En este recorrido de filias y recuerdos, de México hasta Uruguay, cinéfilos, críticos, programadores, periodistas y editores de revistas de cine cuentan el origen de su acercamiento al arte que ahora conduce sus profesiones y sus intereses intelectuales.
¿Dónde nace por primera vez nuestro amor al cine? ¿Recuerdan sus primeras proyecciones? ¿Las primeras imágenes que quedaron grabadas en su mente?
Frente a una pantalla puede nacer un amor, un camino o, si mal nos va, una profesión… En este sentido quisimos convocar a cinéfilos, críticos, programadores y editores de revistas de cine de distintas partes de Latinoamérica para que compartieran con nosotros, cómo nació su cinefilia, cómo, de cierto modo, “abrieron los ojos”.
Una serie de eventos cinematográficos despertaron en nosotros esta búsqueda nostálgica. . Primero, el anuncio del lanzamiento del Mapa del Cine de Latinoamérica y el Caribe, una iniciativa entre el Festival de Cine de Valdivia y un grupo de revistas que busca trazar diversos recorridos geográficos, históricos pero también afectivos, sobre un cine que se ha construido al margen de una hegemonía crítica y cinematográfica. Luego, la celebración, en México, de los 40 años del renacimiento de la Cineteca Nacional. Finalmente, el estreno de la película de Víctor Erice, Cerrar los ojos, que nos recordó que el cine encierra momentos de revelación profunda; momentos que pueden enmarcar una vida.
Para mayor libertad, les pedimos a los invitados que escogieran un seudónimo: ahí en donde no somos ficciones que firman, podemos dar rienda suelta a nuestras verdades. Queríamos que estos recuerdos hablaran menos de nosotros y más de las memorias compartidas. (De cualquier forma, la lista real de participantes aparece al final, donde estamos incluidos también los autores del texto).
Respetamos, en un orden sinuoso de norte a sur, el espacio geográfico de cada uno de los participantes porque queríamos saber si la geografía determinaba la experiencia cinéfila.
El mapa que trazamos aquí es un mapa de deseos. Algunos muy únicos, otros tantos compartidos. Como en toda cartografía, las coordenadas se encarnan para que cualquiera pueda hallarse en ellas y encontrarnos con los ojos abiertos.

México
El primer gran momento que recuerdo fue ver La princesita de Alfonso Cuarón muy de niña. La India se convirtió en una especie de mitología personal. Varios años después, en mi adolescencia, descargué un torrent de El río (1951) de Jean Renoir (la piratería ha sido muy importante en mi cinefilia). Ahora que hago este ejercicio de memoria me doy cuenta de las correspondencias entre ambas: el poder de las imágenes, de los mitos o de la magia. Todos son elementos que nos ayudan a construir nuestra forma de entender el cine y el mundo.
—Parda de noche
En el 2006, cuando todavía existían los Blockbusters, había una sección pomposamente llamada "Cine de arte", etiqueta que en aquel entonces me parecía aburrida y propia de un mundo "más adulto". Un día paseando en esa sección, la imagen de unos labios usando un bombín, con largas piernas y elegante calzado ejerció una atracción fortísima. La caja de la película no tenía ningún fotograma (aunque sí un booklet que en una visita subsecuente me robé). Decidí rentar la película únicamente partiendo del poder de ese hermoso diseño y lo que hallé fue una puerta que rompió toda preconcepción respecto a lo que el cine podía y debía ser. Si la cinefilia es algo que "nace", quizá este parto, atendido por Luis Buñuel fue traumático y tremendamente violento para los sentidos, pero dejó un sentimiento que no solo pasa por el amor, sino también por el odio, la devoción, la indiferencia, la irritabilidad, el hastío, la fascinación, o cualquier otra experiencia dentro del amplio rango emocional disponible. La cinefilia es un fenómeno complejo, con el que hay que relacionarse desde un lugar crítico y no desde el fanatismo. Hay días que agradezco enormemente haber tenido esa experiencia y otros en los que la repudio completamente. Así lo hubiese querido Don Luis.
