Cuando pienso en Jay Gatsby doy gracias a Francis Scott Fitzgerald por haber permitido que George Wilson se empeñara en que el joven millonario muriera aquella tarde de otoño de 1922. La primera vez que leí El gran Gatsby pensé que era un final injusto, que Fitzgerald había cometido un grave error al haber asesinado a quien sería por siempre su mejor creación. Hoy aplaudo de pie esa sentencia de muerte. ¿A qué más tendría que haberse enfrentado Gatsby? Su chica de oro, Daisy Fay, a quien había amado en vela y en sueños, se esfumó con su esposo Tom Buchanan, sin una llamada o una nota de despedida. Este matrimonio sofisticado —envuelto en el temor al qué dirán, en sus traiciones y en su fingida correspondencia amorosa—, acostumbrado a destrozar cosas y personas, huyó a quién sabe dónde con la confianza de que alguien se ocuparía de limpiar “la suciedad que ellos dejaban”. Gatsby, qué duda hay, no estaba hecho para seguir respirando en ese mundo.

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El gran Gatsby, con 90 años cumplidos, sigue siendo una póliza de garantía para que F. Scott Fitzgerald permanezca inmutable como uno de los grandes de la literatura universal. No es un logro menor que el libro haya sido traducido a 20 lenguas.

La historia de esta novela comenzó en abril de 1924, cuando Fitzgerald, su esposa Zelda y su hija Frances (Scottie) se mudaron a la Riviera francesa con siete mil dólares de presupuesto. En ese momento se inauguraba la cuesta arriba económica que el autor padeció hasta el último de sus días. Pese a que las ganancias de Scott en 1923 fueron de 28 mil dólares, los Fitzgerald tuvieron que abandonar su residencia en el exclusivo barrio de Great Neck (Nueva York), ahogados en deudas y sin la esperanza de continuar con su extravagante estilo de vida; hicieron cuentas y el tipo de cambio de dólar a francos era muy conveniente para ellos.

De esta mudanza, Fitzgerald escribió: “Íbamos al Viejo Mundo a dar un nuevo ritmo a nuestras vidas, con el sincero convencimiento de que habíamos dejado atrás para siempre nuestras identidades anteriores…”.

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El escritor llevaba metida en la maleta la determinación de trabajar con disciplina en su tercera novela, se había propuesto no parar hasta terminarla. A su editor, Maxwell Perkins, le comentó en una carta que traía entre manos “un gan libro, artísticamente ambicioso”, que era “bello y simple, y a la vez planeado con rigor”. En los siguientes meses, Fitzgerald se negó a levantar los codos de la mesa y, en medio de su retiro literario, fue sorprendido por la noticia de que Zelda se había relacionado amorosamente con el aviador francés, Adouard Jozan. El balance de los daños quedó registrado en una libreta de notas de Scott: “Supe que había pasado algo que nunca podría repararse”.  

Los biógrafos de esta pareja, protagonista de los locos años 20, aventuran que el episodio Jozan fue una semilla que los dos hicieron germinar en su obra: Zelda en Save Me the Waltz  y Fitzgerald en algunos de sus relatos y en El gran Gatsby y Suave es la noche.

Esta tesis no suena descabellada si se toma en cuenta que Fitzgerald alguna vez confesó: “Da lo mismo que escriba sobre algo que pasó ayer o hace veinte años: tengo que partir de una emoción que sienta vivamente y que comprenda”.

Para conocer a detalle las decisiones narrativas que fueron dando forma a esta novela “sobria” (el calificativo es del propio autor), sirve de guía el intercambio epistolar que F. Scott Fitzgerald sostuvo con amigos durante los días en los que se ocupaba de El gran Gatsby y en los años posteriores.

Por lo visto, para Fitzgerald no fue fácil establecer la naturaleza de su personaje principal. En una carta fechada en 1925, le asegura a Maxwell Perkins: “Ni siquiera yo sabía qué aspecto tenía Gatsby ni a qué se dedicaba”.

