A la vista de Daniel Sada (reseña)

Daniel Sada, A la vista, Anagrama, México, 2011, 237 pp.

Daniel Sada mantiene su propósito de encontrar lectores con talento. El escritor mexicano, celebrado por tirios y troyanos, de Fuentes a Bolaño -este último no muy dado a los elogios-, presenta una novela con la que continúa invitando a la perseverancia y a la disciplina en la lectura.

Pocos escritores como Sada están tan convencidos de que el contrato moral entre autor y público debe contener, por sobre todas las cosas, exigencias al lector. Sada –lo ha comentado- busca lectores ideales. Lectores comprometidos a quienes exige capacidad de emoción inteligente y deseos de acercarse a los confines del lenguaje. El escritor de filigrana cambia el esquema lector-exigente por el de escritor-exigente. Entre ser un escritor de minorías o cambiar su estilo personalísimo, Sada se sostiene firme en su decisión.

En A la vista conocemos a Ponciano Palma, un trailero sesentón quien, meditando más la coartada que el móvil, asesina a su jefe explotador en contubernio con un compañero de trabajo. Arrepentido ipso facto de su crimen, decide abandonar mujer, casa y trabajo para inaugurar una etapa de “experimentación” que incluye el nomadismo, la falta de aseo personal y largas tardes como espectador de futbol llanero. Durante este ensayo vivencial, Ponciano es sucesivamente vagabundo, despachador de miscelánea y contador de historias. Tras días de seguirlo en su marcha errante, nos percatamos que el homicidio y la huida no fueron producto de una venganza sino síntomas de una profunda crisis existencial.

En Sada hay tradicionalmente una notoria superioridad del estilo sobre la trama. A la vista no es la excepción. Sin embargo, dicha superioridad se aligera y nos sitúa frente a una narración llena de anécdotas, de eventos tragicómicos que dan giro a la historia de manera sorpresiva (una compraventa ficticia se transforma en homicidio; un arrimado se convierte en verdugo sentimental de su huésped; una trabajadora de limpieza con cabeza de papaya torna en prometedora empresaria…), todo ello alrededor del periplo existencial del protagonista. Dentro de aquel “torbellino mental imparable”, Ponciano, en cuestión de días, finge su propia muerte, simula su resurrección, sueña su propia captura y añora una vida en la cárcel. Si en trabajos anteriores de Sada los personajes parecen presos de una trama mínima, en A la vista advertimos personajes más sueltos, algunos de los cuales, incluido el protagonista, van quedando rezagados respecto del avance de la historia.

Ponciano se da cuenta tarde que no eran necesarios el homicidio, la renuncia y la mugre para encontrar salida a su crisis. Lo cierto es que ni siquiera tiene claro qué provoca su ansiedad, se encuentra “a la deriva, sin hallar ni un ‘cómo’ ni un ‘qué’ concretos”. Jamás logra entender con exactitud las causas de su retraimiento ni el porqué de sus inquietudes y decisiones. Su naufragio es total.

A la vista es sadeana por antonomasia. Desde el inicio advertimos la cadencia de las frases, el purismo del lenguaje, la vastedad del vocabulario. La elección de la palabra precisa para designar lo que se quiere nombrar, elogiar o maldecir. Sada abandona parcialmente la métrica y la versificación, no obstante la riqueza del vocabulario continúa siendo uno de sus principales atributos (si bien, hay que decirlo, la novela es más ligera que la monumental Porque parece mentira la verdad nunca se sabe e inclusive más ágil que la ganadora del Premio Herralde, Casi Nunca). Conforme la historia avanza reconocemos más rasgos sadeanos: la desesperante sequedad del norte de México y la vida fuera de las grandes ciudades; la benevolencia para describir los prejuicios, la moralina y los convencionalismos sociales de provincia; la descripción mordaz de los chismes y diretes en la plaza del pueblo, los vecinos fisgones y el temor permanente al “qué dirán”.

Es difícil abstraerse de Porque parece mentira… cuando se reseña a Sada, sin embargo, no cometamos la falta de juzgar el resto de su obra a la luz cegadora de aquella novela colosal. La última novela de Sada merece ser leída porque es palabrería y picardía elegante que rompe el tedio del despoblado. Pero sobre todas las cosas, porque A la vista nos ofrece uno de los personajes más desarrollados a la fecha por Sada. Si en obras anteriores nos regaló recorridos por el desierto de la mano de Rulfo y Góngora, en A la vista somos nosotros quienes acompañamos al protagonista en su recorrido itinerante en busca de respuestas, en aquel proceso de “adivinar qué era lo que estaba más en el fondo de él para que volviera a ser normal”. La complejidad psicológica del protagonista lo hace atravesar fases de tedio, hartazgo y arrepentimiento. Estamos quizá frente al personaje menos previsible, menos puro y, por ende, más inexplicable de la obra de Sada.

El autor nos muestra que toda persona, con independencia de su instrucción o condición social, puede caer en conflictos e inquietudes existenciales. No hay que vivir entre libros, como el Bernardo Soares de Pessoa, o ser amante del ajedrez, como el Augusto Pérez de Unamuno, para que el desasosiego y la desazón se instalen en nuestra vida. Aunque no sepa cómo interpretar su angustia, el trailero errante sufre y busca inútilmente su razón de ser. En este sentido, Ponciano Palma es, simultáneamente, el personaje más incompleto y más acabado de Sada. Su destino no podría ser otro que un final trágico e inesperado.

 

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Publicado en: Ciudad de libros, Reseña

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