Take Shelter y el zeitgeist de la era Bush

De vez en vez el cine independiente norteamericano produce una cinta que captura el espíritu de toda una era sin ser groseramente evidente (las docudenuncias de Michael Moore) o sin caer en los ya muchos clichés del cine indie (Grace is Gone de James C. Strouse, 2007 ). Take Shelter, de Jeff Nichols (Little Rock, 1978), narra el derrumbe psicológico de Curtis (Michael Shannon), un blue collar worker que intenta mantener en pie a su familia a pesar de las tribulaciones que la clase trabajadora de Estados Unidos enfrenta día a día. Hay que pagar los tratamientos médicos de su hija sordomuda, lidiar con los seguros y partirse el lomo en jornadas que le exigen de más a su cuerpo y desatan su decadencia física y mental (en tiempos de crisis, el trabajar sin cesar no es garantía de nada). Un pequeño fin del mundo, pues.

Su esposa Samantha (Jessica Chastain, magnífica) teje mantelitos y los vende en la feria del pueblo, un enclave conservador en el Ohio profundo. En la televisión, los noticieros escandalosos hablan de desastres y fugas de químicos. Todo esto se acumula en una tormenta perfecta y Curtis comienza a tener sueños terribles en que el mundo termina. Se despierta sudoroso y pálido tras presenciar cómo enormes parvadas de pájaros, nubes preñadas de ira, perros fuera de control y truenos certeros como la espada de un dios incólume amenazan con terminar con su familia y su comunidad. Es entonces cuando Michael Shannon emprende una travesía histriónica como pocas: Curtis se debate entre la razón de la medicina siquiátrica (claro, le angustian las cuentas) y los antecedentes familiares (su madre es esquizofrénica), y la fe que le indica que algo terrible está por venir y hay que cuidar a los suyos, construir un refugio, creer en su instinto. Contrapone su individualidad y la colectividad fanática de los que apuñalan al prójimo por la espalda pero bendicen los alimentos. Curtis, profeta delirante, actúa frente a las premoniciones como el epítome del working class hero: protege a los suyos frente a la ineptitud del Estado, de la comunidad religiosa y un sistema de salud podrido.

Nichols, quien ya había dirigido a Shannon en Shotgun Stories, logró acumular todas las amenazas reales e inventadas de la era Bush, así como su catastrófico legado económico, para construir una alegoría en que el ciudadano tiene que asimilar y propagar la idea de que incluso los suburbios (aquella Tierra Prometida del Sueño Americano) están bajo constante amenaza de fuerzas externas, y que un sistema basado en la acumulación de deudas no puede sino derrumbarse. Take Shelter es una pequeña joya que en poco más de dos horas encapsula el legado de la era Bush, aquella plagada de armas de destrucción masiva que buscaban acabar con la esperanza y la individualidad. –César Albarrán Torres (@cesar_pescado)