Además de los monumentos, ¿qué hacer con nuestras glorietas?

Mucho se ha discutido sobre el reemplazo de la famosa estatua de Colón sobre el Paseo de la Reforma. Pero, como nos aclara la autora de esta propuesta original, la historia está llena de monumentos que suben y bajan. ¿No sería ya hora de repensar más bien la función que cumplen nuestras glorietas? Con erudita ironía, María Minera nos explica cómo y por qué transformar los símbolos del espacio público urbano siempre infestado de coches.

1.

Hace unos días un señor muy enojado lanzaba en Twitter estas preguntas: “¿Puede un hombre hacer una escultura de una mujer? ¿Puede un mestizo esculpir a un indígena?” Y en seguida se lamentaba: “Yo soy de la época cuando esas preguntas eran absurdas. Ahora parece que una niebla de idiotez invadió a México”. Me temo que el señor muy enojado se equivoca, y espero que esto le traiga un poco de paz: la época que le despierta tamaño nostalgia no se ha acabado. Nomás se mudó a Twitter. Sin embargo, tengo que decirle esto: no es que esas preguntas fueran absurdas, sino del todo inexistentes, impensables, y así permanecen, para muchos, hasta el día de hoy. Ni la mismísima Jefa de Gobierno alcanza a formularlas, como nos lo dejó ver el episodio bochornoso con el cual se buscó llenar el hueco dejado por el Colón, ahora sabemos, trasplantado con una cabeza sin cuerpo que debía representar a la mujer indígena (una vaguedad típica de la estatuaria nacional, aquí con tintes neoindigenistas, que desde luego iba a recibir un tratamiento ad hoc: grande y cursi, como debe ser). En eso tiene razón el señor muy enojado: la niebla de idiotez está especialmente densa últimamente.

Y por supuesto que un hombre puede hacer una escultura de una mujer y esculpir, si es mestizo y —por razones sospechosamente comerciales— así lo desea, lo que él considera que da la pinta de un indígena. Vamos, ese hombre puede hacer lo que se le dé la gana, incluso ser un perfecto anticuado y seguir pensando cosas que pensábamos hace más de cien años: por ejemplo, que los monumentos deben regirse por los imperativos de magnificencia, elocuencia y relumbrón; de ahí la conveniencia de ajustarse al modelo mil veces probado de estatua –y si es figurativa mejor– sobre pedestal, para que los problemas que acaso lleguen a presentársele al artista no sean sino estrictamente formales: piedra o bronce, ojos de persona o de jaguar, chongo o trenzas.1 No quiera el Señor que el peatón se quede patidifuso, a media Avenida Reforma, al no comprender el sentido de lo que tiene delante: la estatua “tiene que conmoverte o irradiar esa fuerza y belleza sin parapetos”. Insisto, en su casa, el señor muy enojado y su amigo escultor del siglo XIX, que cree que de lo único que se trata es de que “la pieza sea hermosa”, pueden caer en todos los anacronismos y lugares comunes que quieran e, incluso, llevarlos a ferias de arte internacionales,2 pero no a la calle que es de todos. Es decir, lo pueden intentar, en complicidad con la señora muy enojada que dirige los destinos de la Ciudad de México, pero, váyanlo sabiendo, la vamos a cubrir de pintas y, luego, la vamos a tirar.

