A propósito del cierre del Año Dual México-Reino Unido en la FIL Guadalajara 2015, presentamos un itinerario por los ecos correspondidos en la literatura de ambos países

reino-unido


I

Desde la hora de nuestra independencia, en la década de 1820, Inglaterra ha sido vista por los mexicanos como una aliada deseable de gran importancia, tanto económica como políticamente. En aquella época se le consideraba como contrapeso decisivo ante una España de la que muchos temían intenciones de reconquista, según lo muestran diversos escritos de la época, entre ellos, de manera muy destacada, los de José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827), “El Pensador Mexicano”, primer novelista de México y de Hispanoamérica, al que, para situarlo en el horizonte literario de la Inglaterra del siglo XVIII, quizás cabría ubicar entre Samuel Johnson y Jonathan Swift.

México vivía tiempos muy difíciles: necesitaba que en Europa se reconociera su soberanía y que se le brindaran préstamos internacionales que ayudaran a su construcción. Al mismo tiempo, Francia, Inglaterra y Estados Unidos luchaban por sus imponer sus intereses en la región recién independizada.

Un libro de lectura fascinante que describe lo que ocurría en aquel tiempo y cuál era la visión de los ingleses respecto de nuestro país es México en 1827, de Henry George Ward, el encargado de negocios de Su Majestad en México entre 1823 y 1827.

La intención de esta nota, sin embargo, no es hacer un recuento de la relación cultural entre México y la Gran Bretaña, sino señalar que han pasado cerca de doscientos años a lo largo de los cuales muchos hombres y mujeres de letras de Inglaterra y de México han escrito libros que son ventanas a través de las cuales podemos vernos —y que todavía nos hace falta conocernos mejor.

Nuestro país y su historia han estado presentes en la atención de los escritores ingleses y ha sido tema de sus páginas por lo menos desde que el poeta e historiador George Dyer intentó imaginar la tragedia de Chimalpopoca, rey de Azcapotzalco, en un breve monólogo en verso escrito en 1799 —aunque, desde luego, el nombre de México ya resuena en la tierra de los anglos a comienzos del siglo xvii —“México” aparece mencionado un par de veces en El mercader de Venecia (1600), de Shakespeare.

Inglaterra y los ingleses también tienen eco temprano en las letras mexicanas, por lo menos a manera de alusión, como en el poema de Sor Juana Inés de la Cruz titulado, “Pide a la virreina la libertad para un inglés”, incluido en Inundación castálida (1689), con el que Sor Juana parece haber intercedido a favor de un inglés que se había metido en problemas con la temible Inquisición.

El primer escritor mexicano que dedicó un volumen entero a Inglaterra fue el prolífico y polifacético Manuel Payno, hoy considerado como uno de los grandes narradores del siglo xix en lengua española.

Payno, experto en cuestiones fiscales y financieras, fue un hombre de Estado muy influyente en la vida de México en la segunda mitad del siglo xix. Varias veces ministro de Hacienda, sirvió al país con honestidad. Soñaba con resolver los problemas que aquejaban al país a causa de la deuda externa, y con la construcción de un ferrocarril que uniera las diversas regiones del país.

Viajó a la Gran Bretaña en 1851 y escribió un voluminoso libro en dos tomos titulado Memorias e impresiones de un viaje a Inglaterra y Escocia (1853), en el que muestra su profunda admiración por la cultura inglesa. En 1862 publicó un amplio tratado bajo el título de México y sus cuestiones financieras con la Inglaterra, la España y la Francia.

Los escritores y lectores mexicanos siempre hemos vuelto la vista a Inglaterra con admiración. Las letras y la vida intelectual inglesas están llenas de hombres y mujeres de genio, y ha sido natural para nosotros acercarnos a sus libros y a sus obras. Y además de Shakespeare, cuyos dramas y comedias son constantemente escenificados entre nosotros, sea por compañías profesionales o estudiantiles, hay escritores ingleses decimonónicos que forman parte entrañable de nuestra educación, como Jane Austen, Charles Dickens, Lewis Carroll y Robert Louis Stevenson.

