Partamos de una obviedad: toda historia tiene un inicio, un desarrollo y un final. Más aún, la existencia misma de una novela implica que ésta conforma, en una unidad narrativa, secuencias que permiten una concatenación lógica de una serie de anécdotas orientadas hacia un fin concreto. Es la trama. Su existencia permite diferenciar el simple cotilleo cotidiano de una obra literaria. En otras palabras, tiene un propósito. Para conseguirlo es necesario que el conjunto de la información narrativa se dosifique de la manera correcta. No es lo mismo, por ejemplo, contar el final en la primera página para luego dar un largo rodeo que lo explique, a hacerlo en la última, cuando el lector ya está convencido de que no puede esperar otra resolución. De ahí que la trama (su potencia, su poder) dependa, en muy buena medida, del flujo preciso de los elementos que la configuran; de que las anécdotas caigan por su propio peso.

David Grossman (Jerusalén, 1954) sabe trabajar con la trama que se plantea. Tanto, que hasta se da el lujo de optar por mecanismos cargados de riesgo, donde lo más probable es que algo no funcione. Al menos, ése debería haber sido uno de los pensamientos que le cruzó por la mente cuando escribía Gran Cabaret (2015).
El planteamiento podría parecer simple. Dovaleh es un comediante de bares. Nunca ha tenido demasiado éxito. En el momento en el que lo conocemos está en un bar decadente en una pequeña ciudad de la provincia israelí. La función de hoy no será como cualquier otra. Ha invitado a un amigo de la adolescencia a escucharlo. Un amigo al que no ha visto en cuatro décadas, que ha sido un respetable juez, que se ha retirado, que extraña a su mujer y que no entiende a cabalidad por qué aceptó la invitación de quien podría ser un completo desconocido. Sin embargo, ahí está, a la espera de que Dovaleh haga su trabajo y haga reír a la concurrencia. Algo que no hará.
Grossman ha planteado un escenario complejo como el que más. Si a un comediante de oficio no le resulta sencillo hacer reír a un público al que va trabajando a partir de chistes y del que va ponderando sus reacciones, la tarea de enfrentarse a lectores desconocidos sentados en las incómodas sillas de un bar decadente suena casi imposible. Sobre todo, porque no puede medir el pulso de la audiencia, sus reacciones. Además, los mejores comediantes no son quienes sueltan un chiste tras otro sino quienes consiguen involucrar al público en una espiral anecdótica que deviene en carcajada. O en llanto. Proeza aún más complicada.
Conforme la función avanza, los recuerdos de Dovaleh van emergiendo. Es una espiral distinta, cargada con rastros de patetismo. Una espiral que atrapa al lector sin previo aviso, que lo arrincona. Es cuando la perspectiva del amigo cobra importancia. Él fue un testigo de primera mano de lo sucedido entonces. Sin embargo, no conocía la historia completa. Sabe, si acaso, que durante el servicio militar varios se aprovechaban de Dovaleh. Sabe que él no hizo nada para impedirlo. Sabe, también, que un buen día una sargento corrió a buscar al cómico insipiente para llevárselo del campamento. Sabe que no volvió a pensar en él durante el resto de su vida. Sabe, entonces, que la historia que Dovaleh está contando mientras muchos de los asistentes abandonan el bar, es una historia que también lo involucra.
El gran mérito de Gran Cabaret no es sólo lo que cuenta –hemos escuchado otras novelas más terribles–, sino la forma en que lo hace. Grossman dosifica la información narrativa de tal manera que para el público que resiste hasta el final del espectáculo, para el lector mismo, es imposible no caer en el garlito, ser atrapado por una seducción que tiene mucho de maestría. Y ésta depende del uso preciso de recursos técnicos. Del contrapunto entre la voz del comediante y los recuerdos del juez. De que la información narrativa fluya con tiento, en un principio, hasta la vorágine que anticipa los finales.
Grossman decidió correr riesgos pero lo hizo con conocimiento de causa. Preparó todas sus herramientas narrativas y se dio a la tarea de construir una gran novela. De ésas que se asientan en el ánimo y se integran a las experiencias del lector. De ésas que nos suceden al tiempo que las leemos.