
En A flor de piel se narra, en apariencia, una historia que conocemos, la de una madre que tiene que vérselas sola para criar a su única hija, con todo en su contra: un empleo exigente, un salario pequeño, mucha soledad y una preocupación, su bebé no está bien. A la niña la diagnostican con una dermatitis severa pero lo que tiene es una piel indomable. Esto es lo que le da un giro a la novela; la vuelve la historia de una piel herida. Y que hiere.
Es entonces que el cuadro de una madre abnegada que no tiene medios económicos ni afectivos para que ella y su hija estén bien, representa, en realidad, un cuadro de piel exigente. Las protagonistas ceden. Una encuentra la salida rascándose hasta el dolor, la otra en tragos diarios de tequila y tratando de domar esas manos que rascan.
Contada desde arriba, esta novela se adentra en el cuerpo y el pensamiento de ambas protagonistas, no con una mirada narrativa sino con una mirada que irrita la piel de la lectora. Poco a poco comenzamos a entender lo que necesitan y lo que quieren –nunca lo mismo por cierto–; comenzamos, además, a observar cómo le van cediendo el control de su vida a la piel de la otra. Dos ejemplos:
“Cuando la niña no lloraba era porque se estaba rascando. Cuando la niña no lloraba era porque se estaba arrancando la piel. Cuando la niña no lloraba seguía sin estar callada porque se escuchaban sus uñas contra la piel, como serruchos. Era un sonido débil pero constante, que se perdía entre el ruido de los perros, los camiones y los pasos de los vecinos. Era un sonido que nunca paraba, que sólo se atenuaba cuando la madre se acercaba a él, como los cantos de los grillos. La fricción de las uñas contra la piel. Ese arado”.
Y también:
“Después de un mes ya no podía más. La niña vivía a flor de piel. Su tez pasó de un amarillo mortecino a rojo puro. Y a ella le urgía dormir. Necesitaba dormir sin soñar que encontraba el esqueleto de su hija, la piel desparramada en el suelo como tiras. Entonces la idea apareció en su cabeza. Al principio como una locura, y luego en clave práctica. Se decidió, sería hacerle un favor, sería bueno a largo plazo aunque ahora pareciera una película de horror. Nadie tendría por qué saberlo. Sólo sería un par de noches. En lo que lograba dormir. Además, tampoco la iba a amarrar muy fuerte. Usaría bufandas para que la tela no la raspara, unas cuerdas le harían más daño”.
Voy a ser franca. Esta es una novela terrible, pero ese es su gran logro. Nora Muñiz, dueña de sí y “sitiada en su epidermis”, como dice aquel poema, nos transporta con inteligencia a la incomodidad en carne viva. La niña se rasca y nosotros también, la niña exige y nosotros nos sometemos. ¿Por qué? Porque la autora borda el lenguaje con agudeza, clava imágenes vívidas con verbos únicos y certeros; y así la niña vulnerable del principio se erige como una pequeña tirana. La madre abnegada ve su labor como un lastre.
A flor de piel cala hondo, no es solo sobre una piel inasible sino y sobretodo, sobre la dificultad de gestionar afectos y cuidados, sobre una sociedad indiferente al dolor de las demás, sobre las micro y macro violencias que sujetan a las mujeres o, y esto es lo más doloroso, la que ellas mismas ejercen sobre sobre sí y la otra.
Esa es una razón más para leer A flor de piel.
Pero ojo, sobre advertencia no hay engaño, una vez que comiencen a leer no van a poder parar y no van dejar de rascarse, porque Nora Muñiz no tiene piedad, incendia la piel de todas y nos deja con el alma en un hilo.
Sylvia Aguilar Zéleny
Sylvia Aguilar Zéleny es autora de Basura (Tránsito, 2022) y El Libro de Aisha (Penguin Random House, 2022). Es profesora en el MFA de Escritura Creativa de la Universidad de Texas en El Paso.