Academia, azorada ante el plagio

¿Cuántas alarmas ha hecho sonar la veloz evolución de ChatGPT y otras herramientas de la Inteligencia Artificial? En este ensayo, el académico y experto en comunicación Raúl Trejo Delarbre interroga los impactos, límites y respuestas prohibitivas en el mundo académico ante esta presunta amenaza. Algunas soluciones se vislumbran también. El texto es un fragmento de su nuevo libro que está llegando esta semana a librerías del país.


La versatilidad estilística, que es uno de los rasgos de Chatgpt y otros modelos conversacionales de ia, abre nuevos dilemas especialmente entre quienes producen contenidos de manera profesional. Profesores y estudiantes, escritores, artistas visuales, fotógrafos, cineastas y junto con ellos quienes leen y miran lo que producen, tienen motivos para preguntarse hoy si la autoría y los derechos vinculados con ella están adquiriendo connotaciones hasta hace poco tiempo inimaginadas.

La veloz popularidad alcanzada por Chatgpt desató amplios temores en el mundo académico. La posibilidad de que los alumnos maquilen sus trabajos escolares en ese sistema de ia, alarmó a profesores y autoridades universitarias en todo el mundo. No hay tema sobre el cual Chatgpt no sea capaz de articular varios párrafos, de tal manera que el ejercicio de copiar y pegar podría volverse más mecánico que nunca cuando los estudiantes pretenden cumplir con sus deberes escolares.

Hacer una búsqueda en Google, localizar textos alusivos al asunto que se debe indagar, insertarlos en un ensayo al que se le da alguna coherencia, son tareas que requieren de cierto talento, aunque sea poco. Si a los segmentos de texto así acomodados no los acompaña la cita que indique de dónde han sido tomados, el alumno incurre en plagio. Pero en esa labor hay algún trabajo de edición y, quizá, de reflexión. En cambio, tomar y copiar textos producidos por Chatgpt como respuesta a preguntas específicas, no tiene mayor mérito. Esa práctica dificulta la tarea que cada vez más tiene que hacer el profesor para rastrear la originalidad de los trabajos escolares. En Google podemos comparar frases de un texto con los contenidos en Internet que ese buscador ha inventariado. Hay sistemas más sofisticados como Turnitin, que permiten cotejar textos enteros con otros que ya se encuentran digitalizados. Pero si Chatgpt produce respuestas que vuelve a frasear de maneras distintas cuando se le pregunta lo mismo, entonces será difícil que rastreadores y buscadores identifiquen esa autoría digital.

Por eso, y acicateadas más por la presión mediática que como resultado de una indagación de sus efectos, cuando surgió Chatgpt varias universidades prohibieron su uso. En la Universidad de Stanford el 17% de los estudiantes aseguraba, en enero de 2023, que empleaba ese recurso en sus trabajos escolares. En Estados Unidos, a fines de ese mes el uso de Chatgpt estaba expresamente vetado en escuelas públicas de Nueva York, Los Angeles y Seattle. En París, la prestigiada universidad de ciencias sociales Sciences Po tomó la misma decisión.1 Esas reacciones eran sobre todo testimoniales y catárticas. La expansión en el uso de Chatgpt detonó muchos temores y posiblemente los recursos de ia como ése transformarán, o trastornarán, las tareas fundamentales de las universidades. Pero prohibirlos sin más, equivale a cerrar los ojos frente a ellos. Las autoridades de una universidad pueden bloquear el acceso a Chatgpt a través de la red que conecta con Internet dentro del campus, pero los estudiantes pueden enlazarse a él con las conexiones de sus teléfonos celulares, o en sus casas. Vetar el empleo de un recurso de información, por discutibles que sean sus contenidos o el empleo que se les da, no resuelve el problema e inclusive, lo mitifica. Así ha sucedido antes, con las prohibiciones para que los estudiantes accedan a sitios en línea que les ofrecen trabajos escolares ya escritos.

Es difícil encontrar una utilización virtuosa para recursos como Chatgpt, en la enseñanza, mientras se mantenga el esquema de producción y transmisión de conocimiento formal y rígido que ha singularizado a la mayoría de nuestras universidades en donde el profesor dicta cátedra, los alumnos lo escuchan y lo así aprendido se verifica en un examen o un trabajo escolar. La información (es decir, los datos) que nutren cualquier disciplina, desde hace años se encuentran con más rapidez en línea, y a veces mejor organizados que en la exposición del docente.

¿Qué hacemos en la academia? Aprehender, sistematizar, explicar, evaluar y a veces producir conocimiento. Todo eso, lo pueden o podrán hacer pronto versiones avanzadas de ia. Preparar la clase de mañana inclusive con apoyos audiovisuales, desarrollar de manera sencilla temas que parecerían complejos, escribir informes sobre ellos (tanto resúmenes como papers extensos), o responder a preguntas como las que formulamos en un examen, son tareas que algunos ya realizan apoyados en interfases como la de Chatgpt.  Ante esa expansión, lo primero que nos ha alarmado es la posibilidad de que los alumnos les dejen a tales sistemas la elaboración de los trabajos escolares, o incluso las tesis.

