La forma en que entendemos la relación entre las cosas depende del lugar desde el cual las observamos. El dibujo y la escritura, lo serio y lo risible, lo viejo y lo nuevo, son todos aparentes contrarios. Están separados por una delgada línea que si vemos con detenimiento, es en realidad un péndulo que se mueve y deja mucho espacio a nuestra mirada. En su próxima exposición en la Galería MYL de arte contemporáneo, Alejandro Magallanes reflexiona sobre las divisiones que no son y los cruces que se pueden provocar. En esta entrevista, nos cuenta de esta exposición, pero también de sus ideas sobre el trabajo en colaboración, el diseño, el libro como objeto escultórico y su constante escapar de las definiciones.
Las divisiones entre el lado derecho y el izquierdo
Este título, que es el título de la exposición, me parece atinado por distintas razones. Habla de lo superficial o lo profundo que puede ser algo dependiendo de quien lo vea. Habla de la mirada del espectador, empezando por desde dónde se pare a observar. Si hablamos del cerebro, se supone que el hemisferio izquierdo es el racional, aquel que te da la capacidad de escribir, pero yo me pongo a pensar en los poetas, que provocan imágenes con su escritura, y noto que ya no se trata de dos hemisferios separados sino que interactúan constantemente sin dejar que nos encasillemos en uno o en otro.
Cuando reflexiono sobre mi trabajo cotidiano, como diseñador o como ilustrador, veo que hago un dibujo y que se categoriza como ilustración aunque no esté ilustrando nada, y más bien esté diciendo algo que quiero decir. Estos límites los vamos estableciendo y nos sirven para funcionar en determinados circuitos. En ese sentido, esas divisiones existen todo el tiempo, pero yo las imagino como la primera pieza que está en la exposición: un péndulo. Veo una línea que se va moviendo; es una metáfora que me parece graciosa porque justo ilustra esa delgada línea que divide el lado derecho del izquierdo y que va dejando menos espacio a medida que va oscilando. La línea que divide los lados es un péndulo que nunca se queda estático.

Las definiciones
Siempre he apoyado mi trabajo como diseñador en cosas que tienen que ver con la historia de la visualidad o del arte, también con el pensamiento y hasta con el humor. Cuando empecé a tener exposiciones dentro del mundo del arte, me di cuenta de todas las categorizaciones que existen y que te dicen que no puedes hacer una cosa y al mismo dedicarte a otra, pues en apariencia suceden de manera simultánea. Mucho de mi trabajo tiene que ver con cuestiones políticas entendidas desde la ciudadanía —de hecho, en el extranjero me definen en general como un diseñador de tipo político— y no me siento completamente cómodo con ello.
Hay que lidiar con los juicios constantemente: sobre tal persona que no dibuja bien, nunca falta quien diga que no le gusta algo o que no le hace gracia alguna cosa que yo he hecho. Todas esas aseveraciones se pueden cuestionar preguntándonos por qué es lo que está bien y mal, quién tiene buen gusto o buen sentido del humor. Categorizar de esa forma hace que los criterios sean un poco dictatoriales. A mí, más que aversión, es algo que me parece interesante y hasta divertido, porque, por otro lado, he descubierto que al no sujetarme a estas categorizaciones resulta que no tengo un “compromiso” en el mundo del arte; no tengo que ocupar determinado lugar o competir en un mercado (aunque ahora espero sí hacerlo, porque estoy exponiendo en una galería). Al ser diseñador gráfico —utilizar las letras y las imágenes— siento que tengo una amplitud increíble. Si no hay más palabras, están las imágenes y viceversa.

Siempre trabajo colectivo
Siempre considero a mis trabajos, trabajos de colaboración, ya sea desde la técnica, la idea o el soporte. En esta exposición, el papel para los dibujos, por ejemplo, me lo regaló Marianna Dellekamp sabiendo que yo necesitaba pliegos muy grandes, y el papel que me regaló es muy resistente y hermoso. También se exhibirán unas esculturas de barro que estoy trabajando con una artista de barro de Oaxaca que se llama Enedina Vázquez Cruz. A partir de un dibujo mío –que a ella no le gustó, por cierto– lo interpretó de manera magnífica y creó las esculturas que verán. Finalmente, tengo dos piezas con libros en los que el trabajo colectivo es muy claro y yo actúo como embudo.
