Hay historias que forman parte del imaginario colectivo. Sobre todo, muchas que tienen algo de mítico. Las conocemos por alguna referencia cruzada, porque alguna vez tuvimos acceso a ellas así como un chisme que, de pronto, cae en nuestra área de interés. En la literatura es común enterarnos de ciertos acontecimientos casi sin querer, por algunos indicios que se mencionan pero en los que no se ahonda. Retomarlos para crear una novela implica un riesgo: la historia existe, no pertenece al escritor y bien podría suceder que perdiera su carácter mítico a la hora de su refiguración. William Ospina (Colombia, 1954) seguramente lo sabía. Pero las obsesiones tienen el ingrediente justo para que uno no pueda desentenderse de ellas.

En 1816 se dio una reunión por demás inusual. A las orillas del lago de Ginebra, en Villa Diodati, estaban hospedados Lord Byron, Mary Shelley, John Polidori, Clara Clairmont y Shelley, el poeta, entre otros. La noche fue larga. Una ocurrencia de Byron se convirtió en un reto: todos los presentes debían escribir un relato aterrador. Se fueron a sus habitaciones a emprender la tarea. Así fue como se escribió Frankestein y la primera novela de vampiros. Hasta aquí, la historia conocida, la que tiene un velo de misterio y que forma parte del imaginario colectivo.

Ospina era consciente de que muchos libros se habían escrito alrededor del tema. Eso no le impidió, sin embargo, obsesionarse con el mismo. Así que inició un largo periplo cargado de coincidencias, de encuentros venturosos. El año del verano que nunca llegó es el resultado de dicha obsesión.

Ospina no se limitó a contar lo sucedido dentro de Villa Diodati. Al contrario, prefirió dar un paso atrás. Lo justo para tomar perspectiva. De entrada, llama la atención que la noche durara tantas horas, que el verano estuviera opacado por el clima invernal. La explicación es tan simple como luminosa: en el archipiélago indonesio un volcán hizo erupción, alterando por completo el clima del mundo entero. Pero ése no es el único antecedente que permitió que la noche se alargara, que los huéspedes se fueran a escribir sus relatos.

monstruos

Así, la novela da cuenta de todo lo que tuvo que suceder para que los personajes estuvieran en ese sitio preciso. Es un camino de ida y vuelta. Hacia adelante y hacia atrás. Los antecedentes de los personajes se mezclan con sus destinos. Al mismo tiempo, se intercala la historia del escritor que busca escribir esa novela. El periplo de Ospina se suma a las motivaciones de los personajes. Como lectores, accedemos a ellos no sólo como las entidades figurales que son, también lo hacemos desde la perspectiva de un escritor colombiano que busca aportar algo a una historia tantas veces narrada.

El resultado es una novela apretada, con líneas narrativas que extienden sus ramas hacia una multiplicidad de nuevos relatos. Los necesarios para intentar comprender la reunión pero, sobre todo, el resultado de la misma. Porque no cualquiera puede escribir Frankenstein en una noche de inspiración, también es necesario indagar en esa semilla latente en la propia Mary Shelley.

El año del verano que nunca llegó es una bitácora de viaje y de escritura. Es, también, la puesta en escena de una historia que muchos conocíamos a medias y que, tras su lectura, sentimos más cercana. Es, sobre todo, una reflexión en torno a un monstruo que lleva dos siglos habitando con nosotros y que, tal vez, siga acompañándonos por mucho más tiempo. Es, entonces, una novela que nos acerca a la comprensión, así, sin adjetivos, de un fenómeno que nos afecta de muchas más formas de las que hemos sido conscientes.