A quinientos años de la llegada de Hernán Cortés

¿Qué le debemos a Hernán Cortés, ese extranjero que tanto contribuyó a nuestro presente? Este ensayo bosqueja algunas posibles respuestas.

Ilustración: David e Izak Peón

Todavía en febrero del 2020 gozábamos de la vida como unos chiquillos. Recuerdo que unas de mis últimas salidas fueron dos días consecutivos a la Feria de Minería: una para presentar mi libro de poesía, Anatomía de la escritura, publicado por la UAM Xochimilco, y la otra, una presentación colectiva de escritoras organizada por Sara Sefchovich, en la que participé. La adrenalina que produce presentar un libro y pasear por las calles del Centro Histórico es exhilarante e inexplicable. Poco sabía yo que a la vuelta de la esquina nos acechaba un desastre, una tragedia. Tres semanas después nos preparábamos para una encerrona de cuarenta días, tratando de evitar los contagios de un virus nuevo y terrible, del que no sabíamos ni cómo defendernos. Los cuarenta días se convirtieron en cien y se han extendido un año entero. Al día de hoy han muerto más de 200 000 personas en México.

Lo que hemos vivido desde entonces apenas lo estamos digiriendo, pensando, analizando. El virus nos obligó a recluirnos en los hogares, a renunciar al contacto físico, a las reuniones de amigos, a las tertulias. Nos orilló a estar más en contacto con nosotros mismos y nuestra sombra, y aunque el uso de las plataformas digitales nos permitió seguir trabajando, discutiendo, enseñando y aprendiendo, la falta de contacto humano nos ha provocado un vacío, angustia, depresión.

La situación de incertidumbre hacia el futuro, la parálisis de la economía y su consecuente crisis, el miedo al contagio, a la enfermedad y a la muerte, que podemos encontrar en cualquier lugar cuando salimos a la calle, nos han traído una sensación de ahogo y asfixia.

Tampoco es casual que esta sensación esté relacionada con la enfermedad misma que provoca el SARS-covid-19. Curiosamente, en sus fases más graves, el coronavirus provoca tos, baja oxigenación, coágulos en los pulmones y asfixia, como más de un siglo antes provocaba la tuberculosis. En aquel entonces los doctores recetaban a los enfermos aire limpio del campo, cambio de escena. Quizá lo que este virus nos está diciendo y no queremos escuchar es que necesitamos un cambio de escenario, un nuevo sistema económico que no esté basado nada más en el consumo, una nueva manera de relacionarnos, de trabajar, de convivir. De adaptarnos a una economía de guerra virológica. La situación política de ineptitud ante la tarea de administrar un país de manera responsable, saludable y sin corrupción —aunada a la violencia del narcotráfico y el crimen organizado, la violencia hacia las mujeres y un sistema de salud colapsado— contribuye a aumentar esa sensación de opresión, sofocamiento y asfixia que los mexicanos sentimos todos los días. 

Estamos indefensos ante un enemigo que no conocemos, contra el que nuestros cuerpos no tenían ninguna defensa. Estamos ante una situación de guerra que varias de nuestras generaciones nunca habíamos vivido. Lo vivieron los pueblos indígenas, cuando en el barco en que venía Pánfilo Narváez, procedente de Cuba en 1520, viajaba un negro llamado Francisco, que traía el virus de la viruela. La enfermedad se esparció como lumbre, sobre todo entre la población indígena, que no tenía resistencia alguna ante el virus desconocido. Según las crónicas, después de que brotaban las pústulas, la gente moría en tres o cuatro días, en un estado de fatiga tan grande que eran incapaces de cuidarse unos a otros, muriendo familias enteras. Estoy segura de que entre ellos recorría una sensación de miedo, angustia y ahogo, causada por la rara enfermedad y por la guerra que habían traído los extranjeros. 

Es dentro de circunstancias parecidas que celebraremos el aniversario de quinientos años de la caída de Tenochtitlán, el próximo 13 de agosto de 1521. Por obvias razones, la conmemoración será deslucida y opaca. Me gustaría analizar aquí, sin embargo, no la guerra de conquista llevada a cabo por Hernán Cortés de 1519 a 1521, sino los primeros nueve años posteriores a la Conquista. Esto es porque considero que ese periodo fue fundamental para moldear la realidad y la idiosincrasia de un país mestizo, híbrido y desigual, donde se imprimió para siempre una manera de actuar, de gobernar, de pensar y de relacionarse con los demás, que es resultado de dos culturas diferentes pero a la vez parecidas, y que ha cambiado poco después de cinco siglos. Ahí está el origen y la semilla de lo que es el México actual con todos sus vicios y virtudes.

