(o de en qué se parecen Gordon Matta-Clark y Mónica Geller)
La cita era a la una de la tarde en el Grand Support Café, calle West Broadway (“no te vayas a confundir con Broadway a secas” me dijo en su encantador acento portugués Marina). El camino por tanto era bastante largo para llegar al South of Houston: salir de casa, en la 141 West, tomar la línea 1 y cambiar a la 3 para poder ir en el tren express que me dejaría a unas tres cuadras del lugar en la estación de Canal Street. Como mexicana recién llegada a Nueva York, y por más que soy de ciudad grande, cuesta trabajo acostumbrarse a los espacios nuevos, a las dinámicas de esta urbe que siempre parece ir a su propio ritmo. Así que me embarqué en lo que se presentaba como una odisea dominguera. Me reuniría ahí con mi amiga Nora, que andaba de visita por la ciudad y que fungió como perfecto catalizador para sacarme de las bibliotecas en las que me encierra el posgrado y llevarme a las calles de la Gran Manzana.
El plan consistía en un tour artístico por el SoHo, barrio conocido hoy en día por el shopping, las tiendas elegantes, pero también por sus famosas fachadas de lo que llaman cast-iron, su constante contacto con el mundo del arte y sus múltiples galerías. Se trata de uno más de los espacios de esta ciudad que a cada paso se sienten familiares, como si los hubieras visto antes: en películas y series de televisión, en editoriales de revista… Puede uno imaginarse perfectamente a Carrie Bradshaw taconeanco con sus Manolo’s del otro lado de la acera. Pero esta visita era diferente: a pesar del sabor conocido que desprende el barrio, esta iniciativa, Art Walk, nos da la oportunidad de introducirnos en el pasado no tan glamouroso del barrio, conocerle los recovecos y los muertos en el clóset, concentrándose en uno de los elementos constitutivos de lo que es hoy: el arte.
Hogar primero de un gran lago, drenado a principios del siglo XVIII vía un canal que derivaba en el Hudson (de ahí Canal Street), pasó de ser lugar de hoteles burgueses, a zona roja, a hogar de la industria textil y en general mercantil que traería consigo sus fachadas de hierro, sus característicos edificios con altos techos y estética de fábrica: tuberías descubiertas, grandes ventanas que permitieran la entrada de sol durante las jornadas de trabajo, puertas grandes para poder cargar y descargar mercancía. Fue a finales del siglo XIX, con la paulatina mudanza de los fabricantes de telas al sur que el SoHo fue quedando despoblado. Para los años 50 del siglo pasado el nombre que sonaba para denominarlo era el de Hell’s Hundred acres (los cien acres del infierno). Totalmente deshabitado, con edificios abandonados y en proceso de ruinificación, la zona era considerada peligrosa, lo que abarató al punto del regalo los precios de los bienes raíces.
¿Y qué mejor que un struggling artist para aprovechar la situación? En las décadas de los 60 y 70, jóvenes artistas con poco dinero para pagar las que, por lo visto, siempre han sido altas rentas de Nueva York encontraron en este lugar desamparado el espacio idóneo para vivir. A esto cabe añadir que los espacios amplios y la enorme cantidad de luz que recibían los interiores fungieron también como tentadores elementos que determinaron la mudanza artística al SoHo. Los edificios, al ser pensados originalmente como espacios industriales, no contaban con las condiciones mínimas indispensables, según el gobierno de la ciudad de Nueva York, para ser considerados habitables (calefacción, aislamiento térmico, interfones), por lo que se regularon los espacios del barrio de forma que sólo aquellos que garantizaban ante la ley ser artistas podían habitarlos. Para dejar saber a las autoridades que en determinado edificio vivían “artistas legales” se colocaba una placa con las iniciales A. I. R. (Artist in Residence).
Es precisamente de esta época de donde más elementos toma el tour en su recorrido: empieza, por ejemplo, con la obra del artista de instalación Walter de Maria que en una galería abierta al público de forma gratuita en el número 393 de West Broadway (y después de comprarse el cafecito en el Grand Support) ofrece la obra The Broken Kilometer: un amplio cuarto en donde están colocadas una cabe de la otra 500 barras de latón solido que parecen continuarse a lo largo de un kilometro hasta perderse en una sola línea continua en el lugar en donde termina el cuarto; experimentamos una sensación de continuidad-discontinua generada sólo por el hecho de que lo que a simple vista parece ser una ingenua colocación de objetos uno al lado del otro después nos enteramos es un juego de perspectivas: entre la primera y la segunda barras hay 80 milímetros de y entre la última y la penúltima hay ya 570 milímetros. Cada nueva barra en el continuum que se presenta ante la mirada del espectador está un milímetro más alejada, todo lo cual hace que veamos algo que normalmente sería una línea como algo quebrado, dividido.
