Herencia maldita

They fuck you up, your mum and dad.
They may not mean to, but they do.
They fill you with the faults they had
And add some extra, just for you.
Philip Larkin, “This Be The Verse”.

Tras haber sido interrogada por el agente Nye respecto al paradero de su hermano, Bárbara Johnson queda envuelta en el más profundo desaliento. “Si lo encuentran, no le den mi domicilio”, suplica a Nye. “Le tengo miedo”. Ese miedo, se pregunta Truman Capote, “¿era solamente a Perry? ¿O tenía además miedo de un destino del que ella también formaba parte? ¿De un terrible destino que parecía aguardar a los cuatro hijos de Florence Buckskin y Tex John Smith?”. Florence, la madre, murió de un coma alcohólico, tras haber perdido cualquier rastro de dignidad. El hijo mayor, Jimmy, se suicidó después de encontrar a su amada esposa con un disparo entre los ojos, orillada por el acoso constante de su marido y sus celos enfermizos. Fern, también alcohólica, se arrojó del piso quince de un hotel, dejando como legado unos zapatos, un monedero y una botella de whisky, todos vacíos. Y Perry, el menor, se entregó al crimen y la violencia desde los ocho años. Ahora la policía lo buscaba por haber cometido uno de los asesinatos más impactantes y conocidos en la historia de los Estados Unidos: el de la familia Clutter.

asesinato

Esta historia se recoge en A sangre fría, novela testimonial que hace cincuenta años impulsó fuertemente un genero literario hoy en boga: la narrativa de no ficción. Nutrida de una copiosa investigación llevada a cabo durante siete años y compuesta por testimonios, declaraciones judiciales, archivos, entrevistas, observación directa, y complementada por la brillante mente de su autor, capaz de ensamblar toda la información obtenida en una narración redonda, llena de tensión, ritmo y profundidad, este libro tiene el poder de adentrarnos en los entresijos del alma humana. Trata de que entendamos las razones que llevaron, en el ocaso de los años cincuenta, a un par de jóvenes estadounidenses a asesinar brutalmente a una familia —madre, padre, hijo e hija— a la que desconocían por completo, en su propia casa, en Holcomb, un pequeño pueblo de Kansas City. El motivo aparente, un robo; el motivo real, una venganza.

“Quizá los Clutter tuvieron que pagar por todos”, declara Perry Smith. Por todos aquellos que le hicieron daño. Empezando por su madre que, entregada al alcohol y la prostitución, deja a sus hijos al amparo de sí mismos desde muy temprana edad. Continuando por su padre que, errabundo y obsesionado con encontrar oro, tras la muerte de su ex esposa deposita a su hijo en un orfanato en el que, como castigo por orinar la cama, es constantemente sumergido hasta casi ahogarse en una tina de agua helada, además de ser expuesto al escarnio público. Un padre, además de ausente, tiránico y golpeador, capaz de apuntar a su hijo con un fusil y tirar del gatillo… por una galleta; riña que habría de desembocar nuevamente en la senda de la delincuencia y el crimen. Si a eso le sumamos una estatura baja, tez morena, producto del origen indio de su madre, una leve cojera derivada de un grave accidente en moto, y el hecho de no haber tenido la posibilidad de ir a la escuela, todo ello en el contexto de una familia pobre durante la Gran Depresión, pueden entenderse un poco los sentimientos de odio, frustración y resentimiento que condujeron a Smith –con la complicidad de Dick Hickock– a ejecutar su venganza sobre una familia aparentemente ejemplar. Y que llevan al psiquiatra que testifica en el juicio de ambos a diagnosticarlo con “esquizofrenia paranoica”.

“En los rasgos de su personalidad —habría dicho el doctor Jones si le hubieran permitido explayarse en el juzgado—, destacan dos claramente patológicos. El primero es su ‘paranoica’ orientación hacia el mundo externo: es receloso y desconfiado, tiende a creer que los demás lo discriminan, que no son justos con él y que no lo comprenden. Hipersensible a las críticas, no puede soportar que se burlen de él […] Relacionado con este rasgo, aparece otro, una rabia siempre presente, pero dominada, que se dispara fácilmente ante la menor sensación de ser engañado, despreciado o considerado inferior […] Tanto él como las personas que frecuenta conocen esos ataques de ira que, según dice, ‘le suben por dentro’, y el poco dominio que tiene sobre ellos. Esa rabia, cuando se vuelve contra sí mismo, le provoca ideas de suicidio”.