La figura de Hernán Cortés es central dentro de esta historia. Va creciendo desde que llega a costas mexicanas en 1519. Se va engrandeciendo, es casi imposible no admirarlo, no sentirnos atraídos hacia su persona. Cortés era ambicioso, persuasivo y tenía una gran labia. Era capaz de voltear al mismo diablo de su lado. Era valiente y decidido. Se levantó después de la gran derrota en Tenochtitlán y realizó la proeza de construir trece bergantines en Tlaxcala y llevarlos en partes a Texcoco, a pie, para armarlos y lanzarlos como ofensiva en el lago para sitiar Tenochtitlán.

También fue buen administrador y tuvo el buen juicio, sobre todo al principio de su gubernatura —que comenzó poco después de la caída de Tenochtitlán en agosto de 1521—, de dejar en sus puestos a los líderes indígenas locales, con los que se llevó bien y gobernó en armonía. Con un poco más de quinientos hombres —y con el apoyo de cientos de miles de guerreros indígenas procedentes de Tlaxcala y otros principados— mantuvo la paz. Tuvo el buen tino de reanimar la economía e integrar casi de inmediato la producción de ganado porcino, caballar y de lidia. Inició la producción de pólvora, de armamento y alentó la siembra de varios productos agrícolas, como el trigo, la uva para hacer vino, el olivo, la caña de azúcar y la cría del gusano de seda. Comenzó la explotación minera. Dirigió la reconstrucción de la ciudad de Tenochtitlán. Lo poco bueno que implementó Cortés, la idea de hacer este país independiente y autosustentable —a diferencia de las islas del Caribe—, le fue arrebatado por la Corona española pocos años después para hacerla totalmente dependiente del reino de ultramar, explotando al máximo su producción e imponiéndole la compra de mercancía importadas.

Pero, a diferencia de sus iniciativas económicas, en la cuestión política la perspectiva de Cortés era diferente. En su mente sólo existía un gobernante obvio para todas aquellas tierras y pueblos que tanto trabajo le había costado subyugar: él mismo. Ser una especie de monarca indiscutible. Y por algunos años, lo fue.

Debo decir aquí que es por eso que “el Conquistador” conformó el molde del gobernante absolutista y cuasi monárquico que nos ha perseguido a lo largo de nuestra historia: desde virreyes y generales legitimados hasta políticos bananeros. Sin embargo, para el reino de Castilla, Cortés no era idóneo. Para ellos el conquistador era un soldado valiente, pero también arrogante y un poco vulgar. No era noble; era un arribista social y tenía en su contra una larga lista de peros, entre ellos reportes de su uso de crueldad y violencia, su abuso del poder y su rebeldía contra Diego Velásquez. A esto se sumó la sospecha del asesinato de su esposa, Catalina Suárez Marcaida, ocurrido el primero de noviembre de 1522.

 Se sabe muy poco de lo que sucedió entre el 13 de agosto de 1521 y el siguiente año, excepto que Cortés, mientras se alojaba en el altéptl de Coyoacán, se dedicó a organizar la administración del nuevo reino, a traer comida e implementos desde Cuba y Jamaica y a  comenzar la reconstrucción de la ciudad de Tenochtitlán. El conquistador aplaca revueltas y establece el repartimiento de encomiendas, que habría de fundar el patrón de tenencia de la tierra en México.

El nombramiento de Cortés como Adelantado, Gobernador y Capitán General de las “tropas” llega de manera oficial el 15 de octubre de 1522. Dos años después, Cortés parte a un viaje a las Hibueras que resultará fatídico de muchos modos. ¿Qué sucede, pues, en el reino de la Nueva España entre 1522 y 1524?

