Mathias Goeritz: trazos de luz y espacio

En un texto que escribió sobre su obra La serpiente del Eco, Mathias Goeritz explica que “la forma de la escultura debía expresar en medio de la tranquilidad del patio, la angustia del hombre en el universo. Era una estructura agresiva e inquieta”[i]. Durante cuatro meses (del 28 de mayo hasta septiembre), esta escultura ocupará el centro del patio colonial en el Palacio de Cultura Banamex-Palacio de Iturbide. La colaboración con el gobierno español permitió organizar la retrospectiva enmarcada por el centenario del artista:  El Retorno de la Serpiente. Mathias Goeritz: invención de la arquitectura emocional, para exhibirse en el Museo Reina Sofía en Madrid del noviembre pasado hasta abril. Tras su estancia en la Ciudad de México estos meses, a partir de octubre visitará el Museo Amparo en Puebla.

Mathias Goeritz nació el 4 de abril de 1915 en Danzig, Alemania, ciudad que ahora lleva otro nombre y es de otra nacionalidad. Estudió historia del arte en Berlín y en 1941, salió de Alemania y comenzó una serie de recorridos. Durante la guerra, vivió en Marruecos y, en 1945, se mudó a España en donde, inspirado por el arte prehistórico, fundó junto con otros artistas la Escuela de Altamira. En 1949, la invitación de la Universidad de Guadalajara lo trasladó para enseñar Educación Visual a los alumnos de arquitectura. A partir de ese momento, en México se desarrolló principalmente como escultor, arquitecto, artista plástico e incluso poeta concreto. En su visita inicial a la Ciudad de México, conoció a Barragán con quien colaboró en muchos proyectos a lo largo del tiempo. En 1953, el mismo año en que inauguró el Eco, Goeritz se mudó definitivamente a la ciudad. Aquí murió el 4 de agosto de 1990.

"La Serpiente", escultura de Mathias Goeritz. Fotografía de Pato Garza, bajo licencia de CC.
“La Serpiente”, escultura de Mathias Goeritz. Fotografía de Pato Garza, bajo licencia de CC. 

 

Goeritz vivió en México un poco más de la mitad de su vida. La retrospectiva se concentra principalmente en el periodo que pasó aquí. Mientras que en España había trabajado más la pintura, en Guadalajara se desarrolló sobre todo como escultor. Estas esculturas parecen trazos tridimensionales que inciden el espacio y evocan elementos del arte rupestre y del arte prehispánico. Destacan Los amantes en Acapulco, los crucifijos de Auschwitz y los animales. La primera colaboración que hizo con Barragán fue una de estas esculturas que diseñó para el Fraccionamiento del Pedregal.

Poco a poco adquirió más compromisos en la Ciudad de México. De estos proyectos iniciales, el más importante fue el Eco, una galería, bar y restauranteque le encargó Daniel Mont. En este edificio Goeritz podía hacer prácticamente lo que quisiera. El artista había llegado a   México en la época de mayor desarrollo arquitectónico y urbano que hemos tenido. Las Torres de Satélite es una de sus obras más emblemáticas y, dada la controversia de adjudicación artística, también una de las más difundidas. En su diseño, tomó en cuenta la percepción cinética provocada por el automóvil, principio que  también utilizó al coordinar el proyecto de La ruta de la amistad para los Juegos Olímpicos del 68. Colaboró con muchos arquitectos; diseñó vitrales y varios elementos decorativos. Por muchos años, el trabajo más creativo lo realizó trabajando con Barragán.

Cuando inauguró el Museo El Eco, Goeritz leyó su Manifiesto de la Arquitectura Emocional. En el discurso ofrece una definición circular: “arquitectura cuya principal función es la emoción”. La arquitectura emocional busca generar espacios que, a través de una experiencia auténtica, pongan al afecto y la emoción en movimiento. Daniel Garza, en una revisión crítica del trabajo de Goeritz, intenta desdoblar la noción de “emoción” en la obra y el discurso del artista. Al principio se puede entender como algo muy semejante al asombro ante lo sublime. Según las ideas de Edmund Burke, lo sublime no corresponde a lo bello y el sentimiento que suscita es tan poderoso que genera una ruptura de la experiencia. Después con el paso de los años, el concepto de “emoción” se impregnó de un valor metafísico y religioso que volvió radical y controversial todo el discurso de Goeritz[ii].

