¿A quién le pertenece la belleza? Una crónica del racismo en México

En esta crónica la autora explora, a partir de una mirada extranjera y desde sus propias experiencias, una de las dimensiones más íntimas y dolorosas del racismo: cómo es que la belleza le pertenece a unos cuantos y por qué unos sólo son dignos de admirarla desde lejos, pero no de poseerla. Iulia Hau entreteje el racismo mexicano con el de su país de origen, Rumania, y nos recuerda que el racismo en México sigue presente en nuestra sociedad, evidenciando que el mestizaje no es más que un mito.

Ilustración: Jorge Cejudo

Estoy en México desde hace más de un año y no me canso de ser tratada como si fuera un personaje de sangre azul, sólo porque soy de Rumania. No de Francia, ni de Suecia, ni tampoco de Alemania. Para la gente de aquí no hay diferencia entre el Este y el Oeste de Europa. En el viejo continente, por otro lado, las cosas son diferentes. Las migraciones masivas de Polonia, Bulgaria, Eslovaquia y otros países, pero sobre todo de Rumania (la nación que tiene la quinta diáspora más extensa del mundo, en relación al número su población) hacia el occidente europeo han causado olas extensas de odio y prejuicio. Pero estas diferencias no han cruzado aún el Atlántico. Para la mayoría de los mexicanos, todo lo que viene de Europa debe ser educado, hermoso y con gustos finos. Es más, cuanto menos saben de un país europeo, más piensan que debe ser muy sofisticado y aristocrático. El tener la piel blanca, el hablar un español con acento desconocido y ser más alta que el promedio nacional me hace sujeto de atención y buen trato. Me tomó dos años darme cuenta que esta admiración viene con un reverso de la medalla: allá donde el blanco es elogiado, inevitablemente el no-blanco se topa con un rechazo profundo.

Ciudad de México: dividida entre blancos y… todos los tonos de moreno

A cada paso, cada día, puedo notar la segregación basada en el color de la piel. Descubrí que en las zonas marginales, pobres y peligrosas de la capital te topas con rasgos faciales y corporales indígenas, mientras que, en las colonias ricas, coquetas y seguras, desfilan mayoritariamente mexicanos con apariencia europea. Las diferencias son tan evidentes que si no fuera por los vendedores callejeros que vocean sus productos de manera inconfundible, tendría serias dudas de si aún me encuentro en el mismo país.

De hecho, el departamento en donde vivo está ubicado en una zona que corresponde más bien a la primera categoría de colonias: vivo en la colonia Obrera. La renta es barata, la casa es espaciosa y en media hora caminando estoy en el glamuroso centro de la ciudad. Es cierto, nunca vuelvo a casa sola después de la puesta del sol y nunca hago excepciones a esta regla —conozco ya a algunas personas que han sido atracadas por aquí, a la luz tenue de las farolas—.

Al fin de cuentas, estoy contenta con el lugar donde vivo, lo que no puedo decir sobre las miradas contrariadas de los mexicanos. Simplemente no encaja con lo que ellos saben sobre colonias y colores de piel. Incluso, un amigo me lo dijo a la cara: “No me esperaba jamás que tú vivieras en La Obrera. Podría jurar que habías rentado en la Condesa o La Roma”.

¿Este? Se parece al albañil que me pintó la casa

La primera vez que me pasó esto pensé que era una excepción y que, simplemente, no teníamos gustos similares y punto. La segunda vez, lo atribuí todo a una casualidad inexplicable. Pero a medida que la historia se repetía, empecé a acostumbrarme a la idea y, por pura diversión, sacaba mi teléfono y buscaba la foto del chico mexicano que conocí hace más de un año. Al saber de antemano cuál iba a ser la reacción de cualquier mexicana a la que le mostraral la foto, nunca lo hacía antes de hacer una exhaustiva presentación de la corta historia de amor entre nosotros, del delirio que me abarcaba cada vez que lo miraba, cuando notaba la intensidad del negro de su pelo, su dureza, la belleza de su piel como la miel y sus dientes blancos perfectos.

Así pues, contaba yo sobre José Manuel con la pasión que suelo poner al relatar mis historias de amor. Mis amigas mexicanas, románticas incurables por naturaleza, se llenaban de emoción con las palabras que salían de mi boca. Así que, cuando llegaba el momento de la revelación, con la olla casi hirviendo, la decepción instantánea al ver el rostro de José Manuel estaba garantizada.

 —¿Es él?