Durante este periodo, el poder se le sube a la cabeza a Cortés y a sus cortesanos. El líder extremeño empieza a ser acusado de abusos, de enriquecimiento exagerado, de exabruptos de arrogancia, de sospecha de asesinatos. Llama o manda traer a varios de sus parientes para situarlos en puestos de influencia e importancia. Como mencionamos, el primero de noviembre de 1522 la esposa de Cortés muere en circunstancias incriminatorias. Sólo unos meses después (aunque no se sabe con exactitud, aparentemente la fecha “oficial” se arregló para aparecer como que en realidad sucedió un año después, con el fin de asegurar que “la lengua” no hubiera estado embarazada cuando aún vivía la esposa) nace el hijo de Malintzin, el primer Martín Cortés.

Llegan los primeros frailes a territorio mexicano, entre ellos el padre Pedro de Gante, el padre Tecto y el padre Aora. Se tortura a Cuauhtémoc.  Muere Francisco de Garay, a los pocos días de convivir con Cortés. Se sospecha de envenenamiento. Muere Bartolomé de Olmedo, el párroco que acompañó a Cortés durante toda la aventura y el único que, a veces, podía controlarlo. En su ambición y afán de conquista, Hernán manda a Cristóbal de Olid a explorar y conquistar las Hibueras. Le entrega seis navíos, cuatrocientos hombres y oro para comprar provisiones.  Luego, Cortés va en busca de Cristóbal de Olid al enterarse de que éste lo ha traicionado.

Mientras tanto, la Nueva España se ha convertido en el gran tesoro del que todos desean apoderarse. Hay muchas manos interesadas, tanto en las Indias como en España, y sólo esperan a que Cortés dé un traspiés. 

Cortés, en un acto que aún hoy día se cuestiona, parte para la Hibueras, arrebatado por la cólera que le provoca la traición de Olid, en contubernio con Diego Velásquez —según le informan—, su enemigo proverbial, justificando ante el rey, que ha estado ocioso y necesita encontrar el estrecho que comunica los dos océanos. Muchos se preguntan por qué, estando en el punto álgido de su posición como gobernador absoluto, sin nadie que cuestione su poder y sus decisiones, Cortés deja acéfalo el gobierno de la recién creada Nueva España para dirigirse a una aventura incierta. Quizás en su mente ya no había manera de que alguien pudiera poner en duda su poder supremo.

Cuán diferente resulta su nueva misión a su expedición de 1519. Viaja como un rey a recorrer sus dominios: con mayordomos, pajes, maestresalas, camareros, músicos, acróbatas, servicios de oro y plata, vinos, una piara de puercos y esclavos. Pero, perdido y avasallado por la geografía inhóspita de pantanos y manglares, de mayas que huyen quemando sus poblados, dejándolos hambrientos y perdidos, de falta de intención y de brújula, cuando llega a las Hibueras, debilitado y casi en los huesos, se entera de que Olid ya ha sido asesinado por Francisco de las Casas.

Cortés, a pesar de los ruegos y las cartas que recibe para regresar a la ciudad de México y poner orden en el gobierno, tarda aún dos años en regresar, quedándose meses en aquellos territorios, contempla una inverosímil conquista de Nicaragua, sin ejército, sin recursos, sus enemigos dándolo por muerto, la ciudad de México sumergida en el caos. Si a la salida de la expedición Cortés parece enloquecido por el poder, a su regreso está exhausto, desorientado y carga con la culpa del ajusticiamiento de Cuauhtémoc a sus espaldas. 

  A la salida de Cortés a las Hibueras habían quedado a cargo del gobierno de la ciudad de México cuatro personajes oscuros: Alonso de Estrada, tesorero; Alonso Suazo, contador; el factor Gonzalo de Salazar y el veedor Peralmíndez Chirinos, quienes se pelean a muerte entre sí, como gatos rabiosos, permaneciendo el poder en manos de Salazar y Chirinos. A Cortés, mientras tanto, lo dan por muerto y expropian todos sus bienes. Matan a su primo y mayordomo Rodrigo de la Paz, exigiendo el oro que creían tenía Cortés escondido. Gonzalo de Salazar se autoproclamó gobernador y capitán general.

