La dictadura perfecta, sexta película de la ya triunfada dupla Luis Estrada-Jaime Sampietro, es una certera crítica al gobierno mexicano que logra su estreno en la pantalla grande en medio de un panorama desolador que sólo valida y constata mucho del discurso de la cinta: 43 normalistas desaparecidos en Iguala, fosas con cuerpos sin identificar; Javier Duarte con declaraciones absurdas que dicen que los únicos robos que suceden en Veracruz son de frutsis y pingüinos en las tiendas; en Chilpancingo policías balean un vehículo donde viajaban estudiantes del ITESM, hieren a un joven alemán; un video filtrado dónde se observa a unos policías de Cuatitlán Izcalli plantar droga a unos jóvenes; en Ecatepec, drenan un canal de aguas negras y encuentran varios cuerpos desmembrados de los cuales, 16 son de mujeres. Esto entre otras muchas cosas.
Y es quizá por lo anterior que la nueva cinta dirigida por Estrada ya no tiene el mismo sabor que sus antecesoras: sátiras risibles de los males sociales resultado de una politiquería ramplona recreada en el país. En La dictadura perfecta la sátira es casi imposible de distinguir en tanto que lo que se representa en pantalla no es ya un panorama que permita cobrar distancia de lo que honestamente sucede en la realidad. Lo que en el filme se presenta al espectador es una reproducción de la política mexicana que ha alcanzado niveles insondables de cinismo arrebatándole a cualquiera la capacidad de ridiculizarla: los actores políticos son una caricatura que se pone en ridículo de manera permanente, en palabras de Žižek: “la realidad se transforma en su propia apariencia (…) una cosa es su propia y mejor máscara”. Y así la tarea de Estrada y Sampietro ahora es la de desenmascarar la realidad a la que asisten miles de ciudadanos alrededor de la televisión, que si bien varios le han adjudicado el peyorativo apelativo de ‘la caja idiota’, desde un sentido ideológico debe reconocérsele también su utilidad –siniestra- para crear discursos para luego ser vendidos como verdad. Lejos de cualquier teoría de la verdad por coherencia o correspondencia, los que dirigen la TV han creado una fórmula –claro, por el gran poder que poseen– para crear y decir qué es lo real (qué es lo que sucede en el mundo) a sazón de su interés.
A diferencia de las cintas pasadas de Estrada-Sampietro, el personaje principal ya no es un ingenuo corruptible sino caso contrario, un cínico. Aquel que recordando a Sloterdijk sabe bien lo que hace y sin embargo lo hace. Un mercenario de la imagen dispuesto a la manipulación del discurso con tal de dar reflector a quien le llega al precio. Así Alfonso Herrera encarna a un hábil y nada escrupuloso productor al que se le asigna de primera mano tapar, mediante el uso de ‘la caja china’, un desliz del presidente en cadena nacional con un video del gobernador Carmelo Vargas, nuevamente interpretado por Damián Alcazar, recibiendo dinero de un narco. Este hecho guiará al funcionario a la televisora en busca de auxilio en la salvaguarda de su imagen y de un empujón a la silla presidencial. Y aunque no es el mismo Vargas de La Ley de Herodes, el tiempo es ya otro, este personaje reincidente puede ser entendido quizá como un símbolo. Vargas es una figura repetitiva en la historia de México que recuerda lo dicho por Ramos en su libro El perfil del hombre y la cultura en México: “En nuestra vida hay un ricorso que vuelve a traer, por sucesivas revoluciones, los mismo hombres con las mismas promesas y los mismos métodos. La comedia política se repite periódicamente; una revolución, un dictador, un programa de restauración nacional”.
Así La dictadura perfecta evidencia lo que para muchos ya es obvio esperando quizá tocar la percepción de algún ingenuo que no haya cuestionado aún los discursos televisivos ni la forma de operar tan estrecha entre prensa y gobierno. Hecho que hasta el momento le costó a la producción que Televisa retirara su apoyo económico: la empresa ha puesto un límite y no es cosa menor. Estrada lo sabe.
Con ciento cuarenta y tres minutos de metraje, si algo le quita poquito a esta cinta que ha sido elegida para representar a México en los Premios Goya es la actuación de Tony Dalton pero sobre todo la de un tieso Saúl Lisazo que no hace el menor mérito a los histriones que se cimbran día a día a dar los noticieros más vistos en México. Jugando con esa memorable frase de Groucho Marx que reza: “él puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no se deje engañar, es realmente un idiota”, La dictadura perfecta puede parecer y representarse como la realidad, pero no se deje engañar, es realmente la realidad. Habrá que quedar a la espera de la famosa ‘caja china’.
En efecto, la realidad es supera la parodia
Más que las actuaciones de Tony Dalton o Saúl Lisazo, lo que le quita “muchito” a esta cinta es: su duración (debió durar mínimo una hora menos), y los lugares comunes (como apunta Iván Ríos hoy en Milenio, es sólo un “Herodes recargado”). En 1999 era innovador y provocativo; hoy aburre y no levanta conciencias.
En efecto una película muy polémica y también controversial, ¿Por qué controversial? Bueno, yo no soy crítico de cine, tampoco conozco acerca de hacer un análisis estructurado sobre cualquier obra, pero soy un ciudadano que comparte su humilde opinión acerca del trasfondo y el significado que me hace llegar esta película, es decir; una película además de que es producida por cualquier casa productora también es financiada por empresas patrocinadoras de la obra que algunas veces aplican un estímulo fiscal sobre la producción en cine nacional y después viene la aprobación de los cines para aplicar y cerrar un negocio redondo, en otras palabras yo no quito el dedo del renglón para decir que un film tiene estrictamente fines mercantiles (no lo sé, esta es mi duda e inquietud), después la película toma temas que están por demás de la demagogia y las notas rojas de difusión que para mí son claramente temáticas que solo para aquellos que no tengan acceso a la web no son de dominio público, entonces la película hace un trabajo de resignación y aceptación de la adversidad nacional pero muy en el fondo también es una burla pagar tu boleto del cine, adquirir un boleto por una información que no es privilegiada y que además te la venden en su publicidad con un formato bizarro para el entretenimiento, o en otras palabras pasa a entretenerte con la amargura de tu realidad nacional y tal vez se robaran tus carcajadas si es que la aceptas. No me parece ético formato y como seduce al espectador con el engaño, sin seriedad, sin tacto (no lo sé tal vez sin cine) solo entretenimiento ninguna aportación útil.