«No encuentro otra solución para un final digno antes de que esté reducido a buscar en la basura para alimentarme. Creo que los jóvenes sin futuro tomarán las armas algún día y colgarán a los traidores nacionales en la Plaza de la Constitución».
Fragmento de la carta de despedida de Dimitris Christoulas, pensionista griego de 77 años, que se suicidó en público en la plaza Síntagma, en Atenas, el 4 de abril de 2012.

 

Uno de los aspectos que muchos analistas han señalado a propósito de lo que ha pasado en Grecia en los meses recientes es la impotencia de la democracia ante los organismos supranacionales que representan los intereses de los capitalistas. A pesar de que Alexis Tsipras llegó al poder bajo la promesa de hacer frente a las políticas de austeridad que llevan varios años asfixiando a los griegos de carne y hueso, y que esa voluntad fue ratificada por un referéndum en el que más del sesenta por ciento de la población votó por un «no» a la continuidad del programa neoliberal, terminó imponiéndose la voluntad del poder económico, mostrando con ello quién detenta hoy lo que en la Edad Media se conocía como plenitudo potestatis.

grecia

El gobierno griego ha terminado por aceptar un tercer rescate, esta vez por 86,000 euros, a cambio de seguir implementando las políticas que han llevado a muchos de sus ciudadanos a la tumba, literalmente, y a la desesperación: recortes a las pensiones, aumento de impuestos, privatizaciones de los bienes nacionales, todo bajo un control estricto de los guardianes del capital, algunos de los cuales estarán operando incluso desde ciertos ministerios para verificar que no se desvíe de lo acordado. Tras una postura de resistencia encabezada por el ex ministro de economía Yanis Varoufakis, el gobierno griego tuvo que ceder, pues de lo contrario el poder económico se habría ensañado todavía más. “Tengo la conciencia limpia porque es lo mejor que pudimos lograr bajo el actual equilibrio de poderes en Europa, bajo las condiciones de asfixia económica y financiera que nos impusieron”, señaló ante el Parlamento el hoy reelecto primer ministro Alexis Tsipras. El caso Griego, por tanto, ha puesto en evidencia quién manda en el mundo actual, y cuáles son los mecanismos bajo los que ejerce ese mando.

Asistimos, pues, al pleno ascenso de lo económico. Si, al igual que Jacob Burkhardt, pensamos la historia como un equilibrio entre “potencias” —lo religioso, lo político, lo económico y lo cultural—, lo que vemos hoy es, en efecto, el predominio de lo económico como potencia y del poder asociado a ella. El equivalente de los antiguos reyes sagrados, de los papas y obispos medievales, y de los soberanos y emperadores absolutistas, son los capitalistas de hoy, a la cabeza de las grandes corporaciones —incluidas desde luego los bancos—, que llevan más de dos siglos saqueando al mundo entero. Y así como lo que justificaba el poder de los reyes sagrados era su conexión con los dioses, de la misma manera en que el papa era concebido como vicario de Dios o el rey absolutista gobernaba por derecho divino, el capitalista lo hace anclado en la ficción del mercado autorregulado y libre. Es justamente esta idea, según Karl Polanyi, la que separa institucionalmente al sistema económico del resto de la sociedad, otorgándole una “autonomía” de la que no había gozado en ningún otro periodo de la historia.

Se trata de una ficción porque parte de presupuestos falaces: que economía es igual a mercado; que hombre es igual a fuerza de trabajo; que naturaleza es igual a materia prima; que el mecanismo oferta-demanda-precio es la ley de toda actividad económica; que la economía, en suma, está desligada del resto de los mecanismos e instituciones sociales, como el parentesco o los sistemas políticos y religiosos. Pero, al igual que las ficciones que le antecedieron, ha logrado envolver por completo a la sociedad, transformando su esencia y su estructura en un periodo de tiempo realmente breve.

La época en la que vivimos, según Eric Hobsbawm, abreva de dos grandes revoluciones: una económica, la industrial y otra política, la francesa. De la primera surge la ficción del mercado, de la segunda la de la democracia. Hoy en día, el mercado se ha apropiado de la democracia, ya no sólo de una manera sutil bajo la máscara de la democracia liberal, sino, como lo hemos visto en Grecia, de una manera abierta y descarnada. El impulso a la acción política transformadora ha sido neutralizado por el consumo que, presentado como libertad, se ha convertido en nuestra única posibilidad de redención. Así como lo político logró imponerse a lo religioso durante la baja Edad Media, trasladando a su propio campo las ficciones que habían permitido durante muchos siglos afianzar el poder de la iglesia, hoy lo económico ha terminado imponiéndose al trasladar la soberanía, antes encarnada por el pueblo, al individuo, la base de la sociedad de mercado.