Cuando discutíamos si hacer un catálogo o no con todas las piezas que presento en esta exposición, que son más de doscientas, lo que pensé fue mejor hacer un libro con contenido nuevo, una especie de material precioso. Pensé que quería hacer un libro basándome en cómo entiendo el arte: el objeto, más las ideas, más la técnica. Lo que hice, entonces, fue convocar a todos los escritores con los que he trabajado para que escribieran un texto que tuviera como título “La delgada línea que divide el lado derecho del izquierdo”, pero sin que ellos supieran lo que yo estaba trabajando. Podían hacer lo que quisieran y el resultado fue un libro de más de 500 páginas que reúne a los escritores que más quiero y admiro. Están Alberto Manguel, Guillermo Fadanelli, Oscar de Pablo, Aurelio Asiain, entre muchos otros. El resultado es una mezcla entre distintos géneros: hay poetas y ensayistas, están los jóvenes y los grandes, los muy reconocidos y los menos reconocidos, que escriben para niños y para adultos. La lista resultó en combinaciones increíbles, pues se resolvió conforme fueron llegando los textos. Entonces está Margo Glantz junto a Abraham Cruzvillegas, por ejemplo. El principio es que su crédito esté sólo en el índice, porque la idea es que el libro se lea de corrido y como pienso que deben leerse los textos: sin prejuicios ni predisposiciones. Les doy el crédito porque les estoy absolutamente agradecido a todos los escritores, pero siento que el juego en realidad se completa no sabiendo quiénes son.
Cada uno de los textos tiene una interpretación mía, como lector y como diseñador gráfico, lo que resulta en que cada uno tiene un tratamiento gráfico distinto. El canto va formando una delgada línea y todo se reúne para crear una escultura. Es una escultura hecha con el material de mis amigos escritores, que cede a mi interpretación gráfica, aunque siempre mantenía el diálogo con los autores para ver si tenían correcciones. Es una pieza de alto riesgo, que formamos Manuel Loaiza y yo, pero que resultó ser también muy sorprendente. En ella, las fronteras se mueven como me gusta imaginar que pasa en la cultura, se rompen las barreras entre las personas y entre los géneros.
La otra pieza que tiene que ver con los libros, se compone de 100 libros publicados entre 1953 y 1972 que iban a ser desechados en un librería de viejo. Los había sobre marxismo pero también sobre capitalismo feroz, y todos coincidían en ser muy bonitos, con un acabado increíble. Estos libros no habían sido abiertos en treinta años e iban a ser desechados. Con éstos, el proceso fue a la inversa pues decidí rescatar estos libros como cascarón. Los sellé y los sumergí en pintura blanca –que es un acto muy poético aunque sea dramático, pues al mismo tiempo los estaba salvando de la destrucción. Se volvieron fósiles de libros que, una vez que estaban blancos, intervine haciéndoles varios comentarios a partir de la portada y la contraportada. Relacionándolos con el nombre de la exposición, algunas de estas intervenciones fueron consientes y otras muy inconscientes, algunas tienen humor, otras son muy tristes, otras hablan del libro, pero hay otras que no se refieren a nada.
Me parece muy curioso cómo dialogan estas dos grandes piezas de la exposición: 100 libros rescatados a la vez que clausurados, y una escultura que es el libro que creamos entre todos los autores y que tal vez a alguien se le ocurra intervenir en 60 años.