—Buñueloni
En la pubertad me obsesionaba la película Lost in Translation de Sofia Coppola. Cuando mis amigos de la secundaria venían a la casa, los sentaba a verla. Intuía en ella un tufo de melancolía que me atraía, aunque no pudiera percibirlo con precisión, pero eso no era lo importante. Mi fijación tenía que ver con las bandas cuyas canciones sonorizaban la película. A través de ellas, en realidad, había descubierto la película en primer lugar. En aquel tiempo yo era un ‘gamer’ empedernido. Era de los peores estudiantes del grupo, porque mi cabeza la ocupaban los videojuegos en línea y la música que descubría a través de foros web. Llegó el día en que mi mamá, desesperada, no supo más qué hacer conmigo, se le ocurrió cancelar el contrato de internet y desechar el módem. Impedido, tuve que buscarme un nuevo pasatiempo. Entonces empezaron meses de ir cada martes (día de la promoción) al Blockbuster local (a una hora en combi de donde vivía) a alquilar todas las películas que, según los empleados del establecimiento, pertenecían al mismo género que aquella de Coppola: “Arte”.
—Aquiles Alcázar
Me encuentro en el umbral de una sala oscura de un centro de salud. Reparo en un curioso sonido que viene del interior. Es como el ronroneo de un gato. Aunque en realidad, es el rumor de un proyector de cine. Es la primera vez que lo oigo. Me detengo en el haz de luz que sale de éste. Es como una guía fluorescente que baña una pared iluminada. Se trata de un documental científico: pero yo aún no lo sé y ante mis ojos, decenas de insectos se tropiezan los unos con los otros y arrastran con torpeza sus repulsivas patas. Un año después lo que vi fue a un gorila gigante: King Kong.
—Laszlo Kovacs
Tengo tres recuerdos cinéfilos de primera infancia. Primero, ver películas de Disney en la pegajosa Linterna Mágica con mi madre contrabandeando palomitas caseras en su bolsa. Luego, el placer de subrayar el catálogo de películas pirata en VHS para que mi padre las encargara a un tipo sombrío afuera del edificio del INFONAVIT (el mismo edificio para crear memorias falsas que aparece en Total Recall). Finalmente, tener prohibido ver Jurassic Park porque a mis padres les dio miedo el miedo de los niños (gracias, Spielberg, por tanta eficacia). En estos tres recuerdos vive lo que me dejó prisionero: la posibilidad, el deseo y, sobre todo, la prohibición. Entre la esperanza y el miedo, en tiempos del TLC y el coleccionismo de tazos, mi personalidad adictiva formó una obsesión duradera. Hacer lo que rompía las reglas, ver lo que no estaba ahí, hablar de lo que nos era prohibido: el cine siempre me sedujo como una revuelta.
—Pichón
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Cuba
Desde niño acostumbraba observar en silencio cuanto me rodeaba. Esto parecía inquietarle a los adultos. El mundo a mi alrededor, sobre todo el de los adultos, se desplegaba ante mí como un fascinante relato donde encontraba detalles sorprendentes en las pequeñas frases o los mínimos gestos. Luego, llegaron las películas. Mi padre, crítico de cine, reproducía en su casetera VHS los filmes de directores remotos que lograba conseguir en el videoclub del pueblo: Bergman, Antonioni, Kiarostami, directores que en la candidez de la pre-adolescencia me fascinaban de antemano por lo inédito de sus apellidos. Descubrí que en estas películas se miraba detenidamente y uno podía percibir secretos fascinantes sobre la existencia o la vida de los otros. “Existe una forma de contarle a los demás esos pensamientos que llegan cuando se observa en silencio”. Desde entonces no he parado de ver películas para ver cuáles eran los pensamientos que tenían esos niños silenciosos, o insolentes, o quién sabe cómo eran, y que ya adultos, se dedicaron a contarlos en sus filmes.
