Adiós a Alfredo López Austin (1936-2021),
revolucionario y maestro

La siguiente memoria hace un recuento del invaluable legado del historiador mexicano, quien falleció el pasado 15 de octubre. No sólo al campo de la historia, sino también al de la antropología, la arqueología y la etnografía, López Austin aportó una mirada renovadora, audaz y generosa.


(Abrazo cariñoso y solidario a Martha, el amor perenne de Alfredo y con quien construyera, a partes iguales, su identidad, pública y privada.)

Alfredo López Austin representó un cisma cuasi religioso en los estudios de cultura prehispánica. Fue el Martín Lutero mexicano quien con sus tesis postuladas en Hombre-dios (1972) y en Cuerpo humano e ideología (1980), provocó una revolución ideológica equiparable, en este universo de conocimiento, a las 95 tesis del teólogo agustino. En vez de las puertas de la iglesia de Wittenberg, el conflicto se desató en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, alma máter de Alfredo. Allí seguía campeando el historicismo como corriente hegemónica y, frente a un dominio de décadas, López Austin opuso su actualizada mirada materialista y, específicamente, estructuralista. Fueron aires de renovación que, sin ser bien recibidos por los decanos del historicismo —como era natural—, cimentaron la visibilidad y distinción de un joven investigador. Tenaz y carismático, de inmediato contó con discípulos y seguidores ávidos de aprender nuevas maneras de reflexionar sobre lo indígena, tanto en su periodo histórico como en el presente.

Su propuesta teórica implicaba abandonar el romanticismo e idealización que hasta entonces habían caracterizado tanto los textos interpretativos como las traducciones del náhuatl que se acostumbraban. También sistematizó la información para proceder a un análisis mucho más sofisticado y complejo de lo que cualquier otro estudioso hubiera emprendido con anterioridad en el terreno de las cosmovisiones indígenas. No fue desde la nostalgia por un pasado glorioso que Alfredo enfrentó las fuentes prehispánicas y coloniales, sino desde una metodología estricta que enfocaba asuntos ideológico-religiosos, buscando todo lo que pudiera haber trascendido el tiempo y que, a pesar de las rupturas y cambios de sistema político-gubernamental y de religión oficial, hubiera logrado sobrevivir y perpetuarse en el imaginario colectivo.

Registró las continuidades que determinan a las sociedades antiguas y contemporáneas para documentar ideas identitarias y perennes de una región especifica: Mesoamérica, concepto que reforzó y dotó de atribuciones metahistóricas. Incansable, Alfredo exploró las continuidades en el pensamiento y las prácticas religiosas, en las formas de concepción de la vida, la enfermedad, la muerte, que se mantienen de manera sólida en la mente humana, de aquello que no se desvanece en el aire. En este sentido, su mirada era la de un optimista irredento que prefirió examinar continuidades, negociaciones, avenencias y no rompimientos e interrupciones.

Y es que, en esas décadas previas al cambio de siglo, era lo que los estudios mesoamericanos necesitaban: certezas, persistencias. Un enfoque racional y teorizado que dejara atrás, al menos en el territorio académico, la percepción edulcorada y paternalista, superficial y poco minuciosa en la traducción e interpretación de los materiales recopilados para cada investigación. De allí la pertinencia de sus reflexiones y el origen de un éxito profesional que lo consolidó como pensador de alcance global. Su brillo intelectual deslumbró a propios y a extraños, conquistando un reconocimiento internacional que, por lo general, ayudó a mantenerlo a salvo de ataques profesionales internos, motivados entonces por la envidia o la incomprensión de su singular fórmula analítica.

