Los usos instrumentales de la Cartilla Moral de Reyes por parte del gobierno han delatado el talante más conservador de nuestro clásico. ¿Cómo podemos rescatarlo de las garras de la moralina oficial? El siguiente ensayo, para nuestra salvación, le devuelve vida a un Reyes erótico, absurdo y cachondo.
Será porque soy un amargado, pero el tema del #DíaDeLaVictoria me pone turulato. La cursilería, el sentimentalismo, el culto a la personalidad: soy alérgico al asunto completo; me saca ronchas y roña y me descompone el humor. En particular, no puedo con la moralina nacionalizada del Primer Magistrado y sus seguidores. Me gusta pensar que en mi trabajo como ensayista he hecho un esfuerzo sincero por tomar en serio al morenismo, pero días como el de anteayer hacen que me pregunte si no estoy perdiendo mi tiempo. Entonces me entra la culpa por haber escrito un texto sobre la Cartilla Moral de Alfonso Reyes, uno de mis escritores favoritos, al que acabé tachando de conservador en un intento de entender su influencia en nuestro presente político.
Pues bien, hoy quiero rectificar —o por lo menos complicar— la interpretación de Reyes que ofrecí en aquel ensayo. Uno de los aspectos más atractivos de Reyes, al menos a mi ver, es que su obra es vastísima: veinticinco tomos de Obras Completas, siete volúmenes de su Diario y un número insospechado de epistolarios y otros textos dispersos. En un universo lingüístico de ese tamaño cabe de todo, desde la sesuda teoría literaria de El deslinde hasta esa crónica cómica de un malhadado road-trip que es Berkeleyana. Y bueno, para qué negarlo, hay también una buena cantidad de textos que, de seguir los preceptos de la Cartilla Moral al pie de la letra, nos veríamos obligados a tachar de “immorales”.
El Reyes que describí hace un año en esta revista era el Reyes burócrata de los textos escritos por encargo oficial y, en menor grado, el Reyes angustiado y triste de los ensayos autobiográficos sobre su padre reaccionario. Pero existe también, por ejemplo, un Reyes sibarita: el amante de la buena mesa de Cocina y despensa. Y luego está el Reyes cachondo, el de los poemas eróticos; el que se preguntaba, en un poema sobre el que estoy dispuesto a apostar que no era para su esposa:
¡Oh pasión que eres paloma
como el Espíritu Santo!
¿Por qué te dan tantos nombres,
por qué te llaman pecado?
Este es el Reyes que me interesa discutir brevemente hoy, a manera de adendum o apéndice a mi lectura de su Cartilla. En particular, quisiera que leyéramos juntos uno de los poemas reunidos en Romances del Río de Enero, una colección que apareció originalmente en 1932 y que recopila poemas escritos durante la estancia del autor en Río de Janeiro. El texto en cuestión se llama, irónicamente, “Castidad”. Va ahora el poema completo:
Mentía con las ojeras
escarbadas de calor,
atajando con los ojos
como con un resplandor.Si en la cosquilla del habla
era toda insinuación,
la voluntad no seguía
las promesas de la voz.La mano se le olvidaba
entre la conversación,
pero volvía por ella:
no se olvidaba, no.Le reventaba en el seno
cada estrujado botón,
escondiendo y ostentando
a cada lado un limón.Era por medio diciembre,
cuando pesa más el sol,
y de repente la brisa
se metía de rondón.De sonajas de cigarras
todo el aire era un temblor,
y en las pausas de silencio
el silencio era mayor.La tierra juntaba mieles
en mansa fecundación.
Lenta y abundante vida
latía sin expresión.Adiviné que las aves
no acababan la canción,
en lo mismo que ensartaban
una y una y otra voz.Adiviné que las nubes
erraban sin dirección;
adiviné que las cosas
arrepienten su intención.Que también la audacia roja
para en el rojo rubor,
y que en la naturaleza
es casta la tentación.
A ver, pongámonos nuestros anteojos de new critics y establezcamos primero la situación retórica del poema. La voz lírica recuerda, en retrospectiva, una conversación veraniega —en el hemisferio sur diciembre es “cuando pesa más el sol”— con una dama ojerosa que le transmite mensajes contradictorios: sí quiero pero no puedo o no debo. En este sentido, el poema recuerda a las canciones de John Donne, ese maestro de la seduction by conceit, y en particular a “The Flea”, ese discurso cómico en el que el galante inglés trata de convencer a una damisela que se acueste con él a través de una disertación sobre la pulga que los ha mordido a los dos.

Ilustración: Adrián Pérez
El tono de Reyes, entonces, es humorístico: “Castidad” es una broma poética, escrita en octosílabos —es decir, de arte menor—, con rimas facilonas que subrayan la levedad del discurso. Sus precursores más obvios, además de Donne, son los poemas jocosos y burlescos de Francisco de Quevedo, a quien Reyes conocía de arriba para abajo y de adentro para fuera, y los romances populares de ambos lados del mar. En particular, nuestro poeta parece estar pensando en el poema del Romancero gitano de Lorca que habla de una falsa mozuela que resulta tenía marido.
Con estas consideraciones en mente, quisiera prestar atención a la imagen más cachonda y chusca del poema: la comparación de los pezones de la dama ojerosa con un par de limones. ¡Limones! La metáfora es al mismo tiempo acertada —después de todo, los limones tienen una pequeña protuberancia en el punto donde se conectan con la rama — y un tanto chocante. ¿Por qué no duraznos, granadas, melocotones, o cualquier otra fruta dulce? Pues porque se trata de una broma. La voz lírica del poema quiere que nos burlemos un poco de su propia lujuria, que al fin y al cabo no consigue su objetivo. La “Castidad” del título es involuntaria: el poeta quisiera —con perdón de Dios— comerse los limones de la ojerosa, pero no consigue sino tomarle la mano de vez en cuando. Al elegir una fruta ajena a los tropos de la poesía erótica, Reyes enfatiza el fracaso de su seducción: el poeta anda tan caliente que sus imágenes se vuelven, más que eróticas, ridículas.
Más que otra cosa, quisiera subrayar lo obvio: no es todos los días que uno lee a Don Alfonso Reyes, por lo general tan propio y tan sobrio, describiendo las dificultades de un sostén de sostener su contenido. Semejante lujuria, claro está, contradice directamente los mandamientos —perdón, los “respetos”— de la Cartilla Moral, según la cual uno tiene obligaciones inapelables a la familia nuclear de la que uno es parte. Reyes, cabe recordar, estaba casado cuando escribió y publicó este poema. Su esposa seguramente lo leyó, pero sólo podemos imaginarnos su reacción. Con esto no pretendo descalificar o censurar a Reyes —¡al contrario!— sino rescatarlo de las garras de la moralina oficial. Reyes podrá haber sido un conservador de clóset, un reaccionario subterráneo, pero era también un hombre multifacético y complicado, tan capaz de escribir páginas apolíneas sobre la Grecia antigua como de aventarse chistes poéticos que rayan en lo pornográfico. Ojalá las ediciones gubernamentales de la Cartilla Moral incluyeran un apéndice de sus poemas burlescos. Así, tal vez, serían más fáciles de digerir.
Nicolás Medina Mora
Ensayista y editor.