Cuando en enero de 1526 Cortés envía cartas para destituir a Salazar, el rey Carlos I de España —y Carlos V del Sacro Imperio Romano-Germanico—, ante tantas quejas y habladurías ya había ordenado un juicio de residencia para Cortés; y el juez, Luis Ponce de León llega a la ciudad de México a principios de julio de 1526, cancelando, en primera instancia, su nombramiento de Gobernador. De manera increíble, Cortés obedece y se hace a un lado. El juez muere a los cuantos días sin proceder. El juicio de residencia queda pendiente y se nombra de nuevo al tesorero Estrada, junto a Gonzalo de Sandoval —el capitán más cercano a Cortés en ese entonces, quizá tratando de equilibrar las cosas—, como gobierno interino. A los pocos meses, Sandoval ha perdido el poco poder que tenía y Estrada decide desterrar a Cortés. Este último decide entonces ir a exponer su caso a España y cruza el océano en marzo de 1528.

 El rey decide entonces nombrar una Audiencia, que entra en funciones en diciembre de 1528. Al año siguiente, en 1529, Nuño de Guzmán, quien odiaba a Cortés, echa a andar de nuevo el juicio de residencia contra el conquistador, el cual se convirtió en una venganza política, independientemente de lo que pudiera haber de cierto en las acusaciones, pues se sabe que muchos testigos fueron comprados. El juicio finalmente quedará inconcluso, sin resultado alguno. 

“La codicia y el desenfado del trío de oidores no se detenía ante nada”,1 nos dice Juan Miralles en su libro Hernán Cortés, el inventor de México, al referirse a la actuación de la Audiencia. Los abusos, las injusticias y las corruptelas estaban a la orden del día. Había fiestas y desmanes donde había varias mujeres, “las oidoras”, que tenían más poder que los propios oidores. Fue Juan de Zumárraga, obispo, quien a escondidas le envió una carta al rey en agosto de 1529, narrando los excesos del gobierno de Nuño de Guzmán, Juan Ortiz de Matienzo y Diego Delgadillo. 

En enero de 1530 se nombró una segunda Audiencia que funcionó cinco años hasta la llegada del primer virrey. Estuvo presidida por Sebastián Ramírez de Fuenleal, un hombre que se caracterizó por defender a los indios y por restituirles mucho de lo que se les había despojado. Hubo relativa calma y justicia durante el periodo, pero ya se habían sentado las bases de la nueva sociedad y se habían moldeado prácticas y mentalidades que habrían de prevalecer hasta la fecha actual.

Entre estas características podemos nombrar, por ejemplo, la centralización del poder en una sola persona y en un solo lugar. Cortés fue prácticamente un monarca absoluto en los primeros años, concentrando el poder político en un lugar que reconstruyó, quizás sospechando el poder sagrado que representaba: la ciudad de Tenochtitlán, perpetuando así una práctica que venía del imperio mexica. La sacralidad de la fundación de México-Tenochtitlán en el lugar profetizado por sus dioses sigue afectando nuestro presente, nuestra manera de dictar órdenes, de concentrar el poder, de administrar la política y la demografía. Y, por supuesto, la importancia de que una sola figura contenga en sí misma toda la investidura del poder político y de facto, sin importar si dicha persona no está equilibrada mentalmente, es arrogante, abusiva o corrupta.

En segundo lugar, la práctica del nepotismo. Comenzó cuando Cortés le otorgó importantes puestos de confianza a sus familiares y les repartió riqueza a sus amigos más allegados. No es, sin embargo, práctica exclusiva de los españoles. Entre los mexicas también era común: Cuitláhuac era hermano de Moctezuma y Cacama, Señor de Texcoco, su sobrino. Muchos de los gobernantes eran parientes consanguíneos.

Continuaremos nombrando prácticas de conducta que han marcado nuestra historia: como la de juicios políticos a los gobernantes anteriores, con afán más de venganza personal que de justicia verdadera. En la época colonial se daba en forma del juicio de residencia; actualmente, se encarcela a los enemigos por más o menos un sexenio. En general se trata de un sistema judicial guiado por vendettas personales, por el uso de sobornos y corruptelas de todo tipo y por vacíos legales que permiten toda clase de injusticias y abusos. 

Tenemos también la desorganización administrativa y de justicia, que cambia de perspectiva según el grupo en el poder. Por ejemplo: el establecimiento de corruptelas tales como la obtención de favores, así como de  regalos de tierras y de privilegios sociales. Cuando Cortés llegaba a los pueblos, aliados o sometidos, le regalaban mujeres con más facilidad que el oro o las plumas. En los pueblos pequeños no pasaban de tres o cuatro. Los tlaxcaltecas le dieron trescientas. El desdén y la falta de respeto y de valoración por la vida y el cuerpo femenino sigue prevaleciendo: en los pueblos se regalan niñas por un cartón de cerveza o unas tierras. La práctica de “regalar o pasar” mujeres para el esparcimiento y el placer, las golpizas, los feminicidios, siguen siendo parte de la mentalidad de las dos sociedades machistas que se hicieron una. 