—Luis Alejandro Yero
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República Dominicana
El mundo se partió en dos en el momento en que una película como Blanca Nieves y Los Siete Enanos (1937) me mostró el universo oculto de los espejos. A partir de entonces, siempre procuraba revisar qué era lo que había detrás de superficies como las pantallas de los cines. Para mi sorpresa, siempre encontraba herramientas de trabajo: escaleras, botes de pintura, clavos, martillos, bombillas apagadas, fusiles, tablas de madera, polvo, botas y pantalones manchados de cemento. Detrás de cada una se escondía el rastro de un esfuerzo, una edificación laboriosa y sin glamour, capaz de sostener todas las ilusiones.
—Estrellas en mi Corona
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Honduras
Mi cinefilia nació el día en que mi madre nos llevó a mi hermanita y a mí a ver The Deep End of the Ocean (1999) de Ulu Grosbard, empapadas por la lluvia. Cipotas, vamos al cine, dijo. Y fuimos.
—Mena
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Costa Rica
Escaparme de mis padres en el videoclub, y perderme entre los estantes de cine de horror era probablemente lo que más disfrutaba en el mundo. Lo prohibido era lo que estimulaba mi precoz imaginación, ese pequeño mundo rodeado de rostros espeluznantes y tonalidades en negro y carmesí. Conocí a los entes que habitan las pesadillas antes que a sus arquitectos, pero rápidamente los nombres propios se repetían, y me hacían volver por más. Mi entendimiento del cine se formó ahí, literalmente a partir de las vísceras, en esa relación primitiva entre el cuerpo y la pantalla; su expresión más pura.
—Tropigótico
Mi abuelo trabajó hasta sus casi 90 años en el Cine Rex, frente al Parque Central de San José, ahora reemplazado por un McDonald’s y una tienda de ropa barata. No recuerdo cuáles pelis vi ahí, aunque sé que fueron muchas; quizás de algunas conservo recuerdos falsos. Pero del fermento de esa costumbre de ir al cine semana tras semana, algo fue creciendo. A los 13 años, en espacio de un mes, vi tres películas escogidas al azar en un videoclub: Eyes Wide Shut, Muerte en Venecia, Cinema Paradiso. De una: el contoneo de Cruise y Kidman por los pasillos de luz cálida. De otra: los vestidos de Silvana Magano y las tenues cuerdas de Mahler. De la última, claro, el final: besos destinados a olvidarse, renacer y durar para siempre. Con los años uno interpone muchos filtros densos para examinar su amor por el cine, y claro que hay mucho que decir, pero al final de esto se trata: un beso distante y ajeno que dura para siempre. Todavía lo estoy disfrutando y descubriendo de nuevo en cada película.
—Fernando
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Colombia
Estaba en el baño de un cine, era 2016, estaba terminando el colegio: Dos señoras hablan frente al espejo. Una dijo "hace 54 años cuando me casé con mi marido juré que si él se moría yo me moría con él. Y véanme, él murió y estoy yo viniendo sola al cine". Yo le dije que yo también iba sola al cine, me preguntó que si yo estaba casada y yo le dije "tengo 16 años". La otra señora me dijo: "yo también vine sola y tengo 53. No estoy casada ni con hijos y estoy feliz como una perdiz".
—Valentina
En el colegio nunca pude salir del clóset con mis amigos, así que en la Universidad (gracias a la piratería) el cine se convirtió en el lugar donde podía reconocer distintas formas de ese deseo. Con las películas pude construir primero una especie de refugio y luego una constelación personal y un espejo. La mala educación (Pedro Almodóvar, 2004) y Yo maté a mi madre (Xavier Dolan, 2009) fueron dos de mis más grandes revelaciones y aún hoy ocupan un lugar muy importante en mi corazón y mi memoria.
—T.
