Anna y Hans será publicado por el FCE en unas semanas. Son poemas sobre la desmitificación de la diversidad psicológica y el manejo patriarcal. El libro obtuvo el XV Premio Nacional de Novela y Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2020 por “su manejo del lenguaje poético a través de una desarticulación del mismo sin perder en ningún momento el carácter de comunicar pensamientos y emociones propio de la poesía. La selección del síndrome de Asperger logra desmitificar la diversidad psicológica, la enfermedad y su relación con el lenguaje, el género y la historia. Es un libro en el que el lenguaje se descoloca desde lo médico hasta una crítica a los supuestos científicos”. Lo que sigue son fragmentos del inicio del libro.

Hans Asperger creía que el trastorno que supuestamente descubrió no podía presentarse en las niñas. No se sabe a ciencia cierta el número de niños que fueron tratados por este médico. Algunos insisten en que fue cómplice de los nazis, otros aseguran que él se robó lo que ya había sido descubierto. ¿Farsante o soñador? La duda apenas permanece. Lo que está aquí escrito es la historia rescatada de Anna Knapp, su única paciente del género femenino de la que se tiene registro.
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Jueves, 29 de junio de 1944.
Clínica Pediátrica Universitaria de Viena
Sala de Pedagogía Curativa
Médico responsable: Johann “Hans” Friedrich Karl Asperger
Nombre de la paciente: Anna K.
Edad: 11 años
Frase favorita: “La avaricia y la vanidad son los oficiales de alistamiento de la maldad: una vez pagado el dinero, la conciencia escapa corriendo”.
Padecimiento: Psicopatía autista de la infancia
Es una niña poco disciplinada. Y, aunque es demasiado madura para su edad, no logra entender del todo la diferencia entre hombre y mujer. Creo que carece de empatía. No tiene amistades reales. Sus movimientos corporales son bruscos. Es muy torpe. Habla siempre de lo mismo. Le interesa, sobre todo, el mundo vegetal. Y también está obsesionada con algunas piedras.
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Cabe señalar que Anna habla en cursivas, yo, Hans, en redondas. Las comillas son de otros.
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Viena era. Era una serie de calles. Calles por tales y cuales. Cuáles calles. Por tal y cual calle estaba el Hospital. Hospital al que llegaban niños. Niños en peto. En peto y un suéter. El suéter verdísimo. Verdísimo, verde agua. Agua con tela de piqué. Piqué y calcetines de rombitos. Rombitos elegantes en lana. Lana la del suéter del doctor Johann “Hans” Friedrich Karl Asperger y Asperger es lo que tienen. Tienen, les decía. Decía con sus lentes. Lentes de fondo de botella. Y este fondo como una revelación. O como lo que se oculta. Y se dispersa la mirada. Él no podía verlos tal y como son. “Son las bombas”. Bombas como la de Karlplatz. Karlplatz y su antigua bomba de agua. Agua verde, verdísimo. Verdísimo suéter. Suéter con el que el médico se cubría antes de dar un paso hacia atrás. Atrás estaban los nombres. Nombres de niños. Niños Matthias Stefan Michi Marcel Leo Pascal.
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Un niño.
No.
Un niño con traje de marinero.
No.
Un niño de peto y calcetines hasta la rodilla.
No.
Un niño con pantalones cortos y una chaqueta mira a Hans.
Y le dice:
“Hans, es que me hacen daño las palabras
me hacen
y me deshacen
por cada palabra que digo
tengo menos lengua
porque me la están robando a pedazos.
Las digo,
te digo,
las palabras
y te juro que me tengo que morder la lengua
con fuerza
para quedarme yo
con ese pedacito.
Las digo
y me tengo que decir que:
Hans, me hacen daño las palabras”.
Esa niña que dice
o que no dice
porque más bien dice que canta,
no dice, canta,
canta hasta quedarse sin voz,
de verdad se queda sin voz.
No, no se queda sin voz,
la estamos escuchando.
Y tú, Hans,
no cantas. Pero no cantas.
Hans: ¿a ti no te hacen daño las palabras?
Me arde la garganta cada que hablo
Dicen que tengo las mejillas como de manzana
pero yo digo que no.
Un niño,
no.
Un niño, entonces,
en una granja en las afueras de Viena,
en las salas del hospital psiquiátrico.
Un niño Hans recitando de memoria a Franz Seraphicus Grillparzer.
Un niño Hans presumiendo que estuvo en el funeral de Beethoven
pero ese fue Franz. Franz Seraphicus Grillparzer era el escritor favorito de Hans.
“Hay un remedio para las culpas, reconocerlas”, decía Franz Grillparzer.
El sueño es una vida y lo estoy diciendo yo, Anna.
—Hans citaba sus propias palabras.
—Eran de otros.
—Hans citaba sus propias palabras —dije yo, citándome a mí mismo.
A Anna le cuesta trabajo mirarme a los ojos.
Anna hace listas interminables de hierbas, plantas y algunas piedras.
Anna repite ciertas palabras incesantemente como “caca”.
Anna puede hablar, de manera ininterrumpida, acerca de esas piedras.
Sus competencias cognitivas son dispares a las sociales y emocionales porque parece distante. Yo no digo que carezca de sensibilidad, simplemente es indiferente a todo lo que no pertenezca al mundo vegetal.
Y que no sea una piedra porque yo colecciono piedras. No todas, solamente algunas.
Anna juega sola.
—¿Por qué pesas tanto, Anna?
—Son las piedras.
Yo la cargo y las piedras se caen.
El ruido es insoportable, pero Anna empieza a gritar más alto que el mismo ruido.
Ella las toma. Una por una. Las divide por tamaños.
Anna me cuenta con mucho entusiasmo que tiene 73 piedras. Me las describe con detalle. Anoto los pormenores de las piedras y sus flores.
Piedras y flores para Anna.
Y mis hierbas.
Mi reino vegetal eres tú.
A diario, Anna hace una lista de sus flores y sus piedras.
Esa lista la divide en categorías, dos obviamente, y luego las coloca en orden alfabético.
Yo colecciono piedras. Y flores o hierbas.
Anna está fascinada con los sonidos que hacen las piedras.
Yo no logro identificarlos o diferenciarlos del todo.
Todas las piedras son iguales, pero ella dice no.
Las tiene que mantener en excelente estado.
Le quito una piedra y grita, grita peor que antes.
Se descontrola.
Karen Villeda
Escritora y editora. Su libro más reciente es Agua de Lourdes (Turner, 2019).