Alice Munro, la vida querida

A una semana de su fallecimiento recordamos a la ejemplar cuentista canadiense Alice Munro, ganadora del Nobel de literatura por su destreza en el realismo psicológico y la depuración de su prosa.


—Es como… es como estar en una novela rusa.
La protagonista de “Amundsen” mira el paisaje, un lago de hielo y un aserradero. Su interlocutor se ríe ante la grandilocuencia.
—¿De veras? ¿Y en qué novela rusa?

Ella responde, avergonzada, que en Guerra y paz. Aunque ha leído muchas más, no puede acordarse de otro título. Acaba de llegar a su nuevo trabajo en un sanatorio, es maestra de niños con tuberculosis. En la villa no hay mucho, sólo un par de cafeterías, un estrecho camino en el bosque y un bar en el que los trabajadores toman su descanso. Tampoco se rodea de demasiadas personas en este nuevo empleo: está Alister, doctor y además su jefe. Algunas enfermeras que no le preguntan acerca de su vida ni por equivocación, y una niña, Mary, que habla de su mejor amiga como si estuviera presente. Como si no hubiera muerto de tuberculosis.

“Es como estar en una novela rusa”, un guiño de ironía de Alice Munro (1931-2024) hacia sí misma. Nacida en Wingham, Canadá, era considerada la Chéjov canadiense, tras haberse convertido en una exitosa cuentista enfocada en relatar la vida de mujeres en pequeñas comunidades de su país. Falleció el pasado 13 de mayo a los 92 años, poco más de una década después de recibir el premio Nobel de literatura por su maestría en el cuento corto. La Academia sueca resaltó la claridad de su prosa, además de su realismo psicológico. “Es como estar en una novela rusa”, un guiño, decía, porque los personajes del mundo de Alice Munro de ninguna manera son los protagonistas de Guerra y paz ni de ninguna épica de la literatura universal. Viven en pueblos pequeños, donde las cosas nunca cambian demasiado ni pretenden hacerlo, y es ahí donde radica su encanto.

El centro de sus relatos fue, principalmente, la memoria. En una de sus más aclamadas colecciones, Mi vida querida, las narraciones en primera persona retoman recuerdos de infancia y juventud, memorias que parecen y se sienten lejanas. Quizás por ello Munro no hace descripciones extenuantes: para ella leer un cuento debe sentirse como mirar un ojo de agua limpia. No hay adornos ni ornamentaciones, porque la memoria más profunda no viene de los detalles sino de lo más simple y sensorial. El lenguaje sencillo de la autora emula la sensación de recordar algo: algo que quizás fue importante o irrelevante, no importa, pero que ha quedado muy atrás, sepultado bajo una capa de polvo.

Munro describe con cuidado, a pinceladas: “Un pequeño lago manso y resplandeciente bajo el cielo claro”, dice sobre el paisaje frente al sanatorio. “Brillaba como la luna en un vestido largo de un tejido plateado”, piensa una narradora sobre su tía, a quien ve por primera vez en un accidentado encuentro.

Entre los elementos más destacables de la narrativa de Alice Munro, están también los personajes que nunca se muestran por completo. Vemos partes de ellos, momentos clave de su vida. Pero como lectores no podemos dar un veredicto. En uno de sus grandes cuentos, “Grava”, una niña llamada Caro se lanza junto con su perro a una cantera. La cantera está repleta de agua, y tiene una profundidad de cuatro, cinco metros. El novio de la madre de la niña se lanza a rescatarla, pero falla. De esto no nos enteramos sino hasta el final, que el hombre platica con la hermana mayor de Caro muchos años después de lo sucedido. “Estaba colocado —confiesa— y además no soy buen nadador”. Le pide a la hermana de Caro que no busque más respuestas, ni se haga demasiadas preguntas sobre lo que hubiera pasado si alguno de los dos hubiera actuado antes. Lo importante, concluye, es vivir feliz. Pero no tenemos los elementos suficientes para juzgarlo, el lector puede creerle, o no.

Para Munro lo más importante al escribir ficción no era disecar a los personajes, sino celebrar su misterio esencial. Hay algo en los personajes de Munro que no terminaremos de comprender. A Neal, por ejemplo, aquel padrastro que saltó a la cantera. O por qué Alister, el médico de la villa en “Amundsen”, le pide a la protagonista que se case con él para cambiar de opinión el día de la boda. No se dice una sola palabra más de las necesarias. Ella se da cuenta por la forma en la que él maneja, por la manera en la que le habla a otro automovilista con la complicidad de dos hombres que están solos. No necesitamos saber los motivos porque la memoria tampoco los tiene, pero sentencia: “por un instante me aferro a ese ‘nosotros’ implícito, hasta que me doy cuenta de que es la última vez. La última vez que hablará de mí y de él en plural”.

Memoria y misterio. El hielo que todo lo cubre, la escritura que no viene de las tripas ni de lo más cerebral, sino de un lugar más lejano: las historias que nos repetimos a nosotros mismos sobre nuestra vida.

* * *

Recuerdo a mi abuela leyendo a Alice Munro en la orilla de una alberca. Fue la última vez que viajamos juntas, poco después de que mi abuelo muriera. Mi hermano y mi mamá chapoteaban bajo el sol de un invierno en Ixtapa. Mi abuela y yo leíamos; ella Mi vida querida, yo quién sabe. No importa. Hay algo enternecedor en recordarla leyendo sobre la nieve y los paisajes canadienses en medio de la playa. Ningún otro episodio en mi vida se parece tanto a un cuento de Alice Munro como aquel viaje. Veíamos la puesta de sol en el balcón de nuestro cuarto, con un café instantáneo en la mesita. Mi mamá había planeado las vacaciones para que coincidieran con la primera semana de escuela de ese año: no le importaba que faltáramos sin justificante, al fin y al cabo ¿qué nos iban a decir? Nada era tan grave en la secundaria. Mis amigas me mandaban mensajes sobre lo que pasaba en el regreso a clases: a alguien su novio la había cortado el día de su cumpleaños, despidieron a una maestra, entró un nuevo alumno al salón. Me sentía lejana a las noticias: flotaba en el mar, en el tiempo suspendido. El último y único viaje a la playa con mi abuela, mirar juntas un mar que bajo los rayos de la tarde parecía plateado.

La escritura de Alice Munro es eso, todo aquello que está destinado a no repetirse. El recuerdo desgastado por todas las veces en las que se intentó regresar a él. Mirar la vida propia en un espejo retrovisor.

“Apenas me acuerdo de esa vida —escribió— o más bien recuerdo nítidamente piezas sueltas, pero me faltan las conexiones necesarias para formar una imagen completa. De la casa del pueblo lo único que retengo es el papel estampado con ositos que cubría las paredes de mi antigua habitación”. En una vida caben muchas vidas, pienso, a veces irreconocibles a la distancia. Los recuerdos también cambian, cambian tanto que me gustaría poder mirarlos y que se parezcan a esa vida querida de la que escribió Alice Munro.

 

Mariana Giacomán
Escritora