de pasiones fascistas, se empieza a dibujar un nuevo horizonte de los feminismos contemporáneos.
La revolución pacífica de las mujeres
Monsiváis documenta en 1983 la inserción de las mujeres en la vida pública de México, y explica que había mujeres (como Griselda Álvarez) que habían tomado posiciones pero sólo en calidad de representativas de su ideología y sexo. Todavía no había suficientes salidas institucionales, había mucha desconfianza y manipulación por parte del gobierno de esa época. Los logros que registra el escritor son en los ámbitos de trabajo doméstico, aborto y violación.
Monsiváis fue parte de una lucha de más de cincuenta años que logró la democratización y que culmina tanto con la llegada de Morena al poder como con la “ciudad feminista” de Clara Brugada. Oímos las consignas “Es tiempo de mujeres” y “Es tiempo de mujeres sin violencia”, al tiempo que se están implementando políticas públicas para “mejorar la vida de las mujeres”. Haciendo del cuidado una responsabilidad pública, se construye infraestructura para aliviar la presión del trabajo de cuidado en la ciudad feminista: iluminación con caminos seguros y libres para las mujeres; murales con perspectiva de género; construcción de espacios seguros; programas para mejorar las relaciones familiares, programas para luchar contra las adicciones. El Sistema de Cuidados de Brugada incluye Utopías que ofrecen recreación, deporte y cultura; instalaciones y servicios para repartir las tareas de reproducción; lavanderías, comedores comunitarios; Casas de Día para adultos mayores; Casas de las Siemprevivas; Caminos de Mujeres Libres y Seguras. Una Secretaría de las mujeres encargada del bienestar para las mujeres en situación de violencia, entre otros programas. Y desde la legislación, la garantía de la igualdad sustantiva a través de la Ley de acceso a las mujeres a una vida libre de violencia.
El feminismo queda al centro de la política pública a nivel ciudad, convirtiéndola en la capital a la vanguardia de los derechos de las mujeres. Bajo la luz de las historias del feminismo de Monsiváis, podemos ver que mientras que el feminismo se ideologiza y se convierte en política pública, se dejan atrás la comunidad LGBTQ+ y los pueblos indígenas, la interseccionalidad y la cuestión de la explotación laboral en relación a la diferencia de género. Monsiváis afirmó que la “inferioridad programada de las mujeres” es parte esencial de su valía en el mercado. Los programas públicos feministas alivian a algunas mujeres de ciertas labores reproductivas, pero no de la explotación, ya que se excluye una cruzada por los derechos laborales o igualdad de salario. En ese sentido, las políticas de la ciudad feminista mantienen intactas a las relaciones capitalistas y heteropatriarcales dibujando la idealización ideológica de los feminismos.
No queda claro si el feminismo es una categoría de la izquierda, aceptada como tal; gracias al legado de polarización del régimen anterior, hay una división entre el feminismo del ámbito rural y el urbano, entre las mujeres trabajadoras, de clase media y baja, y las amas de casa. No hay interseccionalidad, al contrario, aparece un feminismo “liberal” completamente desligado de la acción colectiva, centrado en las luchas culturales, a favor de la libertad de expresión, contra la cancelación y el radicalismo que defiende a la sociedad civil, pero sin una visión de justicia que le corresponda. Y ya que propone mejorar al mundo con ajustes sociales mínimos, ello lo hace conservador. Por otro lado, está la izquierda feminista “iliberal” que es woke o despertista, centrada en la defensa de los valores esencialistas identitarios y la figura de la víctima, con una sensibilidad moralizante y que fragmenta comunidades. La representación se sustituye por la identificación.

Se empieza a escribir un nuevo capítulo del feminismo en México, ya sin Monsi. Ahora que el movimiento se coloca al centro de la política pública en la CDMX surge otro reto: el de los grupos financiados por la derecha que se están expandiendo. Por ejemplo, el Colectivo No Más Presos Inocentes, el grupo de choque antifeminista fundado en 2023 que reclama, entre otras cosas, la libertad de los feminicidas. Su discurso en la calle y redes sociales es antiderechos, difaman y criminalizan a las víctimas llamándolas “delincuentes disfrazadas de víctimas”. Representan una amenaza a los activismos trans y socavan la empatía, planteando a la perspectiva de género como un error. Su estrategia es instrumentalizar un problema real para golpetear a la agenda de género y culpabilizarla por ser una cultura carcelaria. Es así que No Más Presos Inocentes vende a los medios un discurso antipunitivista, cuando en realidad cabildea para proteger a los poderosos, a los machistas violentos y para atacar al feminismo. Este colectivo está vinculado a otros, como el Colectivo Nacional de Mujeres por la Igualdad, con lazos con la ultraderecha en México como Eduardo Verástegui y Sergio Mayer.
