
Camino por una tienda de ropa y me encuentro, dentro de la sección de niños, el maniquí de un perro modelando un suéter. La avaricia no distingue entre especies y la prenda en cuestión cuesta tanto como su versión para humanos. Old Navy, la marca favorita de la gente que no se preocupa por cómo se ve (sino porque los pantalones, de hecho, le queden), ha comprendido que sus clientes tienen mascotas a las que tampoco les preocupa cómo se ven y por lo tanto, también pueden usar sus prendas.
Podría pensarse que el papel que de súbito tienen los perros en los anaqueles de ropa es una rareza exclusiva de nuestro tiempo. Sin embargo, como tantas otras cosas que creemos propias de esta época, el asunto se remonta, cuando menos, al antiguo Egipto. Cada vez que se habla de la larga relación entre humanos y perros, alguien recuerda el canto XVII de la Odisea: Argo reconoce a Ulises y mueve la cola antes de morir, en la agónica satisfacción de una espera que ha concluido tras veinte años. Pocas veces se menciona el anverso de aquella anécdota, la que contó Herodoto en el libro segundo de la Historia, y que en versión de Bartolomé Pou dice:
Y en aquellas casas en que haya muerto un gato de muerte natural, la gente de la casa se rapa las cejas a navaja; pero al morir un perro, se rapan la cabeza entera, y además lo restante del cuerpo.
Si la historia contada por Homero refleja la lealtad de los perros, la otra habla del respeto, y aun de la idolatría, con que se trataba a las mascotas en los márgenes del río Nilo. Dos mil cuatrocientos años de distancia pueden hacer que las costumbres fúnebres de los egipcios parezcan una extravagancia, pero sospecho que hoy en día cualquiera se atrevería a perder, si no la cabeza, sí la cabellera por un compañero que quiso tanto.
A los humanos nos gusta relacionarnos con otros seres y no tienen que ser necesariamente de nuestra especie. Esto se sabe en las librerías, que han visto emerger en la última década un fenómeno especial: el ensayo que mezcla en distintas proporciones las memorias, las anécdotas sobre animales y la divulgación científica.
El máximo referente anglosajón de este género sería Cómo hablar balleno (Taurus, 2024), de Tom Mustill, donde una anécdota viral protagonizada por una ballena se convierte en el pretexto para hablar de lingüística cetácea y de la posible comunicación verbal con otras especies. Tomando este libro como centro de un fenómeno editorial y literario, en el extremo más disciplinado se ubicaría El alma de los pulpos (Seix Barral, 2018), de Sy Montgomery, y en la otra punta estaría My Beloved Monster (Little Brown and Company, 2024), donde Caleb Carr, sin miedo a la cursilería y con un título tomado de la canción de Eels, narra el vínculo con su gata Masha.
Lo que une a estos libros es la relación horizontal que puede establecerse con individuos de otras especies. En tiempos de emergencia climática, la escritura sobre animales ha recurrido al asombro en lugar de la jerarquía, con una curiosidad que apela a la conexión emocional antes que al morbo o la explotación.
Perros y personas, una historia de amor (Reservoir Books, 2025) se ubica cómodamente entre esta constelación de títulos. Pero está lejos de ser sólo la adaptación mexicana de un fenómeno editorial gringo. La apuesta de Julieta García González es, en realidad, bastante más difícil: no se centra en un animal digno de ciencia ficción, como Sy Montgomery con los pulpos, ni parte de una anécdota viral, como Tom Mustill, que casi muere en el encuentro con una ballena. Si estos libros se proponen que los humanos encuentren afinidades con las especies más insólitas, Julieta García González consigue que miremos al compañero de toda la vida, el perro, con renovada fascinación.
Perros y personas comienza con los celos que despertaba en la autora la perra que alguien más regaló a G., su pareja. La ahora larga relación de Julieta García González con los perros nació, en parte, de los conflictos y los extraños regocijos que causan las relaciones entre humanos. Y así como G. tiene un papel preponderante en esta trama, también desfilan por el libro veterinarios, entrenadores, familiares y otras personas que viven con idéntica pasión ese “vínculo sin diálogos” con sus propios perros.
En ese sentido, Perros y personas no es una autobiografía, pero no puede entenderse sin las tribulaciones personales de su autora, de la misma forma en que tampoco es un documento de divulgación, pero sus emociones no pueden ser comprendidas sin la claridad que otorga la ciencia.
Hacia el tramo final de Perros y personas, Julieta García González apunta:
Los perros me han acompañado en mi trayecto vital desde que salí de casa de mis padres. Han puesto los acentos en las distintas etapas de mi paso por el mundo. Han sido testigos del tránsito de mi vida con G.
Esta última oración guarda una de las más gratas sorpresas que ofrece Perros y personas: es también el retrato franco y compasivo de la larga relación entre dos humanos. Ojalá los lectores del futuro puedan ver, bajo la capa de extravagancias de nuestra época, cómo la gente del 2025 supo querer a otras personas y a otros animales con dos atributos muy perrunos: la lealtad y la dulzura.
Elisa de Gortari
Escritora.