El modelo de carne y hueso que pudo haber detonado la existencia de Jay Gatsby, a diez años de la publicación del libro, se había convertido en una figura difusa en la memoria del autor, según indican estas palabras dirigidas a John Jamieson: “El personaje [Gatsby] está inspirado, quizá en un tipo de Minnesota, un hombre de origen rural que conocí y he olvidado, y a quien asocié con cierta idea romántica. Puede que te interese saber que, en un relato titulado “Absolución”, que está incluido en All the Sad Young Men [Todos los jóvenes tristes], pensé al principio contar los primeros años de la vida de Gatsby, pero finalmente no lo hice, porque quería mantener el aire de misterio que lo envuelve”.

La imaginación de Fitzgerald se enfrentó a “personajes tan ajenos a la mayoría de nosotros como un contrabandista y un estafador”, que no dudó en recurrir al melodrama para apuntalar la historia.

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El origen de esta novela quedó cifrado en un encuentro extraordinario. A primera vista el mafioso estadunidense Arnold Rothstein —ligado al escándalo de corrupción de la Serie Mundial de 1919, en el que ocho jugadores de los Medias Negras aceptaron perder frente a los Cincinnati Reds, a cambio de varios miles de dólares— perturbó de tal manera a Fitzgerald que no sólo lo convirtió en Meyer Wolfsheim, el socio de Jay Gatsby, sino que lo usó como uno de los principales andamios de su narración.

Al respecto, Corey Ford recibió esta explicación en 1937: “[…] en Gatsby, seleccioné aquello que contribuyera a transmitir cierto estado de ánimo, un tono evocador o como quieras llamarlo. En Gatsby, por ejemplo, deseché de antemano centrarme en todos los elementos vulgares o prosaicos relacionados con Long Island, los grandes estafadores, el adulterio y, en cambio, convertí el pequeño incidente que me había impresionado tanto —mi encuentro con Arnold Rothstein— en el hilo conductor de la novela”.   

La escritura de El gran Gatsby se prolongó hasta finales de octubre de 1924. Los ahorros de los Fitzgerald estaban a punto de desaparecer. Abandonaron Francia y se establecieron en Roma durante el invierno. Scott corrigió las galeradas de El gran Gatsby en esa ciudad.

Y fue entonces cuando Fitzgerald comenzó a afinar con Perkins los detalles de la edición de la novela. El autor mantuvo el control de todo: “Quiero que la encuadernación y la tipografía de El gran Gatsby sean idénticas a las de mis otros libros. De la cubierta hemos hablado ya. Lo que no quiero esta vez son frases elogiosas en la cubierta: ni de H. L. Mencken ni de Sinclair Lewis ni de Sidney Howard ni de nadie. Estoy harto de ser el autor de A este lado del paraíso; me gustaría empezar de cero”.

El texto de cubierta que Fitzgerald propuso decía así: “Muestra cómo ha evolucionado desde sus alegres relatos sobre la juventud, que inventaron un nuevo tipo de chica americana, hasta la actitud grave de la que ha surgido El gran Gatsby y que lo ha situado entre la media docena de maestros de la narrativa americana actual. […] ¿Qué otro escritor ha sufrido una evolución tan inesperada, ha demostrado tal versatilidad?, etc., etc., etc.”.

Y también acotó: “Creo que si moderas el tono donde te parezca oportuno, el texto vendría a ser así. No digas: ‘¡Fitzgerald lo ha logrado!’ y, en la siguiente frase, que soy un artista. A la gente a la que le interesan los artistas no le interesan los que ‘lo han logrado’; las dos frases están bien, pero no pueden ir juntas. Pero esto es una pega de escritor. Todos los escritores tienen alguna”.

