Alessandro Baricco: Leer para escribir

Todo escritor es antes que nada lector. En este ensayo, Valeria Villalobos toma la más reciente compilación de notas de lectura de  Alessandro Baricco (Una cierta idea de mundo, Anagrama) como ocasión para reflexionar sobre las teorías de la lectura planteadas por Jorge Luis Borges y Ricardo Piglia.

Recuerdo haber leído en algún sitio que un buen escritor debe valorar más lo que lee que lo que escribe. Me parece que fue Borges quien lo dijo. No importa. Si alguien nos ha enseñado a citar mal o a escondidas fue ese tímido.

Como es el caso del hacedor porteño, hay una gran tradición de escritores como lectores; autores que en columnas, libros, inquisiciones, prólogos o diarios nos dan un paseo por su biblioteca personal y, más importante aún, nos comparten su visión de mundo al enseñarnos la forma como la leen .

A esta tradición de escritores-lectores se sumó recientemente Alessandro Baricco con la publicación de su nuevo libro Una cierta idea de mundo (Anagrama, 2020), en donde comenta las cincuenta mejores lecturas que ha realizado en los últimos diez años. En esta obra, Baricco recupera textos muy variados, desde escritos de Herodoto, Darwin, Capote, Zweig y Bolaño, hasta libros sobre tenis, como la memorias de Andre Agassi, o la historia de las tácticas del fútbol de Mario Sconcerti. Sus aproximaciones son breves y sus comentarios ligeros, no pretenden un análisis exhaustivo de ninguna obra, sino hacer valoraciones de su experiencia gozosa de lectura.

Antes de comenzar con Baricco, hay un par de reflexiones de Borges y Witold Gombrowicz en torno al escritor como lector que vale la pena recuperar para pensar libros como Una cierta idea de mundo. Igual que  Kafka, Pavese y muchos otros, en su Diario, Gombrowicz documentaba sus lecturas, la forma en que bajo su precaria situación lograba conseguir algunos libros y sus análisis sobre éstos. “Estoy condenado a leer únicamente los libros que me caen en las manos, ya que no puedo permitirme el lujo de comprarlos; me rechinan los dientes al ver a industriales y comerciantes que se compran bibliotecas enteras para adornar sus despachos, mientras yo no tengo acceso a las obras de las que haría un uso diferente”, escribió Gombrowicz en la modesta pieza de azotea que compartía con otras tres personas. Cuando buscó publicar este diario sumó como apéndice una conferencia que dio en Buenos Aires en agosto de 1947 titulada “Contra los poetas”. En ella sostenía la idea de que los géneros literarios dependen menos de sí mismos que de la operación de lectura que realizamos con ellos. Este argumento también lo expone Borges en varios textos, como “Kafka y sus precursores” o “Nota sobre (hacia) Bernard Shaw”, donde explica que:

Una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída: si me fuera otorgado leer cualquier página actual —ésta, por ejemplo— como la leerán en el año 2000 yo sabría cómo será la literatura del año 2000. 

En síntesis, no hay nada inherentemente novelístico, policial, o poético en una obra, solo hay formas distintas de aproximarnos a un texto. Los escritores como lectores y la crítica construyen una forma de leer que hará que otros lectores generen expectativas y  atiendan los textos de una manera predeterminada. De acuerdo con Ricardo Piglia – extraordinario escritor-lector– esa es la eterna batalla sobre el canon literario: la manera como se construyen los lugares desde donde se debe leer cada texto.

Ilustración: Izak Peón

Ahora bien, Baricco en Una cierta idea de mundo plantea un libro sin pretensiones de canon. Realiza juicios con humildad en algunas ocasiones, y en otras muestra posturas rígidas con bastante humor; pero no busca dictar un agenda de las lecturas a realizar antes de morir. No quiere –como Borges menciona sobre los clásicos– que esta selección de obras se lea “con previo fervor y misteriosa lealtad”. El autor presenta un libro desenfadado, con preguntas sobre lecturas que no siempre busca responder, y donde se corrige a sí mismo constantemente. En sus páginas no hay autopsias literarias ni intereses académicos.

La obra traza genealogías literarias entre los escritores para crear valoraciones más ricas que exceden la pequeña biblioteca que nos presenta. Baricco teje cronologías del gozo, en donde vincula autores distantes o imagina itinerarios de lecturas que responden a las afectividades del lector:

Si se sobrevive a una Christa Wolf o a un Thomas Bernhard con todas esas toxinas dentro del cuerpo, coges un libro de Herodoto y mientras dejas fluir la historia de cómo las escitas vaciaban el cráneo del enemigo derrotado en el campo de batalla y después lo ponían encima de la mesa, es como volver a una especie de levedad inaugural donde aflora la impresión de un volver a los orígenes, donde todo resultaba todavía más simple y, en cierto modo, nunca usado. A veces se necesita algo así. Después, regresar a donde estabas es pan comido.

Estos comentarioscontagian el entusiasmo por la lectura haciendo énfasis en su placer y las admirables empresas de algunos autores. Atienden a la erótica de los textos mucho más que a una crítica literaria y eso abre posibilidades de lectura que se basan en el mero deleite. Borges solía decir que él leía filosofía como si se tratara de una rama de la literatura fantástica. Baricco decide hacer algo similar cuando dice que Discurso del método puede leerse como un libro de aventuras:

Tiene una estructura narrativa muy precisa, de manual. El viaje del héroe. Un joven intelectualmente superdotado que da la vuelta al mundo para aprenderlo todo y que cuando vuelve a casa descubre que no sabe nada. Entonces decide encerrarse en su habitación y vencer sus demonios.

