Cierta idea extendida refiere que sabemos cuándo inicia el viaje, pero no cuándo termina. Como si un pase de abordar o el boleto de autobús fueran el disparo de salida para activar las virtudes del paseo. Lo anterior, supondría que el viaje en realidad no termina debido a que la memoria nos punza en la cabeza. Esto no importa si fue una experiencia del espíritu o el traslado a un campo de concentración. Ahí están las obras de Bruce Chatwin y Jorge Semprún, como ejemplos de uno y otro.

diario-de-kioto

Pero no estoy seguro de que sea tan claro cuándo inicia un viaje. Desconfío de que sea el momento en que se confirma y preparamos la maleta. Una geografía que se desconoce también detona una mística del viaje. Prípiat, en Ucrania, o Pyongyang, capital de Corea del Norte, me han despertado curiosidades y un deseo genuino de aproximación, no obstante que resulta improbable que visite ambos lugares. Así, son sitios que no conozco, a los que jamás iré y, no obstante, viajo a ellos a través de anécdotas, documentales y libros que me informan sobre sus aspectos más singulares.

Ernesto Hernández Busto (La Habana) se impone a la escasa publicación de diarios de viaje en el ámbito hispanoamericano —a esto atribúyanle la razón que se les ocurra—, y publica Diario de Kioto (Cuadrivio, 2015) con el que prueba cuánto sugiere un cambio de entorno al escritor atento. El volumen es una reunión de meditaciones sobre esa ciudad japonesa, que se agradecen ya que trasciende esa condición cuando el autor relaciona la experiencia con inquietudes personales. De nada valdría el libro si fuese una guía de viaje. Las ediciones de Aguilar lo harían mejor. Por lo que es preferible descubrir que Hernández Busto no tolera el tofu o imaginar su embeleso al llegar a Nara.

El paseo no abandona su condición germinal para la escritura. Lo supieron Jack London, Malcolm Lowry o Lawrence Durrell. A fecha más reciente, W.G. Sebald y ese rescate vuelto indispensable que es Robert Walser. Y es que durante el viaje, la mirada se ensancha y permite relacionar memorias y experiencias que parecían aisladas. Una cualidad que no es menor, ya que la dispersión es el santo y seña de la vivencia actual. Por lo tanto, implica recogerse hacia el exterior —extraña paradoja. Geografía que nos espera con detalles cuya textura sobrepasa cualquier expectativa.

Japón ofrece el atractivo del exotismo y la impenetrabilidad, además. Ciertas las ideas que aparecen en el libro —como referirse a Sarduy como un “autoproclamado discípulo” de Lezama o perfilar una meditación sobre el “japonismo cubano”—, logran un equilibrio con la experiencia viajera. El lector no está en el lugar de los hechos y, por tanto, es parcialmente incapaz de verse impactado por la visita con la fuerza que arrolla al autor. Incluso conociendo el lugar que motiva la crónica, porque la mirada es individual y nadie repara en los mismos detalles. La realidad tiene forma ondulada y cuando creemos que nos adaptamos al entorno, sucede otra conmoción trepidante.

El Diario nos reintegra la posibilidad de refundarnos en el suceso del traslado. Es posible que el conocimiento no sea sino un asunto de perspectiva y posicionamiento. Asirse a un observatorio garantiza un acumulado de certezas e igualmente de posibilidades. La historia, la literatura y el pensamiento se encarnan con mayor hondura durante el viaje. Al respecto, cito a Hernández Busto: “Cada cual escoge su lugar de abandono, su trozo de desconocimiento”. Y si bien la falta de conocimiento pudiera entenderse como una falta de fortaleza, también podría leerse como una cualidad que permite la paz de ánimo y con ello mantener la vista al frente. La ignorancia es un refugio y cuando se descubre resulta difícil olvidarla.

Seis días son suficientes —de lunes a sábado— para que el escritor viajero desgrane inquietudes personales frente a un paisaje soñado. La virtud maléfica del tiempo ofrece una tregua y permite alargar las horas para dotarlas de sentido. De esta manera, una referencia cualquiera se transforma en dinamita para detonar constelaciones, con sus claridades y claroscuros. Este Diario es una oportunidad para verificar que la escritura actual admite registros personalísimos, lejos de los clarinetes triunfales de las pasarelas que reparten aplauso a la primera provocación. Aún es posible pensar la literatura a partir del yo y, a un tiempo, sacar los zapatos más cómodos del clóset para iniciar una caminata. No importa si es Kioto, Génova, Catemaco o las calles empedradas de una colonia de provincia. Aquí la prioridad es la aventura que nos aguarda cruzando el umbral.

Ernesto Hernández Busto, Diario de Kioto, Cuadrivio, 2015.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.