No obstante, es claro que no ocurre lo mismo en sentido inverso. En gran medida, porque la industria editorial mexicana es relativamente joven y sólo en tiempos recientes ha comenzado a desarrollar políticas para difundir en otros idiomas las obras de los escritores mexicanos a escala internacional. (Hay que recordar que hasta la segunda década del siglo XX un alto número de títulos mexicanos se imprimían en España y en Francia.)

Pero, en buena medida también porque, con excepción de las décadas de 1960 y 1970, periodo en que México y América Latina en su conjunto fueron objeto de una continua atención internacional, el interés de los sellos editoriales británicos por la cultura y los escritores mexicanos ha sido más bien esporádico. A pesar de que en las universidades del Reino Unido hay una cantidad cada vez mayor de investigadores especializados en la historia de nuestro país, sus trabajos reciben menos atención por parte de las casas editoras que los asuntos relacionados con el narcotráfico y la consiguiente ola de crímenes.

Es dramático ver que, a pesar de que han transcurrido más de 160 años desde aquel viaje que hizo Payno a Inglaterra, nuestra situación en tal sentido no ha variado mucho con relación a las impresiones que él recogió durante su estadía en Londres:

Terminó en Londres la Exposición de 1851, y ha comenzado otra nueva en Nueva York en 1853. A estos dos grandes acontecimientos a que ha sido llamada la gran familia, México no ha concurrido.

Las naciones, como los hombres, para merecer el aprecio y la consideración, necesitan ser conocidos en su carácter, en sus costumbres, en sus maneras y en su saber. México, pues, no puede reclamar esas consideraciones mientras no procure darse a conocer de una manera distinta, es decir, por la industria, por la riqueza de su suelo, por la literatura y por las artes, y no por las revoluciones, por el desorden y por la constante difamación que vuela de las columnas de nuestros diarios a las columnas de los diarios extranjeros.1

II

En 1974 apareció un libro muy interesante, American and British Writers in Mexico, 1556-1973, cuyo autor, Drewey Wayne Gunn, procuró dilucidar la manera en que México se ve representado en la imaginación de los ingleses y de los norteamericanos, a través del análisis de los libros de una treintena de autores. Seis de ellos son británicos: D. H. Lawrence, Aldous Huxley, Evelyn Waugh, Malcolm Lowry, Graham Greene y Somerset Maugham. (En realidad, en el caso de éste último, su paso por México no tiene mayor relevancia que el haberse encontrado allí con Lawrence.)

 Lawrence escribió una novela legendaria, La serpiente emplumada (1926) y un libro de ensayos que en cierto modo la complementan, Mañanas en México (1927); Huxley, una suerte de crónica filosófica de viajes, Más allá del Golfo de México (1934); Waugh, un libelo novelado contra la expropiación petrolera de 1938, Robo al amparo de la ley (1939) —que ni la propia crítica literaria inglesa recibió bien—; Greene, dos libros memorables relativos a la persecución del gobierno de Plutarco Elías Calles contra los católicos: el reportaje novelado Los caminos sin ley (1939) y una de las mejores (si no la mejor) de sus novelas: El poder y la gloria (1940); Lowry hizo de nuestro país el escenario de su delirante y doliente opus magnum, Bajo el volcán (1947), y de algunos de sus mejores poemas.

El periodo de veinte años que va del primero al último de estos libros es el de la post-revolución. Y el país que retratan es, naturalmente, un país ambivalente, de conflictos —todavía en la primera mitad de 1938 el general Saturnino Cedillo se levanta en armas contra el gobierno de Lázaro Cárdenas—, divisiones y contrastes que muchas veces los autores ingleses no saben juzgar ni explicarse, ya sea por prejuicios o por falta de información. (Graham Greene asiste a una pelea de gallos y el espectáculo le parece repugnante. “Creo que ese fue el día en que empecé a odiar a los mexicanos”.)

En términos generales, la imagen de México que esos libros transmiten al lector es la de un país de paisaje admirable, extraordinarias riquezas naturales, pero a la vez ignorante, cándido, primitivo y caótico, cuando no francamente maligno y revulsivo. Como apunta José Emilio Pacheco en uno de sus imprescindibles ensayos “El México de los novelistas ingleses”,2 México produce en los escritores ingleses (y en sus lectores) fascinación y horror. ¿Cómo puede suscitar un país así interés por su cultura? O, para formular la pregunta de otra manera: ¿cómo se puede suponer que un país así posea una literatura digna de suscitar interés?

