Alicia, 150 años de curiosidad

“¿Era la misma esta mañana?”; “¿Quién soy?”; “¿Qué voy a hacer yo?”; ¿Qué dirección debo tomar desde aquí?”; “¿Cómo sabes que yo estoy loca?”. Han pasado 150 años desde que Alicia se hizo estas preguntas en el país de las maravillas. El libro de Lewis Carroll, publicado por primera vez en Inglaterra el 4 de julio de 1865, sigue sentado en la mesa de los clásicos, sin temor alguno a la vejez. De la infinidad de ediciones que se han hecho de Alicia en el país de las maravillas hay una que sobresale: Alicia anotada (Akal; traducción de Francisco Torres Oliver), cuya impecable edición a cargo del matemático y ensayista Martin Gardner, recupera las ilustraciones encargadas por Carroll a John Tenniel, y desvela a pie de página algunos de los misterios a los que los lectores contemporáneos se han enfrentado.
En este breve homenaje se acompañan un extracto del poema que escribió Lewis Carroll sobre el origen de su célebre libro, fragmentos de Alicia en el país de las maravillas y algunas de las notas que Martin Gardner redactó para su Alicia anotada.  

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La “tarde dorada” del 4 de julio de 1862 el universo de la literatura tuvo una imperceptible modificación. El reverendo Robinson Duckworth, las tres hermanas Liddell —hijas del decano del Christ Church, Henry George Liddell—  y el profesor Charles Lutwidge Dodgson (Lewis Carroll, cuando firmaba libros) ocuparon las horas navegando por el Támesis. Durante la excursión, el profesor Dodgson, bajo el deseo vivo de las niñas, improvisó el cuento “Las aventuras de Alicia bajo tierra”. Los recuerdos de aquél día insólito han llegado hasta este siglo gracias a que el escritor los transformó en versos:

En plena tarde dorada
  navegamos lentamente;
pues unos brazos inhábiles,
  manejan nuestros remos,
y unas manitas pugnan en vano
  por guiar los vagabundeos.

¡Ah, crueles Tres! Pedir,
  en esas horas de sueño,
un cuento a un aliento demasiado débil
  para agitar la más leve pluma.
Pero ¿qué puede una pobre voz
  Contra tres lenguas juntas?

Prima, imperiosa, lanza
  su edicto: “A empezar”;
en tono más dulce, Secunda, espera
  que “contenga tonterías”,
mientras Tertia interrumpe
  sólo una vez por minuto. 

[…]

*En estos versos preliminares Carroll evoca aquella “tarde dorada” de 1862 en que él y su amigo el reverendo Robinson Duckworth (entonces miembro del consejo rector del Trinity College de Oxford, después canónigo de Westmisnter) llevaron a las tres encantadoras hermanas Liddel a una excusión en barca por el Támesis. “Prima” era la hermana mayor, Lorina Charlotte, de trece años. Alicia Pleasance de diez, era “Secunda”; y la hermana más pequeña, Edith, de ocho, era “Tertia”. Carroll tenía entonces treinta años. […]

El recorrido de la excursión fue de unas tres millas, empezó en Folly Bridge, cerca de Oxford, y terminó en el pueblo de Godstow. “Tomamos el té allí, en la orilla”, consigna Carroll en su diario, “y no estuvimos de regreso en el Christ Church hasta las ocho y cuarto; entonces las llevamos a mis habitaciones para que viesen mi colección de microfotografías, y las devolvimos a la residencia del decano poco antes de las nueve”. Siete meses más tarde añade a esta anotación el siguiente comentario: “en esa ocasión les conté el cuento de las aventuras de Alicia bajo tierra…”.

Veinticinco años después (en su artículo “Alicia on the Stage”, The Theatre; abril, 1887), escribe Carroll:

“Muchos días habíamos remado juntos por ese río tranquilo —las tres jovencitas y yo—, y muchos fueron los cuentos improvisados para beneficio de ellas —tanto si en ese momento el narrador estaba ‘en vena’ y le venían en tropel fantasías no buscadas o era un momento en que había que espolear a la agotada Musa para que trabajase, y seguía penosamente, más porque tenía que decir algo que porque tuviera algo que decir…—. Sin embargo, toda esa cantidad de cuentos ninguno llegó a ser escrito: nacieron y murieron como minúsculas moscas de verano, cada uno de ellos en su correspondiente tarde dorada; hasta que llegó un día en que, por casualidad, una de mis pequeñas oyentes me pidió que le escribiese el cuento. Eso fue hace muchos años, pero recuerdo claramente, mientras escribo esto, cómo, en un desesperado intento por iniciar una nueva vía del cuento fabuloso, empecé metiendo a mi heroína por una madriguera de conejo, sin la menor idea de lo que iba a suceder después”. […]

