Años antes de morir, Carlos Fuentes declaró que Vecinos distantes: un retrato de los mexicanos (1984) sería “un libro clásico sobre México durante mucho tiempo”. No obstante, la obra cumbre de Alan Riding nació con el título Distant Neighbors, y su público predestinado era el estadounidense. El autor, brasileño de nacimiento y británico por formación, redactó la obra durante los doce años que pasó en México, primero siendo corresponsal de The Financial Times y The Economist, y los últimos seis como jefe de la oficina del New York Times en el país. Durante su estadía, percibió una brecha extraordinaria entre México y su vecino del norte: en apenas kilómetros, se pasaba “de riqueza a pobreza, de organización a improvisación, de sabores artificiales a especias picantes”. Al periodista británico1 no le concernía tanto la desemejanza evidente en cuanto al desarrollo económico, sino las diferencias lingüísticas, religiosas, raciales, filosóficas e históricas que separaban en alma a países contiguos. “Probablemente en ningún lugar del mundo dos vecinos se entiendan tan poco”, afirma en la justificación de su libro.2

riding

Los mexicanos están dolorosamente conscientes de que las intromisiones estadounidenses y, ahora, la dependencia económica, han moldeado su experiencia histórica. A pesar de las continuas intervenciones europeas durante el primer siglo de vida independiente, “el choque con los norteamericanos marcó con más fuerza la percepción mexicana del mundo externo y dejó la huella más profunda en la conciencia nacional”. En cambio, Riding percibía que los norteamericanos daban por sentado la estabilidad, subordinación e insignificancia de México, por lo que nunca tuvieron motivos para “entenderlo”. Como afirma Laurence Whitehead, desde la alianza que se forjó en la Segunda Guerra Mundial, las relaciones entre ambos países se caracterizaron por la cordialidad y “armonía orquestada”, que continuarían en el transcurso de la Guerra fría. Estados Unidos toleraba la pantalla democrática del régimen priista, con la condición de que éste mantuviera la estabilidad del país. No obstante, en la coyuntura de la severa crisis económica y política del régimen a mediados de los años setenta e inicios de los ochenta, las fracturas del sistema político mexicano amenazaban con socavar la relativa tranquilidad en las relaciones de ambos “Estados unidos”. La población había crecido exponencialmente y la posibilidad de que la deuda no pudiera pagarse era ultraje para el vecino del norte, quien deseaba contrarrestar la decadencia de su excepcionalismo al recuperar su hegemonía regional.3

Así, pues, Riding consideraba que, debido a temas de migración, flujos petroleros y tendencias izquierdistas, comprender al “vecino distante” se había vuelto cuestión de seguridad nacional para la gran potencia que ya no confiaba en la capacidad del partido hegemónico para mantener la estabilidad en su territorio. Por ello, el autor decidió ser “traductor de culturas”, más que un reporteto, y escribió un manual sobre México para el público norteamericano con la esperanza de que éste pudiera entendernos por primera vez y, así, mejorar las relaciones diplomáticas.4 Riding redactó parte de este bestseller en El Colegio de México, sentado detrás del primer ordenador que apareció en sus instalaciones. Académicos como Francisco Gil Villegas, Soledad Loaeza, Lorenzo Meyer y Mario Ojeda respondieron sus dudas y orientaron su estudio, el cual también estaría marcado por la influencia de Rosario Molinero, su asistente de investigación, egresada del Centro de Estudios Internacionales. A la fecha, la planta docente de la Universidad todavía recuerda aquella computadora enorme y, aun más, la polémica que Vecinos Distantes suscitó en el país.

