“En una buena discusión las preguntas no se resuelven con respuestas, lo hacen con más preguntas”. Llevo un par de meses diciendo aquello, desde que me reuní con algunos escritores de mi generación para llevar al debate público —lo que eso sea— distintos temas alrededor de la literatura.

El espíritu de inicio era claro, en México no sabemos discutir. Nuestra sociedad evita la confrontación, es el país del eufemismo, somos más correctos que una monja del XIX. Confundimos el choque de ideas con la intención pendenciera. Afilamos navaja pero a la hora de enfrentar posturas damos media vuelta o sacamos el pecho, aplaudimos la diatriba y la descalificación. Se cree que las discusiones son para ganar, para ver quién tiene la razón. Montaigne y Sócrates importan poco, una tercera idea que venga de las dos previas es para muchos un golpe en el orgullo y una pérdida de tiempo. El debate literario tiende a ser poco honesto, entre grupos y cofradías las opiniones no siempre resultan tan dispares y si lo son, su discurso se queda en la intimidad de sus paredes.

¿Que si hay suficientes librerías?, ¿que si el Estado debe participar en la cultura?, ¿que si lo hace bien? La primera reunión la tuvimos hace unas semanas en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, Daniela Tarazona, Emiliano Monge, Eduardo Rabasa, L.M. Oliveira, Jorge Alberto Gudiño y yo. Salón grande, repleto, seis autores que en lo literario tenemos pocas coincidencias. No es lo mismo libros que literatura, es más sencillo definir la segunda a partir de lo que no es, en eso estamos de acuerdo. Sigo pensando que la literatura es lo que pasa dentro y lo que sucede afuera, el equilibrio entre lo público y lo privado; el mundo y el alma. Todos los temas se desprenden de ahí.

Días antes,  al entrar a un programa de radio, Rabasa encontró en la recepción de la estación un folletín que venía de perlas. “Nosotros publicamos su libro, si no tiene tiempo para escribirlo, lo hacemos por usted”. O algo por el estilo. Todos soltamos una carcajada que ocultó la molestia que le viene a la falta de respeto al oficio. Eduardo es además un editor espléndido, imagino el disgusto. Dos o tres años escribiendo una novela, seremos brutos. Medios digitales, autopublicación, parece fácil escribir. No lo es. Un malentendido sobre la democratización de las ideas, un mercado cada día más grande. Sólo basta asomarse a cualquier librería, la mesa de novedades presume cerca de un centenar de libros cada mes. ¿Cómo hace un escritor para encontrar a su lector?, ¿realmente sabemos qué se escribe en nuestra región?, ¿figura la literatura latinoamericana en México? Las herramientas tecnológicas deberían facilitar el intercambio. La posibilidad de leer lo que se publica en el continente nunca ha sido tan grande, sin embargo, como ocurre en las secciones internacionales de los periódicos, el mundo puede que cada vez nos importe menos. ¿Cómo afecta el etnocentrismo a la literatura?, ¿qué temas tenemos en común con la literatura iberoamericana?, ¿interesa en México lo que se escribe en los países que comparten nuestra lengua, y viceversa?, ¿México ve primero a Europa, luego Asia y Estados Unidos antes que a Sudamérica?

¿De qué vive el que escribe? Becas, premios y listas, con esas tres cosas se fue una de las dos horas en que disentimos. El Estado tiene la obligación de garantizar la educación y la continuidad cultural, no cabe duda, pero es difícil suponer que sus métodos de dictamen son los únicos que funcionan en nuestro país como reloj suizo. Transparencia en la asignación de recursos públicos. Si bien la preferencia de un texto sobre otro —por definición— entra en lo subjetivo, esa subjetividad debe hacerse pública para evitar el escepticismo de quien quede fuera de los apoyos estatales. Por supuesto algunos seguirán molestos, ni modo, lo importante es reducir las conjeturas. En la mesa nos sentamos quienes rechazamos las becas, los que las tienen o han tenido premios y quienes marcan con ellas una distancia prudente. El debate sigue, se alza la voz, de eso se trataba.