Plagio es la apropiación del trabajo de otros que es presentado como propio. “Plagiar es atribuirse indebidamente o imputar a la autoría propia una obra”, explica Ayala Ochoa.2 Definiciones como esa, han permitido reconocer plagios célebres y otros no tanto. Tomar frases y peor aún, párrafos o páginas enteras de otros autores y presentarlos con nuestra firma sin haberlos citado, evidentemente es plagio. Pero, ¿qué ocurre si el texto es una reelaboración de expresiones de otros autores? Cuando le pedimos un párrafo o varios, Chatgpt nos da la escritura que produce a partir de la información que ha rastreado. En el sentido más estricto, la apropiación de ese texto no es plagio o, si lo es, se trata de un plagio al abnegado Chatgpt. ¿De quién es el texto producido por ese modelo de ia? Lo ha hecho a solicitud nuestra y es altamente posible que se trate de un texto distinto, al menos en su redacción, al que ese sistema haría si otra persona le pide lo mismo. Chatgpt aclara que los contenidos así realizados, pueden ser empleados por el usuario según su conveniencia. Así que tomarlos, aunque sea sin citarlos adecuadamente, no es una infracción a los derechos de autor de nadie.

Por supuesto, dejar que Chatgpt trabaje para nosotros y presentar como nuestro un texto suyo, es una actitud deshonesta. Quizá no hay robo en términos jurídicos, pero sí un fraude intelectual cuando ocurre en el contexto universitario, académico.

Mientras tanto, muchos profesores continúan desconcertados ante la irrupción de ese recurso informático. La misma Openai, la empresa propietaria de Chatgpt, habilitó un detector que, según su creadores, es capaz de distinguir si un texto ha sido escrito por un humano o por un sistema de inteligencia artificial.3 El “clasificador” de textos se encuentra aquí. Si lo perfeccionan, ese programa sería útil para identificar y, eventualmente, combatir el plagio especialmente en actividades vulnerables a él como sucede en la enseñanza y la investigación académicas. Sin embargo, mientras más sofisticadas sean las respuestas de Chatgpt y otros sistemas de ia, más difícil será distinguirlas de las que han sido escritas por humanos. No hay huellas digitales en los párrafos elaborados por tales sistemas y como se nutren de contenidos ya difundidos en línea, o que están en otras bases de datos, pero que no son transcritos de manera textual, es complicado determinar quién los ha escrito. Para probarlo, coloqué en el “clasificador”, por separado, dos textos míos: varios párrafos de una de mis columnas de periódico y, por otra parte, la página de un libro. En ambos casos recibí esta respuesta: “El clasificador considera que es probable que el texto haya sido generado con ai”. No he sabido si deprimirme, o sentirme orgulloso.

 

• Raúl Trejo Delarbre. Inteligencia artificial. Conversaciones con ChatGPT. Cal y Arena, México, 2023, 144 p.

 

Raúl Trejo Delarbre
Académico y escritor, es autor de más de veinte libros. Entre los más recientes: Posverdad, populismo, pandemia y Adiós a los medios. La era de la comunicación descentrada.


1 Trejo Delarbre, R. “Vivir, sin sufrir, con Chatgpt”. La Crónica, 30/01/2023.

2 Ayala Ochoa, C. Letras impostoras. Reflexiones sobre el plagio. Universidad Autónoma de Aguascalientes, 2022, p. 20.

3 OpenAi, “New AI classifier for indicating AI-written text”. 31/01/2023.

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Publicado en: Ciudad de libros, Fragmentos

Un comentario en “Academia, azorada ante el plagio

  1. Estoy en desacuerdo con la afirmación de que los contenidos que los profesores transmiten en clase pueden hallarse en línea, e incluso mejor organizados de lo que los presentaría un profesor.
    Me atrevo a dar una cifra, más del 90% del contenido disponible en internet es falso, engañoso o superficial. Del restante, la mayor parte son textos especializados que no destacan por hacer uso de una didáctica adecuada.
    Los problemas son ¿cómo hallar contenido fiable en internet? ¿cómo comprenderlo? Un alumno de preparatoria podría descargar un artículo especializado en mecánica cuántica o en sociología o en filosofía, pero no significa que lo vaya a comprender.
    Los alumnos necesitan guías que los ayuden a discriminar que contenidos son confiables, aprender a contrastar fuentes, diversificar sus fuentes y discriminar que pueden estudiar en el momento y qué es conveniente que lo dejen para después.

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