La escritora y periodista Adriana Malvido recibió en la edición 2019 de la FIL Guadalajara el Homenaje Nacional de Periodismo Cultura Fernando Benítez. El siguiente texto, que celebra y acompaña el Homenaje, dibuja las líneas variadas de la gran trayectoria de creación e investigación de Malvido.
Adriana sabe que el oficio periodístico obliga al repliegue, a que sea el otro o lo otro el asunto, lo que brille, el objeto de comunicación. Una vez que afinó su olfato en temas culturales, escuchar, asombrarse, curiosear, indagar, asentar y comunicar fue su elección, con la discreción a la que el ejercicio obliga. Adriana Malvido ha recorrido los últimos veinte años del siglo XX y prácticamente los primeros veinte de este milenio peinando los temas que menos brillo tienen en las páginas del periódico: la cultura, a pesar de ser los que más abonan a la construcción de un tapiz de identidad y cambios, de conversación y memoria. Ha sido testigo desde ese Unomásuno, vigoroso en los años ochenta, invitador de voces nacientes, generoso con el espacio para las manifestaciones artísticas, pasando por la fundación de La Jornada hasta sus columnas en Proceso, Milenio y ahora en El Universal. No sólo retrata asuntos culturales, sino que poco a poco la suya se ha convertido en una voz que opina con una elegancia bien armada de cifras y experiencia. Y yo me pregunto dónde nació la vocación de testigo de un mundo asombroso: sea la literatura, la plástica, la danza, la arqueología, la música: lo humano.

Adriana Malvido en la XXXIII Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México, el 7 de diciembre de 2019. (Foto: @FIL/ Susana Rodríguez)
¿Cuál es el germen de la curiosa niña adolescente que estudia comunicación y se inclina por el periodismo impreso, y escribe más allá de las páginas del diario numerosos libros, como cuando Julio Scherer pone en sus manos las 465 cartas del Orozco veinteañero a la niña Refugio para que construya una historia?
Ningún periodista o escritor está exento de la pasión de mirar, hurgar, descifrar más allá de lo evidente. Y de esa pasión está hecha Adriana Malvido, Neneka. Es cierto que su mundo familiar estuvo cargado de personajes como María Dolores Pradera, Johnny Laboriel, Virginia López. Que cuando de adolescente regresaba y veía luz en la sala y escuchaba la música, sonreía. El ambiente bohemio predominaba en su casa. Con el bailarín Guillermo Arriaga, su tío Billy, mantuvo la consigna de no escribir sobre él hasta que su trabajo la obligó a ello, a escribir la nota, una nota que los mal colocaba. Es cierto que después dedicó, para fortuna de sus lectores, dos años a entrevistarlo, a conversar con él, para dejarnos desde su voz el testimonio —Zapata sin bigotes— de la vida del bailarín cuyo Zapata se estrenó en 1953 en Bucarest. El libro se lee como una conversación cálida y reveladora del México de una época muy interesante, cosmopolita y audaz, donde los artistas de las diversas disciplinas confluían en proyectos y un Covarrubias diseñaba el escenario para el Zapata de Arriaga.
Bajo esa mirada dulce y serena, detrás de esa voz ronca, de ese temple afable está el arrojo de Adriana. Su disposición a dar la batalla por escrito. A ser testigo, capotear para que se luzca el otro, poner el reflector fuera de ella para que nos enteremos y nos asombremos como ella. Desde su columna en El Universal —sobre la cual confiesa que le ha costado mucho trabajo virar a la primera persona, cuando lo suyo es el reportaje y el periodismo de investigación—, opina con templanza extrayendo, con la prestancia de un cirujano, elementos del torrente de información y exhibiéndolos en un orden claro para que comprendamos su idea.
Antes de la columna de opinión “Cambio y fuera”, su primera persona era apenas esa declaración personal que está detrás de la escritura de sus libros como El joven Orozco, cartas de amor a una niña; Los náufragos de San Blas; La reina roja; Nahui Ollín, la mujer del sol; introducciones o epílogos donde Adriana comparte el germen del proyecto, la manera en que lo realizó. Sabemos que en San Blas estuvo 16 días platicando con pescadores, habitantes del pueblo, familiares de los náufragos; que Julio Scherer le entregó las cartas de Orozco de las cuales ella eligió trozos, entrevistó personas y especuló sobre las escenas que conforman una novela documental, de no fácil clasificación, ¿histórica?, ¿periodística?; que estando en La Jornada se le asignó el viaje a Palenque y ella sería la única fuente que cubriría el descubrimiento de una nueva tumba. También que el respeto periodístico entre Braulio Peralta y Adriana Malvido, entre quienes me honra estar esta tarde, confabuló proyectos y caminos donde con acierto el editor encomendaba a Adriana reportajes y libros que narran una historia e hitos culturales, que derivaron en premios como el Jesús Galindo y Villa, el Nacional de Periodismo, el Pen de México a la excelencia periodística.