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Venezuela
Cuando era niño me fascinaba el sonido de los zapatos de los protagonistas en las películas dobladas que llegaban a Venezuela “plac, plac, plac”, quería que mis zapatos sonaran así, entonces buscaba zapatos mocasines y estaba atento a los pisos de madera (escasos en mi ciudad) para que mis pasos replicaran aquel sonido. También creía que en las películas de guerra quien moría lo hacía realmente y me preguntaba quién quería un trabajo para morir, me lamentaba por ellos y su familia a quienes imaginaba llorando la partida del ser querido. Pero creo que mi amor por el cine despertó cuando estudiaba paralelamente teatro y televisión. Había elegido esta carrera porque no había carrera universitaria de artes escénicas en mi región. Ahí cursé una materia de fotografía, me fascinó, pero extrañé el sonido y el movimiento del teatro. En ese entonces vi anuncios de castings para películas y comerciales, pero no había papeles cercanos a mi perfil, así que quise dirigir un corto donde pudiera actuar, en el proceso me di cuenta que realizar el corto me gustaba más que actuarlo: podía ver y escuchar de una manera distinta.
—Franz
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Ecuador
Ir a comprar películas era una de mis actividades favoritas en la infancia. En mi barrio había una tienda donde el hombre que atendía se mostraba serio, pero eso no evitaba que fuera amable. Mis padres y yo entrábamos a su local, el sitio estaba repleto de películas de todo año y tipo. Mientras estaba ensimismada con el mundo que me rodeaba, el señor preguntaba a mis padres qué querían ver. Recuerdo que cuando hablaba lo escuchaba atenta porque sentía admiración por él, por lo que sabía y por la forma en la que relataba una película. No daba demasiados detalles, sólo los justos, que eran suficientes para que mis padres se interesaran. En esta escena surgió mi amor por el cine. Mis oídos guardan el gesto del hombre al hablar sobre una película que lo había conmovido de una u otra forma. Ahora comprendo que lo que el dueño de la tienda hacía era puro amor por el cine. No tengo memoria alguna de las películas que recomendó a mis padres, pero sí tengo presente la emoción que se posaba en sus rostros al ver cualquiera de ellas. Regreso a ese recuerdo, a mis padres, a mis dedos tocando las películas, al hombre y su voz; al cine, siempre regreso al cine porque mi amor por este nació de la manera más hermosa: en comunidad.
—Iskra Sashenka
Recuerdo pelis de la tv en betamax: Star Wars doblada por españoles, los villanos de Superman en un espejo espacial, Herbie a punto de saltar de un puente en Cupido Motorizado. Pero mi cinefilia nació en el 2002 con el Festival de Cine de Cuenca, los locales piratas y la tv por cable. Algunas imágenes de esa época: 1. Trailer 2 en una muestra de cortos. Mi hermano me pidió salir por lo explícito del corto y no sé si alcancé a ver algo, pero tengo recuerdos de butacas vacías del segundo piso y una pantalla lejana con sangre y borregos. 2. El inicio de Natural Born Killers en blanco y negro y con Leonard Cohen de fondo. 3. Imágenes distorsionadas de Mullholand Drive en un VHS copiado de un DVD con protección (por eso la distorsión).
—Juan de la Loma
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Perú
Cuando era chico, y creo que inspirado en gente que vi por televisión, decidí que para ser como ellos tenía que leer muchos libros y ver muchas películas. En ese recorrido, viendo las películas que "tenía que ver" (el canon), me di cuenta que las que más me interpelaban estaban en un lugar "menos prestigioso". Descubrí dos cosas: primero, que había un puñado de directores cuyas obras me interesaban más: Carpenter, Dante, Verhoeven. Así descubrí la política de los autores sin leer Cahiers. Segundo, que mientras más se aleje la cinefilia a una idea de canon o de alta cultura será más feliz. A la cinefilia hay que emparentarla con otras actividades a las cuales les dedicamos nuestro tiempo "porque sí": tomar cerveza, dibujar, cantar, besarte con alguien.