Paul Valèry dijo que la obra de Descartes puede considerarse la primera novela moderna, donde en lugar de narrarse la historia de alguna persona o acontecimiento, se relata el desarrollo de una idea. Uno de los personajes de Piglia sugiere leer el Discurso de método como una novela policial, en donde un investigador sin moverse de su cálido hogar desecha todas las pistas y destruye todas las dudas hasta descubrir al asesino: el cogito.

Aunque la lectura de Descartes hecha por Baricco no es del todo innovadora, vale la pena la anotación para entender su forma de leer los textos que nos presenta. Este mismo procedimiento lo realiza cuando lee la autobiografía de Charles Darwin, que considera que escribió sobre sus días como si se tratara de su bitácora científica.

[Darwin] no pretendía dejarse llevar por la luz del propio ocaso, al vals de sentimientos y recuerdos; simplemente se puso a escribir sobre su propia vida como podría haberlo hecho sobre un liquen. Del mismo modo en el que habría estudiado las escamas de una carpa de Borneo (invento) puso en orden las piezas de su vida registrando constantes y anomalías, sin ninguna efusión emotiva, pero sí con el afectuoso cuidado que pone el científico en su propio objeto de estudio.

Al iniciar cada capítulo, el autor nos relata cómo llega a obtener la obra que está por comentar. En ocasiones es gracias a su ferviente confianza en alguna editorial, como Adelphi o Einaudi;  en otras, por recomendación de algún amigo o colega notable. A veces la mesa de novedades, las portadas o los premios que mencionan las contratapas logran manipularlo. Algunos casos muestran también la noción de un deber con la literatura, con ese canon, o simplemente con la interminable lista de lecturas pendientes que tiene siempre cualquier asiduo lector. Estos relatos sobre su forma de llegar a los libros no son cosa menor. Como mencionaba al inicio, un autor está hecho de sus lecturas. El mejor ejemplo de esto es, una vez más,  Borges, quien básicamente sólo escribió sobre lo que leyó. Otro buen ejemplo se evidencia en Roberto Arlt, quien, similar a Gombrowicz, tenía un problema: leía la literatura que podía pagar, que en su caso eran libros rocambolescos de kiosko; además sólo podía acceder a traducciones de literatura extranjera. Esa biblioteca y sus limitaciones están detrás de su obra y de su percepción de los bajos fondos porteños sobre los que escribía; en resumen: apoyan la construcción de su idea de mundo.

En algunos momentos, Alessandro Baricco plantea indefensos chismes de la vida literaria, habla de los rituales de escritura de los autores y de la recepción que tuvieron en sus tiempos, comentarios que hacen la lectura amena. Sin embargo, lo más interesante de su libro son sus reflexiones como escritor. Aquel análisis de censor que busca leer entre líneas y entender los mecanismos con los que un artista logra el éxito de una obra o provoca su fracaso. Cuando alaba Claus y Lucas de Agota Kristof, Baricco describe su escritura:

Con una fuerza invisible. Con una confianza indestructible en la exactitud de las simples palabras. Con un continuo desprecio hacia todo lo que no sea estrictamente necesario. Con una idea monástica de belleza. Para que os hagáis una idea, basta con leer las primeras líneas del tercer libro. Prestad atención a los verbos. El noventa por ciento son simplemente “ser” y “estar”. “Es”, “son” “Está”, “están”. Ahora intentad contar cualquier historia o describir cualquier situación usando únicamente estos dos verbos.

La memoria de un autor es su tradición literaria; Piglia la definía como esa “prehistoria contemporánea” que se cristaliza en el presente de la escritura. Alessandro Baricco menciona en su libro las obras que le habría gustado escribir y contrasta estrategias literarias con base en su propia escritura y su visión de la literatura. En el capítulo sobre Anatomía de un instante, Baricco elogia el balance entre ficción y realidad que logra Javier Cercas para narrar el intento de golpe de Estado de España de 1981:

Por lo general, cuando los escritores se aplican en la reconstrucción de una realidad social o política tienden a hacer uso de la ficción para intensificar los hechos, pensando que esa es su labor, generando con ello una especie de dopaje de los hechos a través del cual obtienen, cuando les sale bien, una intensidad emotiva mayor y a la vez incluso una exactitud paradójica. Pero Cercas hace todo lo contrario. Lo único imaginario es la teoría y el punto de vista, el resto es cuestión de hechos.

Nada hace tanto a un escritor como sus lecturas; en este sentido, cada autor es como el protagonista del relato borgeano “La memoria de Shakespeare”, el recuerdo de lo leído deforma la memoria hasta que es indiscernible saber qué es propio y qué es ajeno: la cleptomnesia es inevitable en la literatura. Por eso, como anota Ricardo Piglia, “en la literatura los robos son como los recuerdos: nunca del todo deliberados, nunca demasiado inocentes”. La idea de mundo de quien se dedica a escribir se basa en las memorias ajenas que recoge de su biblioteca y lleva de vuelta al papel.

 

Valeria Villalobos-Guízar
Estudió literatura latinoamericana en la Universidad Iberoamericana y periodismo y literatura argentina en la Universidad de Buenos Aires.

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Publicado en: Ciudad de libros