Adieu, mon cher oncle:
a la memoria de Luis Zapata

A Luis lo conocí mucho antes de conocerlo. Él y sus amigos venían a las comidas que organizaban mis padres. Eran comidas eternas, de gozo de sobremesa, de muchas cubas y morcillas de cebolla. Luis, Olivier y Arturo Viveros siempre armaban un desmadre delicioso. Mis primos de ocho años los veían con absoluto desconcierto. No entendían que un hombre pudiera jotear con semejante desparpajo.

Me encanta pensar en esos recuerdos tan lejanos y risueños. 

Conocí a Luis también como un mito. Las historias de mi mamá sobre sus amigos francófilos que recorrían los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras lo tenían ahí, como un adonis, de tremendo protagonista. Me contaba todos los chismes de la Facultad como si yo conociera a los implicados: ésta hizo tal y éste se dio a éste y demás. La misma Facultad que yo conocí. Aunque no era la misma. Esos alumnos luego fueron mis maestros. El ciclo de la vida, la burbuja académica, el mito de Sísifo, como quieran llamarle.

Corrían los años setenta y mi mamá tenía una pasión implacable por la literatura medieval francesa. Tal vez por eso se acercó tanto a Luis: rotos para descosidos los que se clavan en la Cité des Dames o Perceval. Mi mamá escribía su tesis sobre Marie de France y Luis tenía una fascinación por Chrétien de Troyes.

Entre las clases, garabateaba sentado en el piso.

En ese momento eran solamente algunos apuntes. Apuntes después de escuchar las cintas del mítico chichifo que sirvió de inspiración para Adonis García, el protagonista incandescente de El Vampiro de la Colonia Roma.

El Vampiro estaba en gestación y Luis era hermoso. Tenía un pelo lacio perfecto, un perfil afilado y esos ojos verdes penetrantes. Mi madre me mostró una foto de él: “mira qué cuero era este cabrón. No le vayas a decir que dije ‘era’”.

Luis, con su chamarra de cuero, todo en él hermoso y seductor, sentado en el piso escribiendo El Vampiro de la Colonia Roma, fumando como chacuaco, en la Facultad. Imagen maravillosa que no hacía falta ver para que se me quedara grabada.

Decía Luis que le gustaba el cine por una cierta actitud pasiva hacia la vida. Le gustaba más vivir en la ficción. Y yo conocí primero a Luis en esa imagen de ficción.

Luego conocí a Luis como persona. Para este momento, él ya llevaba mucho tiempo siendo persona. Pero yo no. Cuando lo conocí en persona, lo conocí fuera del mito de mi madre, fuera del recuerdo que tenía yo de esas locas maravillosas en las comidas familiares, fuera de la ficción.

Desde la primera vez que hablamos nos quisimos. Era dulce conmigo. Me decía “mon cher neveu” y yo le decía “mon cher oncle”.

Me platicó de muchas cosas, le preparé muchos tés, se fumó muchos cigarros que intercambiaba entre dos o tres marcas con esas colillas que lo hacían parecer villana de Disney. “Que dizque con esto te hace menos daño, dicen.”

Siempre olía bien. Tenía gestos delicados y se peinaba religiosamente. Ya no tenía tanto pelo como cuando era un efebo. Creo que ya no se gustaba tanto.

Me encantaba su risa, su voz nasal contándome cosas.

Y esos ojos maravillosos.

Siempre supe que estaba triste y solo.

§

En algún momento me pidió que presentara un escrito sobre El Vampiro de la Colonia Roma en la Feria del Libro de Minería. Eran los treinta años de la novela y me sentía cerca de él. Para ese momento, yo ya había leído El Vampiro y transcrito toda la traducción en francés que hizo Olivier, su antiguo amante.

El Vampiro me parece un libro fascinante. En el acto de transcribirlo ponía exactamente los espacios que Olivier había marcado en la máquina de escribir. Porque esa era la cadencia, los espacios en blanco entre las frases, los silencios que le dieron textura a las palabras inmortales del Adonis. Conocía la novela y podía presentarla. Pero no la conocía verdaderamente.

No entendí lo que era El Vampiro hasta aquella tarde en Minería y, luego, cuando también lo homenajeamos en la Facultad. Qué  impresionante. Yo iba con un texto sesudo, para decir que eso era literatura y punto, y no literatura gay o queer o LGBT+. Pero había algo que trascendía mi forma de etiquetar quejándome de las etiquetas: lo mucho que importó esta novela para tantos hombres gay en México.

El pequeño recinto de Minería estaba atiborrado. Adolescentes, hombres mayores, señoras y señoros. Todos veían a Luis con una admiración llena de agradecimiento. El poder de El Vampiro es que le enseñó a muchos que existía esa vida plena, homosexual, erótica, libre, divertida, trágica, en la Ciudad de México. Esta pinche ciudad tan caliente, como bien decía Adonis.

Luis, como los Sanborns, hizo mucho por la jotería nacional.