—Walsh
No sé cuándo nació mi cinefilia, pero tenía entre siete y nueve años. Mi madre necesitaba verse con un novio que tenía y ella pensó en dos vías: llevarnos al cine con él y sus hijos adolescentes, o dar dinero para que mi abuela nos llevara a mi hermana y a mí. Así, vi decenas de películas, durante todo el tiempo que duró ese romance. Mi madre y mi abuela no tenían criterio para elegir películas, así que vi de todo en salas que ya no existen, por ejemplo, Duna de Lynch, algunas con Pedrito Fernández o Parchís, o El protector con Jackie Chan. Si hay un film que me hizo ver al cine con extrañeza y conmoción, como algo sobrenatural, fue Vamp (1986), con Grace Jones, que vi en el cine Porteño, en El Callao. Viví mi versión de El espíritu de la colmena.
—Criticademonica
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Brasil
Mi amor por el cine nació con las peores películas que la televisión brasileña ofrecía en las madrugadas de los años 1990. O con mi pequeño cuaderno de notas para pelis a los nueve años. Diría que empezó la primera vez que vi a Varda (era Ulysse), o cuando por fin comprendí cuán nefasta es una dictadura con Cabra Marcado para Morrer, y se reevalúa cuando reconozco el carácter excluyente de la historia del cine y su cinefilia oficial. Pero en realidad empieza antes, en el don de narrar de mi mamá y se actualiza cada vez que una película matiza la lente de la realidad, señalando que los cambios llegarán.
—Carla
El origen de mi cinefilia se pierde en el tiempo porque para mí lo importante no fue la primera película que me hizo amar ese arte, sino una mucho más profunda toma de conciencia de que el cine era algo que podría pensar el mundo –y transformar nuestra sensibilidad– en sus propios términos y con sus propias fuerzas. A los veinte y pocos años, vi Agarrando Pueblo (Luis Ospina y Carlos Mayolo, 1977) y sentí que esa película había regalado anteojos a un niño miope. Sentí que el cine era capaz de una transformación poderosa y definitiva, y que nunca más podría mirar ninguna imagen de la misma manera. Mi cinefilia se divide entre A.A.P. y D.A.P.
—Miguilim
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Bolivia
No sé si es amor lo que tengo con el cine, quizás sea algo mayor. Lo entiendo como una potencia, como una urgencia. Me parece que todo comenzó cuando entré a la vieja cinemateca en La Paz, esa que funcionaba con amor y potencia, para protegerme del brutal granizo que caía en la ciudad. Cuando entré a la sala no había más que hacer, comencé a ver una serie de imágenes muy divertidas y unos carteles que entendí estaban en ruso. Todo estaba en ruso. Parecía una gran revolución y tenía un montaje (palabra que años después fui usando) dinámico, divertido. Llegué después a casa y le conté a mi padre: creo que vi una película sobre la Revolución Rusa. Años más tarde, muchos años después, supe que había visto y disfrutado de Octubre (1927) de Eisenstein. Ahí empezó todo.
Años después en una entrevista que hacía a Jorge Sanjinés todo tomó el rumbo que hasta hoy continúa, gracias a él y su generosidad estoy donde estoy. Don Jorge me dió tres películas para que vea: El Abuelo Cheno (Rulfo, 1994), De cierta manera (Sara Gomez, 1974) y La primera carga al machete (Octavio Gómez, 1969). Las tres volaron mi cabeza. Ahí decidí que quería hacer cine.
