Se cumplen cien años del nacimiento de Albert Camus, escritor ganador del Nobel y, ante todo, gran moralista. Quizá por eso, para sus lectores resulte tan seductora su biografía, pues el genio moral es eminentemente vital: se exhibe en la existencia lo mismo que en la obra, como señala Hugo Hiriart (http://www.nexos.com.mx/?p=15554).
Uno de los temas que mejor muestran esta unión entre el talento, las convicciones y la trayectoria de Camus es el de la pena de muerte, de la que fue un firme detractor por considerarla inútil y nociva. En 1957, el año en que fue premiado en Estocolmo, Camus publicó un largo ensayo donde expuso sus opiniones sobre el particular –“Reflexiones sobre la guillotina”1. Sin embargo, su rechazo al “asesinato administrativo” tiene una historia más compleja que conviene recordar en tiempos de populismo punitivo

Historia de una oposición
Tanto en las “Reflexiones…” como en “El Primer hombre”, Camus cuenta una anécdota, posiblemente una de las pocas noticias concretas que tuvo de su padre, muerto en la Primera Guerra Mundial cuando el escritor tenía apenas un año. En 1914, un hombre asesinó a una familia de agricultores en Argel, incluidos niños, por lo que fue condenado a muerte. El padre de Camus se sintió especialmente indignado y, como mucha gente, quiso presenciar el suplicio de “aquel monstruo”. De lo que vio aquél día –única vez que asistió a una ejecución– nunca habló con nadie. La madre de Camus sólo contaba que el hombre había vuelto a casa corriendo, mudo y con el rostro desencajado. Después se tumbó en su cama y, de repente, se puso a vomitar.
Camus dirá, en su madurez, que la nausea de su padre (“hombre recto y sencillo”) revelaba lo indignante de la guillotina, y que una ejecución, lejos de reparar la ofensa inferida al cuerpo social, añadía una nueva mancha a la primera.
Pese a que esa anécdota seminal acompañaría en adelante al escritor, las Segunda Guerra Mundial pondría a prueba este sentimiento orgánico de rechazo a la pena capital. En una Francia dividida entre hombres de la resistencia y colaboracionistas, el joven Camus gozaba de una merecida autoridad moral. Como portavoz de su generación, Camus apoyó con especial vehemencia la necesidad de un castigo severo e implacable a los partidarios de Vichy, una “depuración” de esos “hombres de traición e injusticia”. En octubre de 1944 escribió que “su mera existencia planteaba un problema de justicia” y la cuestión era “cómo destruirlos”. Poco tiempo duraría esa confianza.
A escasos meses de escribir esas líneas, Camus firmaba una petición de clemencia para Robert Brasillach, escritor antisemita y colaboracionista sentenciado a muerte. Camus firmó, según una carta de 1945, sencillamente porque estaba en contra de la pena de muerte, aunque despreciaba a Brasillach con todas sus fuerzas, pero lo cierto es que el autor de “El Extranjero” estaba pasando, como bien describe Tony Judt (http://www.letraslibres.com/revista/dossier/albert-camus-el-moralista-reticente), de “ser el confiado portavoz de la resistencia victoriosa a convertirse en un reticente peticionario de clemencia […] y a transformarse finalmente en un crítico arrepentido de los excesos de intolerancia y de la injusticia de las purgas de la posguerra”.
Tiempo después, en 1948, Camus sintetizaría su nueva posición desde Combat, diciendo que “las personas como yo querrían un mundo, no donde ya no se mate […], sino donde el asesinato no esté legitimado”. Es decir, donde no tenga cabida la pena de muerte. No fue, desde luego, una transición sencilla. Ubicaba a Camus en una posición difícil, incómoda e impopular, lo mismo en torno a los gulag que al conflicto colonial entre Francia y su natal Argelia.
El mutismo de Camus ante el problema argelino es conocido. Alejado de todos los partidos, su posición (a favor de una solución federalista y de una tregua civil) fue tachada de ingenua y desconocedora de la real politik. Horrorizado por la violencia tanto de un gobierno torturador (“hacemos en estos casos lo mismo que les reprochamos a los alemanes”, escribió también en Combat,) como de los militantes del Frente de Liberación Nacional, Camus guardó silencio público.
No obstante, como escribe Robert Zaretsky (http://www.counterpunch.org/2011/12/23/albert-camus-the-guillotine%E2%80%99s-relentless-foe/), fuera de foco, en privado, Camus siguió en activo, interviniendo ante las autoridades por la conmutación de las condenas a muerte de cientos de personas, especialmente de argelinos. Camus intervino una y otra vez respondiendo a solicitudes de intermediación, a pesar de su mutismo público y su preocupación por el destino de su familia, pues la paz en Argelia no se podría imponer por medio de la guillotina. Su lucha en defensa de estos condenados sólo la interrumpiría la muerte, en 1960.
