Añoranza de la vela

Me gustan los apagones, el regreso repentino de las tinieblas. Me gusta esa interrupción inesperada del curso de la vida, esa pausa intranquila que nos orilla a la espera y a la reflexión y que pone en perspectiva, hasta el límite del extrañamiento, cualquier cosa que trajéramos entre manos. ¡Cuántos proyectos innecesarios, cuántas tareas fastidiosas no habrán sido abandonadas para siempre a consecuencia de un apagón! Hay un llamado oscuro a recomenzar desde cero en los cortes de luz, una oportunidad inmejorable para cambiar de rumbo. (Tal vez por ello, apenas se reanuda el suministro eléctrico, nos apresuramos a retomar nuestras actividades, nos esforzamos por dar vuelta a la página de la duda, dejar atrás la crisis súbita del paréntesis negro).

Confieso que me gustan los apagones, sobre todo, porque es el momento de desempolvar las velas y de improvisar candelabros con ceniceros y botellas vacías, de invocar esa atmósfera desfasada y lenta, vacilante y terrosa, que trae de vuelta el espíritu de lo dieciochesco, en la que uno puede llevar, como observó Stevenson, “su propio sol colgado de una anilla a su dedo”. Asociadas desde siempre a una función ritual, las velas quedaron relegadas al cajón de las ocasiones especiales. Si en muchos cultos religiosos antiguos se acostumbraba la utilización de candelas y cirios, hoy no pueden faltar en las fiestas de cumpleaños ni las cenas románticas. Celebrar una vuelta más alrededor del sol sin un pastel rebosante de velas sería como darle la espalda a la posibilidad de la alegría; una confesión tácita —si se quiere velada— de que nos hemos quedado sin ilusiones. Según distintas supersticiones convergentes, a través de los hilos de humo ascienden nuestros deseos y plegarias al cielo, uno por cada vela encendida.

Aunque la idea contemporánea de “una velada” pueda prescindir completamente de velas, reunirse alrededor de esos fuegos menores concita una mayor intimidad y cercanía, y, acaso por la reminiscencia del hogar y las fogatas, crea un calor simbólico. La atmósfera más propicia para el enamoramiento suele ser la media luz: lejos del resplandor diurno de la responsabilidad, pero no tan cerca de las tinieblas como para que un leve roce en la rodilla nos arranque un susto y nos desvíe del subtexto erótico. Bajo la insidia de ese vigilante todopoderoso que es el foco, prosperan sentimientos más bien asociados al deber y los pendientes, y aunque el amor consiga abrirse paso incluso bajo la luz aséptica de un hospital, las velas crean un interregno ambiguo y parpadeante, una suerte de burbuja de sobrentendidos, tan inciertos como prometedores, en que nada que escape a su tenue irradiación parecería importar. Ya decía Casanova que el corazón es especialmente receptivo a la teatralidad y al decorado, y que tal vez nos enamoramos del ambiente y de la situación, más que de la persona en turno, la cual, hasta cierto punto, podría ser intercambiable.

Se conservan lámparas de grasa muy antiguas, de más de quince mil años, en la cueva de Lascaux, en la Dordoña, con ramas de enebro como mechas, que se cree se emplearon para la elaboración de las pinturas rupestres o bien para contemplarlas. Y hay concentraciones de manchas de hollín en numerosas cuevas prehistóricas más antiguas, que sugieren que el invento revolucionario de sumergir un pabilo en combustible se extendió ampliamente con las migraciones del Homo sapiens, en una transmisión cultural paralela a la de los pigmentos y técnicas de la pintura parietal. Según W. T. O’ Dea, autor de La historia social de la iluminación, las lámparas más rudimentarias se crearon ahuecando piedras calizas. Más tarde los recipientes se moldearon en barro, de suerte que la lámpara se volvió manejable y portátil. En la Ur de los caldeos y en algunas tumbas egipcias se han encontrado ejemplares de diseño muy sofisticado, alimentadas con aceite. Las hay de cerámica y de alabastro, de cobre y oro, colgantes y de nicho, en cuencos o en el tradicional recipiente alargado, con asa y pico, que asociamos con Aladino. Las lámparas etruscas, fundidas en bronce, eran de una exquisitez asombrosa y un tanto abigarrada, y ya fueran de piso o colgantes estaban decoradas con figuras mitológicas que hacían más significativa la emisión de la flama. Pero fueron los romanos quienes inventaron propiamente la vela, a través de la solidificación del material aceitoso; una vez compactada en forma de cartucho, la luz podía prescindir de un depósito y comercializarse con facilidad.