Yo había entendido este libro como una maravilla rica y genial que descubría como estudiante de literatura. Pero para muchos, y eso lo entendí aquella tarde en Minería, este libro fue una apertura al mundo, un sentirse acompañados, un caminar de la mano, una complicidad y un orgullo, una afrenta a toda la jodidez del prejuicio, un canto trágico de alegría.

Conocía la novela, pero en verdad no la conocía. Los que abrazaban ese día a Luis y le pedían firmas, los que lo veían con ojos llorosos llenos de gratitud, los que le preguntaron cosas;todos ellos conocían verdaderamente la novela. Ellos la vivían y la habían vivido. Me sentí ridículo en ese estrado. Ellos pertenecían ahí, yo no. Nunca merecí, como ellos, sentarme en las piernas de Luis y platicar con él de cine. Luis era suyo, yo nada más me lo encontré.

Nadie dijo que la vida fuera justa. 

§

Viví gozosamente la casualidad de conocer a Luis. Logré hablar con él de sus listas de desnudos masculinos en el cine. Una gran lista de nalgas, catálogo enciclopédico de conocedor. Había mucho Mel Gibson y Luis le agradecía que le gustara tanto mostrar el trasero. Me puso 5 de chocolate y 1 de fresa con su máxima obsesión, Angélica María. Nos cagamos de risa con las monjas.

Un día me invitó a una fiesta. Había muchas amigas y muchos amigos. Cuando se fueron las amigas, los amigos de pronto entraron en confianza. Empezó la jotería desparpajada. Alguien tocó el piano y alguien más se acostó en el piano a cantar. A Luis le encantaba cantar, pero le daba pena por desafinado.

¿Qué se puede hacer? En el cuerpo de los desafinados también late un corazón.

Una vez fuimos a un concierto de Caetano Veloso. Él nos regaló los boletos. Fue bello aunque mis papás se encabronaran por sus nuevas canciones políticas. Nos cagamos de la risa como siempre..

Otra vez invitó a mis papás a un concierto de Bebel Gilberto. Quedó sorprendido y entusiasmado. Traía una mezcla de hiperactividad por antidepresivos y llevaba muchos cigarros y muchos tés en la mañana cuando me engatusó para su nuevo plan. Quería que yo contactara al agente de Bebel Gilberto para que él pudiera hacer una película con ella. Logré contactarlo en Los Ángeles. Fue una llamada muy incómoda.

Se intentó, mon cher Oncle, ahí la dejamos.

Luis también me presentó a uno de los hombres más tiernos y entrañables que he conocido en la vida, el dramaturgo José Dimayuga. Alguna vez presenté un libro suyo y fue un gozo leer con él ante un maravilloso público de tres personas. Me encantaba su barba. Y me encantaba cuando dejaba de darle pena y se cagaba de risa también. Eran cómplices y se querían. Tal vez hoy ya estén los dos juntos en el cielo de las locas de tierra caliente, Guerrero, SA de CV.

Luis logró escribir su Autobiografía póstuma como todo un Chateaubriand. Dejó una vasta obra, a pesar de sus depresiones crónicas, de lo exigente que era con su escritura, de sus monomanías y obsesiones. Luis legó libros que también se cagan de risa. Luis se burló de esa seriedad literaria en la que todo tiene su porqué y su cómo, en la que las estructuras están trazadas y reconocibles, en la que no se puede ni tocar con el pétalo de una rosa a la altiva, pero no por ello menos sobrepoblada, República de las Letras.

Luis también nos dejó. Dejó a muchas personas agradecidas, admirativas y a muchos lectores.

Luis también me dejó. 

Me hubiera gustado que te fueras diferente, mon cher Oncle. Me hubiera gustado verte ahí, trepado con los marcianos, dejando atrás la Ciudad de México y Chapultepec y el Caballito. Adiós mundo cruel como decía la canción de Enrique Guzmán. Yéndote encuerado, como dios te trajo al mundo y dejando atrás, para nunca volver, por ningún motivo, este pinche mundo.

Me hubiera gustado que tuvieras una estatua como Adonis ahí en la Cuauhtémoc. Me hubiera gustado verte otra vez y hablar de cualquier cosa, de horóscopos y de tés y de Angélica María.

Hasta en las mejores familias pasa, supongo. En jirones, la historia de siempre. Melodrama de pétalos perennes entre sombras y sueños.

Te pienso con música brasileña y las nalgas de Mel Gibson. Espero que estés en un lugar más divertido que éste, menos solemne, menos atascado de gente, menos lleno de ansiedades.

Espero que te aparezcas un día como un fantasma ocioso, como ese de Oscar Wilde que jugaba con un bilet.

Espero que nunca descanses, maravilloso insomne.

Aquí te cuido el changarro otro rato.

Siempre te voy a estar esperando.

 

Nicolás Ruiz Berruecos
Maestro en Literatura Comparada por la UNAM.

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Publicado en: Resurrectorio