Lo ocurrido en Grecia deja muy claras las prioridades de las sociedades contemporáneas. La que fue la cuna del pensamiento, el arte, la cultura y la espiritualidad, uno de los emblemas de la civilización europea, hoy está humillada y ofendida. El antiguo orden ha sido completamente invertido. Como lo anticipaba ya el mito de “La ruina de Kasch”, que cuenta la historia del próspero reino africano de Napata, que por desatender la tradición y el orden sagrados y dejar de hacer sacrificios terminó cayendo en una ruina espantosa, el mundo de hoy está hecho un desastre. “Napata sucumbió —dice el mito—. Napata fue destruida. El imperio se desgajó y fue invadido por salvajes y bárbaros. Las ciudades desaparecieron y no quedó nada de los grandes días”. La promesa moderna de instaurar el paraíso en la Tierra ha sido incumplida. Lo que muchos viven es un verdadero infierno.

En su libro sobre el establishment —el reducido grupo de personas provenientes del mundo corporativo, financiero, político, mediático e intelectual que rigen el mundo actualmente—, el periodista británico Owen Jones narra cómo se fue gestando en Gran Bretaña la mentalidad común entre todas estas personas y grupos vinculados al poder. Tras el estado de bienestar de la posguerra, que fue el modelo económico mediante el cual el capitalismo pudo reinventarse y sobrevivir a la crisis de 1929, los think thanks conservadores, conformados por fervientes creyentes en el libre mercado, lograron reformular sus planteamientos y erigir una ideología que los justificase y que a la larga se levantara como una alternativa frente a la crisis de mediados de los setenta. Su objetivo principal era “vencer en el plano intelectual”, aportar las ideas necesarias para “derrocar el antiguo sistema y sentar las bases de uno nuevo”, tomando en cuenta las enseñanzas del profeta Milton Friedman: “Cuando llega la crisis, las acciones que se emprenden dependen de las ideas que haya disponibles”.

La crisis en la que está sumergido el mundo desde hace ya varios años exige, pues, nuevas ideas para derrocar a las vigentes, o por lo menos asumir, como lo hicieron Varoufakis y Tsipras en un inicio, una actitud distinta frente a la dinámica imperante. Es momento de imaginar formas distintas de vida, partiendo del entendimiento de que el sistema capitalista en el que vivimos ahora es sólo un mínimo fragmento en la historia del hombre y la sociedad, que el ser humano es mucho más que fuerza de trabajo, que ni la sociedad ni la economía equivalen a mercado, y que en la búsqueda de su sustento a través de la historia, el hombre ha recurrido mucho más a la reciprocidad y a la redistribución, que al simple intercambio mercantil individualista que pretende ser ajeno y estar por encima de éstas.

Y respecto a lo político, debemos ir más allá de la ficción de la democracia, cuyo principio básico, la soberanía popular, ha sido bandera común de todos aquellos que han hecho uso y abuso del poder a lo largo de la modernidad, desde el Terror francés hasta las democracias liberales contemporáneas, pasando por los totalitarismos del siglo XX, las dictaduras militares, y los regímenes de inspiración comunista. Como todas las ficciones políticas a través de la historia, la democracia moderna debe ser superada precisamente porque ha sido utilizada para legitimar nuevas y diversas formas de poder. El establishment lleva ya muchos años “gestionando” la democracia, es decir, asegurándose de que ésta no amenace sus intereses. No sólo no los amenaza, sino que se vale de ella para reproducirse y perpetuarse. La lección de Grecia radica precisamente en eso: en darnos cuenta de que por más democracia que se quiera oponer al poder económico, éste terminará imperando.

Reelecto en un proceso caracterizado por el abstencionismo y el descrédito —como son hoy las elecciones en casi todos lados—, aliado en el parlamento con un partido ideológicamente opuesto al suyo, con emisarios de los acreedores dentro de su gobierno, Tsipras estará ahí, con las manos atadas, para gestionar una deuda impagable y satisfacer las exigencias de este nuevo, múltiple, y por fortuna cada vez menos difuso Leviatán.