Retratos en grana cochinilla: una caricatura de los mexicanos

El título de la obra —oxímoron claramente fraguado con detenimiento— es engañoso. Su subtítulo habría sido más pertinente, ya que rara vez se mencionan las relaciones entre México y Estados Unidos. Para el periodista, la distancia entre vecinos es el problema que debe solucionarse mediante un “retrato de los mexicanos”, el cual permita acortar latitudes espiritualmente extendidas. Por ello, analiza aspectos fundamentales de la cultura, historia y política mexicana, desde las sociedades prehispánicas hasta la crisis de 1982. Sin duda, tal lapso sólo puede abarcarse mediante generalizaciones. En ocasiones el retrato de Riding es una fotografía —fiel a la realidad, aunque no por ello carente de subjetividad artística— y, en otras, una caricatura, de trazos simples e hipérboles anticuadas. El autor consideró que el análisis del México contemporáneo debía trascender la crisis superficial y adentrarse en la psique del mexicano, pues “son pocos países del mundo donde el carácter de la gente se refleja tanto en su historia, política y estructura social, a la vez que es reflejo de ellas”. Ante la mirada ajena del periodista británico, México tiene un “aire mágico, inasible, casi surreal”, que radica en el “profundo pasado subconsciente que está vivo en los mexicanos de hoy”. El mexicano es un individuo que oscila entre lo tradicional y lo moderno, buscando su identidad en “el enfrentamiento [y] la fusión de [sus] raíces”.5 Para Riding, el mexicano es un ser exótico y profundamente espiritual, de “enorme fuerza interior”, cuya vida cotidiana está regida por rituales modernos y arcaicos.

La caracterización de la vida en México como esencia rodeada de exotismo y misterio delata que Riding era un observador externo, aunque el brasileño dominaba el español y, en sus múltiples viajes por la República, llegó a conocer el país y sus costumbres variadas más de lo que muchos mexicanos logran antes de morir. Bien dice Lorenzo Meyer que “uno no podía alburearlo”. Sin embargo, Vecinos distantes es la prueba ineludible de que, como afirma David E. Lorey, al describir una población ajena, “hay una línea delgada entre el racismo y el romanticismo”.6 Mientras que Ramos y Paz analizaron románticamente la identidad mexicana para encontrar la causa de patologías generalizadas en la sociedad, Riding instrumentalizó su análisis para negar la posibilidad de solucionarlas.

Las horas que se van

Riding introduce su análisis del presidencialismo mexicano con un viejo chiste, en el cual el presidente del país pregunta la hora a su subordinado, a lo que éste responde: “La hora que usted diga, señor presidente”. Según su criterio, la continuidad y estabilidad política del país ha descansado en “el mito de la omnipotencia del presidente”, heredero de una tradición de autoritarismo que se remonta a las sociedades prehispánicas.7 Veinte años antes, Frank Brandenburg, empresario estadounidense, había caracterizado al presidente como un personaje todopoderoso en nuestro sistema político;8 ahora, el corresponsal del nyt sostenía que éste simplemente proyectaba una fachada monolítica, detrás de la cual debía negociar y compartir el poder con los grupos de interés clave del país: la burocracia, los sindicatos y la Iglesia, entre otros.

Así, pues, nuestro presidente es “la personificación temporal de un sistema político que, en sí, es producto de la sociedad mexicana”. El autor rescata con astucia las “máscaras” de Paz y argumenta que la política es un teatro sobre rituales, donde el autoritarismo se disfraza con velo de democracia, mientras que las negociaciones trascendentes se llevan a cabo tras bastidores. Aunque el presidente se encuentra en “la cima de la pirámide” (y, sin duda, Riding visualiza una escalonada), su verdadera función es equilibrar los diversos intereses del país, para mantener la estabilidad política. Cuando el actor principal revela sus intenciones al público, siempre las disfraza en un discurso rimbombante e ininteligible para el grueso de la población. Bien dijo Paz que nuestros representantes “se comunicaban con el pueblo en monólogos intoxicados por una retórica superior, que los envolvía como en una nube”.9 Según el corresponsal británico, el ritual electoral era esencial para proyectar el espejismo de pluralidad política y, así, justificar el régimen unipartidista. La oposición formal era, en sí, la máscara de legitimidad democrática, que permitía al pri mantenerse en el poder; por ello, en vez de suprimirla, el partido hegemónico la alentaba, siempre y cuando ésta no amenazara su monopolio político. En su reseña, Lorenzo Meyer, acreditado en los agradecimientos del libro, sostiene que —prescindiendo de los prejuicios sobre la identidad mexicana— Riding destruyó con maestría “los últimos remanentes del mito de la democracia mexicana”.10