III

Con esta pequeña muestra de aquello que algunos de los más connotados autores mexicanos han escrito acerca de sus colegas ingleses —acerca de su dramaturgia, de sus estadistas (¡ y hasta de sus piratas!), o con Inglaterra como escenario—, queremos dar constancia ante el lector de lengua inglesa de lo que decíamos al principio de esta nota: cuán importante ha sido la blonda Albión a lo largo de nuestra historia.

Es, en verdad —queremos subrayarlo— una muestra pequeña; simplemente enlistar a los autores ingleses traducidos en México llenaría varias páginas. Muchos de ellos han sido reconocidos maestros de poetas y prosistas mexicanos, y entre estos ha habido quienes han dedicado a las obras de sus colegas ingleses muchos años de estudio, como, precisamente, José Emilio Pacheco, uno de nuestros grandes hombres de letras, que invirtió más de veinticinco años en trasladar al español de manera casi perfecta la obra maestra de uno de los más grandes poetas de todos los tiempos: los Cuatro cuartetos, de T. S. Eliot. Tal vez no exista una versión tan extraordinariamente refinada de ese poema en ningún otro idioma.

A pesar de la asimetría en cuanto a conocimiento literario entre nuestros dos países, no se puede decir que los escritores ingleses han ignorado a los escritores mexicanos. Pensar eso sería no sólo una exageración sino una injusticia.

Ha habido poetas y escritores ingleses que, como Robert Graves y Charles Tomlinson, se interesaron, motu proprio, por leer a los poetas mexicanos. En 1952, el gran Robert Graves se encontró con la edición de la obras de Sor Juana que preparó el padre Alfonso Méndez Plancarte para celebrar el tricentenario de la excepcional poeta y supo, desde el primer momento en que leyó sus poemas, que se había encontrado con un genio. Así lo afirmó en un extenso ensayo titulado sencillamente “Juana Inés de la Cruz”, publicado en la revista Encounter (diciembre de 1953), con el que presentó dos poemas de ella que él mismo tradujo: “Cada media docena de siglos surge una mujer de gran genio poético, que más o menos puede ser reconocida por tres rasgos secundarios: conocimientos, belleza y soledad”.

Graves siempre manifestó tener grandes deseos de visitar México, pero no lo haría sino hasta 1968, cuando fue invitado a participar en las jornadas culturales paralelas a los Juegos Olímpicos. Salvador Novo escribió un par de páginas para presentar la lectura que Graves ofreció entonces y, a raíz de ello, Graves tradujo al inglés un poema de Novo: “Adán desnudo”, que Novo hizo imprimir con un tiraje muy corto en 1969.

En 1962, Charles Tomlinson, entonces un joven poeta de 35 años, aceptó dar clases por un año en la Universidad de Nuevo México. Al término de su curso, Tomlinson y su esposa, Brenda, viajaron a México. En una librería encontraron un libro que les llamó la atención: Salamandra, de Octavio Paz. Sin saber quién era el autor, Tomlinson comenzó a leerlo y al poco tiempo empezó a traducir algunos poemas. Él y Paz se conocerían personalmente sólo hasta 1967. La poesía ya los había convertido en grandes amigos.

Y si acaso no son muchos, sí son muy notables los grandes historiadores, de Hugh Thomas a Paul Garner —cada vez que hablo de historiadores caigo en cuenta de que, extrañamente, no solemos considerarlos como hombres de letras— que han dedicado parte importante de su vida a desentrañar el oro del tiempo mexicano.

Inglaterra tiene escritores —y escritoras, como Jean Franco, la primera profesora de Literatura de América Latina en Gran Bretaña, condecorada por el gobierno de México en 2006— que conocen profundamente nuestra cultura, pero queremos propiciar que cada vez sean más los hombres y las mujeres de Inglaterra que se reconozcan con sus pares de México.

Esa es, en realidad, la aspiración de este muestrario. Fomentar un diálogo que ya existe, hacerlo crecer. Señalar a quienes lo hacen posible.