Sus respuestas se extendían en una amplia escala. Por un lado, el amable, algunas me decían: Puedes conocer mexicanos más guapos. Por otro, el desdeñoso, otras me soltaban: ¿Este? Se parece al albañil que me pintó la casa.

Recuerdo una noche de buen humor en un hostal mexicano —probablemente el hostal más acogedor que jamás haya conocido—, bebiendo una Corona con limón y rodeada de buen ambiente. Allí conocí a una mujer mexicana, en sus treintas, con un humor abrumador. Le conté la historia, le mostré la foto y esperé su reacción. Lo que recibí a cambio fue una avalancha de bromas que despertaban alrededor de la mesa carcajadas que sacudían la tierra, y yo sería una hipócrita si no reconociera que reía con los demás comensales. Claro que lo hacía, y con mucho ánimo. Las bromas irrumpían de su boca como la lava de un volcán, y todas servían a una causa única: evocar la semejanza entre José Manuel y la categoría social no calificada, empleada sobre todo en construcciones.

Era muy ingenua en aquel entonces. No me daba cuenta de la cara pérfida del racismo mexicano que se presentaba ante mí sin el más mínimo pudor. Pensaba que esta discrepancia de gustos entre yo y todas las mexicanas con las que entablé una amistad se debía a una banalidad. Pensaba que yo me moría por José Manuel por el simple hecho de que su herencia física de mestizo y sus rasgos indígenas eran plenamente diferentes de todo lo que había conocido antes. Por otro lado, pensaba yo, la nariz aplastada, los ojos de un marrón puro, los labios gruesos, las pestañas largas y derechas y la cara redonda, sin pómulos evidenciados, habían de ser rasgos muy comunes en México y, por ende, indignas de interés especial por parte de sus compatriotas.

¡Falso! La causa del instituto que llevaba a mis conocidas a rechazar a José Manuel a primera vista no era lo común de sus rasgos, sino la asociación inmediata con una clase social menos privilegiada. De acuerdo al destino impuesto por la apariencia, en los ojos de sus compatriotas, José Manuel no podría llegar jamás a ser un intelectual o un director, porque estaba condenado a ser asociado siempre con un albañil, un obrero, cuyo ser no podía ser objeto de una pasión ferviente de mi parte.

No tarde mucho en darme cuenta de que, para mis amigas mexicanas, lo que más se acercaba a la verdadera belleza era la piel blanca, los ojos de color claro y una altura imponente. O sea, todo lo que no era José Manuel.

 —Mexicanos guapos —decían, en broma pero no en broma—, ¡en Guadalajara!

El beneficio de la duda como privilegio

Con el tiempo, llegué a darme cuenta de que el fenómeno al que me enfrentaba era la mentalidad colonial: una actitud internalizada, ciega a la sucesión de las generaciones, que se manifiesta por la convicción de que los valores culturales del colonizador son, de manera incuestionable, superiores a los propios.

Pero al clima no le importan estos disparates humanos. En una de las tardes preciosas de agosto en la Ciudad de México, a la que no se le puede pedir más. Una de las tardes en las que, si te apetece llevar jeans y sudadera, puedes. Si se te antoja traer una chamarra ligera de mezclilla, adelante. Si prefieres un vestido veraniego, no lo dudes. Mi hermana y yo fuimos a pasear, cogidas del brazo, por la Colonia Roma, el barrio más cool de la capital de México. Mientras me froto la barbilla, me pregunto, ¿quién habrá difundido con tanto éxito el rumor de que México es un lugar peligroso? Y la confianza que antes tenía en el mundo empieza a quebrantarse al ver que pueden existir rumores como este. Nada huele a peligro aquí, en esta zona elegante, atiborrada de casas y villas suntuosas que compiten entre sí al exponer sus arquitecturas góticas, art nouveau, art déco o de influencia árabe.

En la colonia Roma abundan los bares, las terrazas con aire europeo y la gente que disfruta de un trago en ellas luce atuendos modernos. También se pueden ver tiendas de antigüedades, librerías, boutiques y los carros que pasan son tan lujosos como sus “mercados”, que en realidad están en construcciones modernas que contrastan con los puestos ubicados en cualquier otro rincón de México, con techos de celofán y paredes de tela de rafia. Las glorietas tienen fuentes esculpidas que parecen traídas de Italia y estatuas enormes. Se podría fácilmente confundir este lugar con cualquier barrio coqueto ubicado en el viejo continente, si no estuvieran los boleros con sus sillas rojas, altas –como tronos–, desde donde invitan a los transeúntes. Otro distintivo son los vendedores ambulantes y sus sonidos tan fuertes, impregnados en esta urbe colosal. Ah, y si no estuvieran las tiendas Oxxo, claro –con sus colores tan llamativos–, y porque no puedes cruzar dos esquinas sin que una de estas tienditas se te aparezca.

