Este es el testimonio que el periodista estadounidense Jon Lee Anderson publica en su nuevo libro, Crónicas de un país que ya no existe. Libia, de Gadafi al colapso (UANL-Sexto Piso), sobre la hermandad que jóvenes libios conformaron durante las violentas semanas de principios de 2011.

Lunes 10 de agosto de 2015
A modo de prólogo
Cuando llegué a Bengasi, a fines de febrero de 2011, reinaba un clima de eufórica locura. Pocos días antes, un levantamiento ciudadano había librado a la ciudad de las fuerzas de Gadafi y convertido los juzgados de la ciudad, un par de castigados edificios que se alzaban sobre la avenida costanera, en el centro de su “Revolución”. Unos jóvenes andaban en camionetas rugientes disparando armas y agitando banderas; la gente hacía sonar sus bocinas con júbilo. Las multitudes se reunían y estallaban en canciones y rezos frente a los juzgados y, cada tanto, alguna personalidad aparecía para dar un discurso o una conferencia de prensa. Unos grafitis con la bandera libia anterior a Gadafi y unas caricaturas del detestado Hermano Líder comenzaban a cubrir sus muros. Pronto se esparcieron por toda la ciudad.
Fuera de Libia, manifestaciones sin precedentes atravesaban el mundo árabe como parte de un dramático fenómeno que fue comparado con el colapso del comunismo en Europa del Este, ocurrido una generación atrás. Fue bautizado como la Primavera Árabe y, durante unas pocas semanas vertiginosas, pareció imparable. En los países vecinos, Hosni Mubarak, de Egipto, había caído al cabo de apenas tres semanas de protestas; el dictador tunecino Ben Ali había huido al exilio. Las protestas se propagaban a Baréin, a Yemen, y hasta había manifestaciones contra las adormiladas monarquías de Jordania y Omán. Siria todavía no había estallado, pero lo haría pronto. En esas primeras semanas de confusión y caos, parecía como si se hubiera llegado a un nuevo umbral de la Historia, en el que todo lo que no había ocurrido en Oriente Medio con las infelices intervenciones occidentales de la década previa —liberación de la tiranía, el surgir de la democracia– se produjera ahora gracias a Twitter y Facebook y a unos cuantos veinteañeros cantando eslóganes por las calles.
Frente a los juzgados de Bengasi, jóvenes entusiastas se acercaban a ofrecer sus servicios como guías, traductores y chóferes. No buscaban dinero sino cumplir con lo que definían como su “deber revolucionario”. Pronto me encontré formando equipo con Suleyman Ali Zwey y Osama Al tory, jóvenes bengasíes a quienes doblaba en edad pero que pronto se convirtieron en buenos amigos y que seguirían siendo mis fieles compañeros a lo largo de toda mi estadía en Libia. Cuando preguntaba a Suleyman, Osama y sus amigos qué los había motivado a rebelarse, explicaban que estaban hartos de la falta de oportunidades en Libia y expresaban su indignación ante la corrupción y la doble moral del régimen de Gadafi. Como muchos otros jóvenes del mundo árabe, habían tomado conciencia de estas cuestiones, en gran medida, gracias a su reciente acceso a la televisión satelital e Internet.
Oficialmente, por ejemplo, Libia era un país “seco”, pero habían visto vídeos de YouTube en los que varios de los hijos de Gadafi bebían champán en estas de la Riviera Francesa con famosas actrices y cantantes de la farándula internacional. Eran conscientes de que cada uno de los hijos de Gadafi había recibido como obsequio un sector de la economía libia y que su padre también pensaba legarles el poder político. Mencionaban la matanza de más de mil prisioneros que había tenido lugar en la prisión de Abu Salim, en Trípoli, unos años antes, y muchas, muchas otras injusticias de las que se habían enterado. Sus padres eran parte de una generación de libios que se habían sentido aplastados por el régimen y, en ultima instancia, optaron por una coexistencia pasiva con él; ellos no querían vivir así.