Hay muchos otros escritores mexicanos que han escrito ensayos o notas o libros sobre Inglaterra o sobre los libros y las obras de los escritores del Reino Unido, o traducido libros de algunos de ellos. Por ejemplo, Fernando Curiel, cuyo nombre salta a la memoria apenas se menciona la palabra Londres (en 1973 publicó un libro de crónicas titulado precisamente así: Que viva Londres!). Destacan también Hernán Lara Zavala y Juan Villoro, dos de los mejores narradores y ensayistas mexicanos de hoy, y los poetas Luis Miguel Aguilar, otro avezado conocedor de T. S. Eliot, y Pura López Colomé, sin duda la más importante traductora de Seamus Heaney en el orbe de lengua española.

Y también es indispensable mencionar aquí —last, but not least— a media docena de artistas y escritores ingleses que por las más diversas razones llegaron a México y decidieron quedarse a vivir entre nosotros. Su presencia ha sido —y sigue siendo— enriquecedora. Han sabido hacer de México su patria y aquí se les quiere y admira —incluso mucho tiempo después de que han partido, como en los casos de Edward James y de Leonora Carrington—: saludemos desde estas líneas a Joy Laville, Brian Nissen, Anthony Stanton, James Valender.

 

Rafael Vargas

Ciudad de México, 4 de septiembre de 2014


Este texto será incluido en un libro de próxima edición, que compila la aproximación de 31 autores mexicanos a protagonistas y momentos de la literatura inglesa.


1 Manuel Payno, Memoria e impresiones…, p. 72, tomo II de Obras completas, México, 1997, 240 pp. (Desde hace diecisiete años la Dirección General de Publicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes viene publicando las Obras Completas de Manuel Payno, que ocuparán en su conjunto veintidós volúmenes. El proyecto está cerca de concluir.)

2 En la Revista de la Universidad, agosto de 1966, pp. 19-22. (Una nota precisa que el ensayo de jep es la síntesis de una conferencia pronunciada en la Casa del Lago, dentro del ciclo “Los grandes temas de la literatura del siglo xx”, el 2 de mayo de 1964.

 

 

Un comentario en “Inglaterra vista por los mexicanos

  1. Gracias por el artículo y la revisión de las perspectivas literarias desde ambos lados del Atlántico. Sin embargo, este escocés y traductor radicado en México desde hace más que una década quedó muy decepcionado al leer una vez más a un autor educado equiparando a ‘Inglaterra’ y ‘Reino Unido’ o ‘Gran Bretaña’. No son equivalentes. El país ‘Inglaterra’ como entidad política dejó de existir más de un siglo antes de que México nació como país. Sí, la lengua se llama inglés, y hay escritores ingleses, pero en el artículo queda claro que el autor trata a ‘Inglaterra’ e ‘inglés’ como un tipo de sinécdoque (¿involuntario?) para ‘Gran Bretaña’ y ‘británico’.

    Esta equiparación lleva a resultados desafortunados y seguramente no intencionales: el autor comenta acerca del viaje de Payno que “Viajó a la Gran Bretaña en 1851 y escribió un voluminoso libro en dos tomos titulado Memorias e impresiones de un viaje a Inglaterra y Escocia (1853), en el que muestra su profunda admiración por la cultura inglesa.” Implícitamente, ¿debemos entender que no quedó igualmente impresionado con la cultura escocesa?
    Luego, afirma que Robert Louis Stevenson es un ‘escritor inglés’. Lo siento, pero esto es simple ignorancia. Luego, refiere a Seamus Heaney. ¿Qué tiene que ver el irlandés Heaney con el tema?

    He escuchado muchas veces a mis compatriotas ignorantes referir a México como “un país sudamericano”. Quizá el estremecimiento que les debe causar tal comentario les de alguna idea de lo chocante que es para alguien del Reino Unido – escocés, inglés, galés, norirlandés o de dónde sea – escuchar hablar del país entero como ‘Inglaterra’. Al final, el mismo nombre del Año Dual lo dice – no es al Año de Inglaterra en México y viceversa, ¿o sí?

    Finalmente, cabe mencionar que el artículo omite a una de las obras más interesantes sobre el México de principios del siglo XIX: La Vida en México por Frances Erskine Inglis Calderón de la Barca – escritora escocesa.

    Espero sus comentarios,
    Dr. Fionn Petch

    PD Ademas, T.S. Eliot era estadounidense, pero esto lo dejamos pasar…