—Mondakovsky
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Chile
En la ciudad donde vivía cuando era chico no había cine, recién hubo uno cuando cumplí los 11 o 12 años, y las películas que allí podían verse eran las mismas que podía ver en el videoclub de un club del pueblo. Quizás sea en este último lugar donde me di cuenta que me gustaba quedarme mirando las carátulas de las películas, así como en las tiendas de discos o en las librerías, hay algo de agudizar el ojo con la práctica constante. Es verdad, allí nació el goce por el mirar, pero cómo eso devino en cinefilia es algo que no comprendo cómo pasó, pero sí cuándo: ya tardío adolescente, aburrido por la falta de estímulos, vi casi todo Hitchcock y pude asomarme a un mirador desde el que se podía atisbar toda la distancia que había por recorrer desde aquel cine y el que estaba disponible en las carteleras. Después esa ruta se transformó en un racimo de pequeños caminos y desvíos donde paso mis días, aunque de vez en cuando no hace mal darse una vuelta por la autopista.
—Pía Madariaga (Chile/Argentina)
Mi amor por el cine inicia con un nombre bastante común para la iniciación cinéfila: Charlot. Lo encontré de casualidad en ITV, el canal mi ciudad. Con la habitual dejadez de su programación, en ITV podían pasar maratones de películas llenas de errores, menús de DVD y carteles de advertencia de Windows. Ahí me topé por primera vez con Chaplin. No recuerdo la(s) película(s), pero si la fascinación que después se extendió cuando mi madre consiguió las películas. Como con las canciones de McCartney o Los prisioneros, las películas de Chaplin poseen la bella virtud de encantar fácilmente a los niños.
—Antonio Martins
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Argentina
Tres momentos. En La historia sin fin, VHS gastado en Ensenada, la adrenalina de la fantasía era más impactante que el famoso golpebajismo de Artax y Atreyu. A los 7 me encerraron en una habitación junto a Pinocho para ocultarme la autopsia del Caso Roswell, que los adultos veían en el comedor: ningún extraterrestre de goma podía ser peor que Geppetto y su gatito viviendo en el interior de una ballena en el fondo del mar. En el 2001, visité un cine platense para ver El exorcista, tras años de observarla con respeto en la estantería del videoclub. Coronación y clausura de una infancia cinéfila marcada por la sorpresa y el horror.
—Un sabueso
Crecí en una ciudad del interior de Argentina, donde había solo un cine. Un lugar clave para mí fue el videoclub. De niña, con mi prima y mi abuela elegíamos películas para ver que luego comentábamos, acompañando el ritual con chocolate y té de manzanilla. La selección era amplia: desde ¡Baila Conmigo! (1998) hasta El aroma de la papaya verde (1992), sin ningún criterio intelectual o cinéfilo preciso. En mi adolescencia, los videoclubes que tenían una oferta curatorial distinta, alimentaron mis ganas de gustos diferentes, incluso trabajé en uno de ellos. La señal televisada I-sat (que dio su adiós definitivo recientemente, a sus 30 años, marcando a toda una generación) también ofrecía otro tipo de programación para quienes, en esos momentos, en lugares alejados de la metrópolis y con una internet aún por florecer, buscábamos algo diferente. Mi “cinefilia” siempre fue desorganizada y a los tumbos. Luego llegó la formación académica, y allí comienza otro vínculo con las películas, pero hay algo de los espacios iniciáticos, genuinos y despojados de pretensión que delinearon mi amor por el cine.
—Madame Beudet
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Paraguay
Me llevaron al cine por primera vez, así dicen. Me gustaba el agua, el tofu con frutillas, y las hojas secas de otoño. Se suponía que debía dormir, que era la hora de la siesta. Que el horario no intervenía con mis comidas. Que la función era barata y cerca. Así dicen. La oscuridad inundó la sala. Ya tenía los ojos cerrados, la boca descansaba sobre el pecho de mi madre. Y ahí, en ese instante, apareció una imagen. No era Kubrick, ni Vardá. Ni Tarkovsky, ni Akerman. Ni cualquiera de aquellos nombres grandilocuentes que apadrinan —sin quererlo— las cinefilias obsesivas. Era un oso, un oso grizzly. Gigante. No, imperante, me dicen. Y yo, ya despierta, los ojos tan abiertos como brillosos del asombro, solo podía nombrar lo que veía. Una y otra vez. Al menos, así dicen.