Otra de las razones de su prestigio radica en su calidad humana, en su voluntad de ser empático con la humanidad. Su ideología de izquierda se reflejó en su irrenunciable preocupación social por los grupos indígenas, abandonados por el régimen político nacional, pasado y presente. Esta vocación de pueblo la vivía Alfredo como una misión y lo hacía un referente solidario en cuanta causa requiriera de su apoyo, moral o fáctico, sin importar las enemistades que ello pudiera generarle. En particular en su docencia, Alfredo se distinguió por el respeto al alumno, a sus preguntas —por muy ingenuas, básicas o desinformadas que fueran—, actitud que hacía extensiva a sus colegas. Esto se dice fácil hoy y se escucha como una exigencia básica a cualquier profesor en la actualidad, pero hace décadas era una actitud que provocaba asombro y agradecimiento.

Lo que predominaba era la pedantería de numerosos docentes que, amparados en un reconocimiento generalmente bien ganado, aterrorizaban a aquel estudiante que se atreviera a contravenirlo o al que le tocara en turno ser interrogado de manera ajusticiadora por un exigente profesor que no se detenía ante la posibilidad de ridiculizar e intimidar al estudiantado. La arrogancia y elitismo del profesorado unameño era una tradición que aún cultivaba una Facultad de Filosofía y Letras finisecular. En ese contexto tan desequilibrado es que la amable figura de Alfredo cobraba alturas insospechadas. Recuerdo como si fuera hoy su mirada atenta, curiosa, respetuosa y, sobre todo, su costumbre de inclinarse un poco —supongo que para concentrarse mejor— en dirección a cualquiera de nosotros que estuviera manifestando una duda o pregunta.

Así formó a innumerables generaciones de historiadores, antropólogos, arqueólogos, etnógrafos y de todas las disciplinas relacionadas, sea como alumnos registrados en sus clases, impartidas en diversas instituciones, sobre todo en la ya multicitada Facultad de Filosofía y Letras, o como “oyentes” provenientes de cualquier otra corporación educativa, nacional o extranjera. Al revisar nuestras tesis o borradores de publicaciones, era notable su inclinación a ponderar los aciertos y aportes de nuestra revisión sobre un objeto de estudio en específico y, con la suavidad que lo definía, aplicaba una técnica dialogadora en que nos conducía a reflexiones más profundas, que coadyuvaban al desenredo de equívocos o al fortalecimiento de nuestras propuestas conceptuales o de reconstrucción de procesos y narrativas histórico-ideológicas. Eso sí, nunca daba respuestas de manera fácil y expedita, sino dejaba caer pistas —cual si fueran especulaciones en voz alta— para propiciar la reflexión propia. Esto lo consolidó como uno de los maestros más admirados y queridos por todo aquel que lo conociera e interactuara, aunque fuera brevemente, con él.

Con los años, las publicaciones y la docencia continuada, su popularidad alcanzó rangos insospechados que rebasaron el aura de prestigio que rodea a un investigador y docente que destaca por su enorme inteligencia y un despliegue carismático sin igual. No sólo era una figura de autoridad en sus áreas de estudio, sino que se convirtió en un héroe cultural consultado, escuchado, leído y citado. Es desafortunado que, a pesar de su origen revolucionario y cismático, el dogmatismo que siempre se agazapa en los territorios del pensamiento liberador, pugnara por convertir a Alfredo en un hombre-dios infalible e inmutable. Estoy convencida de que, independientemente de lo que opinen sus seguidores más acérrimos, sus ideas deben someterse a revisión crítica para el avance disciplinar. Ello no mermara un ápice el hecho de que es un inigualable e incuestionable referente académico y un ser excepcional. Para mí, además, Alfredo López Austin fue, es y será mi primer padre intelectual. Sus aportaciones y los recuerdos de su ser amoroso perdurarán mientras quienes lo conocimos y admiramos permanezcamos vivos.

 

Ana Garduño
Profesora de la Encrym-INAH e investigadora del INBAL

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Publicado en: Noticias de Cipango

Un comentario en “Adiós a Alfredo López Austin (1936-2021),
revolucionario y maestro

  1. Hombres como don Alfredo López Austin,pocos y con honra para México

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