No obstante, la reforma política de 1977 que Jesús Reyes Heroles diseñó como secretario de Gobernación de López Portillo, quien había llegado a la presidencia en un triunfo solipsista, abrió paso al pluralismo real. Mientras Riding escribía su obra, percibió que el partido hegemónico se estaba renovando, debido al predominio de la nueva facción tecnocrática “occidentalizada”, la cual renegaba las tradiciones populistas del partido y se preocupaba más por la administración que la política. Tal deslinde de sensibilidad política, aunado a la crisis económica, llevó a que el pan —apoyado por empresarios, conservadores y clases medias urbanas— comenzara a ganar elecciones municipales en el norte del país. Este partido sería el principal beneficiario de la crisis económica de 1982; aunque seguía siendo “oposición leal”, aparecieron indicios de su posible infidelidad. Con aire de predicción tocquevilleana, Riding auguró que “el teatro democrático podría volverse demasiado real […]; el sistema quizá encuentre que la democracia, en los años ochenta, se ha convertido tanto en un mito demasiado importante para desmontar cuanto en una realidad demasiado peligrosa para tolerar”.11 Acertadamente, el corresponsal presagió que las clases medias, organizadas por la derecha, amenazaban más al sistema que una insurrección izquierdista. Si Miguel de la Madrid hubiese preguntado por la hora entonces, la respuesta habría sido: “demasiado tarde, señor presidente”.

Lixiviados o la virtud de la vagancia

Cuentan las voces de ayer que, una tarde de verano de 1984 la planta docente y estudiantil del Colegio de México disfrutaba uno de los tantos brindis que se llevan a cabo para celebrar prácticamente cualquier acontecimiento. Súbitamente, en un breve interludio entre el flujo de vino tinto y bocadillos diminutos, se escuchó el clamor risueño de una profesora que, al saludar a Riding, había sentido un arma bajo su saco. Cierto o no, es claro que si bien el país intentaba proyectar su apoyo a la disidencia al abrir el espectro político, la oposición política e intelectual sabía que, a menudo, las palabras son sólo eso.

El golpe que Echeverría dio al periódico Excélsior en 1976 era una prueba de que la libertad de prensa seguía y seguiría estando limitada. Irónicamente, tal coup de journal engendró publicaciones de izquierda más críticas: Proceso, Uno Más Uno y La Jornada. Sin embargo, la razón por la cual Riding habría asistido armado a un evento tan casual era que, el mismo año en que se publicó su obra, Manuel Buendía murió a quemarropa afuera de su oficina en la Colonia Juárez. El respetado columnista de Excélsior se había dedicado a exponer los vicios y la corrupción de las élites gobernantes en su columna, “Red Privada”, que era tema cotidiano de conversación. Su asesinato reveló las tensiones entre la sociedad cambiante y la esclerosis del sistema político. Si bien Riding apunta que, en esos tiempos, Jacobo Zabludovsky configuraba el pensamiento político de gran parte del país, Buendía era la prueba viviente de que no todo medio de comunicación respondía a los intereses del gobierno, por lo que —en palabras de Héctor Aguilar Camín— “difícilmente pudo escogerse un blanco mejor […] para inyectar en la sociedad mexicana la sensación de temor, desgobierno y cambios ominosos en su vida pública”.12 Riding no fue el único que comenzó a usar un arma; el novelista e historiador mexicano relata que, en el velorio de Buendía, otra periodista reconocida confesó haber comenzado a portar una pistola en su bolso. La forma en que Manuel Buendía se marchó era un escándalo disonante y sombrío en los tiempos de la supuesta liberalización política. Aguilar Camín escribió un mes después del acontecimiento: “las campanas no doblan sólo por Buendía, por sus familiares, amigos y lectores, sino quizá también por la estabilidad misma del país, como si anticiparan su fractura, el posible inicio de una quiebra cuyo rasgo más preocupante es la inmovilidad política con que se asiste a su despliegue. El tipo de inmovilidad que precede al desmoronamiento”.