La anécdota justamente se desenvuelve en un Oxxo. Todo comenzó cuando mi hermana quiso comprar una botella de agua para no pasar sed durante la noche. Así que entramos alegres al establecimiento. Todo era diversión y falta de preocupaciones, como dos hermanas que se ven después de más de un año y medio. Recuerdo que nos daba risa el efecto que producía la estatura de mi hermana, de un metro ochenta, en un país en donde la altura media es de un metro sesenta. Pagaría por revivir ese momento, por verlo como si estuviera en el cine disfrutando de una comedia, esos ojos grandes, como globos de cumpleaños, al ver a mi hermana.

Es un tipo de asombro mezclado con admiración que –aunque me gustaría atribuirlo únicamente a la gran altura de mi hermana–, sé que no se debe sólo a eso, sino al hecho de que venimos del otro lado del Atlántico.

Sabíamos que muchos ojos nos miraban, pero poco nos importó. Me dirigí hacia la nevera que tenía botellas de agua, agarré una y seguí dando vueltas entre los estantes, en un intento de averiguar qué podría faltarnos para el desayuno de la mañana siguiente. Y cuando estás tan distraído como estaba yo aquella tarde, es posible que se te olvide que llevas una botella de agua bajo el hombro —y que tire la primera piedra el que nunca ha sido culpable de semejante omisión—. Mi hermana no se adentró en los pasillos, me esperó en la entrada del Oxxo, y seguía con su mirada mi camino, y fue así como se dio cuenta de que debí haber pagado por la botella de agua. Cosa que no hice. Se me olvidó.

—¿No vas a pagar por el agua? —me preguntó desconcertada.

Al girar la cabeza, descubrí al chico que estaba detrás de la caja, cuya expresión, al ver que regresaba a cumplir mi deber cívico, cambiaba de tensión a alivio, acompañado de una sonrisa servicial.

—Ese muchacho no se atrevió a decirte que debías pagar el agua— me advirtió mi hermana.

—¿Qué quieres decir? —le pregunté confundida.

—Vi cómo te miraba cuando salías. No conseguía decidirse entre decirte algo o no.

Sólo me queda especular que el cajero del Oxxo sintió vergüenza de pararme para que pagara el agua, por miedo a que su justa solicitud pudiera ser percibida como inadecuada, que pudiera decir algo malo sobre él, cuando en realidad la que casi roba soy yo. Mi falta de atención podría ser fácilmente pasada por alto, al fin y al cabo soy de Europa y por lo tanto, puedo tener el privilegio del beneficio de la duda.

El mito del mestizaje

Cuanto más pienso en todo esto, más me sorprende cómo esta desigualdad, asentada por todas partes, desde la arquitectura hasta el cuerpo, se siguió perpetuando a través de los siglos. Esta fuerte polarización se encuentra en todas partes, empezando por el mito del mestizaje, con el cual la idea del Estado mexicano ha sido creada, a partir de la supuesta unión entre los conquistadores y los conquistados. Utilicé la palabra mito por lo que veo yo a través de mis ojos extranjeros. Creo que por el simple hecho de ser de Europa, a pesar de venir de un país que pertenece a una región que no goza de buena fama allá, me da un estatus privilegiado en México que no podría existir si el mestizaje verdaderamente hubiera ocurrido.

En mi país, por ejemplo, el desdén nacional está dirigido principalmente hacia la población romaní –mejor conocida como gitana. Más que desdén, se trata de un odio general hacia una población que, hace tan sólo un poco más de un siglo, se logró liberar de la esclavitud y que, por culpa del desprecio injustificado hacia ellos, no consigue realmente integrarse y salir de la pobreza. Pero pocos rumanos conocen la verdadera cara de la historia. En la escuela no se nos dice nada sobre los oscuros y largos siglos de opresión hacia los gitanos. La hostilidad se enseña de padres a hijos y muy pocas veces es cuestionada.