Al fin y al cabo una forma de combustible, las velas alcanzaban precios exorbitantes y llegaron a ser, en distintas épocas, un signo de distinción. La Roma imperial, que hizo que la afición por la luz artificial aumentara y se extendiera a niveles sin precedentes, estaba dividida en clases sociales que podían distinguirse a partir de la calidad de la iluminación doméstica. Los esclavos debían contentarse con caracolas de mar en las que sumergían mechas de estopa, mientras que la luz refinada y sutil de las velas estaba reservada a la élite de patricios, senadores y nuevos ricos. Antes de la parafina de origen chino, con esa blancura pálida que recuerda a la porcelana, las velas se fabricaban con aceites vegetales, cera de abeja o sebo; además de costosas, eran un artículo de primera necesidad, entre otras razones porque eran comestibles. Se dice que un ojo avezado podía determinar el estado de las finanzas de una familia sólo por el tipo de luz que despedían las velas, y que durante muchos siglos se consideró de mal gusto que en el salón o la biblioteca imperara una iluminación barata y tosca.

En Instrucciones a los sirvientes, un antimanual de doble filo, hilarante y corrosivo, que aboga por la desobediencia y la insubordinación a costa de burlarse de los propios agentes de esos sencillos actos revolucionarios, Jonathan Swift recomienda una serie de medidas para reducir la desigualdad y minar la riqueza y el poderío de las clases pudientes. Entre ellas destacan infinidad de artimañas a propósito de las velas: desde dejarlas inclinadas en los candelabros para que se desgasten más rápido (y chamusquen, de paso, alguna peluca churrigueresca), hasta darlas como legítima propina a las cocineras y recaderos.

Antes del desarrollo del queroseno, las embarcaciones en Altamar se enfrentaban a un dilema antiquísimo: ¿hambre o tinieblas? Muy lejos de tierra firme para abastecerse de provisiones, los barcos de vela solían quedarse con las bodegas vacías y no era raro que, a falta de ron y galletas, los tripulantes se vieran obligados a mordisquear los muñones de sebo de las velas mientras se comían las uñas. Incluso los barcos balleneros que zarpaban en busca del preciado aceite de los cetáceos debían afrontar largas noches bogando en una oscuridad cerrada, sin otro consuelo y guía que la luz remota de las estrellas. La grasa de ballena —o espermaceti, que se extrae de la cavidad craneana del cachalote—, llegó a ser muy apreciada para la combustión de lámparas y velas de una nitidez notable, y tal fue su importancia en el proceso de industrialización de Occidente que Herman Melville, a lo largo de Moby Dick, no repara en elogios y adjetivos y anota que era tan escasa y valiosa “como leche de reina”.

(Los esquimales también preparaban velas con grasa de oso o de foca, aunque, al parecer, con resultados más pestilentes que propiamente luminosos, lo cual no es un problema menor si pensamos en el espacio confinado de un iglú).

Algo de aquellas noches inciertas regresa con los apagones, cuando de golpe nos encontramos en medio de la nada, a la deriva en plena oscuridad, en busca del cajón olvidado de las velas. Esos tonos crepusculares que la flama transmite a paredes y rostros, esa claridad ondulante que nos hace perder la noción del tiempo, tienen el poder de trasladarnos a otra época y de situarnos al interior de un cuadro de Georges de La Tour. Allí, rodeados por una penumbra densa y rojiza, descubrimos que no sólo el aire, sino el espacio mismo, se antoja palpable y próximo, y que nuestro ánimo se vuelve proclive a la conspiración y las confidencias —cuando menos al murmullo—, tal como sucede todavía en las iglesias que se han resistido a la tentación de la luz eléctrica y consagran buena parte de la limosna a la compra de veladoras y cirios pascuales.

Si el corte de luz llega a prolongarse lo suficiente, llevados por esa ilusión óptica en que los cuerpos se antojan una mera continuación de las sombras, comenzarán a abrirse las rendijas de lo sobrenatural y lo macabro y pronto estaremos rodeados por deslizamientos espectrales, pues todo vacila alrededor cuando vacila la llama de una vela.