Su temperamento sensible quería espiritualizar a la atmósfera con su obra. Él admiraba profundamente las pirámides y las catedrales, sus espacios avasalladores. La libertad creadora, el trabajo colectivo, la integración plástica y una idea muy particular de servicio lo llevaron a interesarse profundamente en el arte público. A pesar del delirio teórico, la invención de la arquitectura emocional trazó un camino nuevo para la cultura arquitectónica en México; enseñó una alternativa sugerente y viable al funcionalismo y a la retórica imperante del muralismo mexicano. La obra de Goeritz en su conjunto y su labor como encargado de la sección de Arte de la revista de Mario Pani Arquitectura México, impulsaron una conversación emocionante, un diálogo lleno de intercambio entre artistas y arquitectos, nacionales e internacionales, que enriquecieron tremendamente el horizonte cultural mexicano.

A través de dibujos, bocetos, maquetas, fotografías, esculturas y cuadros, en la exposición tenemos el privilegio inaudito de transitar por el proceso y devenir creativo de Goeritz. Hay concentraciones de material en torno a sus obras monumentales y más reconocidas. Sin embargo, la retrospectiva no se reduce a esos proyectos e incluye trabajos que realizó en España, sus monocromos dorados, piezas de inmobiliario, diversas iniciativas escultóricas y varios testimonios de una de sus últimas obras: El Laberinto de Jerusalén en Israel. Durante el recorrido de la exposición, somos testigos dediferentes manifestaciones de su búsqueda insaciable por realizar intervenciones profundas y complejas que embellecieran y espiritualizaran el espacio. Inquietudes casi utópicas por crear una obra de arte total. Gracias a la retrospectiva, nos acercamos y conocemos los trazos de la caligrafía personal de Goeritz, su forma de escribir oraciones y plegarias plásticas con luz y espacio. El efecto de estos trazos es desplazar el espacio percibido del espacio real, son garabatos que conforman un recorrido de distintos escenarios emocionales.

Dentro de un edificio colonial sobre la avenida Madero, contemplamos y celebramos el trabajo de Goeritz. Compartimos su proceso creativo, desde la gestación de la idea, el esbozo del proyecto, su desarrollo y madurez—la maqueta que lo delinea y la fotografía que lo constata. Sin embargo, gran parte de este arte fue concebido como arte público monumental y paradójicamente rara vez lo experimentamos consumado. Casi no visitamos el Espacio Escultórico, no nos detenemos en medio del Bosque de Chapultepec para admirar Energía. No nos percatamos. A veces siento que visitar este tipo de muestras arquitectónicas es análogo a leer guiones teatrales o recorrer partituras con los ojos. Son un ejercicio de imaginación particular, vemos la ejecución en potencia.

Al mismo tiempo, estas muestras permiten una experiencia de la arquitectura mucho más pausada y reflexiva. Generan un sentir más completo que abarca prefiguraciones, ilustra la concepción del espacio, la manera en que el arquitecto proyecta y la idea se concreta. Siento maravilla y una profunda admiración y siento también desasosiego. Tal vez deberíamos preocuparnos con un ahínco similar por la obra consumada. Impulsar rescates similares al de El Eco, que se hizo hace unos años. Devolver su color original al Muro Amarillo abandonado. Combatir el desgaste del tiempo y la memoria en otra escala.

 

[i] Cuahonete, Leonor, comp. El eco de Mathias Goeritz. Pensamientos y dudas autocríticas. México D.F.: UNAM, 2007, p. 99.

[ii] Garza Usabiaga, Daniel. Mathias Goeritz y la arquitectura emocional. Una revisión crítica (1952-1968). México D.F.: Vanilla Planifolia, 2011, p. 22.

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Publicado en: Curadero