—Alex
Hija de padres separados, fui al cine desde que salí de la clínica en la que nací. Una semana con mamá, una semana con papá, me convirtieron en la acompañante para ver varias películas muy temprano en la vida. Fui a ver Moulin Rouge (2001) a los 5 años, en inglés y sin saber leer. Todavía recuerdo el vestido rojo de Nicole Kidman. También recuerdo los gestos y los gritos y la música sin palabras. Recuerdo haber sentido sin saber absolutamente nada.
—Selina Kat
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Uruguay
Circa 1988. Cuando tenía tres años y vivía en Guadalajara, mi padre, que siempre fue un gran obseso de cualquier avance tecnológico, se había comprado dos reproductores de VHS, exceso que nos permitía copiar algunas de las películas que rentábamos. Hasta el día de hoy recuerdo el placer de ir a comprar cassettes vírgenes y el truco de poner una cinta scotch en el hueco anti-copia que aparecía en el frente de algunos vhs originales. Ya muy tempranamente desarrollé un cierto criterio crítico, o cuantitativo, de pensar si me gustaba realmente la película que estaba viendo. Podía decirme para mi “está buena, ¿pero tan buena como para que papá haga una copia y nos la quedemos?”. Así, el mundo se separaba entre los dibujitos que merecían subir al olimpo de los copiados y los que meramente eran para ver y descartar. Entre toda esa colección que rápidamente fue creciendo, el que ya tempranísimamente había logrado obsesionarme hasta la desesperación de los mayores era una colección bastante extensa y exhaustiva de Silly Symphonies, entre las que estaba Music Land (hoy en día mi favorita de todas), pero sobre todo Flowers and Trees. Pero para mí no era “Flores y árboles”, mucho menos “Flowers and Trees”, sino “El árbol malo”. En la historia, dos árboles lozanos y bellos se cortejan, pero la árbol-damisela se aventura en una parte mala del bosque, en la que es asediada por un árbol asquerosamente seco, con huecos en su interior y una lengua de salamandra. El árbol bueno lo enfrenta y, luego de vencerlo en un despliegue de esgrima, el árbol malo se lanza a su venganza prendiendo fuego a todo el bosque. Ese incendio concentraba todo el drama y humor del mundo en apenas unos minutos. Pero nada de eso me importaba por fuera de la escena en que el árbol malo era alcanzado por las mismas llamas que él creó. Recuerdo ver aquella escena con una mezcla de fascinación y terror extático. Pero más que nada lo que me obsesionaba era que, una vez quemado, el árbol malo se exhibía como un cadáver, un cadáver que había perdido todo su dejo antropomórfico, para devenir en meramente un tronco achicharrado. El bosque resurgía de sus cenizas, los árboles buenos se casaban, pero yo no podía dejar de pensar en cómo morirte te dejaba reducido a sólo eso: una casualty of war, un resto de leños chamuscados.
(ver: Mi cinefilia en tres momentos.)
—A.Aceved
Participantes
Agustín Acevedo Kanopa; Alonso Aguilar; Salvador Amores; Rafael Aviña; Álvaro Bretal; Nicolás Carrasco; Candelaria Carreño; Diego Cepeda; Fernando Chaves Espinach; Mónica Delgado; Valentina Giraldo Sánchez; Miguel Ángel Gutiérrez; Victor Guimarães; Juan Alberto Malo; Diego Mondaca; Jorge Javier Negrete; Héctor Oyarzún; Esmeralda Reynolth; Nicolás Ruiz Berruecos; Karina Solórzano; Andrés Suárez; Jeissy Trompiz
Alex Vázquez; y Luis Alejandro Yero.
Nicolás Ruiz Berruecos
Editor y crítico de cine @Pez_out
Karina Solórzano
Crítica de cine y programadora @A_Karerina