A pesar de la legislación y la ciudad feminista, los feminicidas están logrando (como antes) evitar la prisión debido a deficiencias que prevalecen en los organismos encargados de investigar y probar los crímenes, así como por la discrecionalidad con la que los jueces encargados de estos casos otorgan beneficios a los agresores para eludir la sanción. No podemos olvidar que algunas carpetas de investigación sobre violencia sexual contra menores y de violencia vicaria que se procesan en la Fiscalía General de Justicia (FGJ) de la CDMX, se convierten en materia de intercambio de favores, manipulaciones y obstáculos entre los mismos servidores públicos. Podemos hablar de un patrón que termina por convertir a las víctimas en victimarias sujetas a órdenes de aprehensión y dejan impunes a los agresores, y vulnerables a las mujeres y a sus hijes. Casos de alto perfil (que son los más visibles) son el de Sayuri Herrera Román —quien fue Coordinadora General de Investigación de Delitos de Género y Atención a las Víctimas—, Regina Seemann, Mafer Turrent, Maha Schekaibán, Aída Abraham Farah.
Parte de los nuevos feminismos implica articular los destellos de la realidad social en la que actualmente vivimos, de extractivismo, despojo y limpieza étnica, marcada por la violencia de género en las elecciones de 2024; la moralidad detrás del enjuiciamiento y encarcelamiento de Lucio y Diana, los jóvenes que abandonaron a su bebé en Tutlitlán; o la reciente y arbitraria eliminación del noticiero de Debate 22 y otros programas de Canal 22, en la que los protagonistas se habían rehusado a convertir al canal en plataforma de propaganda de la (“muy feminista”) Secretaría de la Cultura.
Es así que podemos articular un cambio radical en el foco del feminismo: de la opresión social que describió Monsiváis, a la amenaza de la vida y de sus condiciones de sobrevivencia. Lo que encaramos a corto plazo es la necesidad de formas de gobernanza biorregional centrada en los efectos del cambio climático y la lucha por la justicia alimentaria. Insistir, siguiendo a las feministas del cono sur, en ligar al extractivismo con violencia de género e incorporar una crítica al capitalismo, que desprecia a la vida y a la reproducción, y que ha transformado a una porción importante de la población mundial en desechable. Invitando a quien lee a continuar con esta discusión, incluyo la definición de resistencia de Suely Rolnik:
La resistencia hoy consiste en reconectar lo más posible con nuestra condición de viviente… [Es] una brújula ética, porque su norte (o, más bien, su sur) no tiene imagen, ni gestos, ni palabras. Cuando la vida se encuentra amenazada, cuando el río siente los efectos de esas fuerzas destructivas en su vitalidad, inmediatamente inventa su manera de seguir, bajo otra forma, transfigurándose, creando otro lugar.
Seguimos requiriendo que el feminismo sea plural e interseccional, pero ante las condiciones actuales, se hace necesario pensarlo a escalas: molécula-hormona-la entraña-el cuerpo individual (cuerpos no sólo llenos de tóxicos sino que sufren enfermedades inflamatorias por la calidad del medioambiente en el que viven, que al mismo tiempo les impide la organización), la familia (donde se fermenta el germen de la violencia de género) y prácticas cotidianas, a la reproducción social a través de las instituciones (que continúan la violencia) a la geografía y la ciudad. Qué problemático se vuelve ir a marchar como “buenas mujeres” —incluso rayar y romper ya es entrar a ese rol que se espera de las feministas; no por nada la secretaria de Cultura pasó a “rayar” la ciudad con pintas de eslóganes feministas)—, ahora que hacernos visibles como entidad interseccional, en lucha y furiosas, se convierte en un rol que debemos cumplir pacíficamente, obedeciendo las políticas gubernamentales. Sin ser quisquillosas y aprovechar el dinero que nos ofrezcan por colgar reels en Instagram para hacer campañas de publicidad y promoción al gobierno alrededor de la lucha de las mujeres, aceptar invitaciones para que nos apapachen las marcas en eventos de marketing por el 8M.
Irmgard (Gardi) Emmelhainz
Escritora e investigadora independiente. Su más reciente publicación es una colección de ensayos de quince autores titulada Contrahistoria del “pueblo” mexicano (Debate, 2025).