La práctica del “paternalismo” y la “condescendencia” para con los indígenas, considerándolos siempre inferiores, ingenuos o siervos.

La toma de decisiones vertical y jerarquizada.

La idea y la práctica de idealizar a los extranjeros, a los que vienen de fuera, porque pueden, en un momento dado, compartir sus prebendas en la medida en que sean alabados e imitados.

El afán de “blanqueamiento” de la raza para mejorar condiciones económicas o sociales ha prevalecido desde la Conquista, grabado en la mentalidad del mexicano, quizás de manera inconsciente, pero constante, creando una especie de complejo de los piel oscura.

El influyentismo, la práctica de “arreglar o torcer” ciertas decisiones económicas, políticas, administrativas o de impartición de justicia a favor del interesado, si eras pariente, amigo, amante o conocido de algún funcionario público.

La burocracia gubernamental que dejaba las cosas a “medias” o inconclusas, por falta de pruebas, por exceso de trámites y papeleo, o por falta de voluntad, como el caso del juicio de residencia de Cortés, y actualmente, los juicios que no se persiguen o se les da carpetazo por no convenir políticamente, o porque se soborna a los jueces.

Se transparentó la codicia y el uso de falsos testimonios con tal de quedarse con tierras y propiedades.

A los españoles “se les olvidó” rápidamente repartirles los beneficios a los indígenas, a los desposeídos y a los aliados originales. Se evitó absorberlos dentro de la sociedad novohispana, para convertirlos en parias y alejados de la justicia. 

De las costumbres sociales podemos decir que la hospitalidad y la diplomacia de los mexicas prevalecieron. Nuestras maneras son mucho más suaves y educadas que las de los extranjeros y el dicho de “ya has llegado a tu casa, estás fatigado, mi casa es tu casa”, nos distingue de manera inequívoca. Nos volteamos al revés para complacer a un invitado,  más si es extranjero. Pero la mala costumbre de excusarse con una mentira, como lo hizo Moctezuma con Cortés varias veces, aún existe. Cuántas veces el mismo día de una reunión, los invitados llaman para decir que se enfermaron súbitamente y no podrán asistir, o no contestan correos cuando la respuesta es negativa.

Pero hay algo más que quisiera mencionar para terminar. Me refiero a las virtudes del mexicano: la inventiva, la capacidad de aprender imitando, el trabajo duro. El mismo Cortés alabó a los totonacas que cargaban las partes de los barcos desmantelados y hacían todo tipo de trabajos, o a los tlaxcaltecas que, sin tener experiencia naval, construyeron trece bergantines bajo la guía de un carpintero español. O los canteros y albañiles que, de construir pirámides, pasaron a construir soberbios edificios europeos a partir de unos cuantos dibujos. Y la lista es larga, de todos los trabajos y oficios que de la nada aprendieron los indígenas.

Esta es pues, nuestra doble herencia, con sus vicios y virtudes. Reflexionar sobre ella, aceptarla y quizás tratar de mejorar algunos aspectos sería el mejor homenaje que podríamos hacer a nuestros antepasados que, hace quinientos años, se enfrentaron a una epidemia viral devastadora y a una guerra que habría de aniquilar su cosmogonía y sus dioses, mas no su espíritu, y que conformaría lo que somos ahora, cómo pensamos y cómo nos vemos a nosotros mismos.

 

Kyra Galván
Poeta y escritora.


1 Miralles, Juan, (2009), Maxitusquets, México, p. 483.

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Publicado en: Noticias de Cipango

2 comentarios en “A quinientos años de la llegada de Hernán Cortés

  1. ¡Magnifico texto! Gracias. Ilustrativo y actual. Pienso que ya hemos rendido muchos homenajes, bien merecidos , a nuestros antepasados. Hay que ver el presente y mirar hacia el futuro. Por eso seguimos repetimos errores. Los árboles con raíces fuertes y profundas, no avanzan. Los pueblos tampoco. Gracias. Saludos.

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