El perfil del hombre y la corrupción en México

Por su parte, Alan Riding criticó en Vecinos distantes el triste final del “milagro económico”, la crisis política del país, la incapacidad del Estado para resolver las necesidades básicas de la sociedad y el ritmo desmesurado al que crecía la (ya desde entonces) monstruosa ciudad de México. No obstante, probablemente caminaba inseguro debido a su polémico análisis de la corrupción en el país. Según el autor, la corrupción no es una patología institucional, sino que es imprescindible para el funcionamiento del sistema político —fungiendo como “oil and glue“— a tal grado que éste probablemente se desintegraría si tal vicio se erradicara.13

“Decir que toda la sociedad mexicana es corrupta es una exageración”, comenta Riding; “no obstante, la corrupción está presente en todas las regiones y los sectores del país”, desde la cotidiana “mordida” hasta la evasión de impuestos y el nepotismo. Si bien Enrique Peña Nieto intentó convencernos recientemente de que ésta era “un asunto de orden cultural”, como salida fácil ante las acusaciones contra su gobierno, el corresponsal británico intentó fundamentar la misma afirmación, al argumentar que cierto patrón de conducta en los mexicanos permite que la corrupción se lleve a cabo con impunidad en diversos aspectos de la vida cotidiana y la alta política. Si el mexicano tolera aislado el laberinto de la soledad, sufre una pena más grave en el “laberinto burocrático que le espera a cualquiera que deba tener tratos con el gobierno.”

Riding no había sido el primer periodista extranjero en reconocer la corrupción que imperaba en el país. Jack Anderson, uno de los columnistas más influyentes de Estados Unidos, ya había acusado a Echeverría y López Portillo de haberse embolsado miles de millones de dólares;14 además, dos semanas antes de que Buendía falleciera, Anderson había equiparado a Miguel de la Madrid —líder de la llamada “renovación moral”— con sus predecesores inmorales. La corrupción, siempre presente, había incrementado dramáticamente desde los años cuarenta, pasando ligeramente inadvertida entre la euforia del milagro económico; no obstante, para los años ochenta, esta afluencia la había multiplicado y las clases medias, que antes celebraban cómo el desarrollo económico continuaba a pesar de los vicios burocráticos, ahora veían en ellos una de tantas variables que explicaban la crisis económica. Si la corrupción era la evidencia del mal gobierno, el enriquecimiento irreal era la muestra del mal gobernante. Según Riding, durante el gobierno de López Portillo tres hombres encarnaron esta patología burocrática: Carlos Hank González, regente de la ciudad de México; Jorge Díaz Serrano, director de Pemex; y Arturo (“el negro”) Durazo Moreno, vulgar jefe de la policía del Distrito Federal, quien hizo de ella un imperio purulento e inmoral. El nepotismo llegó a un nivel intolerable para la población cuando López Portillo colocó a diversos miembros de su familia en puestos gubernamentales.