Finalmente, tenemos el testimonio del reverendo Duckworth, que se puede consultar en The Lewis Carroll Picture Book, de Collingwood:

“Yo iba de popel y él de proel en la famosa excursión a Godstow, durante las Vacaciones de Verano, con las tres señoritas Liddell como pasajeras nuestras; y el cuento se compuso y se contó literalmente sobre mi hombro, en atención a Alicia Liddell, que iba de ‘patrón’ de nuestra canoa. Recuerdo que me volví y le dije: ‘Dodgson, ¿es una de sus historias improvisadas?’ y me contestó: ‘Sí, la estoy inventando mientras navegamos’. También recuerdo perfectamente que, al volver a dejar a las tres niñas en la residencia del decano, Alicia dijo al despedirse de nosotros: ‘Señor Dodgson, quisiera que me escribiese las aventuras de Alicia’. Él contestó que lo intentaría; después me contó que había permanecido en vela casi toda la noche, pasando a un manuscrito lo que recordaba de las extravagancias con que había alegrado la tarde. Le añadió ilustraciones de su propia mano, y le regaló el libro, que solía verse a menudo sobre la mesa que hay en el salón de la residencia del decano”.

[…] al efectuarse en 1950 una comprobación del departamento meteorológico de Londres (como nos informa Helmut Gernsheim en Lewis Carroll: Photographer), los datos registrados indican que el tiempo meteorológico en las proximidades de Oxford el día 4 de julio de 1862 fue “frío y bastante lluvioso”. Hay poca probabilidad de que dicho informe sea erróneo. Tampoco es posible que Carroll fechase incorrectamente su anotación sobre el paseo en barca a Godstow, ya que su diario contiene una anotación para cada día de esa semana. La explicación más verosímil de esta lamentable contradicción es que Carroll, y más tarde Duckworth y Alicia confundieran el memorable día con alguna otra ocasión soleada en la que efectuaron una excursión parecida en barca, durante la que se contaron cuentos parecidos. […]

“Alicia empezaba a estar muy cansada de permanecer junto a su hermana en la orilla, y de no hacer nada; una vez o dos había echado una mirada al libro que su hermana estaba leyendo, pero no traía estampas ni diálogos; y ‘¿de qué sirve un libro, pensó Alicia, ‘si no trae estampas ni diálogos?’”.

*Los dibujos que [John] Tenniel hizo de Alicia no son retratos de Alicia Lidell, que tenía el pelo moreno y corto, con un flequillo recto sobre la frente. Carroll le envió a Tenniel una fotografía de Mary Hilton Badcock, otra amiguita suya, recomendándole que la utilizara para su modelo; pero se discute si Tenniel aceptó su consejo o no. Las siguientes líneas, de una carta que Carroll escribió algún tiempo después de la publicación de los dos libros de Alicia (carta que cita la señora Lennon en su libro sobre Carroll), sugieren firmemente que no fue así:

“El señor Tenniel es el único artista, que ha dibujado para mí, que se ha negado categóricamente a utilizar un modelo, y ha declarado que lo necesita tanto como yo una tabla de multiplicar para resolver un problema matemático. Me atrevo a creer que se equivocaba, ya que por falta de modelo, dibujó varios retratos de ‘Alicia’ completamente desproporcionados, con la cabeza demasiado grande y los pies demasiado pequeños”.

 “Siguió cayendo, cayendo, cayendo. No tenía otra cosa que hacer, así que en seguida se puso a hablar otra vez: ‘Creo que Dinah me va a echar mucho de menos esta noche’ (Dinah era la gata)”.

* Dinah era el nombre de una gata que pertenecía a las pequeñas Liddell. […]

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“Alicia se sentía tan desesperada que estaba dispuesta a pedirle ayuda a quien fuese; así que cuando el Conejo estuvo cerca, empezó en voz baja y tímida: ‘Por favor, señor…’. El Conejo se sobresaltó terriblemente, se le cayeron los guantes blancos de cabritilla y el abanico, y se escabulló en la oscuridad lo más de prisa que pudo”. 

