Aprender el bosque de memoria y de corazón

La más reciente novela de Jorge F. Hernández invita, según esta reseña, a andar el bosque de la memoria en busca de los invaluables recuerdos que se atesoran desde la infancia.

Terminé de leer Un bosque flotante (Alfaguara, 2021), la nueva novela de Jorge F. Hernández, durante lo que en inglés se llama Christmas Eve y en español, Nochebuena, aunque en realidad se traduciría como “víspera de Navidad”, pero casi nadie la llama ni de una ni de la otra forma, porque vivir en inglés no es como vivir en español. La leí en Madrid, muy cerca de donde vive Hernández ahora; la deambulé casi de una sentada y si mi memoria no me falla diría que nevó por primera vez en varios años en la ciudad; que el Retiro de repente envolvió Madrid entera y se renombró Mantua, pero esta vez no por Lope de Vega, sino por el pequeño pueblo en Estados Unidos donde crecieron Jorge y May, su madre, que fue infante al mismo tiempo que su hijo.

Entrar al bosque de Mantua en Fairfax, Virginia, es adentrarse en la memoria de la niñez de Hernández y en la recuperación de los recuerdos perdidos de su madre tras una trombosis que la dejó sin pasado y sin lenguaje. Una amnesia que “le amaneció de golpe como una neblina enredada en el cerebro. Un error de costura”. Una memoria que después de una docena de años va recobrándose como un paraíso perdido; recuperándose lentamente con la ayuda de algunos que —con canciones de Agustín Lara, historias de Bernal Díaz del Castillo las andanzas del Caballero de la Triste Figura, refranes, dichos y adivinanzas— renombran el mundo de manera adánica para inaugurárselo a May. Pero bajo el dosel del follaje también hay penumbra: Hernández nos relata la historia de un tenebroso paseo en círculos por el bosque en compañía de su mejor amigo y del demonio disfrazado al acecho; travesía que culmina en una larga huida a casa a toda prisa, entre gritos y ramajes estriados por las historias que  nos obligan a olvidar para evitar hablar de aquello oculto en el bosque.

Internarse en esta novela es entonces indagar el bosque del olvido y explorar senderos construidos piedra a piedra por ficciones que anuncian la esperanza de los claros de la arboleda y señalan las negruras donde duermen las bestias. Es andar en bicicleta con los niños del bosque, esperar al señor de los helados, creer en la magia, ser un explorador de la espesura e ir anotando con admiración en pequeñas libretas compartidas los descubrimientos cotidianos de los primeros años residiendo en el mundo; libretas cuyas hojas formarían también diccionarios bilingües para disipar la neblina de May, y que perduran hasta la fecha en los bolsillos de Hernández, quien en cualquier momento dibuja o escribe lo que estamos esperando leer.

Entre las hojas del bosque llega también la Navidad y la nieve, a veces blanca y a veces negra para Jorge; y habitan amigos, vecinos, maestros y soldados llenos de historias sobre Vietnam, el sueño americano, México y el Capitolio, que también en ocasiones se tiñe de blanco y otras se oscurece. Entre el follaje suenan las voces de George, John, Ringo y Paul, porque como dicen en algunas liturgias, ellos están entre nosotros incluso cuando no están; como las historias que nos deletrean sin que tengamos los libros en las manos, igual que el Quijote en desgracia hablando del marqués de Mantua, que es y no es el Mantua de Georgie.

El bosque flotante está también suspendido en los viajes, las mudanzas y las historias que le cuenta su padre a Jorge, diplomático, sobreviviente de una explosión aérea, amigo de los Kennedy y gran bailarín, a quien espera despierto hasta tarde para preguntarle por palabras en español con las que reencontrarse con May, y a quien sigue esperando incluso cuando sólo su memoria habita esta Tierra. Al padre de Jorge —que también se llama Jorge porque los bosques reverberan— le decían Gargantilla porque era imitador de voces en la XEW y era capaz de jugar con la memoria de la gente haciendo eco de voces fantasmales, al invocar presencias imposibles y desclausurar pasados olvidados. Caleidoscopio de voces, milagro del bosque y sus colores de primavera, que Hernández evoca también desde el verdor de su propia garganta, bajando por las ramas de sus brazos hasta la punta de su pluma, siempre hirviente a pesar de su amor por la nieve.

El bosque es en realidad muchos bosques y Hernández se los sabe de memoria, o como dirían en inglés, by heart. El bosque es el paisaje de su memoria, en ocasiones en inglés y en otras en español. Es el follaje de la amnesia de su madre, las sendas inaccesibles de su mirada perdida. Es el paseo de Hermógenes y Crátilo. Es un vistazo al paso del tiempo, a la naturaleza, a la civilización o lo que de ella se dice, a lo conocido, a lo inabarcable, a lo íntimo aunque enorme, a lo diverso pero familiar; es el ahora de la memoria y lo que se vislumbra del ayer mezclado con los recuerdos del porvenir en llamadas telefónicas de amigos separados por la maleza y el silencio.

Leer Un bosque flotante es sentir de nuevo el lenguaje como quien lo vive por primera vez. Es ser infante —in-fanos, sin habla— para andar entre las abiertas y ocultas veredas de la lengua que revelan el nombre de cada piedra, de cada hoja, de cada hierba, pero no de cada miedo o cada demonio. Es descubrir que no hay traducciones o sinónimos para nombrar y habitar los días; que dos lenguas son dos mundos aunque la memoria de voces en idiomas distintos puedan sanar el pasado y hacer que May, como un relámpago en reposo, recuerde el tiempo perdido en números o sílabas, o que las mentiras del demonio sean atajadas con la sinceridad tardía de un amigo.

Con esta novela Jorge F. Hernández delinea los árboles del bosque en su libreta de bolsillo sin que por ello pierdan su olor o se disipe la bruma; el bosque al que nos adentra sigue reverdeciendo en aventuras y paseos gracias a sus relatos que viajan por tiempos y parajes a los niños de antes y de ahora. Con el sendero que alumbran sus palabras tal vez podamos aprendernos también el bosque de memoria y de corazón.

 

Valeria Villalobos-Guízar
Estudió literatura latinoamericana en la Universidad Iberoamericana y periodismo y literatura argentina en la Universidad de Buenos Aires.

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Publicado en: Ciudad de libros