Aunque el escultor del siglo XIX esté convencido de que no es “una cuestión de género, sino una cuestión de quién ha estado trabajando este tipo de formatos monumentales” —ni el celofán es tan transparente, me temo—, la realidad es que ha llegado la hora de pensar seriamente qué carajos hacemos con nuestras glorietas. Una pregunta, tal vez menos crucial que otras, pero, por lo visto, cada vez más acuciante para la vida de esta ciudad. Las glorietas, con sus monumentos trasnochados, pertenecen, y, es más, encarnan la época que echa tanto de menos el señor muy enojado; un tiempo en que otras maneras de ocupar el espacio público estaban canceladas, ocultas; en que los escultores eran siempre hombres y no había otra manera de conmemorar que no fuera a través de un neoclasicismo remilgado y solemne (en el que, cabe decirlo, se habría inscrito con soltura la Tlali de Reyes), y, más aún, lo conmemorable tenía tan poco que ver con la vida de las personas de a pie que la gente siempre terminaba cambiándole el nombre a las cosas, tal vez para sentirlas cercanas: a la Niké de la Columna de la Independencia la volvimos Ángel; Colón es el señor de la pelota; los tlatoanis mexicas, Itzcóatl y Ahuízotl, los Indios Verdes; a la estatua ecuestre del Munal le decimos Caballito, a secas, como si no trajera trepado a Carlos IV —en efecto, un pelele olvidable—, y quién sabe por qué también le llamamos Caballito a la escultura que Sebastián puso en la orilla de Reforma cuando es un mamotreto (del griego mammóthreptos; literalmente “criado por su abuela”, y de ahí “gordinflón, abultado”, por la creencia popular de que las abuelas crían niños gordos).

Ilustración: Ricardo Figueroa

2.

La glorieta, ese triunfo civilizatorio: en medio de la plancha de asfalto surge la posibilidad del árbol, o por lo menos del pastito. O, como se nos da tan bien por aquí, del florero enaltecido: esas pequeñas parcelas donde los jardineros públicos dan rienda suelta al refinado arte de la combinación de hojitas color púrpura y amarillo chillón. No se conoce país que tenga mayor ni más rico repertorio de glorietas que Francia, donde, por cierto, surgió, junto al cine, la aspirina y la Declaración de los derechos humanos del hombre, la idea del cruce de caminos marcado por una plazoleta circular, casi siempre decorada con una fuente o monumento. Se dice que el número de glorietas que vuelven los caminos de ese país un perpetuo carrusel supera las treinta mil. Nosotros, sólo en la Ciudad de México, también tenemos más de treinta mil, pero topes: ese monumento ubicuo a las capacidades del mofle. Y también contamos con algunas glorietas. La mayoría, dispuestas en dos avenidas: Dr. Vértiz y Reforma. Y es en esta última, a su vez, donde descansa la práctica totalidad de nuestros monumentos —incluso los que no están sobre la avenida, pero casi: el de la Revolución, el de la Madre y el Hemiciclo a Juárez. Así que el problema, por lo menos, está concentrado en un solo lugar.

Quién sabe cómo llegamos a decirle glorieta a lo que los franceses llaman, simplemente, punto redondo. Rotonda, pues. Según el Larousse, no obstante, una gloriette es, además de un remanso, una gloria de poca monta. Lo cual se corresponde muy bien con muchas de las propuestas de monumentos que suelen poblar semejantes intersecciones giratorias. En Francia, de hecho, ya existe el premio a la glorieta más fea, otorgado por la Asociación de contribuyentes que, en su última edición, condecoró la máscara, probablemente mortuoria, de André Malraux, que decora, inmensa, una de las rotondas en Pontarlier; le sigue “El árbol en el cielo”, en Cugnaux: un colorido origami con aires de grandeza (eso en lo que es experto, como ya vimos, nuestro Sebastián). Por lo menos los franceses todavía tienen sentido del humor. Aquí, la solemnidad con la que enfrentamos el cabezotismo y otros horrores que salpican nuestras calles es lamentable, cuando candidatos tendríamos de sobra. Muy arriba en lista podría ir, por ejemplo, el monumento campechano al “Resurgimiento”, mejor conocido como el Atorado, porque eso en efecto es lo que vemos: a un hombre intentando sacarse trabajosamente a sí mismo de las entrañas del camellón —que si la glorieta es una gloriecita, el camellón no llega ni a glo— sobre el que alguien tuvo a bien colocarlo, al lado de la frase: “Todo lo puede el esfuerzo de un pueblo”. Sí, todo, incluso quedarse por siempre atorado a medio resurgimiento.

