Dicen que yo soy adicto
(No puedes parar)
Dicen que yo le entro a todo
Yo soy consumidor
y no me gusta hacerme del rogar
“El adicto”, Botellita de Jerez

En Narcisa. Nuestra Señora de las Cenizas, el escritor norteamericano Jonathan Shaw desvela los mecanismos mentales de la adicción. Narcisa, el personaje central, es una joven y hermosa prostituta brasileña adicta al crack que, desde el momento en que sus vidas se cruzan, deja prendado a Cigano, un ex convicto que ha dejado las drogas y el alcohol pero que encontrará en su bella dakini la vía para dar rienda suelta a su impulso adictivo. “Dios los hace y ellos se juntan” , dice el dicho. Y así pasa con estos dos. Aunque lo que los une no es el amor, sino las desgarradoras historias que ambos han tenido y en virtud de las cuales se consideran portadores de “la Maldición”, una fuerza que está más allá de la razón, y que los hace actuar a pesar de ser conscientes de que esos actos los destrozan lentamente. Como si estuvieran poseídos por algo que escapa a sus fuerzas y a su voluntad.

adicto

Conforme recorra sus más de setecientas páginas, el lector pasará de la curiosidad a la náusea, de la emoción a la desesperación, del deseo al dolor; un dolor que, a fin de cuentas, es el trasfondo de la novela. Lo que hace Shaw es abrir la herida, adentrarnos en ella para poder encontrar ahí nuestros propios dolores y tratar de sanarlos, en lugar de seguir huyendo. Las adicciones mutuas de Cigano y Narcisa, en las que ambos se reflejan, son un intento fallido por superar los traumas personales, por olvidarlos, por negarlos. Lo que logran con ellas, en cambio, es reproducir esos dolores primigenios y aumentarlos hasta volverlos insoportables, como si lo que se buscara realmente con ello fuera, más que una salida, una permanencia en el dolor a partir de la recreación constante del acto originario.

Shaw, sin embargo, va más allá de las dolencias personales al conectar las historias de sus personajes con las de la sociedad. Todo ocurre en Río de Janeiro, cuyas realidades dan cuenta del infierno en el que para muchos se ha convertido la Tierra: pobreza, alcoholismo, drogadicción, narcotráfico, prostitución, asesinatos, violencia policial, abuso sexual, explotación y un largo etcétera son retratados vívidamente en sus páginas. Es en esa sociedad donde nacen Narcisa y Cigano, quienes , como muchas personas más, terminan siendo víctimas de su propio contexto. Como si el drama existencial de estos personajes fuese un retrato a nivel micro de la podredumbre social reinante. Aún así, parece decirnos Shaw, uno siempre sabe lo que hace. Y si lo que se quiere es evitar el dolor, hay que enfrentarlo, procesarlo, sanar la herida, cerrarla y no infectarla más.

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Aunque por otra vía, el psicoanalista mexicano Juan Luis de la Mora llega a una conclusión similar en Pensar la nada. Del consumo a la adicción, escrito en un intento por entender la problemática de muchos de sus pacientes. La angustia, nos dice, es una parte esencial del ser humano por el simple hecho de estar vivos, de haber sido echados al mundo. Y por ello mismo es el fundamento de todo conocimiento posible para el hombre. Actualmente, y a diferencia de su concepción en sociedades estructuradas bajo otras narrativas —religiosas o políticas—, el uso de drogas se enmarca en la racionalidad económica de la sociedad consumista, en donde la idea del consumo coloca al hombre entre una promesa de satisfacción plena y un sentimiento de insatisfacción perpetua, que lo obliga a buscar con avidez el siguiente objeto que encarne dicha promesa. Es decir, lo coloca frente al “espejismo de una vida sin angustia”, que desde luego nunca se logra y que pareciera querer expulsar al sujeto de su propia experiencia.

“La figura del adicto —señala De la Mora— es la realización de la lógica del consumo y, al mismo tiempo, su subversión. Al encontrar una sustancia que lo satisface hasta la plenitud, el toxicómano cierra sobre sí la ilusión de haber conquistado la angustia, y con ella, la negatividad en el corazón de su ser. […] El eterno desplazamiento del objeto se detiene porque la anhelada completitud se ha alcanzado: no es necesario ir a buscar otro objeto, basta con poseerlo en todo momento —hasta ser poseído por él. [Entonces,] el consumo alcanza su punto máximo y se vuelve consumo de la propia vida”. Como diría Lacan a propósito del “ locamente astuto” y, por lo mismo, insostenible discurso capitalista: “Se consuma, se consuma tan bien que se consume”.

