Pocas veces tenemos presentes a las torpezas que pueden resultar del movimiento de nuestro cuerpo. Quizás sólo en el momento de un ocasional traspié, o en aquello que hemos vuelto el incidente más vergonzoso de nuestros cuerpos sedentarios, que es francamente caernos al piso. Afuera… Reconstrucción de una obra nos recuerda que al cuerpo le pasa todo eso y más. La breve temporada que tuvo esta obra en el teatro Sergio Magaña acaba hoy en la noche y si movernos nosotros significa arriesgarnos a una burla que no toleraremos, que eso no impida ir a ver cuerpos ajenos intentarlo.

Aunque en conjunto la puesta es muy teatral y los intérpretes efectivamente tienen diálogos, hablan entre sí y le hablan al público, no cabe duda de que la obra de Nicolás Poggi es danza y lo es en un amplio sentido. Se trata de un pequeño grupo de artistas buscando reconstruir una pieza olvidada. La forma de hacerlo es con distintos ejercicios de memoria que se alternan entre ellos —dándose instrucciones unos a otros— y que buscan provocar a los recuerdos que guarda el cuerpo sobre lo que hizo alguna vez.
La intención de controlar lo que pasa en el escenario no sólo se restringe a los movimientos de los cuatro intérpretes. Vemos con claridad cómo, en el proceso que implica volver a imaginar una puesta en escena, se recuerdan también los sonidos, las luces y el contexto escénico en su totalidad. Porque, claro, moverse es moverse en un espacio y en diálogo con los elementos que lo conforman, aún cuando recordar todo esto no es fácil. El público nota los tropiezos que hacen de la puesta el ejercicio lúdico que busca ser, y se ríe de los bailarines que sencillamente no saben ni por dónde empezar.
Lo que vemos es, pues, un ensayo en el escenario. Ese primer ensayo en el que se reencuentran los artistas sin más herramienta que su búsqueda coreográfica. Por ello, quizás es el único sobre el que se puede asegurar desde un principio que lo que sucederá en el proceso será verdaderamente imprevisible, aunque siempre natural y humano.
Los bailarines se señalan los errores constantemente, pero esto no debe confundir al espectador. Tampoco deben hacerlo los momentos en que sus movimientos lindan en lo ridículo —de pronto vemos una escena en la que tres de los personajes persiguen infructuosamente a una gallina imaginaria, mientras que en otra muy posterior, el cuatro de ellos se acuerda de imitar a la gallina. Con todo lo risible, sin embargo, los artistas de Motos Ninja hacen cosas muy serias con el cuerpo. Su experimentación es evidente y tienen un lenguaje de movimiento establecido. Pero, sobre todo, lo que tienen y usan con envidiable naturalidad, es la posibilidad de caerse, de realmente azotar contra el piso.