A 50 años de Chespirito, una plétora de objeciones

Este 15 de octubre se cumplen cincuenta años de la primera transmisión de Chespirito, el inicio de una serie de shows que aún son un fenómeno masivo en toda Latinoamérica. Pero, ¿qué nos dicen sus detractores? Ante cualquier espíritu crítico Chespirito tiene todas las de perder.

Estimado lector televidente que desprecias la magia chabacana de la comedia popular:

Te escribo esta carta para recordarte la nunca bien ponderada genialidad de nuestro Chaplin colorado, ese Shakespeare tropical en miniatura, mejor conocido como Chespirito o, por su nombre real, Roberto Gómez Bolaños.

Ilustración: Oldemar González

Seguramente tienes un sinnúmero de razones para desdeñar a este personajillo chaparro y ocurrente. Pensarás, con cierta vergüenza patria, que es más conocido en Latinoamérica que cualquier político ilustre de nuestro país o que la mismísima Frida Kahlo. Y tienes razón. Su sepelio en 2014, por ejemplo, tuvo una cobertura tan amplia como la de Juan Pablo II; en Perú el Congreso hizo un minuto de silencio en cuanto se supo la amarga noticia; ese día en Brasil —donde muchos juran y rejuran que Chespirito es autóctono amazónico— interrumpieron a modo de homenaje la alocución presidencial para mostrarlo junto a otros bandidos más agraciados: el Chómpiras y el Peterete.

Seguramente, lector filisteo, dirás también que su humor es ramplón, que no te representa como mexican/e/x/a/o, que estás harto de oír la tonadita boba de El Chavo del Ocho (pinche Beethoven), que siempre viene a colación cuando inflas pecho y alzas la voz para presumir tu nacionalidad en un coctel lleno de latinoamericanos en Miami o Estrasburgo. Afirmarás, aparte, que ningún programa de televisión debería exhibir a-c-r-í-t-i-c-a-m-e-n-t-e la miseria social, ni mucho menos a un grupo de niños recibiendo madrizas por parte de los adultos.

También recordarás esas veces en que Bolaños le hizo proselitismo al PRI de Televisa —pecado venial que sólo le toleramos a nuestro amado Juanga—, luego al PAN de Vicente Fox y sobre todo aquella tarde en que se declaró contra el aborto en una propaganda que seguramente le fascinó a tus tías y a tus (¿ex?) suegros. ¡No hay nada progresista en esos programas de la caja idiota! “Al patíbulo”, sentenciarás. Y a flor de labios se quedará a medio hacer esa palabreja mañanera que ya no significa nada: “¡Qué show tan conserv…!” Dirás, en suma, que se trataba de un cuarentón jorobado vestido de niño de ocho años —es decir, un adulto disfrazado de idiota. Y por si fuera poco le iba al América. Jaque mate.

Por donde lo veas Chespirito tiene todas las de perder. Se le acusa de contar la historia de un niño sin casa cuyo único sueño es tener de comer todos los días. Se le critica por retratar a dos rateros tontos y perezosos que aprendieron el oficio cuando sus padres los llevaron a asaltar una juguetería. Se le reprocha incluso de haber creado un superhéroe miedoso y soso —vaya si sé rimar— sin la orfandad dramática de Batman y ridículo porque se disfraza de insecto y se come unas pastillas que lo vuelven enanito y le permiten explorar universos microscópicos —cualquier parecido con el abuso de LSD entre la juventud ochentera es mera coincidencia. Se le recrimina, por otro lado, su lamentable abuso de la ché para bautizar a sus incontables mamarrachos en un dialecto centralista que, cual canción de Café Tacvba, deshonra la lengua de Cervantes.

Según la leyenda “el programa número uno de la audiencia hispanoamericana” nació una tarde en los estudios de Televisa, cuando Gómez Bolaños improvisó —cosa que se nota, alegarán muchos— frente al tigre Azcárraga algunos sketches. En aquel círculo del infierno, delante del mismísimo Satanás, se forjó el diálogo entre Chaparrón Buenaparte y Lucas Tañeda, dos locos revueltos en un coctel de frases repetitivas y chistes que ya deben pasar de moda.