En la cercanía de la publicación del libro, Fitzgerald se había olvidado de la inseguridad y la incertidumbre que lo acosaron durante su escritura. Ernest Boyd fue el afortunado corresponsal que pudo leer esta emotiva autoevaluación: “Mi nueva novela, El gran Gatsby, sale a finales de marzo. Le he dedicado alrededor de un año, y creo que es lo mejor que he escrito con mucha diferencia. En ella he prescindido totalmente, sin contemplaciones, del ingenio áspero que considero mi mayor defecto como escritor, pues distrae de lo esencial y desfigura mis libros, por más que de tarde en tarde suscite una risa sardónica. Me parece que está bien como está. Quería llamarla Trimalchio (está ambientada en Long Island), pero Zelda y todos los demás me disuadieron”.

Fitzgerald, igual que cualquier otro autor, quería que el lanzamiento de su tercera novela estuviera acompañado por el constante sonido de las cajas registradoras de las librerías. La cautela, sin embargo, lo llevaba a pensar en esto: “Si el libro resulta un fracaso comercial será por una de estas razones, o por las dos. La primera, que el título solo es pasable, o más bien malo. La segunda y más importante, que no hay ningún personaje femenino destacado, cuando los mayores compradores de novelas son mujeres. No creo que el final triste importe demasiado”.

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La editorial Charles Scribner’s Sons publicó El gran Gatsby el 10 de abril de 1925. El tiraje de 20 mil ejemplares se agotó en pocas semanas.

Los críticos dejaron caer halagos sin reservas en las páginas de periódicos y revistas. “La tomaron todos conmigo con A este lado del paraíso, pero esos mismos críticos no sólo alabaron Gatsby, sino que algunos echaron la vista atrás y rectificaron sobre mi primer libro”.

La escritora Gertrude Stein, a quien Fitzgerald había conocido en París al asistir a su notable tertulia literaria, fue una de las primeras personas que lo felicitó por la recreación que logró de los años veinte y comparó el resultado con lo que hizo William Makepeace Thackeray en La feria de las vanidades.

A mediados de los años treinta el libro todavía seguía dando de qué hablar. En esa época, el poeta T.S. Eliot le confesó a Scott que había leído El gran Gatsby tres veces y le aseguró que como autor podría atribuírsele el “primer paso que había dado la ficción americana desde Henry James”.

Sólo hubo una crítica que Fitzgerald recordaba con amargura: “Una mujer que apenas podría escribir una carta coherente en inglés ha dicho de este libro que leerlo era como ir al cine de la esquina”.

Con cartas de recomendación tan favorables, El gran Gatsby fue admitido sin cortapisas en el mundo de los clásicos.

Jay Gatsby es el mayor cómplice que Fitzgerald pudo haber creado para él mismo. Fue tan estrecha la cercanía que el escritor sintió con Gatsby que en una ocasión mencionó: “Los libros son como hermanos. Yo soy hijo único. Gatsby es mi hermano mayor imaginario”.

El sábado 21 de diciembre de 1940, el corazón de F. Scott Fitzgerald se detuvo bruscamente. Su voluntad de ser enterrado en el cementerio de la iglesia de St. Mary de Rockville (Maryland), en donde estaban las tumbas de su padre y  otros familiares, no pudo cumplirse porque las autoridades eclesiásticas consideraron que el autor había dejado de ser un católico practicante mucho tiempo atrás. Así que el sepelio fue en el cementerio Rockville Union.

La arquidiócesis de Washington rectificó en 1975 la decisión tomada por sus antecesores, y permitió que los restos de Fitzgerald y de Zelda —quien murió el 10 de marzo de 1948, cuando el hospital en el que estaba internada se incendió— fueran depositados en el cementerio de la iglesia de St. Mary de Rockville. Alguien, tal vez Frances Fitzgerald, decidió que el lazo fraternal entre Scott y Jay quedara inscrito por siempre en esa tumba, al usar como epitafio las últimas líneas de El gran Gatsby:Y así seguimos empujando botes que reman contra la corriente, atraídos incesantemente hacia el pasado”.