Decía mi madre, una mujer que dedicó su vida a pensar, que el medio intelectual mexicano es la guerra; terrorismo contra inteligencia. Hablaba de tribunales que juzgan, deliberan y condenan sin un debate real. Todos juegan el juego en su momento. Puede que por eso insista yo en la futilidad de organizar estos encuentros.

“Si la encuesta de lectura es cierta, tenemos en México más lectores que un país nórdico”, dijo L.M. Oliveira. Tiene razón.

libros

Una afición al papel de víctima nos ha llevado a despreciarnos como lectores. No serán las más grandes obras las que llegan a los libreros, nunca lo han sido, pero cada feria del libro está más llena que la otra. En un país con precariedad y media, es difícil exigirle leer a quien apenas puede llevar comida a sus hijos. “Ese es otro problema, tendremos que reunirnos de nueva cuenta para discutirlo”, invitó Monge. ¿Los libros son caros? No faltará quien esté convencido que deben ser gratis, para quien lo diga nuestro trabajo cuesta nada. El problema no es el precio. Hay ediciones de clásicos por treinta pesos y no veo que todo mundo haya leído a los Karamazov o al Quijote. Se trata de valores, cuál se le da a un trabajo de años, para escribirlo, para publicarlo, etcétera. Ninguna campaña de promoción de lectura ha permitido que alguien sepa la historia del tío Vanya. No esta ahí la solución. Tampoco puedo dar una respuesta certera.

El debate termina en preguntas de la audiencia. Salgo con uno de mis compañeros al balcón de Minería para prender un cigarro —no importa quién, la falta queda en el silencio de mis pulmones—. La vista era fantástica.

La literatura es un instrumento análogo de la realidad, tiene virtudes que disfrazan sus trampas. Habla de lo que no dice, dice más cosas de lo que está escrito. Es un espacio cuyo debate puede acercar a lectores de todo tipo.

Mérida, la semana pasada. Jorge Alberto Gudiño y yo viajamos a la Feria Internacional de la Lectura Yucatán. Debe ser la segunda feria con mayor crecimiento en nuestro país. Van un par de años que visito esa esquina que creíamos abandonada. Donde hay salbutes y pibil también se encuentran libros. Adrián Curiel se suma a nosotros, discutimos acerca de la crítica literaria. ¿Existe en México?, ¿es honesta?, ¿para qué sirve? Hay crítica académica, hay crítica que debería funcionar como un vehículo para que los lectores decidan qué leer. Sus fallas son las mismas que en todo propósito nacional. Filias y antagonismos previenen la lectura y adelantan el dictamen. Son temas que hieren susceptibilidades, el literario es un medio más sensible que esfera de Navidad. La idea desde un principio ha sido contar con escritores que tengan cercanía con algún grupo. Un esfuerzo de pluralidad que caerá mal. Por lo pronto en el debate sólo somos autores pero, periodistas y editores son bienvenidos, ya algunos se han interesado. Es posible que, si esta estructura que busca responder preguntas con preguntas se intentara para otras cosas, el entender político pintaría más decente.

Al autor se le pide su opinión sobre cualquier tema, supuesto aquelarre donde el brujo dice qué es correcto. No, el que escribe sólo tiene el compromiso de escribir. Si es novelista su trabajo es la ficción. De acuerdo, aunque hay matices, disiento con quien está a dos sillas de la mía. Ese que escribe también es un lector profesional, el que lee más puede ser capaz de tener otros elementos con que juzgar algo. Gudiño acierta: no hay que confundir al autor con el intelectual. Monge cierra con algo parecido a, nuestra opinión no viene por escribir sino por ser ciudadanos.

Nos volveremos a reunir a principios de diciembre en la feria del libro más importante para nuestro idioma. La identidad de nuestra región se encuentra en la lengua y se da cita cada año en Guadalajara, el lugar indicado para debatir las preguntas que nos hacemos quienes, de una u otra forma, interactuamos en la industria editorial.