Siendo corresponsal y jefe de las oficinas del New York Times, Riding no sólo apuntaba los sucesos a su alrededor, sino que también fue un actor político durante su estancia en el país, cuyas palabras tendrían fuertes repercusiones en la imagen de éste en el exterior. Samuel del Villar, Bernardo Sepúlveda y Rafael Segovia conformaban el círculo cercano del corresponsal británico, y le aportaban información valiosa en el mundo académico y político. Riding —quien era singularmente perspicaz y trabajaba incluso cuando no estaba trabajando— aprovechó su puesto para llegar a los estratos más altos del gobierno y los rincones más profundos del sistema político. Por ello no sorprende que Miguel de la Madrid, quien dio al británico libertades con las que otros periodistas sólo soñaban, enfureciera cuando se publicó Vecinos distantes. El libro inmediatamente se convirtió en éxito comercial, aunque las críticas tampoco demoraron. Académicos como Soledad Loaeza y Enrique Krauze cuestionaron la precisión de los argumentos y el recuento histórico del periodista. La primera afirma que la intención de Riding era crear un éxito comercial, en vez de analizar detenidamente las circunstancias o el pasado del país. Según Loaeza, el periodista no se esforzó en corregir los errores históricos que los académicos del colmex le mencionaron: “durante toda su estadía, jamás lo vi entrar a la biblioteca”. Por su parte, John Gavin —embajador de México en Estados Unidos— demandó a la editorial Alfred A. Knopf, alegando cargos de difamación. La mayor parte de las críticas e intentos de censura se centraban en el supuesto “carácter anti-mexicano” de la obra. “Emilio Rabasa escribió tres artículos en Excélsior mentándome la madre”, comentó Riding en una entrevista para Proceso, en el año de su publicación. En ella, el autor también expresó irritación cuando el entrevistador comparó su obra con Lawless Roads y exclamó que, a diferencia de Graham Greene, ama visceralmente el país, y haberse marchado fue “como perder una extremidad”. “Tal vez mi pecado es haber dicho algunas cosas en voz alta, cosas que efectivamente todo el mundo sabe, que no sorprenden a nadie, pero muchas veces optan por no decirlas […]; y el segundo pecado evidente es no ser mexicano”, afirmó, consciente de que su libro había insultado a burócratas y patriotas por igual.

El prejuicio limítrofe

Francisco Gil Villegas recuerda cómo su vecino (nada distante) de oficina en las instalaciones de Colegio de México alguna vez le preguntó a través del balcón cuál aspecto del carácter mexicano explicaba que, a pesar de la profunda crisis económica, no surgiera una insurrección contra el gobierno. Sin duda, Riding deseaba encontrar la relación causal entre su visión de la identidad mexicana y el sistema político del país; no obstante, Meyer afirma que si bien “la descripción es el lado fuerte de este libro, su debilidad es la explicación”. Claramente, sus argumentos sobre la identidad mexicana están formuladas en el lenguaje local que Samuel Ramos popularizó, pero sus conclusiones son las de un extranjero distante.

Riding considera que México tiene el único sistema político de Latinoamérica “que se debe entender dentro de un contexto prehispánico”, pues sus habitantes son “más orientales que occidentales”. En los albores del gobierno tecnocrático, el corresponsal auguró que la minoría “occidentalizada” entraría en conflicto con el grueso de la población mexicana, según él, “oriental, conformista, comunitaria y tradicional”. Presenciando la paulatina transición democrática que el país estaba experimentando, la cual culminaría en las elecciones del nuevo milenio, el autor argumentó que, incluso si el régimen se transformara, “México no es —y quizá nunca será— una nación occidental”,15 pues sus habitantes sólo podrían sentirse cómodos en un régimen “específicamente mexicano, con su mezcla de autoritarismo y paternalismo, de cinismo e idealismo, de conciliación y negociación”. Samuel Huntington —carente de sutileza y afecto hacia los mexicanos— hizo el mismo argumento en su célebre Choque de Civilizaciones (1996), donde utilizó una cita de Octavio Paz para justificar que México era una cultura “claramente no occidental”, expresando desconfianza sobre la capacidad del país para adaptarse a los “conceptos norteamericanos de libertad y de imperio de la ley”.16

La dolorosa conclusión de Riding —la cual Meyer considera similar a aquellas que los viajeros británicos del siglo xix solían formular— es un ejemplo contemporáneo de lo que Edward Said bautizó “orientalismo”.17 Así como Eugène Delacroix y tantos más idealizaron la cotidianeidad de Medio oriente al ver en ella un mundo ajeno, Riding retrató México con el pincel del orientalismo, fascinado en cada trazo por nuestro supuesto exotismo. Sin embargo, lo mismo que Said critica en el orientalismo decimonónico puede decirse de Vecinos distantes: Riding no ofrece un “retrato de los mexicanos”, sino una representación romántica de ellos, así como Samuel Ramos simplemente trazó “el perfil del hombre” mexicano, pues un perfil es sólo medio rostro, y la otra mitad es una historia sin contar.

