El tango como teoría política

                                                                                                                      Tangere: tocar

Cuando viví en Buenos Aires visité Caminito, la zona turística del barrio de La Boca, al menos quince veces. En una de ellas finalmente pregunté acerca del origen del tango, esa música con la que Jacobo Zabludovsky termina su noticiero y esa danza que cada restaurante en Caminito replica para el disfrute de la mirada turista. El tango nació en los burdeles para acompañar a los inmigrantes, me dijo un porteño. Unas horas después otro porteño contradijo a su conciudadano: el tango nació en las zonas en donde vivían los esclavos negros que llegaban de Europa, la palabra, de hecho, tiene su origen en el portugués… Esa no fue la última versión que escuché; sin embargo, me conformé con la mezcla de leyendas.

tango

The Politics of Touch: Sense, Movement, Sovereignty, un libro publicado por la University of Minnesota Press, expone al cuerpo en el movimiento del tango como punto de partida para esbozar una teoría política. La autora, Erin Manning, es bailarina profesional de tango, artista visual y teórica política: leerla fue exquisito. Desde una visión fenomenológica queer, Manning retoma el tema del tango y busca ubicar su origen, como muchos argentinos y cosmopolitas antes de ella. Su fenomenología yace en el entendimiento del otro por medio del cuerpo y los sentidos, pero como un otro siempre cambiante, desviado, que fluye y se transforma con y para aquel con el que se mueve.

Más que en la llegada de los inmigrantes a una tierra fija, esclavos o no, la teórica encuentra el origen y la esencia del tango en el sentimiento de “place-lessness”, del no-lugar. De acuerdo con Manning, el tango retoma con su movimiento, improvisación e intimidad esa sensación utópica de la marginalidad y la extranjería, el “intercambio de movimiento y tacto, la negociación transnacional del deseo, de los roles de género y la comunicación ”.

Mi amor por la danza y la reciente tendencia por revivir la escena del tango entre los jóvenes argentinos, me llevó a descubrir varios clubes de tango en la ciudad de Buenos Aires; salones en donde señores y señoras esperaban un martes la milonga de las 2 de la mañana, restaurantes en los que actores acompañaban el ruido de los cubiertos un viernes por la tarde. En alguna de esas noches que dediqué al tango, me topé con una catedral reconstruida para la alabanza de lo que inmediatamente percibí como una sensualidad folklórica, que a su vez celebraba la independencia de la lengua argentina e imponía los grilletes de los roles de género tradicionales. “Controvertido hasta en su origen, como todo lo que es verdadero escondés un secreto”, dice una frase que describe el tango cuyo origen tampoco logré desenterrar, “Del bajo fondo nacen las voces amuradas a tu destino. Si tu cuna fue un burdel, si venís de la milonga y la habanera, creado por un dios orillero, saliste desde aquí a compadrear al mundo.” Después de varias visitas a distintos clubes y milongas, dejé de ver el tango tan críticamente y permití que sus letras de desencanto, extrañamiento y visceralidad amorosa me fascinaran. En un parque de Belgrano, frente a la estación de tren aprecié finalmente la lentitud de cuerpos que conversan, que se siguen, que simultáneamente recuerdan y olvidan a su pareja en su movimiento. El libro de Erin Manning fue el último empujón para entender todas las capas que contiene en sí un encuentro entre tangueros.

Mientras que el tango que observé como turista consistía en una amalgama de actuación y coreografía, el tango que se experimenta en la milonga, ya sea en Buenos Aires, Tokio, Helsinki, Madrid o Ámsterdam surge de la improvisación. La incertidumbre sobre el siguiente movimiento de la persona con la que se interactúa; el contacto, pero también la soledad frente al sujeto con el que se baila, son precisamente lo que llama la atención de Manning hacia una política del tacto. Por medio de esta improvisación, el tango ─el tacto en movimiento─ encarna algo central de lo político: “aquello que vendrá”. De esta forma, el tango nos recuerda que lo político no sólo se conforma por las interacciones presentes y pasadas, sino por aquellas que aún no suceden. El baile nos confronta así con el reto de prestar atención a nuestros pasos y a los pasos de quien sea que se encuentra danzando la misma pieza que nosotros. La incertidumbre, a la que tanto tememos, es por lo tanto inevitable, pero es una parte esencial del juego.

