La relación epistolar más sincera que Francis Scott Fitzgerald sostuvo con alguien durante el eclipse de su existencia, fue con su hija Frances. Entre 1933 y 1940, el escritor ocupó varias horas al día para redactar cartas y telegramas en los que volcaba las esperanzas y desengaños que su querida Scottina, su tesoro, le prodigaba. La joven corresponsal tenía once años cuando su padre decidió estrechar los lazos filiales sirviéndose de sobres con sello postal. Nada quedó fuera en estas conversaciones de papel: la calamidad económica del padre; los avances y tropiezos médicos de Zelda, la madre; los consejos de escritura; las recomendaciones para el plan académico que la hija debería seguir; los planes para Navidad. La última carta de esa colección, enviada por el autor de El gran Gatsby pocos días antes de morir, no se aparta del tono protector y consejero que el padre atormentado frecuentó durante siete años.

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[diciembre de 1940]

[1403, North Laurel Avenue]
[Hollywood, California]

 

       Queridísima Scottie:
       Te habrá llegado con la carta, espero, un abriguito. Era un abrigo de Sheilah casi a estrenar que se le ha antojado enviarte. A mí me parece muy bonito. Quizá te sirva para llenar ese armario tuyo tan necesitado. El padre de Frances Kroll es peletero y lo arregló ¡sin cargo!
       Conque hazme el favor enseguida de escribir las siguientes cartas:

       1) A Sheilah, sin mencionar la contribución del señor Kroll.
       2) A Frances, alabando el estilo.
       3) A mí (cuando encuentres un momento), de tal modo que pueda mostrar la carta a Sheilah, quien sin duda me preguntará si te ha gustado el abrigo.

       Me quitarás un peso de encima si escribes estas cartas sin demora. Quien hace un regalo no obtiene ningún placer de una carta de agradecimiento que llega con tres semanas de retraso, aunque ésta venga de rodillas y suplicando perdón; habrás sustraído placer a alguien que ha procurado dártelo. (Eclesiastés Fitzgerald.)
       Por último, invéntate un cuento para  Alabama y diles que le compraste el abrigo a una chica. No digas que te llegó a través de mí.
       Por lo demás, sigo en cama. Esta vez, el resultado de veinticinco años de cigarrillos. Tienes dos hermosos malos ejemplos por padres. Limítate a hacer todo lo que no hicimos y estarás perfectamente a salvo. Pero sé cariñosa con tu madre en Navidad, pese a su adoración por las runas de los primeros caldeos a la que sin duda te condenará durante las fiestas. Sus cartas son trágicamente brillantes en cualquier tema que toque, salvo en aquellos de vital importancia. Qué insólito que fracasara como criatura social. Ni siquiera los criminales fracasan en este aspecto, pues son la “Leal Oposición” de la ley, por así decir. Pero los locos son simples invitados sobre la Tierra, eternos extranjeros que deambulan por el mundo con decálogos rotos que no saben leer.
       Aún no he terminado la novela de Tom Wolfe [You can’t go home again] y no puedo reseñártela de momento, pero la historia sobre el incendio es espléndida. Sólo me temo que, después de esa magnífica siembra de personajes, el libro no dará ningún fruto. La imagen de “Amy Carleton” (Emily Davies Venderbilt, que solía venir a nuestro apartamento de París, ¿te acuerdas?), con los ojos grises jaspeados y la forma de hablar fielmente reproducida, es simplemente perfecta, Emily se empeñó en conquistar a Tom —sans succès— y a la postre terminó quitándose la vida en un solitario rancho de Montana en 1934. El retrato de la señora Jack también es estupendo. Es totalmente creíble.
       Con todo mi amor,

Papi

P.D.: Por el amor de Somerset Maugham, ¡la carta!

 

Fuente: F. Scott Fitzgerald, Cartas a mi hija (traducción y notas de Albert Fuentes), Alpha Decay, Barcelona, 2013.

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