Cuando Vicente Fox llegó al poder, Riding escribió “Quince años después: y ahora, ¿hacia dónde?”, epílogo de su polémica obra. En él, reconocía que “por primera vez en su historia, los mexicanos asumieron el control de su destino”, aunque también enlistaba todos los problemas que hacían una odisea del camino por recorrer.18 Pocos años después recibió el Orden del Águila Azteca. En las tres décadas que han transcurrido desde la publicación de su obra, la cortina de nopal se ha encogido y las latitudes que alguna vez extendimos se han abreviado. Sigo ponderando qué diría Ramos sobre nuestra inseguridad si hubiese alcanzado a divisar cómo la actual penetración de la cultura estadounidense configura otra hibridación. En una nota reciente, el académico Andrew Selee afirmó que la profunda interdependencia ha convertido a los “vecinos distantes” en extraños íntimos.19 Al parecer, ya nadie puede dudar de nuestro carácter “occidental”. Los dilemas son otros.

 

*Agradezco a los doctores Lorenzo Meyer y Francisco Gil Villegas por los comentarios y las anécdotas que aportaron sobre la estadía de Alan Riding en El Colegio de México.


1 Al respecto, L. Meyer señaló que el autor “no es brasileño; nació en Brasil, pero su pasaporte y actitud son británicos”.

2 Alan Riding, Vecinos Distantes: un retrato de los mexicanos, trad. J. Pacheco, México, Planeta, 2ª ed., 36ª reimpr., 2001, pp. 11

3 Laurence Whitehead, “Mexico and the «Hegemony» of the United States: Past, Present and Future”, en Riordan Rioett, Mexico’s External Relations in the 1990s, Boulder y Londres, Lynn Rienner, 1991, pp. 243-256.

4 Rafael Rodríguez Castañeda, entrevista con Alan Riding, 10 de agosto de 1985, en hemeroteca.proceso.com.mx, consultada el 5 de mayo de 2015.

5 A Riding, op cit., pp. 13 ss.

6 D. E. Lorey, art. cit., p. 132.

7 A. Riding, op cit., pp. 85 ss.

8 Frank Brandenburg, The Making of Modern Mexico, Nueva Jersey, Prentice-Hall, 1964, pp. 1-19, 141-166, et passim.

9 Octavio Paz, “Prólogo” a Elena Poniatowska, Massacre in Mexico, Columbia, University of Missouri Press, 1975, s. p., cit. por Jorge Camil, “Las palabras de mi general“, La Jornada, México, D. F., 19 de febrero de 2010, sec. opinión.

10 Lorenzo Meyer, sobre: Alan Riding, Distant Neigbors: A Portrait of the Mexicans, New York, Alfred A. Knopf, 1984, The Wilson Quarterly, 9 (1985).

11 Ibid., p. 139.

12 Héctor Aguilar Camín, “Manuel Buendía y los idus de mayo”, Nexos, 1984.

13 A. Riding, op cit., p. 140.

14 A. Riding, op cit., p. 163.

15 A. Riding, op cit., pp. 14, 439 et passim.

16 Samuel P. Huntington, El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, trad. J. P. Tosaus Abadía, Barcelona, Paidós, 1ª reimpr, 1997.

17 Edward Said, Orientalismo, trad. M. L. Fuentes, Barcelona, Debolsillo, 7ª ed., 2002, pp. 19-26, 45-81, 271 et passim.

18 A. Riding, “Quince años después: y ahora, ¿hacia dónde?”, en op cit., p. 478.

19 Andrew Selee, “De vecinos distantes a extraños íntimos”, El Universal, México, D. F., 12 de mayo de 2013, sec. opinión.