The Politics of Touch quebró mi primer juicio del tango como un arte heteronormado. El primer ejemplo con el que nos presenta la autora es aquel del tango que se desarrolló en Holanda y Finlandia a partir de la década de 1960, en donde el baile borra cada vez con más frecuencia la línea de género, cambiando y retando constantemente el papel de quien dirige y quien sigue. De esta forma, Manning explica que lo que yo presencié como una verdad del tango –su inflexibilidad–, es en realidad la consecuencia de distintas fuerzas (sociales, políticas, económicas) que, por miedo a perder la organización social de lo local y lo nacional, han vuelto del tango un baile que aparenta ser exótico y únicamente sexual, despolitizado, cuando es todo lo contrario. En cambio, lo improvisado, que la teórica adjudica como inherente al tango, su relación íntima con los movimientos inesperados del otro, la responsividad y comunicación que el baile mismo exige, son lo que refleja a la política de las sombras y la marginación; es decir, a los “cuerpos inestables”. De tal forma, Manning arguye que el consenso en la sociedad moderna se justifica con la falacia de que los “cuerpos-políticos” son algo estático y uniforme. No obstante, contradice la autora, estos cuerpos son movimiento y en última instancia, la base para una política de la amistad.

La piel “nos da la experiencia de la profundidad, del espesor y de la forma”. En su reflexión sobre la piel y el tacto, Manning adentra al lector en su pasión por la sensibilidad que provee la interacción física con otro con el cual se vive una promesa de confianza y sincronía. La búsqueda de un cuerpo que se mueve es así el acercamiento a un sujeto que “está en un estado continuo de (des)integración y de (des)aparición”. Para explicarlo, Manning recurre y difiere con la interpretación que hizo Judith Butler sobre la performatividad del lenguaje y la materialidad de lo simbólico en los cuerpos. El tacto coexiste con el silencio, sin la necesidad de la performatividad del lenguaje, plantea Manning. Así, surgen los individuos y se conocen por medio del tacto, que explora a la persona de enfrente traspasando el rigor del género y la idea de las personas como “solamente objetos de pensamiento”. En esta idea es en donde la visión fenomenológica de Manning se hace más presente: los humanos no son únicamente seres sapientes, sino seres sensibles que se perciben a sí mismos, a otros y al mundo por medio de su piel. Al optar por esta concepción del humano, la autora rechaza la idea del individuo y promueve una política de personas que se crean a sí mismas interactuando físicamente las unas con las otras.

El libro también hace una reflexión de la distancia que con el tiempo se ha creado entre los términos en inglés “touch” y “tact”, cuya traducción al español sería la misma, tacto. Sin embargo, también en español la palabra tacto tiene dos significados. La primera, el tacto como sentido de percepción del mundo; la segunda, como una forma de cuidado con el otro. “Tienes el tacto de un elefante”, me dijo mi papá cuando en algún momento llegué a mi casa a hablar con alguno de mis hermanos pequeños, de mal humor y con diatribas teóricas. Tacto, de esta forma, no implica el sentido de percibir el mundo por medio de la piel, sino tener cuidado en la interacción con el otro. En esta última parte, Manning cuenta cómo los cuerpos, aunque se organicen, estratifiquen y categoricen suelen ser imparables, a excepción de cuando el tocar interseca con tener tacto. Una persona con tacto se autolimita y se detiene para cuidar del orden. Contrario a lo que una política del tocar sugiere, “tener tacto es declamar que se sabe por adelantado. […] tener tacto restringe a una estructura del hábito que desalienta la invención”. El tacto, como modales, limita la percepción del mundo. La autora es clara en su propuesta: apreciemos el mundo tocando, sin tacto y dejándonos sorprender.

A momentos, la autora parece idealizar tanto el contacto propiciado por el tango para compilar una política del reconocimiento y la amistad; empero, si la misma pasión que habita los cuerpos del tango se encuentra en los movimientos filosóficos de Manning, no es de sorprenderse que así sea. Para cerrar, Manning explora los límites del cuerpo y la relación de éstos con la autoridad, sea la del Estado o la de cualquier soberano. Los cuerpos están limitados por sus órganos y como tales, necesitan de restricciones para mantenerse seguros, o al menos eso es lo que nos dice el impulso de como tradicionalmente hemos visto al cuerpo. Con una mención de la innovación en el campo del transhumanismo, la artista, teórica y bailarina, invita a los lectores a un último reto. Quizá la estabilidad sea importante para la identidad, los límites sean necesarios para la seguridad y el tacto esencial para la convivencia, aun así, en este libro Erin Manning propone una idea radical: improvisemos. “Baila como si nadie te estuviera viendo”, cita el imperativo feisbukeano. Tal vez eso no sea necesario. Toquémonos como si el de enfrente nos viera como nosotros a ella, como si siempre estuviésemos en movimiento, como si el otro fuera, más que un misterio, una persona cambiante, y como si la improvisación siempre fuese una posibilidad. Improvisemos, toquémonos y sobre todo, bailemos.

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Publicado en: Crónica