Adriana Malvido ha estado codeándose con géneros híbridos, a lo Capote tal vez, respaldada en una intensa investigación donde los testimonios han sido piedra angular, donde acudir a los lugares, la revisión de libros e impresos le han dado el andamiaje preciso para construir libros documentales, biografías testimoniales, asombros investigados, lo mismo en la tumba del Templo XIII en Palenque con el descubrimiento de la Reina Roja, como con la misteriosa Nahui Ollín hija del general Mondragón, esposa de Rodríguez Lozano, amante de Atl y ella misma pintora. Lo suyo ha sido una labor de detective.

En junio de 1994 fue testigo presencial del momento en que se abrió el sarcófago del templo XIII en Palenque a cargo de los arqueólogos Fanny López Jiménez y Alfonso González Cruz, que reveló el entierro de una gobernante de alta alcurnia cuando se creía que la Tumba de Pakal, en el Templo de las Inscripciones, era el único entierro a un dignatario del esplendor maya en Palenque. En su libro La Reina Roja (Conaculta/Plaza & Janés) del 2006 y en la versión más reciente para lectores jóvenes, La noche de la Reina Roja (Conaculta) no sólo recoge los antecedentes del hallazgo y el momento épico en que se levanta la tapa de un sarcófago sin inscripciones y el rojo del cinabrio y el verde de los ornamentos de jade iluminan el espacio que borra trece siglos de distancia, sino la manera en que se ha adquirido el conocimiento de los mayas desde el siglo XIX. El reportaje a ocho columnas fue la primera nota publicada a nivel mundial del hallazgo. En el libro, Adriana Malvido está en tercera persona como el personaje de una reportera de La Jornada; el arqueólogo González Cruz se refiere a si mismo en segunda persona, “un hallazgo como éste te cambia la vida” y la Reina Roja desde su osamenta de 55 años, desde su osteoporosis, desde su frente deformada, desde el orificio que en la lápida la comunica con el mundo habla en primera persona y se anticipa al momento en que habrán de mirarla, aunque sólo ella posee el secreto de su identidad.
Me atrevo a pensar que ese momento fue un punto de quiebre en la carrera de Adriana Malvido, que después de ser testigo y responsable de la crónica de un hallazgo revelador en la historia de los mayas, en la manera en que podemos mirar nuestro pasado, a las mujeres y su papel en la antigua civilización, ya no fue la misma. Que hay un antes y un después, que si Arnoldo González Cruz adoptó “reina roja” como su identidad en correo electrónico y llenó su espacio con la foto de la máscara de jade de la reina roja (como lo explica Adriana en la entrevista que cierra el libro), Adriana no pudo desprenderse del mítico cinabrio y el verde sagrado del momento que le tocó atestiguar. Tengo para mí, que Adriana supo que la asignación había sido un privilegio y el aullido de los monos saraguatos, con la lluvia pertinaz que los esperaba afuera del templo después de 24 horas de encierro, una confirmación de su vocación para perseguir los rastros de personajes que conforman la cara mítica, excéntrica, fuera de lo común y apasionada de nuestro país. Por eso Nahui Olín, la mujer del sol y su extensa investigación alrededor de ella y el misterio de sus ojos gatunos, de sus amantes perdidos, de su propia perdición, cuya nueva edición acompañó la exposición en el MUNAL este año. Por eso Orozco y su pasión pictórica y amorosa, por eso Guillermo Arriaga y su peso y paso en la escena de la danza mexicana. Pasión que indaga en pasiones.
Adriana ha construido un retablo de los actores y escenarios del arte mexicano en el siglo XX, de los hacedores de lo extraordinario; con los recursos periodísticos afilados, siempre escuchando, leyendo, indagando, mirando, tomando nota, ha dado a su curiosidad la permanencia de la memoria. Ella misma forma parte de esa memoria, de un periodismo de investigación en temas culturales que ha cambiado sus maneras y, desafortunadamente, reducido sus espacios, y que desde las voces tenaces y apasionadas como la suya nos recuerda su importancia.
Aunque a Adriana todavía le cueste trabajo la columna de opinión, hoy está con nosotros en primera persona, porque su experiencia misma cuenta una historia donde ella, dedicada a indagar y retratar las hazañas y pasiones de los otros, es protagonista. La suya es una entrega alegre y afanosa por la palabra y su poder de comunicar los asuntos de los otros.
Su ejercicio vivo, su trayectoria y contribución al testimonio cultural de nuestro país, subrayan el justo reconocimiento a su trabajo en medio de un panorama cada vez más árido para el reportaje y el comentario cultural. El Homenaje Nacional de Periodismo Fernando Benítez recalca la importancia de defender el asombro por las manifestaciones culturales, por entender su papel en la comprensión de lo humano y la identidad que nos dignifica y el diálogo que propone.
Enhorabuena, Adriana.
Mónica Lavín
Escritora. Su novela más reciente se titula: Todo sobre nosotras.