Desafortunadamente, el racismo sigue siendo parte de la sociedad y de la mentalidad humana. La creencia de que el Oeste es mejor se sigue perpetuando desenfrenadamente. Seguimos pensando que algunos son superiores a otros y que otros no les llegan ni al tobillo a los dioses. Seguimos calificando como alta cultura la de algunos y como folklore la de otros. Seguimos reproduciendo la idea de que a algunos les pertenece la belleza y los otros sólo son dignos de admirarla desde lejos. ¿Hasta cuándo vamos a seguir permitiendo que estas convicciones nos sigan separando? ¿Dejaremos, acaso, que el peso del pasado le gane a las demandas del presente?

 

Iulia Hau
Es periodista y traductora rumana. Ha publicado artículos en National Geographic, Vice, Lazy Women, Hotnews y la puedes encontrar en Instagram o en Medium.


22 comentarios en “ ¿A quién le pertenece la belleza? Una crónica del racismo en México

  1. Somos tantos Méxicos, como descriminaciones encontramos, entre lo indio, lo negro, chaparro, y lo naco, y hoy entre los fiáis y lo chairo, por decreto del falso mesías, cada día se hace más complicado un sólo México. Felicidades por mirarnos y sobre todo por expresarlo.

    1. ¿Felicidades por mirarnos? Ojalá hayas leído el artículo y algo hayas entendido en vez de usarlo para mostrar lo que te duele.

  2. Amiga, no te confundas, los mexicanos somos amables por naturaleza, nos causa admiración la gente distinta, y te lo digo porque la gente negra nos causa la misma admiración que la gente rubia, lo mismo una persona pequeñita que una persona muy alta. Pero lo que más nos gusta es escuchar sus historias, de dónde vienes, que hace la gente allá, qué tradiciones tienen, qué comen, qué beben. Así somos los mexicanos, a todos les damos la bienvenida, y te recuerdo que hemos tenido dos presidentes de la república de origen súper humilde, morenos y otros tantos de origen negroide. Para nosotros el color no es mucho pedir, y como cualquier parte: Cuanto vales para saber que tanta atención te prestan.

  3. El artículo de la señora Hau además de lleno de lugares comunes es la típica visión de una extranjera buena onda y progress.

    1. Pero no podrás negar que da al clavo: el racismo abierto y cotidiano en México

  4. Mis compañeras en la escuela cuestionando mis gustos. ¿Por qué siempre andas con puro nacional (no mestizo)? ¿Te gustan los nopales? (refiriéndose a personas). 🙁

  5. Coincido con la autora en todo, porque conoce y ha vivido en su país y en su región lo que nosotros también vivimos en nuestro país y en nuestra región por nuestro aspecto, nuestra ascendencia, nuestra posición social, nuestro género y nuestra filiación del tipo que sea: política, religiosa, moral.
    No querer ver al género humano con sus virtudes y sus defectos, más allá de su origen o nacionalidad, es no reconocer que somos como las flores y los frutos: diversos, múltiples, extraños, exóticos, convencionales, raros, únicos, familiares, característicos de una zona, un clima o una mezcla. Y mezcla es la palabra clave. Los estudios genéticos demuestran que el ser humano contemporáneo tiene genes africanos, para sorpresa de los más güeros o de los propios negros.
    Compartimos una misma tierra y un mismo cielo, por lo que deberíamos preocuparnos por nuestros problemas comunes y no por nuestras diferencias raciales.

  6. La anécdota del Oxxo (suponiendo que sea verdadera) puede tener varias otras explicaciones…

    Pésimo texto. Parece escrito por la típica estadunidense blanca y universitaria de izquierdas; aunque la autora venga, como dice, de la parte menos desarrollada de Europa. Nexos intenta montar la ola de lo “políticamente correcto” que caracteriza hoy en día a la ideología y la práctica neoliberales. ¿No le extraña a nadie más que revistas como Nexos, Letras Libres y otras que hasta hace poco tenían cierto nivel intelectual últimamente corran a abrazar lo “politically correct”, como cualquier medio “liberal” gringo? ¿Qué es lo que está detrás de esto realmente?

    1. Nada, el hecho señalar algo que es real y de lo casi nunca se habla, en racismo es real, pero como acá no hay casos de odio recalcitrante como neo nazismo o estados que se enorgullecen de su pasado esclavizador, no es tan fácil de señalar porque es no es tan obvio como bien lo dice la autora

      No sé que tiene que ver tu comentario de “neoliberal”, porque por definición va al polo opuesto de izquierda, es como describes a la autora.

