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La muerte de Harper Lee, nacida hace casi noventa años, el 28 de abril de 1926, ha producido un revuelo en los Estados Unidos comparable al de una estrella de rock. Los periódicos y los medios electrónicos de todo el mundo reiteran la noticia desde hace dos día y abundan en pormenores. Las evocaciones y los homenajes que el fallecimiento de la novelista ha suscitado, incluido el del presidente de los Estados Unidos, Barack Obama (quien escribió en su cuenta de Facebook: “La señora Lee transformó para bien a los Estados Unidos. Y no podemos rendirle mejor homenaje que seguir contando su intemporal relato norteamericano a nuestros estudiantes, a nuestros vecinos, a nuestros hijos, e intentar reconocernos siempre en nuestro prójimo”), muestran, más allá del aprecio por la escritora, cuán importante sigue siendo el problema del racismo para la sociedad norteamericana.

Como todos nuestros lectores recordarán, To Kill a Mocking Bird (publicada en nuestro idioma bajo el título de Matar a un ruiseñor) es una historia situada al comienzo de los años ’30 que describe, a través de los ojos de Scout, una niña de nueve años, la desconfianza y el odio con que una comunidad trata a la familia del abogado Atticus Finch, padre de Scout, cuando éste decide defender a Tom Robinson, un negro acusado de violar a Mayella Ewell, una mujer blanca.

La enorme cantidad de ciudadanos negros que se encuentran en prisión en los Estados Unidos, y los escandalosos casos de negros asesinados por policías blancos que recurrentemente aparecen en los periódicos hacen que la novela de la señora Lee mantenga su vigencia como defensa de los derechos humanos, aunque su extraordinario éxito no se explica por ese solo hecho —si así fuera, muchos otros libros también se venderían astronómicamente (To Kill a Mocking Bird ha vendido 30 millones de ejemplares tan sólo en los Estados Unidos). Gran parte del atractivo de la novela es que sea narrada desde una mirada infantil que a la vuelta de unas cuantas páginas se vuelve entrañable para el lector, como sucede con Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain, o El guardián en el centeno, de J. D. Salinger, novelas que suelen recordarse cuando se habla de la obra de Harper Lee.

Y quizás el éxito de To Kill a Mocking Bird también tenga algo que ver con la leyenda que se tejió alrededor de la persona de su autora que, apabullada por la inesperada fama, optó por recluirse y no volver a publicar, tal como hizo Salinger —y, entre nosotros, Juan Rulfo.

Durante más de cincuenta años esa determinación parecía inalterable. Harper Lee recordaba al zorro sabio de la fábula de Monterroso. De hecho, sin haber leído al gran Tito, sintetizó esa divertida fábula cuando el 20 de agosto de 2007 asistió a una ceremonia en la que la Academia de Honor de Alabama daba la bienvenida a cuatro nuevos miembros. Se le solicitó que dijera unas palabras al público y Harper Lee prefirió no hacerlo. Luego explicó: "Bueno, es mejor callar que ser un tonto."

Extrañamente, su voto de silencio se quebró en julio del 2015, con la aparición de Go Set a Watchman —frase del libro bíblico de Isaías, traducida a nuestro idioma como “Ve y pon un centinela”—, un libro que desató una polémica que aún no se ha resuelto.

Para comenzar, se sospechó que el nuevo libro había sido publicado contra la voluntad de la señora Lee, de 89 años cumplidos, mediante un abuso de confianza. En una declaración posterior ella señaló que después de pensarlo y dudarlo mucho había mostrado el libro a una serie de amigos en cuya opinión merecía publicarse.

Y aunque en el nuevo libro se describe la vida de una parte de los mismos personajes de To Kill a Mockingbird veinte años después, también se ha discutido mucho si Go Set a Watchman es tan sólo un borrador de esa primera novela o si es en verdad una obra nueva, pues en una y otra hay párrafos idénticos al describir el pueblo de Maycomb. Imposible saber a qué parte le asiste la razón mientras no la leamos.

En cualquier caso, la nueva novela sorprendió desagradablemente a muchos de los lectores de Harper Lee, pues Atticus Finch, el impecable héroe moral de los años 30, ahora expresa opiniones y asiste a encuentros de asociaciones en favor de la segregación racial.

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Harper Lee nunca buscó la fama.

En 1964, en una de las últimas entrevistas que concedió antes de esquivar la atención de la prensa, dijo a su anfitrión en un programa radial:

No imaginaba tener éxito con el Ruiseñor, lo que esperaba era una muerte rápida y clemente a manos de los reseñistas, aunque, al mismo tiempo, de algún modo deseaba que a alguien le gustara lo suficiente como para darme ánimo. En vez de ello, tuve un éxito más bien excesivo, lo que en cierto sentido es casi tan aterrador como la rápida y misericordiosa muerte que había previsto.