Así como los jóvenes árabes habían sido incitados a la acción política por las desigualdades de sus sociedades expuestas por la televisión satelital, Internet y las redes sociales, de igual modo lo había sido una nueva generación de jóvenes periodistas occidentales. Tan pronto como se aquietó la excitación de la plaza Tahrir en El Cairo, varias decenas de jóvenes estadounidenses y europeos viajaron a Bengasi, ansiosos por presenciar y reportear los acontecimientos. Unos pocos eran documentalistas y fotógrafos en ciernes, pero la mayoría de ellos no eran periodistas en absoluto: se hallaban en la región por pura coincidencia, o estudiando árabe, o viajando por el mundo tras terminar la universidad. Algunos contaban con poco más que un iPhone y una página de Facebook. Fuera cual fuese su experiencia, o su falta de ella, se unieron a un puñado de reporteros más veteranos, como yo, y pronto crearon una intrépida banda de hermanos y hermanas. Compartían sus magros recursos y sus cuartos de hotel baratos, y hacían autoestop para ir de un lugar a otro. Muchos de ellos se sentían profundamente identificados con los jóvenes revolucionarios y se convirtieron en sus amigos; las informaciones que enviaban a un indistinto revoltijo de websites y periódicos –cualquiera que aceptara su material– eran a menudo de una eufórica parcialidad.
Había muchos indicios de que cuestiones sociales y políticas sin resolver yacían bajo la superficie en Libia. En la muchedumbre que se hallaba frente a los juzgados de Bengasi eran tan numerosos los jóvenes barbudos, fervientemente devotos, como los que calzaban pantalones vaqueros ajustados y camisetas deportivas. Entre los grafitis había burdas caricaturas de Gadafi con la estrella de David. Cuando pregunté el significado de esos símbolos, los jóvenes de Bengasi me explicaron que todo el mundo creía que Gadafi era judío. Ello, al parecer, era fuente de sospechas y odio, y un recordatorio del hecho de que, durante los más de cuarenta y dos años que había durado el gobierno de Gadafi, esta nación del norte de África había permanecido verdaderamente aislada del resto del mundo: era un lugar donde no había habido un intercambio de ideas abierto u honesto, y mucho menos un debate, durante mucho, mucho tiempo. Mientras contemplaba el desfile de libios agitando sus banderas y gritando los eslóganes de la revolución, me preguntaba qué ideas subyacían en lo profundo de sus corazones.
No pasó mucho tiempo antes de que el clima festivo de Bengasi comenzara a cambiar. Pocos días después de mi llegada, las fuerzas de Gadafi lanzaron su primer contraataque, en el que alguna gente murió. Después vino el conflicto en sí mismo, con los altos y bajos de la batalla, en el que los jóvenes revolucionarios aprendieron a ser guerreros, a matar y también a morir. Las divisiones sociales que había observado en las multitudes frente a los juzgados se hicieron más claras y, en algunos casos, se tornaron venenosamente violentas.
Para cuando cayó Trípoli, en agosto de 2011, la revolución libia se había convertido en una capa multicolor que desafiaba cualquier intento de definición simplista. Entre las caravanas de jóvenes armados y las hordas de gente celebrando en las calles la caída del dictador, era difícil saber quién era un auténtico revolucionario y quién no. Muy pronto, tras la formación de una miríada de diferentes milicias, cada una reivindicando diferentes lealtades —algunas geográficas, algunas tribales, algunas ideológicas—, ya no importó.
En todo Oriente Medio la Primavera Árabe se había vuelto súbitamente violenta y, en un país tras otro, la mayoría de los jóvenes que la habían protagonizado terminaban encerrados, exiliados o muertos.
Tras el derrocamiento de Gadafi, muchos jóvenes libios se marcharon a combatir en Siria. Allí, el campo de batalla fue tomado muy pronto por una nueva estirpe de extremistas islámicos que buscaban instalar un califato medieval regido por la Sharia, la ley religiosa islámica. Luego, cientos de ellos regresaron a Libia trayendo esos violentos sueños consigo. Buena parte de los periodistas que habían estado en Libia se sentían obligados a seguir informando sobre la dramática ola de cambios en el mundo árabe. Muchos viajaron a cubrir lo que ocurría en Siria. Tanto allí como en Libia, algunos —demasiados— fueron heridos, quedaron traumatizados tras el calvario de unos largos secuestros, o resultaron muertos porque se hallaban en el sitio equivocado en el momento equivocado. Algunos fueron asesinados cruelmente.
En los últimos cuatro años he perdido a algunos amigos muy queridos y también he llevado luto por personas a quienes apenas había conocido. Todos eran miembros de la extraordinaria hermandad que nació en esas semanas dramáticas de principios de 2011 en Bengasi.
Este libro está dedicado a ellos.
Traducción de Gabriel Pasquini