      Ser políticamente correcto usualmente significa respetar al prójimo, usualmente los que se ofenden con su uso son las gente que la hace sentir incómoda al señalarle algo que tenga que cambiar o peor porque se creen con derecho a tragar como basura al prójimo y se sienten atacados cuando se les cuestiona

  7. Muy buena observación de la periodista, y sería más respetable si no se hubiera unido a las burlas contra el ausente novio, por simpaticas que fueran. Ahí debió comprender que no es fácil erradicar el racismo en México, después de 500 acomplejados años, hay mucha crueldad de aquellos en quienes predomina la ascendencia blanca, hacia quienes conservan los rasgos originarios. Si Gobierno y maestros incrementan el nivel educativo en éste sector, dando acceso a mejores oportunidades, y a la vez formulando leyes contra la discriminación en las empresas, nos sorprenderiamos de su capacidad intelectual. Quitarle lo estúpido al que hace bullying, no es posible. Sólo hay que devolver la dignidad al que hemos marginado.

  8. Bueno, sí. Nada nuevo, Mexico es un país profundamente racista y clasista, pero es mestizo con sangre negra, indígena, española, etc. Esto es un lugar común. Se equivoca con la estatura de los mexicanos, hay cambios notables. Las sociedades cambian. Nuestro racismo no cambia.

  9. El periodista hace bien en decir que en la Ciudad de México si uno es blanco todos son iguales: adinerado, guapo, tiene una vida fácil, de Estados Unidos, turista, e incluso igual al whitexican. Pero después de 5 años aquí, lo atribuiría a los ‘estereotipos positivos’. Al encontrarme con esas mismas miradas, no las siento como positivas. Los veo como un resentimiento ampliamente “basado en la raza” por estos mismos estereotipos. Sí, el portero de un hotel siempre me abrirá la puerta, pero igualmente nunca me tratarán con normalidad; como un mexicano normal (meztizo). Me han gritado y dicho “Vete a mi país” más veces de las que me gustaría recordar por cosas muy pequeñas (no comprar una revista en un quiosco, decirle a un hombre que controle a su perro sin correa, etc.). Me han seguido en los parques. Cuando hablo español, la gente todavía responde en inglés o consiguen que su hermano de afuera traduzca (generalmente mal). Me dan precios 2, 3, 4 veces más altos de lo normal semanalmente. Y una hostilidad generalizada, por lo general de gente educada de clase media a la agresión directa en las zonas turísticas por parte de los vendedores (Compra algo que pellizque a un rico gringo).

    Para mí, este es un lado de la xenofobia en México. Los otros lados son en realidad mucho peores … La franqueza boquiabierta ante la visita de mi amigo negro o la incomodidad que va hasta la agresión que experimentó al visitar sitios arqueológicos. Por no hablar de las bromas racistas sin disculpas que se normalizan aquí. Luego están, por supuesto, los asiáticos … que son todos chinos para los mexicanos. Quienes son todos los portadores de Covid. De quienes se burlan con los ojos rasgados, las piñatas del virus de la corona con dientes partidos, o simplemente los niños de la escuela se burlan de ellos en la calle. He visto todo eso y he oído hablar de cosas peores. O que a la gente de la India a veces se la llama pakis, lo que, por supuesto, se ignora con indiferencia. Y luego, por supuesto, tenemos el resentimiento racista / clasista hacia los indígenas y guatamatecos. Esto al menos es reconocido, por lo general con desgana, por muchos.

    Sí, por supuesto que el ‘Whitexican’ está en la cima de la sociedad aquí. Pero ser blanco de otro país no es ser ‘Whitexican’. O el simple hecho de que las personas más pobres y de clase trabajadora de Europa, Australia o Estados Unidos no pueden permitirse unas vacaciones en México. Admito que soy un caso raro de alguien que no tiene mucho dinero, pero es de clase media, que se mudó a México no por un gran trabajo, sino simplemente por interés, aprecio y el deseo de aprender el lengua e historia. Pero nunca seré aceptado como local y siempre seré un turista rico en México. Gracias a la cultura del “despertar” y una narrativa de opresión nacionalista incrustada en la comprensión popular de la historia … esto se acelera a “colonizador” en aproximadamente 2 segundos.

    Lo que más me preocupa es la falta de cualquier ‘mecanismo’ en la sociedad mexicana para desafiar estos estereotipos grabados en piedra de cualquiera que no sea un mexicano normal (meztizo).