A menos de dos cuadras Art Walk nos lleva a otra obra de De Maria, The New York Earth Room, en el número 141 de Wooster Street, en la que lo que vemos es literalmente eso: un cuarto en pleno SoHo de Nueva York (en donde ya sabemos cómo están los precios de las rentas), completamente lleno de tierra, la misma tierra desde 1980. Creando una especie de microclima (sumamente agradable cuando estás haciendo el tour en temperaturas no aptas para friolentos como yo), la instalación hace de pronto evidente un sinnúmero de temas: la tierra, ahora estéril después de tantos años sin germinar nada, es regada todas las mañanas y se mantiene húmeda, como una eterna posibilidad de vida encerrada entre cuatro paredes, entre las calles de la gran ciudad, entre las calles de la gran ciudad. Asimismo, como una neófita en esto de los departamentos y las habitaciones en Nueva York, parece ser incluso eso: una puesta en tensión de las posibilidades mismas que encierra el arte como institución cultural.
En este sentido el Picasso que no es Picasso pero que presentan como Picasso es también fundamental elemento del tour. Se trata de una
escultura de gran formato colocada en medio de tres edificios que forman parte de las instalaciones de NYU (New York University). Es pues una reproducción gigante del cuadro Retrato de Silvette. Fue en realidad Carl Nesjar, artista noruego, quien realizó la escultura, por encargo de NYU. A pesar de haber contado con colaboración del artista español, éste nunca vio la obra, lo que sin duda nos permite preguntarnos acerca de quién es el autor (¿o son más de uno?) de esta impactante escultura. Otra más de las obras que podemos detenernos a ver es la famosa obra de Forrest Myers The Wall o The Gateway to SoHo, obra sobre una pared que da a la calle de Houston (pronunciado /jouston/) y que constituye una marca del barrio.
Ahora bien, más allá de estas obras, el momento del tour que personalmente más me fascinó por su posibilidad de conectar el pasado, el presente y el futuro es la esquina de Wooster y Prince, en donde ahora no hay nada, pero que desde los setenta y hasta bien entrados los años ochenta se ubicaba el famoso restaurante Food. Creado en 1971 por Gordon Matta-Clark, el lugar cumplió un papel fundamental en la vida de los artistas que habitaban el barrio. Considerado el primer restaurante del SoHo, funcionaba como una cooperativa que buscaba ofrecer comida barata y sobre todo calórica para los artistas que no tenían recursos para comprar comida o para ir a comer en otro lado.
En la New York Magazine de 1972 se puede leer como parte de la reseña que elogia las sopas, los pasteles de gran formato, los platos de arroz:
“Food abrió hace unas semanas. Sus amplias ventanas siguen enjabonadas y su construcción interior se encuentra en varios estadios de completud. El cuarto de altos techos y paredes blancas está llena de mesas cuadradas de roble, flanqueadas por 40 o 50 sillas de las cuales no hay ni dos que sean iguales. “
“Food opened a few weeks ago. The broad windows are still soaped and interior construction is at various stages of completion. The White, high-ceilinged roof is fillled with square oak tables, flanked by 40 or 50 chairs, no two of which are alike.” (p. 65)
Food se convirtió en una especie de institución que salvaguardaba el bienestar de la comunidad a la que pertenecía. El mismo Matta- Clark era a su vez artista y buscaba hacer de la experiencia general de la comida una experiencia estética. Así, los colores de cada uno de los platillos podían ser considerados materia prima para una pintura, del mismo modo que la cocina era el espacio de experimentación artística para cualquier virtuoso culinario que quisiera probar suerte. A esto hay que sumar que Food era un restaurante que usaba los medios a su alcance, por lo que siempre utilizaba materia prima de temporada (cosa que ahora es muy común, pero que no lo era tanto en la época).
Sin saberlo, y creo que eso es parte del gran encanto que encierra la nostalgia (mi nostalgia) por este lugar, lo que hicieron fue generar no sólo una forma de comunidad artística, sino toda una estética que ahora aparece en todos lados (hasta Mónica en F.R.I.E.N.D.S tiene sillas que no combinan) pero que en ese momento ni siquiera se presentaba a sí misma como tal. Se trataba de sobrevivir lo mejor posible con los medios a la mano.
La última parada del tour no es menos simbólica: la primera alcantarilla que se colocó en Nueva York, en la pequeña calle de Jersey Street, entre Lafayette y Mulberry como ejemplo simbólico de lo mucho que la ciudad ha cambiado y de lo poco que somos conscientes de los vestigios y resquicios que de esos cambios quedan. Cuando terminó el tour, Nora y yo nos dirigimos a comer a unas cuadras de ahí, un poco para resguardarnos del frío, un poco porque después de dos horas caminando y casi tres siglos de historia uno se siente un poco abrumado. Pero para cualquiera que, como yo, ha vivido siempre con una idea en la cabeza de lo que es Nueva York y lo que es vivir en ella, este pequeño paseo nos permite adentrarnos en otro mundo, una ciudad con pistas de lo que fue, con comunidad, con problemas, con cambios, que nos hacen ser conscientes de la certeza de ese tópico tempus fugit latino pero que no parecen dejar de recordarnos que siempre, siempre el carpe diem debe de estar a la orden del día.
Links interesantes:
- Top ten list of quirky things about everyday life in SoHo in the 1970′s (in no particular order): http://sohomemory.com/2011/05/28/top-ten/
- Artwalk: http://artwalknyc.com/
- Reseña completa del New York Magazine:
http://books.google.com/books?id=a6Bfz1a8X8YC&printsec=frontcover#v=onepage&q&f=false
- Sobre Walter de Maria: http://www.diaart.org/sites/main/earthroom

