Adiós, Atlalilco

Hace 596 días la estación del metro Atlalilco se convirtió en un estigma urbano para cientos de miles de usuarios de la Línea 12 que viven en las delegaciones Iztapalapa, Tláhuac y Milpa Alta. La tarde de este miércoles no había rastro alguno de las trifulcas ni de los gritos que gobernaban los paraderos improvisados que se instalaron frente a sus entradas y salidas.

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Todo comenzó el 12 de marzo de 2014. El cierre de 12 estaciones de la Línea Dorada por “problemas de construcción”, obligó a que un estimado de 435 mil personas buscaran, día con día, distintas rutas para llegar al trabajo, la escuela o cualquier otra cita. Algunos ordenaron su itinerario de tal forma que pudieran llegar a la terminal sur de la Línea 8, conocida localmente como “Consti” (Constitución de 1917). Otros calcularon tiempo y número de cambios entre estaciones y prefirieron ir a la Línea 2 (con opción de abordarla en Taxqueña o General Anaya). Y quienes descartaron estas opciones, aceptaron el servicio gratuito de los camiones RTP, que el gobierno del Distrito Federal puso a circular sobre avenida Tláhuac, como paliativo a la complicada movilidad que experimentan los usuarios ante la suspensión parcial de una de las obras públicas más polémicas y accidentadas de los años recientes.

Estos camiones naranja cubrían tres rutas: Tláhuac-Atlalilco, Tláhuac-Constitución y Tláhuac-Taxqueña; sin duda, la más concurrida era la primera. Quienes se subían al RTP desde Tláhuac gastaban más de una hora en llegar a Atlalilco. Cuando el metro funcionaba, el mismo trayecto se hacía en 24 minutos aproximadamente; el recorrido completo de la Línea Dorada estaba calculado en 40 minutos.

Durante los últimos 19 meses, la estación Atlalilco lucía por la mañana como un paradero de camiones ordenado. Todos los automóviles respetaban el carril exclusivo de los RTP. Microbuses, combis y taxis evitaban que los agentes de tránsito usaran su silbato. No había aglomeraciones de pasajeros. A partir de las cinco de la tarde, la escena cambiaba por completo. La desesperación y el hartazgo de los pasajeros bullían en cuanto se anunciaba el arribo a la última estación en servicio: “Próxima estación, Atlalilco. Correspondencia con Línea 8”. Al momento de abrirse las puertas de los vagones, era preferible ser de los últimos en bajar, si acaso se quería proteger pies y costillas. De inmediato comenzaban las carreras o los pasos apresurados por el andén. Se tenía que ganar tiempo para no hacer fila en los torniquetes o en la puerta de servicio que tenía que estar abierta para agilizar la salida de los pasajeros. La mayoría de las veces estos arrebatos no servían de nada. En las escaleras los cuerpos se apretujaban y comenzaban a subir, torpes e invasivos, rumbo a la salida. Ni el frío ni la lluvia despejaban la cabeza de los usuarios: ellos querían subir a un camión lo más pronto posible sin importar por encima de quién tuvieran que pasar. En el transporte público reinan el descaro y la insensatez.

Para muchos Atlalilco será la viva imagen de lo que nunca quieren volver a padecer como usuarios de transporte colectivo, sin importar el género o la edad.

Las mujeres tenían dos opciones: subir a los camiones exclusivos para ellas o subir a los que iban ocupados casi en su totalidad por hombres. Algunas rechazaban viajar con hombres por precaución; la sombra del acoso en el transporte público se imponía. Era mejor prevenir. Otras, no se detenían en este detalle y se abrían paso entre las hileras para poder abordar.

En cambio, si se colocaban en el área donde había sólo rostros femeninos, tenían que tomar en cuenta que la mayoría de sus compañeras de viaje podrían comportarse a imagen y semejanza de los gladiadores romanos. Las voces de atención de policías y empleados del metro eran como el canto de un grillo para ellas. “Damitas, por favor, den un paso para atrás. Eviten un accidente”. Y las damas no movían los pies, pese a que los camiones casi les rozaban la nariz. La fila para los adultos mayores, embarazadas o personas con discapacidad era lo único que mantenía orden en esa área. Ellos tenía oportunidad de subir primero y escoger un asiento. Minutos después, se abría la puerta trasera. Ese instante era uno de los más violentos. Las que estaban adelante se agarraban del tubo que separa las escaleras del camión, subían un pie y tomaban vuelo para liberarse de los apretones. Las que seguían tenían que soltar codazos; patear a la que le estorbara; jalar su bolsa con el riesgo de romper el asa; pedir que le pasaran el zapato que se le zafó; devolver las maldiciones que alguien le gritó; deshacerse del mechón de pelo arrancado a una desconocida; tratar de quitar de enfrente a las mujeres que no llevaban prisa y obstruían el paso como una táctica para intentar subir primero en el siguiente camión… Por lo visto, estas últimas eran las más despreciadas: “Son un estorbo. Parece que nacieron cansadas. Yo no quiero irme sentada, lo que me urge es llegar a mi casa”.

Los hombres lejos estaban de pasarla mejor. Ellos se arremolinaban frente a los espacios en los que calculaban que podrían subir fácilmente. En cuanto el chofer abría las puertas, no sabían de qué lado protegerse. Volaban puñetazos; se jalaban de los pantalones; clavaban las mochilas en la cara del vecino; por nada del mundo cedían el paso; los pisotones y las patadas eran las agresiones más infantiles; quienes estaban hasta atrás gritaban y empujaban; era común que los policías bajaran a dos o tres hombres que no permitían que se cerraran las puertas. En esta zona prevalecían la fuerza y la maña.

En esas condiciones, la estación Atlalilco nunca podría haber aspirado a ser una forma de felicidad. Ahora que la reapertura de cinco estaciones (Culhuacán, San Andrés Tomatlán, Lomas Estrella, Calle 11 y Periférico Oriente) la ha despojado de su papel de punto de enlace de la Línea 12 —y que el trayecto que aún tiene que hacerse en RTP ha disminuido al menos media hora—, los malos recuerdos que los usuarios conservan de ella se irán desvaneciendo con el tiempo. Atlalilco volverá a su origen y sólo significará “donde se contiene el agua”.

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Publicado en: Crónica

Un comentario en “Adiós, Atlalilco

  1. Pero el problema se paso a periférico lo mismo esta ocurriendo en esta estación, los peseros en 2 filas estorbando paso, dando vueltas prohibidas es un horror.

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