El libro como escultura
Yo creo que los libros tienen un carácter escultórico, se van formando con ideas, materias y realización. El texto de un libro es solamente parte de éste. Cuando platico con escritores, siempre me dicen que lo importante del libro es el texto. Yo creo que definitivamente es parte del contenido pero es cierto que si pensamos en el libro más increíble que podríamos leer y lo abrimos y se deshoja –y no está planeado así–, es un mal libro. Un libro implica papel, portada y acabados. La tipografía que todo mundo da un poco por hecho, es realmente la voz que resuena dentro de tu cabeza y te va transmitiendo lo que vas leyendo. Es una cosa sencilla, pero totalmente trascendente.
Concebir al libro como una composición implica tomar todas las convenciones para hacer el objeto, y es así como el diseñador se vuelve tan importante como el impresor. Hay libros de poesía que yo he diseñado a los que no les pongo folios, por ejemplo, porque pienso que no importa en qué página te quedaste cuando lo cerraste. Aunque finalmente todas son formas subjetivas de lectura.
Sin embargo, aunque sean esculturas, los libros dejan de ser útiles cuando ya nadie los lee. Un libro sin abrir es una joya en una caja fuerte. Con todo lo que pueda tener, incluido el diseño, si no se hojea no cumple con su función. A mí los que me interesan son los libros que parecen libros.
Diseño
Es muy diferente ser diseñador de un cartel que ser diseñador de libros. E incluso con los libros, es muy diferente hacer la portada, que el diseño interior. Si se trata de un libro literario, me preocupa que sea legible: que los dedos no se metan en los textos si así no lo quiero, o que tenga un papel que aguante muchas lecturas. Con los autores, me da gusto que les guste lo que hago, pero es un diálogo y a mi tampoco me gusta todo lo que leo o veo.
Hay mucha presión en ilustrar el trabajo de aquellos que le han dedicado 8 años de su vida a hacer una película o a escribir un libro. Pero siempre me emociono con estas actividades pues, en este mundo, escribir, hacer cine o ilustrar son todas hazañas.
Como diseñador disfruto de hacer todo, aunque cada proceso es distinto. Yo siempre les digo a mis alumnos que la metodología es como un chaleco, no engordas ni enflacas para que te quede el chaleco, sino que te compras el que te venga bien y hay que reconocer también los momentos en que no lo necesitas porque está haciendo calor. Yo veo al juego como parte de esta metodología y del proceso creativo. Me parece lo más importante porque aprendes tanto de relaciones como de frustraciones. Ahora, hay buenos y malos jugadores, el buen jugador espera divertirse, pero otros esperan ganar. A mi me da mucho por la diversión. Me absorbe y me entusiasma y se vuelve lo más importante de mi proceso. Por otro lado, pienso que las libertades como artista uno se las va buscando. Yo siempre opto por la no autocensura y en ese sentido, mi pregunta en todo tipo de trabajo es “¿Y por qué no?”. Muchas veces la respuesta sobre lo que quiero hacer está en preguntarme por aquello que no debería hacer.
Creo que lo más interesante en cualquier obra es que permee la personalidad de quien la realiza. Para el asunto de la comunicación, hablando del diseño, mi maestro Mauricio Rivera decía que quien sabe decir las cosas con humor las dice en serio. El humor es una cosa que envuelve a las demás. Yo en general veo la vida con humor y eso se refleja en mis obras. El trabajo que presento en esta exposición lo hice de muy buen humor y creo que se nota. Son cosas que pensé para esta exposición con ese ánimo y creo que, de no haber sido en este lugar en particular, hubiera hecho cosas distintas. En ese sentido, sí se parece a los trabajos de diseño que hago cotidianamente: se trató de un proyecto para la galería, sus espacios y los materiales con los que pude trabajar. Incluso las personas intervinieron; todas las placas las hizo un trabajador de la galería que aprendió a pintar como se pintan los carros y sobre ello trabajé.