También son los franceses los que en tiempos recientes han instaurado un nuevo uso para las glorietas. En lugar de tomar las calles, los chalecos amarillos decidieron hacer suyas las glorietas, esos símbolos proliferantes de la Francia interurbana, donde montaron campamentos, escribieron consignas (como la ahora famosa “France en colère”) y, a ratos, orquestaron bloqueos. Pero más que detener el tráfico, de lo que se trataba era de ubicarse, estratégicamente, en el ojo del huracán: ese lugar que no pueden no ver los que se mueven en coche —es decir, millones todos los días, en un país en el que la mayoría de la gente no trabaja en la ciudad en la que vive. La pandemia pudo vaciar las glorietas, y todo lo demás, pero quedó abierta la posibilidad, fantástica, de cambiarle profundamente el uso de suelo a nuestras rotondas.

3.

La historia está llena, sobre todo, de estatuas que suben y bajan. Las que permanecen más de cien años en su pedestal son excepciones. Lo contrario es lo más común: que se acaben yendo, porque nos irritan, porque nos aburren, porque nos estorban o porque la placa se cayó y ya nadie se acuerda si el señor era héroe, poeta o nomás político de turno. (Desde luego que el desastre artístico tendría que ser la razón principal para deshacerse de un monumento, pero, como es fácil constatar, eso nunca sucede.) La inestabilidad política promueve el cambismo acelerado: gobernadores y alcaldes de bronce que duran un relámpago —tiempo suficiente para hacerse por lo menos un busto.

En pro de la austeridad habría que proponer, entonces, que se instalen en los palacios municipales estatuas con cabezas intercambiables, así ahorraríamos en cuerpos de traje y corbata. O, de plano, como sugirió un visitante inglés en París en 1814, sería mucho más práctico y económico dejar los pedestales vacíos, de modo que “diferentes nombres y cabezas puedan deslizarse según la ocasión lo requiera”.3 Nada más ajeno a nuestras sociedades volubles que el afán de permanencia. De hecho, ya podríamos ir pensando en las estatuas virtuales, para que las redes se entretengan derribando espectros, mientras nuestras glorietas descansan. No se trata de borrar el pasado. Nadie pediría que se quitara el Arco del Triunfo, el monumento englorietado más conocido del mundo, pero tal vez podría considerarse la permanencia de la obra póstuma de Christo y Jeanne-Claude, Arco del Triunfo envuelto, que puede verse estos días en París, y hacerla extensiva a otros monumentos. Aquí podríamos adoptar la medida de inmediato y, por ejemplo, cubrir a Colón con una sábana hasta que el aniversario de su llegada, accidental, a las Américas pase, otra vez, a un segundo plano. No lo llamemos reescritura, si tanto incómoda, pero sí, por lo menos, relevo generacional. La estatua más reciente del Paseo de la Reforma, la de la Fuente de Petróleos, es de hace setenta años y la hizo —clásico— el mismo escultor al que se le encargó la figura de la Flechadora de la Estrella del Norte, esto es, la Diana.

¿Por qué no mejor incluso hacemos borrón y cuenta nueva y vaciamos todas las glorietas de Reforma, con la excepción de la de la Palma? Por cierto, nunca falta quien piense que la palmera centenaria de dicha glorieta debería ser sustituida por un monumento, como el historiador Silvio Zavala que sugirió que se reemplazara, ay, por “una pirámide trunca que recordaría la base idiomática y cultural de los pueblos precolombinos”.4 La verdad es que las plantas siempre caen bien. Y las fuentes. Sólo sería necesario facilitar el acceso a las glorietas —llegar al Ángel para llorar juntos, y borrachos, por el penalti que no fue es un deporte de riesgo parecido a bajarse de un pesero al vuelo.