* En su artículo ‘Alice on the Stage’ […], escribe Carroll:

“¿Y el Conejo Blanco qué? ¿Se encuadra en las líneas de ‘Alicia’, o está pensado como contraste? Como contraste evidentemente. Lo que en ella es ‘juventud’, ‘audacia’, ‘vigor’ y ‘rapidez de resolución’, léase: ‘madurez’, ‘timidez’, ‘debilidad’, ‘titubeo nervioso’, y nos habremos acercado a algo a lo que yo quería que fuese. Creo que el Conejo Blanco debía llevar lentes. Estoy seguro de que tenía una voz destemplada, que le temblaban las rodillas, y que su aspecto general denotaba una total incapacidad para plantarle cara a una gallina”.

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“(Alicia había ido a la playa una vez en su vida, y había llegado a la conclusión general de que, a cualquiera de las costas inglesas que una fuese, encontraría en el agua un montón de máquinas de bañarse, niños cavando en la arena con palitas de madera, luego una fila de hoteles, y detrás una estación de ferrocarril)”.

* Las máquinas de bañarse eran unas pequeñas casetas con ruedas. Tiradas por caballos, eran arrastradas al mar hasta la profundidad deseada por el bañista, que entonces salía recatadamente por una puerta que se abría cara al mar. Un enorme quitasol detrás de la máquina de bañarse le ocultaba de la vista del público. En la playa, las máquinas de bañarse se empleaban naturalmente para vestirse y desvestirse en privado. Este pintoresco artefacto victoriano lo inventó Benjamín Beale hacia 1750, cuáquero que vivía en Margate, y fue utilizado por primera vez en la playa de Margate. […]     

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“Era hora de que lo hicieran [ir a la orilla], porque el charco se estaba llenando de aves y animales que se habían caído en él; había un Pato y un Dodo, un Lori y un Aguilucho, y varios otros bichos extraños”.

* El Pato es el reverendo Duckworth; el Lori (loro australiano) es Lorina Lidell; Edith Lidell es el Aguilucho; y el Dodo es el propio Lewis Carroll. Cuando Carroll tartamudeaba, pronunciaba su apellido “Do-Do-Dogson”; y es divertido señalar que cuando se incluyó su biografía en la Encyclopaedia Britannica, se insertó inmediatamente del término Dodo.  

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“’No podrás’, pensó Alicia, y tras esperar hasta que le apreció oír al Conejo justo debajo de la ventana, extendió súbitamente la mano, y dio un manotazo en el aire. No cogió nada, pero oyó un gritito, una caída, y un estrépito de cristales rotos, de lo que infirió que se caído en una cajonera de calabazas o algo parecido”.

* Una “cajonera de calabazas” es un bastidor acristalado que proporciona calor para hacer germinar las calabazas reteniendo la radiación solar.

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“La puerta daba directamente a una amplia cocina, llena de humo de un rincón a otro; la Duquesa estaba sentada en medio, en un taburete de tres patas, y acunaba a un niño, la cocinera estaba inclinada sobre el fogón, removiendo un gran caldero que parecía lleno de sopa”.

* Una mirada al retrato de La duquesa fea, obra del pintor flamenco del siglo XVI Quintin Matsys […] deja poca duda de que sirvió de modelo a Tenniel para la Duquesa. Se cree que la dama retratada por Matsys es Margaretha Maultasch, duquesa de Carinthia y el Tirol, que vivió en el siglo XIV. “Maultasch”, que significa “boca de escarcela”, es el nombre que le pusieron por la forma de su boca. […]

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“— Por favor, ¿me podría decir —dijo Alicia con cierta timidez, ya que no estaba segura de si era correcto que hablase ella en primer lugar— por qué sonríe su gato?
— Es un gato de Cheshire —dijo la Duquesa—. Ahí está el porqué. ¡Cerdo!”.

* “Sonríe como gato de Cheshire” era una expresión corriente en tiempos de Carroll. Se desconoce su origen. Las dos principales teorías son: (1) Un pintor de nombre, natural de Cheshire (condado donde nació Carroll, dicho sea de paso), pintaba leones sonrientes en las enseñas de las posadas de la región […]; (2) Los quesos de Cheshire se moldeaban en otro tiempo en forma de gato sonriendo.   

