Whiplash. Ser el más grande.

La megalomanía es un tema recurrente en las artes. La atracción es entendible, ¿qué es la creación sino una muestra de la exacerbación del yo? Quien descolla, quien hace algo fuera de la norma da la espalda a lo consabido y con ello abandona la timidez, se enseñorea en su atrevimiento. Semejante osadía, claro está, no equivale a éxito ni al encuentro de algo particularmente valioso. El individuo puede reafirmarse en oposición al colectivo, pero ese afán acaso lo conduzca al despeñadero. Algunos, pocos, encontrarán vetas nuevas de lo humano, formas desconocidas, ecuaciones inimaginadas, ritmos inexplorados. Otros, la mayoría de los arriesgados, tendrá que aguardar para saber si su travesía no los llevó, simplemente, a un infierno distinto.

Whiplash, del joven norteamericano Damien Chazelle, es un nuevo ejemplo de esa fascinación por la búsqueda de ser “el más grande”, esta vez en un entorno musical. Andrew Neiman (un cumplidor Miles Teller), el protagonista, es un retraído adolescente cuyo compañero de butaca en el cine es su padre. Solitario, su anhelo radica en convertirse en el mejor baterista, superar el virtuosismo de su admirado Buddy Rich. Su ingreso a una reputada academia musical es un paso en ese sentido, pero el punto de quiebre lo representa su maestro, un obsesivo (interpretado por un J.K. Simmons verdaderamente temible cuyo trabajo le ha granjeado el globo de oro y una nominación al Oscar) que en aras de la perfección no duda en masacrar el ánimo de los muchachos.

Más que los aparentes caprichos del jazz, lo que atestiguamos es ese continuo vals entre aprendiz y profesor. El intercambio, sin embargo, no es tanto de pasos acompasados y armonías sino de humillaciones y exigencias insensatas. Seguramente, lo que mas puede agradecerse al cineasta es su honesta ambigüedad en torno a ello: aunque es conciente de los excesos del “método” del mentor, no deja de reconocer que el pedregoso camino al dominio de un arte está muy lejos de ser terso y que incluso no podría serlo. La excelencia sería el producto de una odisea individual, una obcecada voluntad incapaz de doblegarse. Por ello no extraña que uno de los productores de la cinta sea Jason Reitman (Thank you for smoking, Juno, Up in the air), uno de los más brillantes defensores de la libertad individual en las pantallas. Si ese anhelo de perfección lo justifica todo, es algo que toca ponderar al espectador.

La destreza del guionista/director consigue que estemos al filo de la butaca aun y cuando los únicos instrumentos de guerra que veamos sean baterías, trompetas o piano. Los continuos acercamientos de la cámara no aspiran a capturar el lucimiento actoral (recordemos por ejemplo los laureados pucheros de Anne Hathaway hace un par de años en Los Miserables) sino que, junto a la edición, acompañan visualmente no sólo las partituras jazzísticas sino ante todo, el frenesí de su ejecución y en el que se encuentra el ambicioso Andrew. El conato de relación de éste con Nicole hace las veces de contrapunto que espejea las incertidumbres, debilidades y delirios de grandeza de un joven cuya soledad solamente parece tolerable ante las percusiones.

Aunque Whiplash no va a ganar el premio de la academia hollywoodense, ha traído consigo algo mejor: un prometedor cineasta al que, como su protagonista, le aguardan muchas batallas creativas que nosotros, aliviados espectadores, podremos seguir gozando.

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Publicado en: Cine