Más que Shakespeare, a Chespirito lo asociamos con el Dr. Frankenstein por ser un prolífico fabricante de adefesios. Su humor es demasiado insulso e inocente para nuestro avezado ojo analítico porque exagera el gag, el musical empalagoso y el chiste de pastelazo —crímenes que sólo perdonamos en Tiktok, y en pantallita de celular, eso sí. Y lo que es peor: Chespirito osó hacer comedia sin alburear. Para colmo, es solaz de briboncitos como el actual presidente brasileño.

Fuchi, guácala, dijo el clásico. ¿Quieren más? La madre de Gómez Bolaños era prima del villano de villanos: Gustavo Díaz Ordaz.

Ante semejante plétora de objeciones sólo puedo responder, cultivado lector, como lo haría él: bueno-pero-no-te-enojes. O más bien: es-que-no-le-tienes-paciencia. Ya sé que no es fácil, sobre todo cuando renombrados críticos de cine como Álvaro Cueva —nunca contamos con la astucia de este sabio de luengas barbas—acuden en su ayuda con réplicas vehementes y moralizantes.

Todos sabemos, además, que hace falta ser menso para mirar al mercado de Sudamérica —lo que hicieron los productores de Chespirito— como no sea para sentirse superior o presumir que llevamos su colorido folclor en las venas abiertas. Pero, ¿te has preguntado acaso por qué la mayoría de los sudamericanos asienten flexionando el dedo índice ante cualquier pregunta culposa? “Eso, eso”. Hay que admitir esa realidad: al igual que el viejo cine de oro y luego las telenovelas, Chespirito ha sido uno de nuestros grandes productos de exportación en lengua española, bastante más que Sor Juana o Rulfo. Así es la tele. Es lo que hay, decía mi abuela.

Por mi parte, espero que la devoción de masas no te provoque la chiripiorca, la garrotera o te despierte una refinada fobia como la del chef Olvera cuando un comensal mexicano le pide limón para el sushi. Pero ya no hay de qué quejarse: el 26 de julio El Chavo del Ocho dejó de difundirse en toda Latinoamérica, donde los programas de Chespirito llegaron a más de veinte países; según Forbes, para 2012 El Chavo promediaba 91 millones de tele-espectadores al día en toda América; desde que dejó de transmitirse en 1992 (y hasta 2012) Televisa había recaudado 1,700 millones de dólares por derechos de transmisión. Ese negocio parece no ser ya tan pujante. Este 15 de octubre el show de Chespirito cumple nada menos que 50 años de haberse estrenado. Ahí empezó todo, pero ya, ahora sí ya, salió del aire. Para consuelo del porvenir recordemos que a Gómez Bolaños le erigieron un brillante monumento en pleno centro de Cancún. Ni siquiera el propio Monsiváis habría podido idear semejante símbolo para su estética de la naquiza.

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No quiero acabar esta nota sin un dejo de esperanza para quienes tengan nostalgia de comedia popular: para 2021 se espera una serie sobre la vida de Roberto Gómez Bolaños, en cuya producción está involucrado su hijo. ¿Aparecerá el tío dientón expresidente? ¿Se revelarán las claves de la genialidad del comediante? ¿Le pedirán su testimonio a risueños fans como Bolsonaro? Por lo pronto, la poductora Tania Benítez declaró —según El Universal—: “Que esté él [el hijo de Roberto Gómez Bolaños] nos da mucha confianza, él ve que esto esté equilibrado, tenga sus cosas de comedia y eso”. No deja de fascinarme el velo de misterio que hay en el remate de la frase.

 

Roberto Galván
Lector a deshoras y cinéfilo de closet.

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Publicado en: Carta de recomendación, Cine