El asesinato de los Clutter tiene, pues, una explicación psicológica: su origen descansa en sucesos de extrema violencia, real o imaginada, ejercida por los progenitores durante la infancia, que exponen al niño a estímulos abrumadores antes de que sea capaz de dominarlos y que tienen como consecuencia defectos prematuros en la formación del yo, y serios trastornos en el dominio de los impulsos. Al menos esta fue la conclusión de los doctores Satten, Menninger, Rosen y Mayman en su artículo publicado en The American Journal of Psychiatry, en julio de 1960, en el que además del caso de Perry Smith, estudian otros cuatro casos de “asesinato sin motivo aparente”. En otras palabras, sus padres lo jodieron, igual que jodieron al resto de sus hermanos.

El temor de Bárbara ante esa herencia maldita es, por tanto, totalmente justificado. No obstante, ella misma es el ejemplo de que uno no está condenado a repetir el mismo camino. “Honestamente —le dice a Perry en una carta de 1958, un año antes del asesinato— creo que ninguno de nosotros puede echarle la culpa a nadie de lo que hayamos hecho con nuestras vidas particulares […] Sea como fuere, recuerda que tú y solamente tú eres el responsable […] No es ninguna vergüenza tener la cara sucia. La vergüenza es no lavársela nunca”. Y es justamente esta visión la que la aleja del fatídico destino familiar y la lleva a tener una vida distinta.

Sí, los padres nos joden, voluntaria o involuntariamente, al igual que los abuelos los jodieron a ellos. Nos heredan sus miedos y defectos, hacen que nuestras pesadillas se conviertan en realidad, como escribe Roger Waters en “Mother”. Aún así, también nos dan muchas cosas buenas, entre ellas la vida, una vida que, por más difícil que se nos presente, merece ser bien vivida. Y si bien es cierto que el entorno y las condiciones en las que crecemos son determinantes para nuestra forma de ser y vivir, que hay una historia que de muchos modos nos condiciona y de la que, por más que queramos, no podemos escapar excepto con el suicidio, también lo es que uno decide si quiere seguir instalado en el drama y culpando al mundo por la tragedia que le ha tocado vivir, o si prefiere intentar transformar esa tragedia y el dolor que conlleva en otra cosa. “Mirar la tragedia para transformarla, para estar aquí. No sólo estar aquí, estar aquí bien”, dice Brenda Lozano en su Cuaderno ideal.

Recientemente estuve en la ciudad de Zacatecas. Mientras paseaba por algunas de las iglesias que hay allí y observaba la conocida imagen del Cristo crucificado, con la corona de espinas, el rostro, el abdomen, las manos y los pies ensangrentados, pensaba que –al igual que en otros aspectos– nuestras sociedades siguen abrevando de esa moral cristiana que eleva el sufrimiento como símbolo de lo humano, como si de verdad viniéramos al mundo solamente a pasarla mal. Desde mi perspectiva, la vida no se trata de eso. Desde la de Philip Larkin, aún con el pesimismo que despiden algunos de su poemas, tampoco. “¿Para que son los días?”, se pregunta en “Days”. “Los días son donde vivimos / Llegan, nos despiertan / una y otra vez. / Son para que seamos felices en ellos, / ¿Dónde podríamos vivir sino en los días?”.

Si tenemos sucia la cara, lavémosla lo mejor que podamos, en lugar de seguirla ensuciando con el engrandecimiento de las tragedias que conforman nuestras vidas. No es posible hacer nada para cambiar lo que ya ocurrió, y tampoco sirve vivir enojados, culpando al mundo entero por nuestras desgracias. Si es que se quiere, una buena forma de conjurar esa herencia maldita a la que tanto teme Bárbara consiste en tomar caminos distintos a aquellos cuyo desenlace nos resulta familiar; aprender de nuestra propia historia para no repetirla. Bárbara, recordemos, se apellida Johnson y no Smith. Aun así, ella sabe que lo Smith la habita y que no la dejará nunca.

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Publicado en: Ensayo literario