  10. “La cara pérfida del racismo mexicano”…
    Ese pudo haber sido un mejor título para este texto
    ¡Falso! La causa del instituto…
    El programa de “autocorrección” de la computadora te hizo una de sus típicas jugarretas
    Creo que los lectores de esta revista no saben leer bien…
    …pero los extranjeros menos
    ó Racismo
    Recuerdo aquella vez que un policía “me picó las costillas” cuando trataba de echar una pestaña en la central de autobuses del norte en el exDF y la observación que me hizo Amado:
    “Es que pareces gringo, amigazo… o por lo menos extranjero…”
    No, este artículo no evidencia que el mestizaje “no es más que un mito”, el mestizaje no es un mito. El mestizaje es un hecho real. En todo caso, el mito es que México no es un país racista. Y eso también es muy inexacto. La realidad es que nuestro país ha experimentado un amplio mestizaje (al igual que otros países) y con la globalización ese mestizaje ha derivado en un “mestizaje” cultural imparable.
    Al margen de que éste sea un “pésimo texto” (según comentario de Chimalhuacán), es un texto que evidentemente entró a edición sin pasar por una lectura atenta (los correctores ortotipográficos humanos nos hemos quedado “obsoletos”). Esto podría ser comprensible porque la autora es traductora, pero ahí donde dice: “¡Falso! La causa del instituto…” debe decir otra cosa, en vez de “instituto”. Tardé días en suponer que quizá fue “instinto” lo que quiso escribir… Aquí lo evidente es que el programa de “autocorrección” de la computadora hizo una de sus típicas jugarretas a la autora…
    Creo que un mejor título para este texto pudo haber sido “La cara pérfida del racismo mexicano”… en donde se recalca la injusticia étnica más que un concepto estético sumamente movedizo.
    Desde el pasado domingo 11 que apareció este artículo me he quedado con la inquietud de enviar un comentario. Quise hacerlo en cuanto terminé de leer el texto, pero había tantas cosas comentables que no supe por dónde empezar. Al pasar los días hice una relectura y encontré muchos comentarios, algunos atinados, otros lamentables, como siempre. Cada vez estoy más convencido de que la gente ya se acostumbró a leer a la carrera y a medio entender todo. La “errata digital” parece evidenciarlo (para usar una palabrita muy usada por aquí), al igual que otras muchas fallas gramaticales también comprensibles porque la autora aprendió nuestro idioma en España, evidentemente, dados los giros idiomáticos que abundan en su texto. Sin embargo, la intención aparente del artículo es encomiable, al igual que su propósito unificador en contra del evidente racismo que nos sigue separando cono nación y como humanidad.

  11. Algo más. Mi pérfida computadora me la jugó ahorita mismo, al momento en que copié mi comentario agarró los borradores que escribí previamente. Una disculpa. Un viejo dicho mexicano dice “No hay quien escupa párriba que en la cara no le caiga”…

  12. Vaya levantó ampula. Es algo muy raro en Nexos. Somos racistas, tal vez por eso. “Ó” alguien escribió.

  13. Es inherente en el ser humano y eso no puede ser cambiado simplemente por ser genetico esta en nuestro ADN desde hace 500 años somos mestizos independiente del dinero o estatus que poseas color de la piel o de tus ojos o tu estatura o el grado de tu inteligencia. Somos unos monos, mamiferos tan iguales que otros seres que tienen dos ojos una naris, una boca, dos orejas que todos respiramos el mismo aire y moriremos por igual porque tenemos que reproducirnos para mantener la especie. El resto es un juego del mercado, las fabricas no pueden parar tienen que vender y los gobiernos controlan la manada a las cuales somos adictos para votar por los mismos canallas que siempre nos conocen somos dociles en la precariedad. Te recomiendo una maxima de Lenon: es facil vivir con los ojos cerrados o mejor mirando tu celular.

  14. Felicitaciones! Excelente artículo!! Siempre ha sido así en nuestro México!!

    1. Leí atentamente el artículo y los comentarios, creo que son sino todos, en su mayoría hechos por ciudadanos/as mexicanos, soy de Argentina, y, me gustaria opinar sin ofender a nadie, América ES RACISTA.Desde el arribo de los europeos a estas tierras siempre se esclavizo, subestimó y maltrató a los pueblos originarios. Y las clases pudientes en su gran mayoria desprecian a la clase obrera sin reconocer q es gracias a ellos q mantienen un estatus, gracias por permitirme opinar.

  15. ¡Falso! La causa del instituto que llevaba a mis conocidas a rechazar a José Manuel a primera vista no era lo común de sus rasgos, sino la asociación inmediata con una clase social menos privilegiada.

    ¿Instituto?

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