En el curso del primer año se habían vendido 500 mil ejemplares y se habían vendido los derechos de traducción en diez idiomas. Y en noviembre de 1961 un telegrama le informó que su libro había merecido el Premio Pulitzer como la mejor novela de 1960. Dos críticos célebres en aquella época, John Barkham e Irita Van Doren, la eligieron por encima de libros como Rabbit, run, de John Updike y Set This House on Fire, de William Styron.

Demasiado para una muchacha de 34 años de edad que no soñaba siquiera con la mitad de tamaña fortuna.

Pero ciertamente Harper Lee no había empezado a escribir un año antes.

Nelle, como la llamaron sus familiares y amigos toda la vida (sus padres la bautizaron con ese nombre, inversión de Ellen, nombre de su abuela materna) había empezado a escribir a los siete años de edad, y fue siempre una buena lectora.

Quiso estudiar derecho, para complacer a su padre, el abogado A. C. Lee, del que brota Atticus, pero en 1949 decidió mudarse a Nueva York y dedicarse a escribir. Obtuvo un empleo estable en la British Overseas Airways Corporation (BOAC) y consiguió un departamento en el lado Este de Manhattan. Escribía todas las noches en una pequeña máquina que colocaba en la orilla de su improvisado escritorio: una puerta que había encontrado en su edificio. En la navidad de 1956, Michael Brown, escritor de canciones, esposo de su amiga Joy, le regaló un cheque equivalente a un año de su sueldo en la BOAC para que se dedicara a escribir.

En el curso del siguiente año escribió cuentos que nunca se publicaron y el primer borrador de su novela, que llevó a la casa editorial Lippincott. Le pidieron que la reescribiera y le dieron un pequeño anticipo. Además, le asignaron a un editor: Tay Hohoff, bajo cuya atenta supervisión la concluyó a mediados de 1959.

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A menos que uno haya leído alguna de las tres biografías de Harper Lee —o haya visto la multipremiada película Capote, en la que el desaparecido Philip Seymour Hoffman encarna a Truman Capote, probablemente ignorará que Nelle y Truman fueron amigos desde que tenían seis y ocho años, respectivamente. Ella, que durante la niñez encarnaba la idea de marimacho, defendía a Capote de los niños que le pegaban, y su afición por la lectura los unió durante gran parte de su vida. Además de ayudarse mutuamente en sus empeños literarios, cada uno de ellos se basó en el otro para crear un personaje cuando escribieron sus primeras novelas. Truman Capote es Dill, en To Kill a Mockingbird,y Nelle es Isabel Tompkins en Otras voces, otros ámbitos.

Justo en 1959, cuando Capote comenzó a investigar para escribir el artículo que al cabo habría de convertirse en A sangre fría, Harper Lee se convirtió en su asistente de investigación y le ayudó mucho más de lo que el propio Capote reconocería después.  Luego, tras el éxito de To Kill a Mockingbird, su amistad se enfrió.

La actriz Catherine Keener hizo una caracterización muy convincente en el papel de Harper Lee en Capote. No se sabe si la escritora llegó a ver la cinta.

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To Kill a Mockingbird fue publicada en español en 1973 por Bruguera bajo el título, como ya se dijo, de Matar a un ruiseñor, en traducción de Baldomero Porta Gou, quien tradujo numerosos libros del inglés al español para ese sello editorial.

Aunque Porta era un poeta catalán de cierto renombre sus traducciones al español resultaban muy poco pasables para un lector mexicano. La fluidez y ligereza de la prosa de Harper Lee y la vivacidad de sus diálogos se desdibujan en la pluma de Porta. Probablemente por eso el libro nunca tuvo una circulación muy buena en México, mientras que la película tuvo un éxito enorme y duró muchas semanas en cartelera.

Hoy existe una nueva traducción hecha por Marián Belmonte para la rama en español de la editorial HarperCollins. Según sus declaraciones a la prensa, su versión conlleva una serie de adecuaciones para España y otra para Hispanoamérica. Debió haber aprovechado para hacer también una ligera variante en el título de la versión que circulará en esta orilla del Atlántico, pues mockingbird es sinsonte, no ruiseñor (nightingale), aunque ambas especies tengan parentesco. Claro: no existen sinsontes en Europa, de allí que el ruiseñor haya prevalecido en la versión española.

Veremos si esta vez, sinsonte o ruiseñor, su canto cubre un campo más amplio.