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“— ¿Qué clase de gente vive por aquí?
— En esa dirección —dijo el Gato, haciendo un gesto amplio con la zarpa derecha— vive un Sombrerero; y en esa otra —hizo un movimiento con la otra zarpa—, una Liebre de Marzo. Ve a ver a quien quieras, los dos están locos”.

* Las frases “loco como un sombrerero” y “loco como una liebre de marzo” era corrientes en tiempo de Carroll, y naturalmente esa fue la razón por la que creó estos dos personajes. Tal vez “loco como un sombrerero” (“sombrerero” = “hatter”) sea corrupción de la anterior “loco como una víbora” (“víbora” = “adder”); pero más probablemente debe su origen al hecho de que hasta hace poco los sombrereros se volvían efectivamente locos. El mercurio utilizado para tratar el fieltro (hoy día existen leyes que prohíben su empleo en la mayoría de los Estados y en casi todas las regiones de Europa) eran la causa más normal de envenenamiento por mercurio. Las víctimas adquirían un temblor, llamado “del sombrerero”, que les afectaba a los ojos y miembros y les embarullaba el habla. En los estados avanzados, tenían alucinaciones y otros síntomas psicóticos. “Loco como una liebre de marzo” hace alusión a las frenéticas cabriolas de la liebre macho durante el mes de marzo, su época de celo.

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 “Había una mesa puesta bajo un árbol, delante de la casa, en la que la Liebre de Marzo y el Sombrerero estaban tomado el té; sentado entre los dos había un Lirón profundamente dormido, al que ambos utilizaban como cojín, apoyando el codo en él y hablando por encima de su cabeza”.

* Hay motivos suficientes para creer que Tenniel aceptó la sugerencia de Carroll de dibujar al Sombrerero con el parecido de Theophilus Carter, negociante en muebles que tenía su establecimiento cerca de Oxford (y carece de todo fundamento la creencia extendida en aquel momento de que el Sombrerero era una parodia del primer ministro Gladstone). Carter era conocido en la región como el Sombrerero Loco, en parte porque siempre llevaba sombrero de copa, y en parte por sus ideas excéntricas. Su invención de la “cama despertadora”, que despertaba al durmiente arrojándolo al suelo (fue expuesta en el Crystal Palace en 1851) quizá contribuya a explicar por qué el Sombrerero de Carroll está tan preocupado por el tiempo, así como por despertar a un lirón soñoliento. […]

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“— Necesitas un corte de pelo —dijo el sombrerero; hacía rato que miraba a Alicia con mucha curiosidad, y eso fue lo primero que dijo.
— Debería aprender a no hacer comentarios personales —dijo Alicia con cierta severidad—; es de muy mala educación.
El sombrerero abrió los ojos desmesuradamente al oír esto; pero todo lo que dijo fue:
—¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?”.

* El famoso acertijo sin respuesta del Sombrerero Loco fue objeto de muchas especulaciones en tiempos de Carroll. La solución que dio (en un nuevo prefacio que escribió para la edición de 1896) es la siguiente:

“Me han hecho tantas preguntas sobre si cabe imaginar alguna solución a la Adivinanza del Sombrerero, que me parece oportuno consignar aquí lo que considero una respuesta bastante apropiada; a saber: ‘en que puede producir unas cuantas notas, aunque muy deprimentes ¡y nunca se pone con lo de atrás delante!’. Pero ésta es una mera solución a posteriori; la Adivinanza, tal como quedó originalmente, carecía de solución”.

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“La reina se puso congestionada de furia, y, tras lanzarle una mirada felina, empezó a gritar: ‘¡Que le corten la cabeza! ¡Que le corten…!”.

* “Imaginé a la Reina de Corazones”, dice Carroll en su artículo “Alice on the Stage”, […] “como una especie de encarnación de la pasión irrefrenable… como una Furia ciega y caprichosa”. […]

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— Un gato puede mirar a un rey —dijo Alicia—. Lo he leído en un libro, aunque no recuerdo en cuál.

* “Un gato puede mirar a un rey, es un conocido proverbio inglés, y se refiere a que hay cosas que un inferior puede hacer en presencia de un superior.

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Fuente: Lewis Carroll, Alicia Anotada, edición de Martin Gardner, Akal, Madrid, 2010.

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Publicado en: Ciudad de libros