La postura del artista
Hay trabajos que requieren de más postura que otros. La mía siempre es hacerlos lo mejor que pueda incluso cuando acepto trabajos con los que no estoy del todo cómodo, como le sucede a cualquier persona que presta sus servicios. Yo tengo la fortuna de haberme querido dedicar a la cultura, que es lo mejor que puede ofrecer una sociedad, y cuando mi trabajo es político, lo hago como ciudadano y desde lo que sé hacer. La distribución de imágenes en el ámbito político es muy rápida y puede ser muy efervescente. Por ejemplo, cuando hice la imagen de No+sangre, me pareció interesante ver cómo una imagen que no era muy sofisticada, ni tampoco la mejor que había yo hecho, le gustó mucho a la gente y la pudo tomar como estandarte. Me parece interesante ver que una imagen sea de utilidad pública. En ese sentido, creo que como diseñadores, ilustradores, artistas o lo que sea, es posible contribuir y generar cosas que sirvan. Actualmente, me gusta trabajar con Amnistía Internacional, que está trabajando temas como la tortura, los migrantes, las desapariciones y es del tipo de trabajos en los que me gusta trabajar como ciudadano.
Por otro lado, me gusta observar qué pasa cuando un trabajo genera problemas. Como diseñador eso es algo a lo que me he enfrentado toda mi carrera, aunque lo cierto es que antes era más radical.
Concepción de La delgada línea…
Traté de pensar a esta exposición en conjunto desde el principio: sabía que iba a haber dibujo, placas, libros y algo de animación. Cuando me puse a trabajar en este proyecto decidí presentar puras cosas nuevas. En ese sentido sí trabajé con la disciplina que tengo para crear imágenes aunque, ya estando aquí, si un día estaba simpletón, hacía cosas simples y si estaba grave, hacía otro tipo de cosas. Esas transiciones por las que vas pasando en lo cotidiano me parece que tienen que ver justamente con la cuestión de los límites, de cada lado. Para entender la temática interviene de forma muy afortunada el título, pues si estás en el límite –de un lado o de otro– puedes transitar fácilmente entre sus fronteras. La poética del título va definiendo los montajes y los procesos de cada una de las cosas: quise hacer cosas muy pesadas y otras muy ligeras. Esas fueron las reglas del juego que me puse y dentro de ellas, todo lo demás era como el péndulo con el que abre la exposición: se movía de un lado a otro. Si algo hace al juego divertido, es que tenga reglas.
El proceso en conjunto duró un alrededor de un año. Me tardo mucho en los arranques, dibujo mucho las ideas, ya cuando me puse a hacer las cosas, el tiempo de realización fueron 5 meses que apenas están terminando. Y pasa lo de siempre: algunas piezas no me gustan tanto, por lo que las he seguido trabajando.
En el caso de esta exposición, el curador entró justo a la mitad. Yo tenía una serie de ideas, muchas más de las que finalmente quedarán aquí, y cuando Guillermo Santamarina llegó le dio una estructura a todo ello. Me hizo preguntas, luego yo le compartí cosas que me parecían interesantes, algunas de éstas a él no, y así fue como fuimos trabajando. Cómo lo veo yo, es que los curadores son finalmente editores: mueven un par de puntos y dejan el texto impecable. Yo a Guillermo lo admiro mucho como curador, como artista y como hombre de ideas. Luego está también el galerista, con quien también se negocia. Lo cierto es que conmigo Manuel ha sido muy paciente, nos une además una amistad de muchos años.
Esta es mi primera exposición de arte en tres o cuatro años. Esta vez es en una galería y realmente espero que todo se venda, por eso he planteado precios que me parecen muy justos. Además, aprovechando que no tengo la presión de mercado, me gustaría jugar con eso: el primer día se venderá todo lo más barato y conforme pasen los días, los precios irán aumentando. Así, al final las piezas que nadie quiere serán las más caras, lo cual es una ironía que rompe con la lógica del mercado. Resulta en una forma distinta de pensar tanto el montaje como los objetos, y aún estamos decidiendo en dónde poner ciertas piezas. Todo me ha hecho pensar en cómo las cosas realmente adquieren la forma de su recipiente.
La inauguración de La delgada línea que divide el lado derecho del izquierdo es el 18 de septiembre y está abierta al público. Después de eso, se puede visitar haciendo previa cita aquí.