Abraham Cruzvillegas recibió este año la comisión de construir una pieza para el Turbine Hall del museo londinense Tate Modern. Y cumplió el encargo de forma singular: no saturando de sentido el espacio disponible, sino vaciándolo. No retacó los 3,500 metros cuadrados de la sala con respuestas, sino que los despejó por medio de preguntas. Su gesto, si se quiere un símil, fue el de quien agita las manos para disipar la bruma.
La pieza, titulada Empty Lot, consta de 240 macetones triangulares de madera, rellenos con tierra proveniente de distintas partes de Londres (principalmente parques), suspendidos sobre una estructura de andamios. A la tierra no se le agregó nada. Sobre los macetones, que cada día serán puntualmente regados mientras dure la exposición, se encuentran unas lámparas construidas con desechos (la puerta de un baño, fierros viejos, vigas de madera, etcétera).

Hyundai Commission 2015
Abraham Cruzvillegas: Empty Lot
© Abraham Cruzvillegas
Photo credit: Andrew Dunkley © Tate 2015
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Si me viera forzado a traducir el título de la nueva instalación de Abraham Cruzvillegas al español, más que “Lote Baldío”, elegiría “La tierra baldía”. Tal y como el poema de T.S. Eliot, la pieza es una épica sobre la desolación de nuestra era: vivimos en una vacuidad compuesta por escombros y desechos.
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¿Crecerá algo en el “La tierra baldía”? En otras palabras: ¿hay esperanza de que algo florezca entre los despojos? ¿Se puede llenar el vacío en el que vivimos? Y la lógicamente subsiguiente pregunta: ¿quién o qué lo llenará? Es decir, ¿cuál es el sujeto político que deberá surgir para que transformar nuestro presente?
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Imposible saber si algo surgirá de la tierra recolectada (¿había semillas en ella? ¿la luz será suficiente? ¿faltará o sobrará agua? ¿el clima será propicio?). El futuro de la instalación es completamente incierto. Puede terminar siendo tanto una frondosa jungla como un terreno yermo.
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Llevamos por lo menos cincuenta años enclavados en un régimen temporal cuyo rasgo principal es la ausencia de confianza en lo venidero. No solamente se descree del Progreso, de que la cosas se encaminen hacia un fin superior, sino que se vive bajo la “inquietud, confusión y desorientación” (Byung-Chul Han). Quizás lo fundamental de la instalación de Abraham Cruzvillegas es que cuestiona esta visión: al abrir la pregunta sobre la posibilidad de que crezca algo en el vacío, abre también una perspectiva de futuro. La incógnita que subyace la pieza es, en realidad, un signo de esperanza que nos empuja a ver hacia adelante, a pensar e imaginar en las múltiples posibilidades latentes.
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Ya famosamente, Slavoj Žižek dijo: “Podemos imaginar el fin de la Tierra o el fin del mundo —eso es muy fácil de imaginar. Pero imaginar un pequeño cambio en el capitalismo, en el mercado nos resulta imposible”. Para el filósofo eslovaco, una prueba infalible de esto es que, frente a la infinidad de películas apocalípticas, prácticamente no existe ninguna que trate sobre un mundo post-capitalista.
Habría que invitar a Žižek a abandonar por una temporada las salas de cine o el sillón desde el que controla Netflix y visitara la instalación de Abraham Cruzvillegas. O todavía mejor: habría que invitarlo a pasear por la alguna colonia mexicana —por ejemplo, la colonia Ajusco, donde Abraham Cruzvillegas creció y observó la potencia de la autoconstrucción. Lo más probable es que Žižek terminaría por desdecirse y se daría cuenta que ya hay lugares en donde se vive al margen y en abierta resistencia al sistema hegemónico —o, si se prefiere, espacios en donde se imaginan y producen grandes cambios.
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Lo que sugiere la pieza de Abraham Cruzvillegas resulta especialmente alentador para los que vivimos en países dependientes. En los espacios olvidados por el sistema, en los márgenes, es donde acaso encontremos las vías hacia otro tipo de sociedad. Paradójicamente, los lotes baldíos del mundo son los que mantienen vivas las esperanzas de que pueda aparecer un mejor porvenir. Si vendrá una transformación, será desde lo más profundo, desde lo olvidado —desde El corazón de las tinieblas.
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Pequeños y esperanzadores brotes empiezan a surgir de la tierra.