Nuestro contemporáneo
No es mi intención profundizar aquí en los argumentos utilizados por Camus contra la pena capital –muy alejados, por cierto, de lo que llama la “ilusión por la bondad natural del hombre” y de la sensiblería en la que “se confunden los valores y las responsabilidades, se igualan los crímenes y la inocencia pierde finalmente sus derechos”. Lo que me interesa subrayar es la vigencia de su ejemplo y la pertinencia de la lectura de sus “Reflexiones sobre la guillotina” hoy, en un clima cada vez más marcado por la obsesión por la seguridad y el apetito punitivo.
Como ha explicado Fernando Escalante2, en el cambio de siglo no existió un aumento drástico de la criminalidad, ni en México ni en Europa ni en Estados Unidos. Sí hubo, sin embargo, una creciente sensación de miedo e incertidumbre. En ese contexto, el crimen –especialmente el crimen visible, violento– actuó como una especie de pararrayos de otros miedos y angustias más difíciles de identificar. El resultado ha sido el auge de un discurso populista y simplón, donde el castigo pasa a tener un fin casi exclusivamente punitivo –incluso de supresión física– y se abandona toda idea de reinserción o readaptación. Es la manifestación de lo que Bernard E. Harcourt llama “penalidad neoliberal”3: la paradójica afinidad entre el liberalismo económico y las políticas de mano dura, entre Smith y Beccaria, donde a la esfera supuestamente amoral y autorregulada del mercado le corresponde, como reflejo invertido, una esfera penal cada vez más amplia, altamente moralizada y con una intensa, casi despótica intervención estatal.
Pienso en la crisis de seguridad de México, y en la bochornosa campaña del Partido Verde Ecologista en las elecciones de 2009 con la que, de la mano de dos celebridades, propuso establecer la pena de muerte para asesinos y secuestradores.
O en la facilidad en que se pasa de la “lucha contra el narcotráfico” a la “lucha contra los narcotraficantes”, volviendo al número de criminales detenidos y muertos el más claro indicador de éxito.
O en los nuevos eufemismos para los asesinatos del Estado, cuando presuntos delincuentes se “neutralizan”, se “abaten” o se “inhabilitan”. Presuntos delincuentes casi siempre pertenecientes a las clases populares, no hay que olvidarlo.
O en nuestra manera de nombrar la violencia, y en la obscenidad de calificar automáticamente a las muertes que ocurren a diario, y de las que apenas se sabe nada, como “ejecuciones” de criminales perpetradas por otros criminales –y en la fantasía de la “justicia del narco” que esa palabra evoca.
Y recuerdo que estar en contra de la pena de muerte es proclamar que la sociedad y el Estado no son ni pueden ser valores absolutos, que rechazar estos crímenes implica “decretar que nada los autoriza a legislar de forma definitiva ni a producir lo irreparable”. Camus lo escribió en 1957, nos interpela hoy.
César Morales Oyarvide
1 El texto puede encontrarse en la red. Hay una reciente edición en español (2011), de Capitán Swing Libros, donde se acompaña de las “Reflexiones sobre la horca” de Arthur Koestler.
2 En “El crimen como realidad y representación. Contribución para una historia del presente”, El Colegio de México, 2012
3 En “The illusion of free markets. Punishment and the myth of natural order”, Harvard University Press, 2011
Afortunadamente la pena de muerte fue desterrada del texto constitucional. El gran problema del estado mexicano es querer utilizar al derecho penal como arma arrojadiza y como única vía solución al problema de inseguridad y narcotráfico.
Muchas gracias por tus comentarios, Gonzalo: estoy completamente de acuerdo en que uno de los grandes problemas del Estado mexicano (aunque no sólo aquí) es el uso del derecho penal como arma. Más, incluso, cuando parecería casi un instrumento punitivo de clase. Otro es que, aunque afortunadamente la pena capital fue desterrada de la Constitución, existen hoy nuevas formas de asesinato que, ante cierta mirada, aparecen como legitimas. ¡Saludos!
¡Muy bien artículo! Me ha ayudado a profundizar en la interpretación y la contextualización de ”El extranjero”.
Muchas gracias, David. Me alegro que el texto te resultara de utilidad. Recuerdo que, en El Extranjero, el personaje de Meursault piensa mientras está en prisión en una anécdota sobre su padre asistiendo a una ejecución y regresando a casa vomitando. Un elemento de su vida que Camus convierte ahí en ficción. ¡Saludos!
Me gustó tu artículo! Creo que nos hace falta un referente en temas tan escabrosos como la impartición de la justicia punitiva que, como bien mencionas, se ha vuelto una obsesión en la sociedad actual. La re-lectura de Camus ciertamente puede alumbrar un poco sobre estos asuntos, al recordarnos la falibilidad de la sociedad en la aplicación de un castigo tan definitivo como es la muerte (que en México se aplica por las instituciones estatales como “ejecuciones extrajudiciales”) y como dices, que la sociedad ni el Estado son valores absolutos.
Muchas gracias, Manuel. Tal cual, Camus nos recuerda el absurdo de impartir lo irreparable y absoluto por medio de lo falible. Precisamente eso era lo que buscaba decir, cómo pueden contribuir a entender nuestro presente su lectura y su vida. ¡Saludos!