Pero las posibilidades son muchas. De hecho, me atrevo a sugerir que casi cualquier cosa es mejor que cambiar una estatua por otra. En esta ciudad hay algunos ejemplos de usos de glorieta más interesantes que este modelo de monumento que nos viene de tiempos, por lo menos, romanos. También la discusión podría, por fin, dejar atrás argumentos que ya oíamos en el siglo XVIII, donde el debate estaba centrado, como ahora, en cómo debía verse la estatua, y no en si podría, incluso, ocuparse ese mismo espacio para otra cosa, más útil o por lo menos más cercana a los que somos hoy. Lo que hemos podido leer aquí y allá en días recientes recuerda disputas de hace siglos, en las cuales el problema era, por ejemplo, que algunos escultores —¡unos locos!— habían decidido bajar al rey de su caballo, lo cual hacía parecer al monarca un hombre tan común y corriente que no sabía ni cómo pararse: “esa figura almidonada del rey caminando como sobre sus talones es un rotundo fracaso”, se burlaba Diderot.5

Ahí está la Glorieta de los Insurgentes, que en sí misma es una pequeña ciudad subterránea, con su metro, su tianguis, sus ríos de gente, para mostrarnos que otras maneras de usar las glorietas son posibles. Está muy abandonada, y podría mejorarse de mil maneras, sin duda, pero algo nos puede inspirar, igual que la Capilla de la Inmaculada Concepción, mejor conocida como la del Salto del Agua, a la que la avenida Izazaga terminó por tragarse y hoy la vemos, muy seriecita, ocupando un triste camellón.

4.

No nos faltarían, pues, propuestas para ocupar la glorieta, hoy vacante, del cruce de Reforma y Versalles: desde un invernadero hasta un piccolissimo teatro dedicado a la presentación de monólogos, pasando por un centro de vacunación, un espacio de arquitectura especulativa, una mapoteca dedicada a la Ciudad de México o un capricho de jardín, eso que los ingleses llaman folly, esto es, una extravagancia decorativa, como un templito de Apolo, una torrecita de Pisa, una pagoda o lo que sea que combine con las jardineras en forma de pirámide —más egipcia que azteca— que se extienden a lo largo de Reforma. También se podría hacer una consulta para determinar esto, como han sugerido varios. Pero la realidad es que el problema no está dentro de nuestras glorietas, sino fuera. En nosotros y nuestro afán de conservar, incluso, una idea de ciudad, infestada de coches, que es, a todas luces, cada día menos apetecible. ¿No suena razonable empezar, poco a poco, a cuestionar el tipo de ciudad que diseñó un hombre que estuvo en el poder treinta años con ciento cinco días —es decir, que claramente tenía ideas retorcidas acerca de todo? Podríamos aprovechar el alboroto reciente y comenzar por repensar nuestras glorietas. Lo siento mucho por los amantes del bronce y la piedra, pero no es ahí donde podemos ver lo mucho que se han transformado el arte y la sociedad desde que se puso en Reforma el primer monumento —justamente, el de Colón— en 1877. Las estatuas nos pueden enseñar un poco de historia, pero no transmiten una verdad inmutable acerca del pasado. Si acaso, representan ideas, fijas como pocas, acerca de lo que en su momento se pensaba que era importante y necesario. Pues ya va siendo hora, insisto, de que les demos la vuelta.

 

María Minera
Crítica y activista cultural


1 Pedro Reyes en entrevista con El País (12/09/21), explica la disyuntiva entre el chongo y la trenza, por las que al final se inclinó, pues “son una solución para la parte trasera de la cabeza, porque una escultura tiene que ser interesante desde todos sus ángulos”.

2 Como la cabeza gigante de Angela Davis que Reyes, en su fina lectura de los temas que acongojan al presente, llevó a Art Basel Miami Beach en 2016.

3 Scott, J. A visit to Paris, 1814.

4 En un texto, publicado en el Búho en 1992, que llevaba por título “Una palmera y una idea en el Paseo de la Reforma”. Una idea que, por suerte, nadie adoptó.

5 Citado por Jean-Gabriel Legendre, en su Description de la place de Louis XV que l’on construit à Reims, 1765.  

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Publicado en: Con guante blanco