Según un célebre aforismo de Lichtenberg, “el hombre ama la compañía, así sólo sea la de una pequeña vela encendida”. La otra cara de ese pensamiento consiste en centrarse en la paradoja que encierra y, al margen del guiño humorístico, enfatizar ese periodo trémulo que aúna la soledad de la llama con la de quien se entrega al ensueño en su presencia, en una suerte de consolación de dos naturalezas solitarias. Tristán Tzara lo sintetizó en un axioma poético: “Llama sola, yo estoy solo”. ¿La condición del solitario se agrava o se atenúa al verse en el espejo parpadeante de la vela? ¿Es un alivio contemplar su fulgor anaranjado y azul, o más bien nos contagia de zozobra y consternación, una vez que la flama se ha vuelto frágil y temblorosa?

Como una continuación de sus Fragmentos para una poética del fuego, Gastón Bachelard dedicó un pequeño libro a la doble soledad vertical del soñador y la vela. Transformada en un reloj de fuego que, en contraste con el de arena, se vierte hacia arriba y se disipa, la vela da lugar a la meditación serena y a la comunión del tiempo liviano, lo mismo que puede conducir a la intranquilidad y la angustia, en especial cuando se ha reducido a casi nada y el pabilo está a punto de apagarse mientras flota en un exiguo lago candente formado por cordilleras derretidas. Copio una de las tantas sugestiones sobre la soledad y las resonancias del verbo “apagarse” contenidas en La llama de una vela: “Cada objeto del mundo tiene derecho a su propia nada. Cada ser derrama ser, un poco de ser, la sombra de su ser, en su propio no ser”.

Tal vez se antoje excesivo dedicar todo un libro al tema de la vela, y no faltará quien juzgue que incluso un aforismo ya es demasiado… Pero en realidad no hay un asunto menor para el observador curioso, y es difícil dar cualquier tema por agotado cuando quien lo interroga se deja llevar por el vuelo de las asociaciones. Un examen sostenido de un objeto puede consistir en un asedio desde todos los ángulos imaginables, o bien fungir como la puerta de entrada de una digresión sin fin, con saltos y conexiones que se insubordinan ante cualquier noción de jerarquía y que, si son desarrollados con inteligencia y amenidad, a la manera de las reflexiones de Charles Lamb a partir de una taza de porcelana china, a nadie le importa que se mantengan al borde del precipicio de la pertinencia, siempre a un paso de perder el hilo.[1]

En la actualidad, antes que la llama de una vela, se diría que preferimos la luz del teléfono celular, que hace las veces de linterna de baterías y alimenta la ilusión de “estar conectados”, así sea de forma remota y más bien espectral. Pero la luz brillante y chapucera de su pantalla apenas si se compara con la fuerza evocativa del fuego, que tiene el poder no sólo de conectarnos con nuestro pasado en las cavernas, con aquellos hombres que desafiaron las tinieblas por primera vez, sino también con nosotros mismos y nuestra recuperada soledad.

Luigi Amara

Poeta, ensayista y editor, aunque se define más que nada como paseante.

[1] Como parte de las Lecciones de Navidad que él mismo fundó para la Royal Institution, Michael Faraday dedicó seis veladas de 1860 a desentrañar la historia química de la vela. De carácter didáctico y concebidas para un público joven, las conferencias rebosaban de datos curiosos y consideraciones filosóficas, además de que iban siempre acompañadas de experimentos sencillos. Junto a Darwin, uno de los científicos británicos más influyentes del siglo XIX, el gran mérito expositivo de Faraday, además de su minuciosidad y precisión no exenta de un toque de humor, radica en que nunca dejaba de hacerse preguntas. Ante la quizás anodina y en aquel entonces muy cotidiana vela, se plantea desde las cuestiones más sencillas y prácticas, como la referente a su elaboración y materiales, hasta otras de respuesta no tan obvia, como la de por qué la llama y el humo tienden a elevarse. Al trazar un símil entre la respiración aeróbica y la combustión de la vela, Faraday sugiere cierta afinidad con su objeto de estudio, y entre cálculos y comparaciones, erudición e ilustraciones prácticas, transcurren las seis conferencias (casi doscientas páginas de transcripción en total), logrando que se ilumine con más profundidad lo que, en principio, no parecía suponer mayor misterio.

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Publicado en: Ciudad de libros