Hay que añadir a ello la carencia de referentes simbólicos para orientar la vida de los hombres que caracteriza a nuestra época. En etapas históricas anteriores el uso de sustancias estuvo casi siempre ligado a actividades de carácter ritual, que permitían al hombre desempeñar una función cósmica en el mundo y en su sociedad. Darle un sentido a su vida. No sólo espiritual sino también político. Hoy, cuando ya no predominan ni la Iglesia ni el Estado sino el Mercado, el único asidero disponible parece ser el consumo que, como vimos, es un mero espejismo y que aparece nuevamente como factor clave para entender el paso de la embriaguez a la adicción. Del uso de sustancias con fines rituales, recreativos y de auto conocimiento, al consumo de las mismas para evitar la angustia propia de la vida, para alcanzar una satisfacción permanente e ininterrumpida que a la larga transforma al sujeto en esclavo del objeto de la adicción, despojándolo del habla (a-dicción) y, por tanto, de cualquier posibilidad de comprensión y acción.

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Mi padre solía decirme: “Anda en el fuego, pero no te quemes”. Como aprendí muchos años después, el que en el fuego anda termina por quemarse, como le ocurrió a él y como le puede ocurrir a todo aquel que se acerque a las sustancias sin saber que está jugando con fuego. La droga es al mismo tiempo un remedio y un veneno, el paraíso y el infierno. La frontera entre embriaguez y adicción es muy delgada y difícil de distinguir. Se puede traspasar en cualquier momento, en ocasiones sin boleto de regreso. Aun si no se consumen sustancias. El anhelo de intensidad, de dolor, de autodestrucción, como el cauce de un río enfurecido, busca siempre alguna desembocadura. Y casi siempre la encuentra. Ahí tenemos a Cigano con Narcisa.

Hay una imagen en el libro del doctor De la Mora que no se me va de la cabeza. Se trata del primer recuerdo de Julio Cortázar, cuando, siendo un bebé acostado frente a un gran ventanal con vistas a “la nada”, ante la grisura que presagia el amanecer, escucha el atronador canto de un gallo, “ese horrendo trizarse del silencio en mil pedazos” , que lo hace expeler un grito de terror, ante el cual acuden sus padres a calmarlo con “palabras que suavemente iban destruyendo la máquina del espanto: un gallo, su canto previo al sol, cocoricó, duérmase mi niño, duérmase mi bien”.

La escena me resulta reveladora en cuanto, por un lado, retrata el terror primigenio ante la nada, ante lo que no conocemos, ante esa sensación de haber sido tirados a un mundo frío y hostil; pero por el otro, nos habla de la forma que tenemos, por excelencia, de apaciguar la angustia: la palabra, una palabra además pronunciada con amor, que se transforma en canto y en entendimiento. Y aunque es obvio que no podemos comprender todo, que siempre habrá un residuo que se nos escape, la imagen dice mucho de los recursos con los que contamos los hombres de hoy para hacer frente a la adicción, para satisfacer sus exigencias por vías que no terminen por destruirnos.

Si, como concluyó Freud, “la vida, como nos es impuesta, resulta gravosa”. Si “para soportarla, no podemos prescindir de calmantes”, cada quien debe recurrir a aquellos que le resulten más adecuados. No sólo los que nos prometen una vida sin angustia, sino sobre todo los que precisamente nos enfrentan a ella y nos hacen procesarla de una manera distinta. No sólo el vino y el hachís; también la poesía y la virtud, dijo Baudelaire en uno de sus poemas. También la música, el amor, la escritura, la amistad, el baile, la literatura. Todo aquello que ayude a mantener en calma a esa voz a veces susurrante y seductora, a veces atronadora y paralizante, a veces incluso serena y razonable que siempre exige más y más y más. “Sea como sea que se presente esa negatividad original —concluye De la Mora—, siempre será tarea de cada hombre y de cada mujer aprender a angustiarse adecuadamente”. No hay recetas únicas ni discursos que nos digan cómo. Así de titánica resulta la tarea para el moderno Prometeo, cuyo heroísmo hoy no radica ya en enseñorearse del mundo y de la vida sino en el reconocimiento de su nulidad, en el regreso a su nada, y en la aceptación de una vida por momentos angustiante y dolorosa, que de ningún modo se resuelve consumiendo la siguiente novedad en turno.

 

Felipe Rosete
Doctor en Ciencias políticas por la UNAM y editor de Sexto Piso.